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Relatos Ardientes

Espié a mi novia con su mejor amigo esa madrugada

Me llamo Martín y desde hace meses arrastro una obsesión que me cuesta confesar incluso aquí, donde nadie me conoce. Si la cuento es porque ya no me cabe dentro y porque necesito saber si hay alguien más, al otro lado de la pantalla, que sienta lo mismo que yo cuando apoya la frente contra una puerta cerrada.

Mi novia se llama Lucía. Llevamos casi cuatro años juntos, vivimos en un departamento chico en pleno centro, y hace bastante tiempo que ella mantiene una amistad muy particular con Tomás, un compañero de su trabajo anterior. Particular porque no es solo una amistad: ellos siguen teniendo encuentros como amantes y yo lo sé. Lo acepté hace tiempo y, lo más extraño, me empezó a calentar de una manera que no esperaba.

Todo nació de un trío que hicimos los tres en su momento, una experiencia que ya escribí en otra parte. Después de aquella noche, Tomás y Lucía se hicieron cercanos, demasiado cercanos, y yo, en lugar de cortar por lo sano, fui aceptando los pequeños rituales: ella me contaba dónde se habían visto, qué habían hecho, cómo había sido. Yo escuchaba en silencio, fingiendo neutralidad, mientras por dentro algo se encendía.

—Hoy fui a tomar algo con Tomi —me decía cualquier martes, mientras revolvía una olla en la cocina—. Terminamos en su casa.

—¿Y? —preguntaba yo, sin mirarla.

—Y nada. Lo de siempre.

«Lo de siempre» era el código que usábamos para no nombrar las cosas. A veces significaba un sexo oral largo en el sillón de él. Otras veces significaba que se la cogió contra la mesada de mármol mientras ella se sostenía con las dos manos. Yo iba sacando los detalles a fuerza de preguntas tontas que la hacían reír.

—¿Te gusta más con él?

—Es distinto —respondía ella, y bajaba la mirada, y esa media frase me destruía y me revivía en el mismo segundo.

La verdad cruda es que Tomás tiene una pija mucho más grande que la mía. No exagero por humildad: serán unos cinco centímetros más, y bastante más gruesa. Lucía nunca me lo dijo así, pero un día vi una foto que él le había mandado y la diferencia era evidente. Saber que a ella la satisface mejor que yo debería arruinarme. En cambio, me eriza la piel cada vez que lo pienso.

***

La primera vez que me animé a investigar fue una tarde en que volví antes del trabajo. Subí los tres pisos por la escalera porque el ascensor estaba ocupado, abrí con mi llave sin hacer ruido y supe enseguida que algo había pasado. El aire de nuestro cuarto olía distinto. Las sábanas, todavía tibias, conservaban un perfume mezclado: sudor, colonia de hombre y ese olor inconfundible que dejan los preservativos cuando se usan apurados.

Esa noche, mientras Lucía se sacaba el maquillaje frente al espejo, le pregunté sin rodeos. Ella me miró por el reflejo, sonrió de costado y me contó todo. Me contó que Tomás la había puesto en cuatro en nuestra propia cama, que le había tomado las muñecas por la espalda y la había embestido fuerte, sin pausa, hasta que ella le pidió que parara porque se iba a venir demasiado rápido. Me contó que él no paró.

Yo escuchaba apoyado contra el marco de la puerta del baño, con las manos en los bolsillos del pantalón para disimular lo que estaba pasando del otro lado de la tela. Lucía se dio cuenta. Caminó despacio hasta donde estaba yo, me miró a los ojos y deslizó una mano lenta sobre el pantalón.

—Te calienta que te cuente —dijo, sin pregunta.

No le respondí. Esa noche cogimos como hacía meses no lo hacíamos, y mientras yo estaba dentro de ella le susurré al oído que me contara otra vez cómo él la había tenido por la espalda. Lucía cerró los ojos y obedeció.

***

A partir de ahí, las visitas de Tomás a nuestra casa empezaron a ser más frecuentes. Llegaba con una botella de vino, se acomodaba en el sillón del living como si fuera el suyo, y yo aprendí a desaparecer hacia el dormitorio con una excusa cualquiera. «Mañana madrugo, los dejo, sigan ustedes». Ellos asentían, educados, y yo cerraba la puerta sabiendo que esa puerta era una mentira útil.

La primera noche que se quedó hasta tarde no pude conciliar el sueño. El pulso me golpeaba en el cuello y, aunque la cama me invitaba a quedarme quieto, el cuerpo no obedecía. Me levanté descalzo, atravesé la habitación a oscuras y apoyé la oreja contra la puerta. Al principio solo escuchaba la televisión y voces bajas. Después, una pausa larga. Y entonces, esa respiración acelerada que no pertenece a una conversación. Pequeños chasquidos de saliva. El gemido contenido de un hombre.

Me quedé ahí, paralizado, sintiendo cómo se me ponía dura sin necesidad de tocarme. No podía verlos, pero la imaginación llenaba los huecos: ella arrodillada frente a él, las manos sobre sus muslos, la boca llena. Cuando los ruidos se apagaron, volví a la cama y me masturbé en silencio, con la cara hundida en la almohada para que no me oyera nadie.

Al día siguiente, en el desayuno, Lucía me preguntó si había dormido bien. Le dije que sí. Después, mientras le servía el café, le pregunté si la noche anterior había pasado algo entre ellos.

—Le chupé la pija un buen rato —contestó, sin levantar la vista del teléfono—. Después se fue.

El «un buen rato» fue la confirmación de todo. Y también el combustible para lo que vino.

***

Esa misma semana le propuse cambiar los muebles del living. No fue casualidad: lo había estado pensando durante días. Le dije que la disposición actual no aprovechaba la luz, que sería más cómodo correr el sillón contra la pared opuesta. Lucía me miró con esa media sonrisa que siempre me dedica cuando sospecha segundas intenciones, pero no preguntó nada. Movimos juntos los muebles un sábado por la tarde, y cuando terminamos, me senté en el sillón nuevo para verificar lo que me importaba.

Desde la cerradura de nuestra habitación se veía, perfectamente, casi todo el respaldo del sillón y la mitad del asiento. La televisión quedaba fuera de cuadro, pero los cuerpos no. Si alguien se sentaba ahí, yo lo iba a tener enfrente, enmarcado como en una pantalla privada.

Lucía no era tonta. Varias veces, antes de esa noche, le había planteado la idea de un trío en el que yo me limitara a mirar. Ella se reía y me decía «sos un degenerado, amor», pero no decía que no. Sospecho que adivinó lo que había hecho con los muebles. Sospecho, también, que le gustó la idea de saberse observada sin tener que aceptarlo en voz alta.

***

El viernes siguiente, Tomás llegó cerca de las once de la noche. Habían quedado en ver una película de terror viejo, una de esas que ella ama y yo nunca aguanto. Me acosté temprano, escuché las primeras risas amortiguadas por la puerta y caí en un sueño raro, lleno de imágenes recortadas.

Me desperté a las tres de la mañana con la boca seca. La televisión seguía encendida, eso lo escuché de inmediato. Pero las voces se habían apagado. Me levanté con un cuidado obsesivo, apoyando un pie tras el otro como si el piso fuera una mina. Llegué hasta la puerta, me agaché y acerqué el ojo a la cerradura.

Lo vi a él primero. Tomás tenía la cabeza echada hacia atrás contra el respaldo del sillón y los ojos cerrados. Una mano le colgaba flácida al costado del cuerpo. La otra, en cambio, estaba ocupada: hundida en el pelo de Lucía, sosteniéndola por la nuca, marcándole el ritmo. Ella estaba arrodillada en la alfombra entre las piernas de él, de perfil para mí, perfectamente visible. Bajaba y subía la cabeza con una entrega que yo nunca le había visto, las mejillas hundidas cada vez que succionaba.

Sentí el cuerpo entero temblar. No era solo excitación. Era una mezcla brutal: rabia, vergüenza, ternura, deseo, todo al mismo tiempo. El corazón me golpeaba contra las costillas con tanta fuerza que pensé que iban a oírlo desde el otro lado de la puerta. Bajé la mano para tocarme y me encontré ya completamente mojado a través de la tela del bóxer.

Tomás soltó un suspiro largo y le apretó la cabeza, obligándola a tragarlo entero. Lucía no protestó. Resistió un segundo, hizo un ruido ahogado que llegó hasta mí, y siguió. Con la otra mano, él le buscó un pecho por debajo de la remera, se lo apretó, y ella gimió contra él con la boca llena.

Yo estaba en el piso, agachado, en silencio absoluto. Por un instante se me cruzó la idea de abrir la puerta. No por celos ni para terminar con todo: por meterme dentro, por ser parte de la escena, por pedirle a ella que me mirara mientras se la tragaba. Pero no me moví. Sabía que el secreto era lo que sostenía la fantasía. Si abría la puerta, todo se iba a derrumbar.

Esperé. Recé, casi, para que él acabara en su boca y para que ella se lo tragara sin dejar caer una gota. Y eso fue exactamente lo que pasó. Tomás se tensó entero, le sostuvo la cabeza con las dos manos por unos segundos eternos, y después la soltó. Lucía se separó despacio, se pasó el dorso de la mano por los labios y le sonrió como si acabara de hacerle un favor que ella también necesitaba.

Esto es lo que soy ahora, pensé, todavía agachado, sin animarme a moverme por miedo a que la madera del piso me delatara.

***

Volví a la cama caminando hacia atrás, con las rodillas blandas. Me acosté, me cubrí hasta el cuello y traté de fingir que dormía. Una hora después escuché la puerta de calle cerrarse con suavidad y los pasos descalzos de Lucía buscando el baño. Cuando se acostó a mi lado, le pasé un brazo por la cintura y le besé la nuca. Olía a él. No me importó. O sí me importó, pero de un modo que no se parece a lo que la palabra «importar» suele significar.

No le conté lo que había visto. No esa noche, al menos. Sospecho que ella lo intuye. Hay algo en su mirada cuando Tomás está cerca, una chispa de prueba, como si me estuviera ofreciendo el juego sin nombrarlo. Y yo lo juego. Cambié los muebles. Aprendí a fingir que duermo. Aprendí a desear que mi novia me ponga los cuernos en la habitación de al lado.

Por eso escribo. No busco que nadie me diga si está bien o si está mal: eso ya lo decidí. Lo que quiero saber es si hay otros como yo, que se excitan al imaginar a su pareja contra otra boca, otro cuerpo, otro ritmo. Si alguno de ustedes apoyó alguna vez la frente contra una puerta y sintió el mismo calor enfermo subir por la espalda.

Si la respuesta es sí, cuéntenme. Si la respuesta es no, perdónenme. De cualquier modo, aquí sigo: mudando muebles, ajustando ángulos, esperando la próxima noche en que ella le abra la puerta a Tomás.

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Comentarios (4)

TabooReader

Que relato tan bien contado, me quede pegado hasta el final. Sigue asi!!

SantiG92

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber que paso despues de esa noche

Curiosa_BA

Me pregunto si el que narra termino entrando o solo se quedo mirando... esa tension quedo flotando y me tiene loca jaja

Noche_Baires

Me recuerda a algo que me paso hace unos anos aunque termino muy distinto. Buena prosa, se siente real.

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