Lo que pasó en el cuarto de invitados esa madrugada
Diego y Esteban habían crecido en la misma casa, pero el tiempo los había dejado en orillas distintas. Esteban era el mayor: ambicioso, directivo de una empresa de maquinaria industrial con un sueldo que daba vértigo, casado con una mujer guapa, dueño de un chalet en las afueras. Diego era el menor: bohemio, sin trabajo formal desde hacía una década, dueño de un apartamento heredado que alquilaba para vivir sin hacer planes. Aun así, los dos se querían bien. Las visitas quincenales eran una tradición que ninguno había querido romper.
Diego se desplazaba a la capital en tren los viernes después de comer. Su hermano lo recogía en la estación y lo llevaba al chalet, donde vivía con Camila. Allí cenaban, jugaban al Catán hasta tarde y veían alguna película. El sábado por la tarde, después de comer otra vez, Diego volvía a Tarancón. Era un ritual cómodo, sin sorpresas. Hasta esa noche.
***
Esteban llevaba cinco años casado con Camila. La había conocido en la oficina, donde ella seguía trabajando bajo sus órdenes. Era una mujer guapa, exuberante, con un cuerpo difícil de ignorar: tetas grandes y firmes, culo redondo, unas caderas que le tensaban la falda cada vez que se agachaba a coger algo. Le gustaba el vino más de la cuenta, y cuando se le subía a la cabeza se volvía verborrágica, sin filtros, capaz de soltar cualquier barbaridad con una sonrisa.
Diego nunca había pasado de la frontera. Camila era la mujer de su hermano. Y aunque hacía meses que se masturbaba pensando en ella —algo que se había vuelto inquietantemente habitual, con la polla en la mano y su cara cruzándole la cabeza cada dos por tres—, no había confesado esa fantasía ni en silencio. Cuando ella se paseaba los sábados por la mañana con una camiseta blanca de tirantes y sin sujetador, los pezones marcándose bajo el algodón, él fingía mirar al televisor con todo el aplomo del mundo mientras por dentro se le tensaba la entrepierna.
—Tu hermano sigue roncando —le dijo ella una de esas mañanas, dejándose caer en la butaca con las piernas cruzadas en el aire—. Es una marmota.
Diego sonrió y no contestó. El brazo entero de Camila estaba cubierto por un tatuaje largo que se había hecho a lo largo de meses.
—¿Es lo que más te llama la atención de mi cuerpo? —preguntó, mirándolo de reojo.
Diego no respondió. Aguantó la mirada un segundo y volvió la cara hacia la pantalla. No quiso averiguar si ella se había dado cuenta de algo.
***
La cena de ese viernes había sido larga. Camila bebió más vino del que su cabeza podía gestionar y se rio durante dos horas de cosas que no tenían gracia. Esteban siguió el juego, achispado, y los dos bailaron en el salón con la luz baja mientras Diego, abstemio, los observaba desde el sofá. A las once subieron al dormitorio. A medianoche, Diego apagó el televisor y se retiró al cuarto de invitados.
El cuarto era el almacén informal de Camila. Tenía pilas de prendas dobladas en el lado libre del colchón: bragas, camisetas, sudaderas. Diego apartó lo necesario para tumbarse y dejó la puerta entornada. La manilla chirriaba al cerrarse y prefería no despertar a nadie cuando se levantaba a mear en mitad de la noche.
El ronquido de Esteban empezó a los pocos minutos. Diego se concentró en una serie de imágenes mentales que solía usar para dormir: un camino descendente entre viñas, una luna llena, grillos a lo lejos. Llevaba casi una hora dando vueltas cuando el colchón se hundió a su lado con un golpe sordo.
***
—Aix, perdona —susurró Camila—. No me acordaba de que estabas aquí.
—¿Qué hora es? —preguntó Diego, todavía boca arriba, con un brazo cruzado sobre los ojos.
—No son ni las dos. Tu hermano no me deja dormir. Me vengo a este cuarto cuando se pone así.
Un ronquido al otro lado del tabique confirmó la coartada. Camila se rio bajito.
—Pensaba que ya estarías acostumbrada —murmuró Diego.
—Hay noches que no hay manera. Necesito mi pijama. Está por aquí, en alguno de los montones.
—Cojo el edredón y me voy al sofá —ofreció él, incorporándose a medias.
—Ni se te ocurra. Ya me voy yo en cuanto encuentre esto.
Ella hablaba con esa dicción algo perezosa que delataba que aún no se le había pasado del todo el vino. Diego encendió la linterna del móvil y la apuntó hacia la pared. Aun así, alcanzó a verla un segundo: una camiseta blanca de tirantes, sin sujetador, las tetas oscilando pesadas bajo el algodón, unas bragas oscuras hundidas entre unos muslos gruesos. La misma camiseta que ya se le había aparecido demasiadas veces en otras circunstancias.
—No me enfoques —pidió ella, tapándose la cara con el dorso de la mano.
***
Camila empezó a gatear sobre el colchón, palpando las prendas. Diego se quedó quieto, conteniendo la respiración. Llevaba meses imaginando una versión de esa escena, y la versión real lo había encontrado completamente desprevenido. Esto no puede estar pasando. Al pensarlo se dio cuenta de que ya estaba pasando. La polla se le estaba poniendo dura dentro del pantalón del pijama y no había nada que pudiera hacer para evitarlo: cada vez que Camila avanzaba sobre las manos, las tetas colgaban a un palmo de la cara de Diego, y el olor a su champú se le metía por la nariz.
—No lo encuentro —se quejó ella—. Estoy segura de que estaba aquí.
—¿Has mirado en ese montón pegado a mi cabeza?
Camila se desplazó hacia él. En mitad del movimiento, le clavó una rodilla en la entrepierna. Diego apretó los dientes para no gritar y soltó un quejido ahogado.
—Aix, perdona, perdona —dijo ella, sin parecer demasiado arrepentida—. ¿Te he hecho daño?
—Sí —escupió él, doblado sobre sí mismo.
—Vamos. No será para tanto. No exageres.
Le apartó las manos para inspeccionar la zona con la naturalidad con la que se examina un golpe en la espinilla. Lo que encontró bajo el algodón del pantalón fue una erección que Diego ya no podía esconder, la polla completamente empalmada, marcada bajo la tela como un bulto imposible de disimular. Camila se quedó muy quieta un segundo, con la palma apoyada justo encima.
—Hostia —murmuró, casi divertida—. Te he debido dar fuerte de verdad. Se te ha hinchado.
—No es por el golpe —contestó Diego sin pensar—. Son los huevos los que me duelen.
—¿Los huevos? A ver.
Y los tocó. Por encima de la tela, primero. Una caricia más larga de la que necesitaba cualquier diagnóstico. Los dedos de Camila rodearon los testículos, los sopesaron, subieron por la base de la polla hasta el glande y bajaron otra vez. Diego notó cómo se le escapaba el aire por la nariz.
—Creo que también los tienes un poco hinchados.
—No es del golpe. Es que los tengo así.
—¿Eres un pelotudo? —se rio ella—. Como los argentinos.
***
Esteban roncó de nuevo. El sonido les llegó nítido a través del tabique. Los dos se quedaron quietos un instante, escuchando, y entonces ella metió la mano bajo el pantalón de Diego. Sin avisar. Con el aplomo de quien lleva años calculando ese gesto. Los dedos fríos se cerraron sobre la polla desnuda y Diego pegó un respingo.
—¿Qué haces? —susurró él, con los codos clavados en el colchón.
—Compruebo si las tienes gordas de verdad. Es lo justo.
—¿Lo justo?
—Tú llevas años mirándome las tetas. No me digas que no, porque me he dado cuenta. Que Esteban no se entere no significa que yo no lo sepa.
—No es verdad —mintió él, sin convicción.
Camila volteó el móvil para que la pantalla quedara contra el colchón. La habitación volvió a quedar a oscuras. Diego sintió su peso desplazarse y, al segundo, las dos manos de ella estaban sobre él: una en los testículos, sopesándolos con delicadeza, la otra peinando de arriba abajo una erección que no dejaba de crecer. El puño se cerraba en la base y subía despacio hasta el glande, arrancando una gota espesa que Camila untó por toda la punta con el pulgar.
—Joder, cómo mojas —murmuró ella, casi orgullosa—. Y eso que apenas te he tocado.
—Cállate —jadeó Diego—. Vas a hacer que me corra en dos minutos.
—¿De qué color son mis ojos? —preguntó ella, con la voz casi pegada a su oreja, la mano sin parar.
—Azules.
—¿De qué tamaño son mis pechos?
Diego se quedó en silencio. Cualquier respuesta lo condenaba.
—¿Lo ves? Los hombres podéis disimular. Nosotras no.
—No sabría decirte sin tocarlas —murmuró, y se sorprendió a sí mismo.
—Pues tócamelas.
Lo dijo después de una pausa larguísima. La frase casi se perdió entre dos ronquidos.
***
Diego apoyó la palma en uno de los pechos por encima de la camiseta. Notó el peso, la calidez, la ausencia total de sujeción, el pezón duro apretándose contra el algodón. Camila se subió la prenda sin dejar de masturbarlo con la otra mano, y la luz del móvil, apuntada de nuevo hacia la pared, le iluminó solo la mitad del torso desnudo. Las dos lunas que Diego había imaginado durante meses estaban ahí, a un palmo de su cara: pesadas, blancas, con los pezones oscuros y erguidos como puntas de goma.
Las apretó con las dos manos. Una contra la otra. Le pellizcó los pezones entre el pulgar y el índice, los rodó, tiró de ellos hasta arrancarle un gemido. Camila lo ahogó mordiéndose el labio y se vengó cerrando los dedos sobre sus testículos hasta hacerle protestar.
—Cuidado —susurró él.
—Aplícate el cuento.
—La que ha hecho una tortilla con mis huevos hace cinco minutos eres tú.
Camila se rio sin sonido. Luego se inclinó y le besó un pezón, despacio, como si fuera algo perfectamente normal en mitad de un sábado a las dos de la madrugada. La lengua le pasó plana sobre el pecho, bajó por el esternón, se detuvo en el ombligo. Diego se incorporó y bajó la cara hasta el pecho de ella. Cuando se metió una teta entera en la boca, apretándose la carne caliente contra la lengua y chupando el pezón con hambre, el último resquicio de su moral se rindió sin presentar batalla. La otra teta la amasaba con la mano libre, apretando y soltando al ritmo de la lengua.
—Así —jadeó ella—. Chúpamelas fuerte. Muerde.
Él mordió. Con cuidado, sin marca, pero con la fuerza suficiente para que Camila se le arqueara en los brazos. La otra mano de ella no había soltado la polla ni un segundo: seguía subiendo y bajando con un ritmo lento y firme, humedecida ya por el líquido preseminal que Diego escupía sin parar.
—Quiero un hijo, ¿sabes? —murmuró ella, sin apartarle la cara—. Creo que tu hermano es estéril.
—¿Qué?
—Las pruebas de paternidad no distinguen entre hermanos. Piénsalo.
Diego no supo si lo decía en serio o era otra de sus bromas. Tampoco quiso pensarlo. Sospechó que era una capa más de justificación absurda que ella le ofrecía para que él pudiera mentirse a la mañana siguiente. Lo único claro era que Camila acababa de decirle, con todas las letras, que quería que se corriera dentro de ella.
***
Camila se desplazó hasta quedarse de rodillas entre las piernas de Diego y, sin pedir permiso, le bajó el pantalón hasta las rodillas. La polla saltó libre, dura y curvada contra el vientre, brillante en la penumbra. Diego la sintió antes de verla. Tibia, húmeda, decidida. La lengua de Camila recorrió toda la longitud desde los testículos hasta el glande en un lametón lento y calibrado, y luego se la metió entera en la boca de una sola vez, hasta el fondo, hasta que Diego notó el paladar cerrándose sobre la punta.
Era la misma mujer que durante cinco años lo había tratado como a un pariente asexuado, y ahora se la mamaba en silencio mientras su marido dormía a tres metros. Camila subía y bajaba la cabeza con un ritmo obsceno, la boca completamente abierta, la lengua batiendo alrededor del glande cada vez que llegaba arriba. Un hilo de saliva le colgaba de la comisura y le caía sobre los dedos, con los que peinaba los testículos sin parar.
—Qué dura te la he puesto —murmuró ella, con la boca llena—. Cómo te palpita.
—Frena un poco —pidió él—. Te juro que no aguanto.
Camila lo ignoró. Se apartó del glande solo para escupir en la palma de la mano y volver a envolvérsela, y siguió turnando la boca con el puño en una masturbación húmeda que a Diego le hacía subir los talones contra el colchón. Pasó de la boca a los testículos, se los metió en la boca uno por uno, tirando con suavidad, y volvió al glande. Diego recuperó el móvil para verla mejor, y la luz le pintó la frente y el pelo despeinado. Tenía los ojos cerrados y una sonrisa contenida alrededor de la polla. Disfrutaba mamándosela tanto como él sentía cómo se la mamaba.
—Ven aquí —jadeó él, incapaz de aguantar más—. Ven aquí antes de que te llene la boca.
Camila sonrió con la polla en los labios, la sacó de la boca con un chasquido y trepó encima de él. Se subió a horcajadas, se llevó una mano atrás y apartó las bragas a un lado sin quitárselas. Diego notó lo empapada que estaba antes de tocarla: el coño de Camila goteaba directamente sobre la base de su polla, mojándole la piel hasta los testículos. Ella se agarró la verga con una mano, la centró en la entrada de su coño y se empaló despacio, hundiéndose centímetro a centímetro, conteniendo la respiración con la boca abierta.
—Joder —gimió apenas—. Joder, qué llena.
Lo de menos era el placer físico. Lo que dejó a Diego sin aire fue verla a contraluz, sentada encima de él con toda su polla dentro, las tetas balanceándose libres sobre el pecho, la boca abierta sin sonido. El coño de Camila lo apretaba caliente y estrecho, como si nunca hubiera pensado dejarlo salir.
—Por fin —susurró ella—. Por fin.
***
Se movió encima de él con un ritmo que no admitía réplica. Empezó despacio, subiendo y bajando la cadera con círculos amplios, saboreándose cada centímetro, y luego aceleró. Las nalgas le golpeaban los muslos con un ruido carnoso que a Diego le pareció, en medio del silencio de la casa, el sonido más peligroso del mundo. Diego intentó frenarla con las manos en sus caderas, pero ella no quería frenar. Lo que le salía por la boca era una mezcla de jadeos y comentarios sobre su propio cuerpo.
—¿No estoy gorda? —preguntó, sin dejar de moverse, las tetas rebotándole en la cara—. Esteban dice que estoy gorda.
—Estás increíble —respondió él, y era cierto—. No podrías estar más apetitosa. Tienes un coño que aprieta como una virgen.
—Antes de él estaba más delgada. Pero entonces no tenía estas tetas. Ni este culo.
Le agarró una mano a Diego y se la llevó atrás, a la nalga. Él le hundió los dedos en la carne blanda, apretándola, separándola. La otra mano le subió por la espalda hasta el pelo, se lo cogió en un puño y tiró hacia abajo. Camila arqueó el cuello y dejó escapar un jadeo largo, sin dejar de cabalgarlo.
Diego se incorporó para morderle el cuello. Ella lo empujó hacia atrás con una mano abierta sobre el esternón. Mandaba ella. Él lo aceptó. Camila se echó hacia adelante, le clavó las palmas al lado de la cabeza y empezó a moverse en horizontal, restregándole el clítoris contra la base de la polla en un vaivén rápido y corto. Las tetas le colgaban justo encima de la cara. Diego levantó la cabeza y se metió un pezón en la boca. Ella gimió y aceleró.
—Tiene gracia —murmuró Camila, con la voz rota—. Al Vidal gordo le gustan las flacas. Al Vidal flaco le gustan las gordas.
Diego le tapó la boca con un beso para que no soltara más frases peligrosas. Fue el primer beso de verdad de la noche, con lengua, húmedo, mientras seguía embistiéndola desde abajo. Camila aflojó el ritmo y, por un momento, todo se volvió lento, mojado, casi tierno. La polla entraba y salía con calma, envuelta en el flujo del coño, y las caderas se encontraban con un chapoteo bajo que solo ellos podían oír.
Esteban roncó al otro lado del tabique. Cualquiera de los dos podría haber abierto la puerta en ese segundo. No lo hizo.
Camila se levantó sin sacarla del todo, se dio la vuelta sobre él y volvió a bajar de espaldas, con las manos apoyadas en las rodillas de Diego. Él vio cómo su polla entera desaparecía dentro de ella, cómo el culo de Camila se aplastaba contra sus muslos y volvía a subir. Le pasó las manos por las caderas y le clavó los pulgares en la cintura para marcarle el ritmo. Ahora era él el que empujaba desde abajo, embistiendo hacia arriba cada vez que ella bajaba, y el ruido del choque se hizo más difícil de disimular.
—Fóllame así —jadeó ella, con la voz apenas audible—. Sigue. Sigue.
—Vas a despertarlo —advirtió él.
—Me da igual. Me da igual. Sigue.
***
—Me vengo —susurró Diego—. No puedo más.
—Aguanta un poco. Yo ya llego.
Camila se volvió a girar, quedó otra vez de frente y se sentó a fondo, apretando la polla dentro con toda la cadera. Apretó los dientes y aceleró. Le clavó las uñas en el pecho hasta dejarle medias lunas rojas. Diego cerró los ojos y se dejó llevar. Cuando se corrió dentro de ella, los primeros chorros de semen le subieron por la polla con una intensidad que casi le hizo gritar. Notó cada latido descargando dentro del coño de Camila, empapándola por dentro, mezclándose con su humedad, y las contracciones de su cuerpo coincidieron con un orgasmo de ella que la dobló sobre él. El coño de Camila le apretaba la polla en espasmos, como si quisiera exprimirle hasta la última gota. Se mordió el labio para no gritar, y el ruido grave que se le escapó se confundió con el ronquido siguiente de Esteban.
Se quedó quieta unos segundos, con la frente apoyada en el hombro de Diego, la polla todavía dentro, hinchada y palpitando. Él le acarició la espalda con la mano libre. La otra todavía sostenía el móvil contra la pared. Camila movió la cadera un par de veces más, muy despacio, ordeñándolo hasta el fondo, y sonrió.
—¿Estás bien? —preguntó él.
—Mejor que nunca.
Se incorporó sin prisa y dejó que la polla saliera de dentro con un chasquido húmedo. Un hilo espeso de semen le cayó por la cara interna del muslo. Ella lo recogió con dos dedos, se lo llevó a la boca y se lo chupó sin apartar la mirada. Luego se ajustó las bragas por encima, como si con eso bastara para retener el resto dentro, y bajó del colchón. Encontró el pijama en el primer montón que revisó, como si siempre hubiera sabido dónde estaba. Se lo puso con la espalda hacia él, en silencio. Antes de salir, le besó la frente como si Diego fuera un sobrino al que se le dan las buenas noches, y cerró la puerta con cuidado para no despertar a su marido.
***
A la mañana siguiente, los tres estaban sentados a la mesa del salón con el tablero del Catán entre ellos. Esteban tiró los dados.
—¿Otro seis? Llevo cuatro seguidos. Esto es mío.
—Tienes suerte de que no estemos jugando al parchís —dijo Camila, sin levantar la vista—. Te machacaría.
Diego intentó concentrarse en sus cartas. No se atrevió a mirarla más de un segundo seguido. Si lo hacía, estaba seguro de que se le iba a notar todo en la cara. Esteban se rio.
—Mi hermano está muy callado. Es señal de que está a punto de ganar.
—Sí —dijo ella—. Será eso.
Por debajo de la mesa, el pie de Camila buscó el de Diego y se apoyó contra su empeine. Mantuvo la presión los tres segundos exactos que dura una mentira que se quiere recordar.
—Me cortas la ruta —protestó cuando él construyó su siguiente camino—. ¿Cómo te atreves después de lo que hicimos anoche?
Diego sintió la sangre subiéndole hasta las orejas. Esteban levantó la vista del tablero, divertido.
—Dijimos que el rencor de una partida no se exporta a la siguiente —recordó.
—Eso. Borrón y cuenta nueva —repitió Diego, demasiado deprisa.
—Tú mismo —dijo Camila, displicente—. Hoy negocio solo con Esteban. Te vas a enterar.
Se fijó en él un segundo antes de tirar los dados. Una sonrisa mínima, solo para él. Como si le prometiera otra madrugada igual, y como si le avisara, al mismo tiempo, de que no volvería a ocurrir.
Diego no supo cuál de las dos cosas era verdad. Y, en el fondo, no estaba seguro de querer saberlo.