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Relatos Ardientes

Descubrí la fantasía oculta de mi novio por accidente

Me llamo Camila, tengo treinta y dos años, y lo que les voy a contar pasó hace cuatro años, cuando vivía en Rosario.

Conocí a Mateo en un restaurante donde entré a trabajar como camarera. Él era el jefe de cocina y la conexión fue inmediata. Yo estaba soltera y supuse que él también, porque a la primera semana ya me había pedido el número con la excusa del trabajo. Esa misma noche me invitó una cerveza, y dos semanas más tarde ya nos acostábamos como si nos hubiéramos conocido toda la vida.

Tengo el cuerpo del que los hombres miran. Mido un metro sesenta y dos, soy bajita, con piernas firmes y un culo que no pasa desapercibido. Las tetas son medianas, ni grandes ni chicas, pero suficientes para llenar una mano. No soy una modelo, pero el espejo nunca me ha decepcionado.

Mateo, por su parte, tenía la barba prolija que se arreglaba cada tres o cuatro días, una panza leve de cerveza que a mí me encantaba y unos brazos fuertes de cargar bandejas y cajas en la cocina del restaurante. Nada de gimnasio, pero su cuerpo me volvía loca.

A los cinco meses decidimos vivir juntos. Un año después pasó lo que cambió todo entre nosotros, aunque al principio yo ni siquiera lo entendía.

Desde el primer día fuimos calientes los dos. A él le gustaba cogerme a cualquier hora, en cualquier lugar, y a mí me gustaba que lo hiciera. Una vez le di el culo en un parque, atrás de unos árboles, con la falda levantada y la tanga en el bolso. Otra vez se la chupé en el último asiento de un colectivo nocturno mientras volvíamos del centro. Éramos así. Y cuando al principio le confesé alguna fantasía cruda pensando que me iba a juzgar, él se prendió, me alentó a vestir cada vez más provocativa, me pedía que saliera sin nada debajo de la falda. Esas eran, ahora lo sé, las primeras señales.

Un sábado por la tarde derramé media botella de agua sobre mi notebook. La apagué de inmediato y la llevé al técnico por si acaso. Mientras tanto necesitaba terminar una planilla para el lunes y le escribí a Mateo, que estaba en el restaurante, para pedirle prestada la suya.

—Andá tranquila, la clave es la misma de siempre —me respondió.

La PC de Mateo era básicamente para los videojuegos. Casi no la usaba para otra cosa, o eso creía yo. La encendí, entré con la contraseña y abrí Excel. Estaba a la mitad de la planilla cuando, al minimizar una ventana, vi en el escritorio una carpeta que no había notado nunca. Se llamaba CK. Sin pensarlo le hice doble clic.

Pidió contraseña.

Probé la misma del inicio de sesión y entró.

Lo que vi me dejó helada y, al mismo tiempo, mojada antes de darme cuenta. Imágenes guardadas de redes sociales, videos cortos, capturas. Todo giraba alrededor de lo mismo: mujeres siendo cogidas con el consentimiento del marido, mujeres siendo cogidas delante del marido, maridos que filmaban a otro tipo reventando a su mujer. Nunca había oído la palabra cuckold, pero el contenido era tan repetitivo que la lógica se armó sola.

Mi cabeza era un caos. ¿Mateo? ¿El mismo que me daba duro contra la pared, el que me dejaba sin caminar después de hacerme el culo, el que me chupaba la concha durante veinte minutos sin pedir nada a cambio? ¿Ese Mateo fantaseaba con verme con otro?

Hice clic en un video al azar. Era de una actriz porno rubia, de cara casi infantil. Después confirmé que tenía decenas de archivos de ella, era claramente su favorita. En ese video la cogía un tipo enorme mientras ella esperaba vestida de colegiala, y en los subtítulos se entendía que era una idea del marido, que mirara la escena desde otra habitación. La verga del tipo era una bestia. Sin pensarlo me bajé el pantalón, corrí el hilo y empecé a tocarme.

¿Qué carajo me está pasando?, pensé, sin parar.

En un momento del video, la chica se sacaba una foto con el tipo enterrado hasta la base y decía que era para mandársela a su marido. Esa imagen me hizo terminar. Me corrí ahí, sola, frente a la computadora de Mateo, imaginándome a mí en la misma situación, mandándole una foto a él mientras otro me partía como a ella.

Cerré la carpeta despacio, como si así pudiera deshacer lo que acababa de ver y de sentir. Volví a la planilla y traté de seguir, pero la cabeza no me daba. Necesitaba saber más. Si las imágenes venían de redes sociales, en algún lado tenía que haber una cuenta.

Abrí el navegador y revisé las pestañas guardadas. Había una sesión activa con un usuario que no era el de Mateo. Era anónimo. La foto de perfil era una versión recortada del mismo video que acababa de ver: la actriz rubia cogida delante de un tipo que la miraba sentado.

Una cuenta entera dedicada a contenido cuckold. Cientos de publicaciones. Y mensajes.

Me metí en los mensajes.

Conversación abierta con un usuario llamado Cornudos Felices. La fui leyendo con la respiración cortada.

Mateo: «Qué onda hermano, todo bien.»

Cornudos: «Todo bien, ¿y vos? ¿Hablaste con tu mina?»

Mateo: «No, todavía no. Tengo miedo de que piense que estoy mal de la cabeza, o que es por algo gay, y a mí los pibes no me copan en serio.»

Cornudos: «Pero no, boludo, decile, proponé un trío y arrancá por ahí. ¿No me dijiste que era re puta en la cama?»

Mateo: «Lo es. La más puta que conocí. En los videos y en las fotos lo ves, hermano.»

Cornudos: «Por eso te digo. Lástima que estoy en Guadalajara, si no, yo te la atendía bien. Te la mandaba con la concha llena.»

Mateo: «Eh, frená, vos sabés que no estás solo, hijo de puta. Encima sos cornudo también.»

Cornudos: «Una cosa no quita la otra. Ser cuckold no quiere decir que no tenga buena verga jajaja.»

Mateo: «Yo también la tengo, no te preocupes. Camila está contenta con la mía.»

Y la tenía. Diecinueve centímetros. Una verga que me partía como me gustaba.

Cornudos: «Va a estar contenta con otra también, y más si vos la mirás. En el trabajo, capaz, ahora mismo que vos estás en casa jaja.»

Mateo: «No, no creo. Si fuera así me sentiría traicionado. Tiene que ser parte de la fantasía, los dos juntos.»

Cornudos: «No mames, cuernos son cuernos.»

Mateo: «Vos lo decís porque a vos te fue fácil convertir a tu mujer en hotwife.»

Hotwife. Otra palabra que tuve que buscar después, pero el contexto la explicaba sola.

Cornudos: «Fácil no fue. Hablale con calma. Vas a ver.»

Mateo: «Bueno, después te cuento. Me voy al laburo. Avisame cuando subas algo nuevo.»

Cornudos: «Eh, ¿no tenés nada para mí?»

Mateo: «Una foto le hice esta mañana antes de salir. Mirá.»

Abrí la imagen.

Era yo.

En cuatro patas, en nuestra cama, con la falda subida hasta la cintura y sin tanga. Toda la concha y el culo al aire. Era de la mañana anterior. Mateo me había pedido que me pusiera así «para tener un recuerdo durante el día». Después me dijo que me fuera al trabajo sin nada debajo de la falda. Me había excitado tanto la idea que ni le pregunté para qué quería la foto. Asumí que la guardaba para él. No para un desconocido en otra ciudad.

Sentí calor en la cara y un nudo en la garganta. Pero también, otra vez, sentí esa humedad indecente entre las piernas.

Bajé en la conversación. El mexicano le había mandado, en algún momento, una foto de su propia esposa. Pelo oscuro, pose en cuatro, cara visible. Mateo había mandado decenas. Las mías. En todas yo era la protagonista, sin cara, pero con la concha, el culo, las tetas y todo lo que cualquiera reconocería si me viera caminando por la calle.

Me serví una copa de vino. Después otra.

Mi primer impulso fue cerrar la sesión, agarrar las cosas y rajarme. El segundo, esperarlo en la puerta y romperle la notebook en la cabeza. Pero entre la primera copa y la segunda, otra idea me empezó a crecer.

Él quería ser cornudo. Bueno. Iba a ser cornudo.

Y se iba a enterar a su manera.

***

Esa misma noche me hice una cuenta anónima en la misma red. Foto de perfil: yo, en cuatro, recortada de modo que se viera la concha pero no la cara. La amplifiqué tanto que cualquiera diría que era una imagen de archivo. Para que se calentara y picara.

Le escribí al amigo de Mateo.

«Hola.»

La respuesta fue inmediata.

Cornudos: «Hola, decime. Linda foto de perfil.»

Camila: «Voy directo al grano. Soy la mujer de Mateo. Lo vi todo.»

Y le mandé la foto de su propia esposa en cuatro, esa que él le había mandado a Mateo seis meses atrás. La foto que él creía bien guardada en sus conversaciones privadas.

Tardó casi un minuto en contestar.

Cornudos: «Mil disculpas, señora.»

Lo tenía agarrado de los huevos. O eso pensé.

Camila: «No vine a hacer drama. Vine a proponerte algo.»

Cornudos: «Te escucho.»

Camila: «Vos sos cornudo de tu mujer. Mi novio quiere serlo de la suya. Yo quiero darle lo que pide, pero a mi manera. Vos vas a entender mejor que nadie.»

Hubo otro silencio largo. Después llegaron tres puntitos. Después una respuesta.

Cornudos: «Soy todo oídos.»

Camila: «Necesito un tipo. Que no sea de mi ciudad. Que no me conozca, ni a mí ni a él. Que tenga la cabeza para hacer una cosa muy específica y no salirse del libreto. Vos sabés de qué hablo.»

Cornudos: «Sé exactamente de qué hablás. ¿Cuándo lo querés?»

Camila: «En tres semanas. Mateo cumple años. Quiero darle el regalo más caro de su vida.»

Apreté enviar y cerré la notebook.

Me quedé un rato sentada en la cama, mirando la pared. Sentía el corazón en las orejas. No estaba enojada. No estaba triste. No estaba traicionada del todo. Estaba algo más raro: lúcida, ardiente, decidida.

Mateo había sembrado una semilla sin saberlo. La carpeta CK no me la había mostrado nunca, pero la fantasía la había alimentado conmigo durante un año entero, en cada falda sin tanga, en cada foto con la concha al aire, en cada vez que me alentaba a ser más puta y más libre. Esa semilla ya estaba en mí. No me la inventé yo. Me la inventó él.

Y ahora yo iba a hacerla florecer, pero del modo en que las flores rompen el cemento: sin pedir permiso.

Cuando Mateo llegó del restaurante esa noche, eran las once y media. Yo lo esperaba en la cocina, con una copa de vino en la mano y una sonrisa que él no había visto nunca. La que aparece cuando una mujer descubre que tiene más poder del que sabía.

—¿Pasó algo? —preguntó, dejando las llaves sobre la mesada.

—Pasó todo —le dije—. Vení, sentate. Tenemos que hablar.

Lo que vino después es otra historia. Una en la que la sumisa pasó a llevar la batuta, en la que un cumpleaños se transformó en el día que él no se va a olvidar jamás, en la que yo entendí que mi propio deseo había estado esperando una excusa para soltarse.

Pero esa noche, al verlo sentarse frente a mí con cara de chico atrapado, supe una sola cosa con claridad.

El cornudo lo iba a hacer yo. Y le iba a encantar.

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Comentarios (4)

JulietaKM

me dejaste con ganas de saber que pasó después!!!

LauraVG_mdq

Por favor que haya segunda parte, quede muy enganchada con la historia

Marcos_Riv

El gancho del principio es increible, te atrapa de inmediato. Muy buen relato!

Valentina_77

Me recordó algo que me paso a mi con una situacion parecida jaja, aunque no tan intensa. Se siente muy real todo

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