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Relatos Ardientes

Espié a mi novia con su mejor amigo esa madrugada

Me llamo Martín y desde hace meses arrastro una obsesión que me cuesta confesar incluso aquí, donde nadie me conoce. Si la cuento es porque ya no me cabe dentro y porque necesito saber si hay alguien más, al otro lado de la pantalla, que sienta lo mismo que yo cuando apoya la frente contra una puerta cerrada y escucha a su mujer siendo cogida por otro.

Mi novia se llama Lucía. Llevamos casi cuatro años juntos, vivimos en un departamento chico en pleno centro, y hace bastante tiempo que ella mantiene una amistad muy particular con Tomás, un compañero de su trabajo anterior. Particular porque no es solo una amistad: ellos siguen follando como amantes y yo lo sé. Lo acepté hace tiempo y, lo más extraño, me empezó a calentar de una manera que no esperaba.

Todo nació de un trío que hicimos los tres en su momento, una experiencia que ya escribí en otra parte. Después de aquella noche, Tomás y Lucía se hicieron cercanos, demasiado cercanos, y yo, en lugar de cortar por lo sano, fui aceptando los pequeños rituales: ella me contaba dónde se habían visto, qué habían hecho, cómo había sido. Yo escuchaba en silencio, fingiendo neutralidad, mientras por dentro se me endurecía la pija dentro del pantalón.

—Hoy fui a tomar algo con Tomi —me decía cualquier martes, mientras revolvía una olla en la cocina—. Terminamos en su casa.

—¿Y? —preguntaba yo, sin mirarla.

—Y nada. Lo de siempre.

«Lo de siempre» era el código que usábamos para no nombrar las cosas. A veces significaba que le había mamado la verga durante media hora en el sillón de él, hasta dejársela dura como un fierro. Otras veces significaba que se la había cogido contra la mesada de mármol mientras ella se sostenía con las dos manos y él le hundía la polla hasta los huevos por atrás. Yo iba sacando los detalles a fuerza de preguntas tontas que la hacían reír.

—¿Te gusta más su pija que la mía?

—Es distinta —respondía ella, y bajaba la mirada, y esa media frase me destruía y me revivía en el mismo segundo—. Es más gorda. Me llena de otra manera.

La verdad cruda es que Tomás tiene una pija mucho más grande que la mía. No exagero por humildad: serán unos cinco centímetros más, y bastante más gruesa. Lucía nunca me lo dijo así, pero un día vi una foto que él le había mandado y la diferencia era evidente. Una verga oscura, venosa, con el glande hinchado y brillante, casi tan larga como mi antebrazo. Saber que a ella la satisface mejor que yo, que le abre el coño de un modo que yo no puedo, debería arruinarme. En cambio, me eriza la piel cada vez que lo pienso.

***

La primera vez que me animé a investigar fue una tarde en que volví antes del trabajo. Subí los tres pisos por la escalera porque el ascensor estaba ocupado, abrí con mi llave sin hacer ruido y supe enseguida que algo había pasado. El aire de nuestro cuarto olía distinto. Las sábanas, todavía tibias, conservaban un perfume mezclado: sudor, colonia de hombre y ese olor inconfundible a semen y a coño mojado que dejan los cuerpos cuando acaban de coger. Levanté la sábana y encontré una mancha ovalada, apenas seca, justo en el lado donde ella se acuesta. En el tacho del baño, un preservativo anudado, lleno hasta la mitad de una lechada espesa. Me quedé mirándolo un rato largo, con la boca seca.

Esa noche, mientras Lucía se sacaba el maquillaje frente al espejo, le pregunté sin rodeos. Ella me miró por el reflejo, sonrió de costado y me contó todo. Me contó que Tomás la había puesto en cuatro en nuestra propia cama, que primero le había separado las nalgas con las manos y le había pasado la lengua entera desde el ojete hasta el clítoris, una y otra vez, hasta dejarla chorreando sobre las sábanas. Me contó que después le había clavado la verga de un solo empujón, sin pausa, y que ella había gritado contra la almohada porque le entró hasta el fondo. Me contó que él le tomó las muñecas por la espalda y la embistió duro, cada estocada haciendo golpear los huevos contra su clítoris, hasta que ella le pidió que parara porque se iba a venir demasiado rápido. Me contó que él no paró. Que la hizo acabar tres veces seguidas, la última con la boca abierta contra el colchón, mordiendo la tela para no despertar a los vecinos, y que después él le dio vuelta, le agarró las tetas con las dos manos y terminó dentro del forro con un rugido, mirándola a los ojos.

Yo escuchaba apoyado contra el marco de la puerta del baño, con las manos en los bolsillos del pantalón para disimular la erección que ya me deformaba la tela. Lucía se dio cuenta. Caminó despacio hasta donde estaba yo, me miró a los ojos y deslizó una mano lenta sobre el bulto.

—Te calienta que te cuente —dijo, sin pregunta. Apretó la palma contra la punta de mi pija y sonrió al notar el manchón de líquido preseminal que ya empapaba la tela—. Estás mojado, amor. Mirá cómo estás.

No le respondí. Me arrodilló ahí mismo, en el pasillo, me bajó el pantalón y el bóxer de un tirón, y se metió mi verga en la boca sin preámbulos. La lamió con la misma boca con la que unas horas antes había besado a Tomás. Me la chupó lento, mirándome hacia arriba, y cuando me tuvo al borde me sacó y me habló con la voz áspera:

—Vení, cogeme. Cogeme como me cogió él.

La levanté en brazos, la tiré sobre la cama todavía perfumada del otro, le abrí las piernas y me hundí de una. Estaba empapada, hirviendo, todavía un poco abierta por la pija más grande del otro. Le entré con facilidad y sentí, con una mezcla de vergüenza y de calentura brutal, que mi verga le nadaba adentro. Cogimos como hacía meses no lo hacíamos. Le mordí un pezón, le apreté el cuello con una mano y, mientras yo estaba dentro de ella, le susurré al oído que me contara otra vez cómo él la había tenido por la espalda.

—Me la metió toda de una —jadeó Lucía, con los ojos cerrados y las uñas clavadas en mi espalda—. Toda, Martín. Sentí cómo me abría por dentro. Me dijo puta, me dijo que era su puta, y yo le dije que sí. Le dije que sí a todo.

Acabé dentro de ella con un temblor largo, apretando los dientes para no gritar, imaginando que la lechada que le estaba dejando adentro se mezclaba con lo que aún le quedaba del otro.

***

A partir de ahí, las visitas de Tomás a nuestra casa empezaron a ser más frecuentes. Llegaba con una botella de vino, se acomodaba en el sillón del living como si fuera el suyo, y yo aprendí a desaparecer hacia el dormitorio con una excusa cualquiera. «Mañana madrugo, los dejo, sigan ustedes». Ellos asentían, educados, y yo cerraba la puerta sabiendo que esa puerta era una mentira útil.

La primera noche que se quedó hasta tarde no pude conciliar el sueño. El pulso me golpeaba en el cuello y, aunque la cama me invitaba a quedarme quieto, el cuerpo no obedecía. Me levanté descalzo, atravesé la habitación a oscuras y apoyé la oreja contra la puerta. Al principio solo escuchaba la televisión y voces bajas. Después, una pausa larga. Y entonces, esa respiración acelerada que no pertenece a una conversación. Pequeños chasquidos de saliva, ese ruido húmedo, inconfundible, de una boca ocupada en tragarse una verga. El gemido contenido de un hombre a punto de correrse.

Me quedé ahí, paralizado, sintiendo cómo se me ponía dura sin necesidad de tocarme. No podía verlos, pero la imaginación llenaba los huecos: ella arrodillada frente a él, las manos sobre sus muslos, la boca llena hasta la garganta, la lengua girando alrededor del glande. Escuché a Tomás soltar un «así, puta, así» ronco, y a Lucía responder con un gemido ahogado alrededor de la carne que tenía entre los labios. Me bajé el bóxer ahí mismo, contra la puerta, y empecé a masturbarme al ritmo de los ruidos que llegaban desde el otro lado. Cuando los ruidos se apagaron con un gemido gutural de él, yo también acabé, salpicando la madera y mi propia mano, mordiéndome el labio para no hacer ruido. Volví a la cama con las piernas temblando y me limpié en silencio, con la cara hundida en la almohada.

Al día siguiente, en el desayuno, Lucía me preguntó si había dormido bien. Le dije que sí. Después, mientras le servía el café, le pregunté si la noche anterior había pasado algo entre ellos.

—Le mamé la pija un buen rato —contestó, sin levantar la vista del teléfono—. Se corrió en mi boca. Me tragué todo.

Levantó la vista un segundo, me miró con una calma escalofriante y agregó:

—Estaba espeso. Tenía muchas ganas.

El «me tragué todo» fue la confirmación de todo. Y también el combustible para lo que vino.

***

Esa misma semana le propuse cambiar los muebles del living. No fue casualidad: lo había estado pensando durante días. Le dije que la disposición actual no aprovechaba la luz, que sería más cómodo correr el sillón contra la pared opuesta. Lucía me miró con esa media sonrisa que siempre me dedica cuando sospecha segundas intenciones, pero no preguntó nada. Movimos juntos los muebles un sábado por la tarde, y cuando terminamos, me senté en el sillón nuevo para verificar lo que me importaba.

Desde la cerradura de nuestra habitación se veía, perfectamente, casi todo el respaldo del sillón y la mitad del asiento. La televisión quedaba fuera de cuadro, pero los cuerpos no. Si alguien se sentaba ahí, yo lo iba a tener enfrente, enmarcado como en una pantalla privada.

Lucía no era tonta. Varias veces, antes de esa noche, le había planteado la idea de un trío en el que yo me limitara a mirar cómo otro se la cogía. Ella se reía y me decía «sos un degenerado, amor», pero no decía que no. Sospecho que adivinó lo que había hecho con los muebles. Sospecho, también, que le gustó la idea de saberse observada sin tener que aceptarlo en voz alta.

***

El viernes siguiente, Tomás llegó cerca de las once de la noche. Habían quedado en ver una película de terror viejo, una de esas que ella ama y yo nunca aguanto. Me acosté temprano, escuché las primeras risas amortiguadas por la puerta y caí en un sueño raro, lleno de imágenes recortadas.

Me desperté a las tres de la mañana con la boca seca. La televisión seguía encendida, eso lo escuché de inmediato. Pero las voces se habían apagado. Me levanté con un cuidado obsesivo, apoyando un pie tras el otro como si el piso fuera una mina. Llegué hasta la puerta, me agaché y acerqué el ojo a la cerradura.

Lo vi a él primero. Tomás tenía la cabeza echada hacia atrás contra el respaldo del sillón y los ojos cerrados. La camisa desabrochada le colgaba a los costados. El pantalón, abierto de par en par, dejaba ver la verga fuera, brillante de saliva, tan grande como yo la recordaba de la foto. Una mano le colgaba flácida al costado del cuerpo. La otra, en cambio, estaba ocupada: hundida en el pelo de Lucía, sosteniéndola por la nuca, marcándole el ritmo. Ella estaba arrodillada en la alfombra entre las piernas de él, de perfil para mí, perfectamente visible. Se había sacado la remera. Las tetas le colgaban libres, pesadas, los pezones oscuros y duros. Bajaba y subía la cabeza con una entrega que yo nunca le había visto, las mejillas hundidas cada vez que succionaba, un hilo de saliva colgándole del mentón hasta el pecho.

La escuché hacer ruidos que en cuatro años nunca le había arrancado. Ese «glup, glup» húmedo cada vez que la punta le golpeaba el fondo de la garganta. Tomás le apretó la nuca y la obligó a bajar hasta la base. Lucía se atragantó, largó un ruido gutural, y una lágrima le rodó por la mejilla, pero no se apartó. Se quedó ahí, con toda la pija adentro, respirando por la nariz, hasta que él la soltó y la dejó volver a subir tosiendo y sonriendo al mismo tiempo.

—Buena chica —le dijo él en voz baja, y ella se relamió los labios y se la volvió a meter.

Sentí el cuerpo entero temblar. No era solo excitación. Era una mezcla brutal: rabia, vergüenza, ternura, deseo, todo al mismo tiempo. El corazón me golpeaba contra las costillas con tanta fuerza que pensé que iban a oírlo desde el otro lado de la puerta. Bajé la mano para tocarme y me encontré ya completamente mojado a través de la tela del bóxer. Me lo bajé hasta las rodillas y empecé a pajearme ahí mismo, en cuclillas, con el ojo pegado a la cerradura.

Tomás la levantó del pelo, la puso de pie y la dobló sobre el respaldo del sillón, de cara hacia mí. Ahora podía verle la cara a Lucía a solo unos metros, la boca entreabierta, el rímel corrido, los ojos vidriosos. Él le bajó la pollera de un tirón, le arrancó la bombacha rota y le abrió las nalgas con las dos manos. Vi cómo escupía sobre el coño de mi novia y le pasaba la punta de la verga por los labios mojados. Vi cómo la enterraba lentamente, centímetro a centímetro, y cómo la boca de Lucía se abría en un gemido silencioso a medida que él avanzaba.

—Ay, papi, así, así, toda —susurró ella cuando él terminó de entrar, y yo casi acabo con solo escucharlo.

Empezó a cogérsela por atrás con embestidas largas, sacándola casi entera y volviendo a hundírsela toda de un golpe. El sillón crujía. Las tetas de Lucía se sacudían contra el cuero. Ella clavaba las uñas en el respaldo, apretaba los dientes, y de a ratos abría los ojos y miraba directamente hacia la puerta. Hacia mí. Sin verme, pero sabiendo. Yo estoy seguro de que sabía. En un momento sonrió, con la boca abierta, mientras el otro le partía el coño, y esa sonrisa fue para mí.

—Decime que te gusta —le ordenó él, agarrándola del pelo y tirándole la cabeza para atrás—. Decímelo.

—Me encanta tu pija, Tomi —jadeó ella—. Me encanta. Me llenás todo.

—¿Más que la de tu novio?

Hubo una pausa larga. Yo dejé de respirar.

—Más —dijo ella al fin, con la voz rota—. Mucho más.

Me mordí la mano para no gemir. Seguí pajeándome más fuerte, con la vista clavada en el ángulo donde la verga de él entraba y salía del coño de mi mujer, brillante, chorreando. Por un instante se me cruzó la idea de abrir la puerta. No por celos ni para terminar con todo: por meterme dentro, por ser parte de la escena, por pedirle a ella que me mirara mientras el otro la seguía cogiendo. Pero no me moví. Sabía que el secreto era lo que sostenía la fantasía. Si abría la puerta, todo se iba a derrumbar.

Tomás aceleró. Le agarró la cintura con las dos manos y empezó a embestirla con una violencia sorda, cada golpe empujándole el cuerpo entero contra el respaldo. Lucía empezó a gritar bajito, corto, un «ah, ah, ah» que se le escapaba con cada estocada. Le vi tensar los muslos, arquear la espalda, y supe que se estaba viniendo. Se vino sobre la verga de él con un gemido largo y ronco, mordiendo el cuero del sillón para amortiguarlo.

Esperé. Recé, casi, para que él acabara sobre ella y para que yo pudiera verlo. Y eso fue exactamente lo que pasó. Tomás la sacó de un tirón, se agarró la verga con la mano y le apuntó a la cara. Le dio vuelta a Lucía por los hombros, la hizo arrodillarse, y le pegó dos, tres, cuatro chorros de leche espesa en la boca abierta, en las mejillas, en las tetas. Ella se lo tragó todo lo que pudo y se limpió lo que se le escurría por el mentón con el dorso de la mano, y después le sonrió como si acabara de hacerle un favor que ella también necesitaba. Yo acabé en el mismo instante, mordiendo la manga de la remera, salpicando la puerta y el piso, con un temblor que me duró casi un minuto.

Esto es lo que soy ahora, pensé, todavía agachado, con la mano llena de mi propia lechada, sin animarme a moverme por miedo a que la madera del piso me delatara.

***

Volví a la cama caminando hacia atrás, con las rodillas blandas, después de limpiar el piso con una remera vieja. Me acosté, me cubrí hasta el cuello y traté de fingir que dormía. Una hora después escuché la puerta de calle cerrarse con suavidad y los pasos descalzos de Lucía buscando el baño. Cuando se acostó a mi lado, le pasé un brazo por la cintura y le besé la nuca. Olía a él: a semen, a sudor, a colonia de hombre. Le metí la mano entre las piernas y la encontré todavía abierta, tibia, pegajosa. Ella no dijo nada. Abrió los muslos un poco más y dejó que le hundiera dos dedos ahí donde otro acababa de dejarla marcada. La sentí temblar contra mi pecho, y me di cuenta de que estaba sonriendo en la oscuridad.

No le conté lo que había visto. No esa noche, al menos. Sospecho que ella lo intuye. Hay algo en su mirada cuando Tomás está cerca, una chispa de prueba, como si me estuviera ofreciendo el juego sin nombrarlo. Y yo lo juego. Cambié los muebles. Aprendí a fingir que duermo. Aprendí a desear que mi novia se coma otra pija en la habitación de al lado.

Por eso escribo. No busco que nadie me diga si está bien o si está mal: eso ya lo decidí. Lo que quiero saber es si hay otros como yo, que se les para la verga al imaginar a su pareja contra otra boca, otra polla, otro coño lleno de leche ajena. Si alguno de ustedes apoyó alguna vez la frente contra una puerta y sintió el mismo calor enfermo subir por la espalda mientras se la pajeaba escuchando gemir a su mujer.

Si la respuesta es sí, cuéntenme. Si la respuesta es no, perdónenme. De cualquier modo, aquí sigo: mudando muebles, ajustando ángulos, esperando la próxima noche en que ella le abra la puerta a Tomás y se la vuelva a meter en la boca.

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Comentarios(9)

TabooReader

Que relato tan bien contado, me quede pegado hasta el final. Sigue asi!!

SantiG92

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber que paso despues de esa noche

Curiosa_BA

Me pregunto si el que narra termino entrando o solo se quedo mirando... esa tension quedo flotando y me tiene loca jaja

Noche_Baires

Me recuerda a algo que me paso hace unos anos aunque termino muy distinto. Buena prosa, se siente real.

LectorNocte77

increible, corto pero con mucha carga emocional. Espero el proximo!!

Fernandito_BA

jaja el detalle de la cerradura es muy cinematografico, me imagino la escena perfectamente

Pame_cba

Eso de que el morbo le gano al orgullo antes de esa noche... uff, que frase. Me llego

RobertoMdp

Muy buen relato, me gusto como esta narrado. Ese principio engancha de una. Saludos desde Mar del Plata

NocturnoLect

Lo lei de un tiron y quede con ganas de mas. Muy bueno!!

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