La noche que el ascensor me atrapó con mi pasante
Eran casi las once de la noche cuando salí del aula magna con la garganta seca y la corbata floja. El congreso sobre ensayo argentino del siglo XX se había alargado dos horas más de lo previsto, y el ala vieja de la Facultad de Filosofía estaba completamente vacía. Solo quedábamos Camila y yo: la pasante que me habían asignado para los micrófonos y el proyector, y que llevaba ocho horas convirtiéndome la noche en un interrogatorio silencioso.
Camila Vidal tenía veintidós años, el pelo oscuro hasta los hombros y una forma de cruzar las piernas sobre el borde de mi escritorio que ningún reglamento de pasantías contempla. Esa noche llevaba una falda negra corta, una blusa blanca medio abierta y unos tacones que repicaban en el pasillo vacío como si estuvieran avisándome de algo.
Yo me llamo Esteban Quiroga, tengo cincuenta y un años y llevo veinticuatro casado con la misma mujer. Doy clases de teoría literaria desde antes de que Camila aprendiera a leer. Soy de los profesores que firman puntuales, que no se meten en líos y que reciben tarjetas de Navidad de tres generaciones de alumnos. Esa era, al menos, la versión que figuraba en mi solapa.
—Por acá, profesor —dijo ella apretando el botón del ascensor con la uña pintada—. A menos que prefiera bajar por las escaleras como un señor mayor.
—Prefiero la eficiencia, señorita Vidal —respondí seco—. Y un poco de respeto.
Camila puso los ojos en blanco y entró primero. Movió las caderas un poco más de lo necesario, mordiéndose el labio inferior con esa sonrisa que llevaba toda la noche dedicándome desde el otro lado del escenario. Las puertas se cerraron con un suspiro metálico.
Subimos un piso. A mitad del segundo, el aparato dio una sacudida brusca, gimió y se detuvo. Las luces parpadearon una vez antes de quedarse en una claridad amarilla, débil, de emergencia. El tablero quedó muerto. El silencio se llenó con el zumbido lejano de un transformador en algún lugar del edificio.
Camila soltó una carcajada irónica.
—Genial —dijo—. Atrapada en una caja de chapa con el profesor más aburrido de toda la facultad.
Apreté el botón de emergencia tres veces. Nada. Saqué el teléfono y lo levanté hasta el techo: sin señal. Aquel sector del edificio era famoso por sus zonas muertas; lo sabíamos todos, hasta los administrativos, pero nadie había hecho nunca nada al respecto.
—Justo lo que me hacía falta —murmuré aflojándome la corbata por completo—. Una noche más larga, contigo.
Ella se recostó contra la pared espejada y se cruzó de brazos por debajo del pecho, empujándolo hacia arriba sin disimulo. Su perfume era dulce, exagerado, casi mareante en ese cubículo de dos metros por dos.
—¿Tiene miedo de que su esposa piense que se está demorando con una alumnita? —preguntó con la cabeza ladeada.
—Tengo la sensación de que tu boca es bastante más rápida que tu trabajo —contesté sin mirarla.
—Capaz que sé usarla mejor —dijo, y dio un paso hacia adelante—. ¿Nunca lo pensó, doctor Quiroga? Todas esas noches corrigiendo monografías en su oficina mientras su mujer duerme… Apuesto a que se imagina callando a chicas insolentes como yo.
***
El aire dentro del ascensor se volvió pesado. Yo era un hombre de costumbres firmes, de viernes con vino tinto y domingos con la suegra. Pero la forma en que ella me miraba —desafiante, divertida, con la lengua asomándose un segundo entre los dientes— me despertó algo que llevaba dormido desde hacía demasiado tiempo. No fue deseo en abstracto. Fue una decisión muy concreta, tomándose sola, sin pedirme permiso.
—Cuidado, Camila —dije bajando la voz una nota—. Estás jugando un juego que no sabes cuánto puede salirte caro.
—¿Ah, sí? —Se pasó la punta de la lengua por el labio inferior—. ¿Y qué va a hacer, profesor? ¿Darme una clase de ética? ¿O por fin va a admitir que lleva ocho horas pensando en lo que pasaría si me callara contra esa pared?
Algo se rompió en mí. No fue un trueno. Fue más bien un crujido seco, como cuando una rama vieja por fin cede al peso. Avancé los tres pasos que nos separaban, la tomé de la cintura, la giré y la apoyé de espaldas contra el espejo.
Camila soltó un jadeo que se convirtió enseguida en una risa entrecortada.
—Por fin —murmuró—. Se rompió el profesor serio.
—Cállate —gruñí pegando mi cuerpo al suyo.
Una de mis manos subió por su muslo y le levantó la falda hasta la cintura. No traía nada debajo. Por supuesto que no. Pasé los dedos por la piel desnuda y la sentí brillar de humedad, resbaladiza, evidente.
—Mira vos —dije bajito, casi para mí mismo—. Tanta provocación y ya estás empapada por un hombre casado que te dobla la edad.
Ella empujó la cadera hacia atrás y rozó con el trasero el bulto duro contra mi pantalón.
—Mi novio no me hace acabar —susurró con la voz quebrada por primera vez en toda la noche—. A usted le bastan dos dedos.
Se los metí. Camila se mordió el dorso de la mano para no gritar. La cabeza le cayó hacia adelante, el pelo cubriéndole media cara, una respiración corta empañando el espejo.
No había tiempo para juegos largos. El edificio estaba vacío, sí, pero el ascensor podía volver a la vida en cualquier momento. Me bajé el cierre, dejé que mi verga saliera dura y caliente contra el aire frío, y la apoyé entre sus piernas. Ella se inclinó hacia adelante apoyando las palmas en el espejo, dejándome ver su espalda arqueada en la luz amarillenta.
—¿Esto es lo que querías toda la noche? —pregunté ronco.
—Sí —respondió sin un solo gramo de ironía—. Hágalo, profesor. Como a una insolente.
Entré despacio la primera vez, marcando el camino. Sentí cómo me apretaba, todavía tensa por la sorpresa. Después ya no hubo cuidado posible. Cada embestida la pegaba contra el cristal, los pechos comprimidos a través de la blusa, los pezones marcándose duros contra la tela blanca. Su aliento empañaba el espejo con pequeños círculos que se desvanecían y volvían.
El ascensor olía a perfume dulce, a sudor y a algo más profundo, más animal. Le agarré la nuca y le hablé al oído como nunca le había hablado a nadie.
—Esto no pasó nunca, ¿entendiste? Mañana sigues siendo mi pasante. Esta noche eres otra cosa.
—Sí —jadeó—. Otra cosa.
Le mordí la curva del cuello, justo donde el cuello de una camisa no llega a tapar. Le quedaría la marca dos días. Quería que la viera al espejo a la mañana siguiente. Quería que se acordara cada vez que volviera a entrar en mi aula con esa sonrisita de superioridad y esa libreta perfectamente ordenada.
—Más fuerte —pidió—. Por favor.
La obedecí. Le sujeté las caderas con las dos manos y entré hasta el fondo, una y otra vez, sintiendo cómo el espejo crujía a su espalda y cómo los tacones se le movían un par de centímetros en cada embestida. Ella ya no era engreída. Era una chica de veintidós años con la frente apoyada contra el vidrio, repitiendo mi apellido como si fuera una palabra prohibida.
—Doctor… Quiroga… Quiroga…
Sus paredes empezaron a apretarme rítmicamente, breves espasmos cada vez más cercanos.
—Voy a… —empezó.
—Acaba —le dije al oído—. Acaba ahora, con un hombre casado. Después sigues siendo la chica perfecta del campus.
Camila se quebró. Mordió su propio antebrazo para no gritar, sintió el temblor subirle desde la planta de los pies hasta la nuca, y se le aflojaron las rodillas. La sostuve por la cintura mientras se vaciaba en silencio, con un único quejido largo y profundo que ningún diccionario pedagógico catalogaría.
Yo no aguanté mucho más. La empujé una última vez hasta el fondo, le clavé los dedos en las caderas y me corrí dentro con un gruñido que tuve que ahogar contra su hombro. Todo lo que había estado aguantando esa noche —las miradas largas, los roces de la mañana, el desprecio fingido durante la conferencia y el deseo guardado desde marzo— se vació en ella en cuestión de segundos.
Nos quedamos pegados, respirando. La luz amarilla seguía igual. Mi camisa se había soltado del cinturón sin que me diera cuenta. Camila tenía el maquillaje corrido en una pequeña lágrima negra bajo el ojo derecho, y no sabría decir si era de placer o de algo más complicado.
Justo cuando me apartaba y empezaba a subirme el cierre, el aparato emitió un zumbido. Las luces blancas volvieron de golpe. El tablero parpadeó y mostró el número del piso. El ascensor reanudó la subida como si nada hubiera ocurrido en los últimos diez minutos.
***
Tuvimos exactamente catorce segundos para volver a ser otras dos personas.
Me ajusté la corbata. Me peiné con los dedos. Ella se bajó la falda, se acomodó el pelo mirando su reflejo y se pasó el meñique por debajo del ojo para borrar la línea negra. Cuando las puertas se abrieron en la planta de profesores, ya éramos otra vez el profesor y la pasante.
—Profesor —dijo en voz baja antes de salir—, ¿le aviso por mail mañana cuándo llegan los nuevos micrófonos?
—Sí, señorita Vidal —respondí con la voz más neutra que pude—. Y por favor, sea puntual.
Caminé hasta el estacionamiento sintiendo todavía el peso de su cuerpo contra el mío y el olor de su perfume pegado al cuello de la camisa. Me detuve junto al auto, respiré hondo dos veces y me miré las manos bajo la luz del farol. No me temblaban. Eso fue lo que más miedo me dio.
Mi mujer estaría dormida. Mañana le contaría que el congreso se había alargado, que un ascensor había fallado, que había llegado tarde. Casi todo sería verdad. Casi.
Veinticuatro años de matrimonio y ni una sola vez había sentido culpa antes de subirme al auto. Esa noche tampoco la sentí. Lo que sentí fue una cosa peor: la certeza tranquila de que iba a volver a buscarla, y de que ella ya lo sabía cuando me había dicho «sea puntual».