La despedida que mi mujer le debía a mi sobrino
Tenemos los dos treinta y un años y llevamos diez de casados. Yo trabajo en una empresa de software, ella en una clínica dental del centro. La gente nos mira en los restaurantes y se nota que todavía nos deseamos. Lo que nadie sabe —ni mi madre, ni mi hermano— es que llevo nueve años guardando un video.
El verano siguiente a la boda viajé a Lima por un proyecto que iba a durar dos semanas. En ese momento vivía con nosotros mi sobrino Mateo, el hijo mayor de mi hermano, que estaba terminando la universidad y no le alcanzaba para pagar alquiler. Le dimos el cuarto de huéspedes. Era buen chico. Educado, callado, agradable. Tenía veintiún años entonces.
Yo era el tipo de marido que esconde una cámara en su propio dormitorio porque acaba de casarse y tiene miedo. No por celos concretos, sino por una intuición de fondo: Carolina era demasiado guapa, demasiado libre, y yo me iba dos semanas. La cámara era una excusa para sentirme tranquilo. La encontré llena.
Cuando volví, miré el material en la oficina, con la puerta cerrada y los auriculares puestos. Tres noches. La primera, ella le abrió la puerta y se rio bajito como una adolescente. La segunda, Mateo entró sin esperar a que lo invitaran. La tercera fue distinta: él la puso boca abajo, le susurró algo al oído y le partió el culo durante una hora larga. Cuando terminó, le hizo prometer en voz alta que ese culo iba a ser solo de él. Mi mujer lo prometió.
No grité. No lloré. No la confronté. Apagué la pantalla, copié los archivos a un disco externo y lo guardé en una caja de zapatos en el altillo. Esa noche llegué a casa con flores y le dije que la había echado de menos. Ella se puso a llorar de pura felicidad. Yo me la follé en el sofá del salón.
Durante nueve años no volví a mencionarlo. No revisé más cámaras. No espié su teléfono. Decidí, como una especie de pacto privado conmigo mismo, que iba a olvidarlo. Y casi lo consigo.
***
El año pasado, después de una década entera de horas extras y vacaciones canceladas, decidimos irnos a vivir a Madrid. Mi empresa abría sede allí, y a Carolina la admitían en una clínica del barrio de Chamberí. Vendimos el apartamento, regalamos la mitad de los muebles, programamos despedidas.
Fue ahí cuando empezó a nombrar a Mateo.
—Tenemos que despedirnos de tu sobrino —me dijo una noche en la cocina, mientras cenábamos algo rápido.
Levanté la vista del plato.
—¿De qué sobrino?
—De Mateo. Hace meses que no lo vemos.
—A mí no me interesa Mateo —dije—. ¿A ti sí?
—No, claro que no —respondió demasiado rápido—. Pero es de tu familia.
—¿Y qué?
Ella bajó la vista al plato. No insistió. Pero a los tres días volvió a sacar el tema, y a los seis. Era la tercera vez en una semana y faltaban diez días para subirnos al avión.
—Carolina, te voy a hacer una propuesta —le dije sin levantar la voz—. Si lo que quieres es acostarte con él una última vez, llámalo. Que venga el viernes a las dos. Yo te dejo el apartamento. Despídete bien.
Le cambió la cara. Le cambió primero el color de las mejillas y después la forma de la boca.
—¿Estás loco? —dijo—. Eso es un invento tuyo. Yo nunca te he sido infiel.
—¿Estás segura?
—Te he sido fiel toda la vida. Tú eres el que se acuesta con sus colegas y con sus becarias, y yo nunca te he montado una escena.
—Ven al despacho —dije.
Saqué el disco del altillo. Conecté el portátil. Le puse la tercera noche, porque era la más explícita. Carolina se quedó de pie detrás de mi silla, sin parpadear, durante los primeros cinco minutos. Después se sentó en el suelo, contra la pared, con la mirada en otra parte. Cuando llegamos al momento en que ella se lo prometía, cerró los ojos.
—Apaga eso —dijo.
Lo apagué.
—Llevo nueve años con este video —le expliqué con calma—. Nunca dije nada. Pero te conozco, y sé que llevas dos meses pidiéndome permiso sin pedirlo. Llámalo. Te doy el viernes.
Me puse el abrigo y salí a caminar por el barrio. Cuando volví, dos horas más tarde, Carolina estaba en la cama con la luz apagada. No dijo nada. Tampoco yo.
***
El miércoles por la noche escuché desde el baño que hacía una llamada en voz baja. El jueves por la mañana se compró lencería en el centro y me la enseñó como si tal cosa, diciéndome que era para Madrid. Le dije que le quedaba bien.
El jueves por la noche instalé tres cámaras: una en el salón, detrás de un libro hueco; otra en el dormitorio principal, sobre el armario; la tercera en el pasillo, para ver entrar y salir. Las conecté a una aplicación del móvil. Probé el audio. Funcionaba.
El viernes a la una y media le dije a Carolina que me iba a comer con un cliente y que volvería tarde. Ella me besó en la frente como si me fuera a la guerra. Bajé al garaje, me metí en el coche y conduje hasta una cafetería a tres calles. Pedí un café y abrí el móvil.
A las dos en punto sonó el timbre.
Mateo entró con una camisa azul, recién duchado. Tenía treinta años ya, más cuerpo que entonces, más seguridad. Carolina lo recibió descalza, con un vestido corto que no era ninguno de los que yo conocía. Se besaron en la mejilla con la cortesía del primer minuto y se sentaron en el sofá del salón.
Hablaron media hora. De Madrid, del piso nuevo, del trabajo en la clínica. Él se sirvió un whisky, ella un vino. Al tercer vino, mi mujer dejó la copa sobre la mesa, se levantó, se quitó el vestido por encima de la cabeza y se quedó frente a él con la lencería que se había comprado el día anterior.
—No te di tiempo a verla en el probador —le dijo.
Mateo no contestó con palabras. Se desabrochó el cinturón, se bajó los pantalones hasta los tobillos y esperó. Carolina se arrodilló en la alfombra que habíamos comprado en nuestro viaje a Estambul. Le sacó la verga con dos dedos, se la pasó por los labios sin metérsela, lo miró desde abajo, y entonces se la tragó entera, despacio, hasta que él soltó un gemido grave que se oyó perfectamente desde mi móvil.
Le hizo una mamada larga, paciente, con los ojos fijos en él. Yo nunca le había visto esa mirada. Era una mirada de mujer concentrada, no de mujer que cumple. Cuando él iba a terminar, le apartó la cara con las dos manos.
—En la cama —dijo Mateo—. Te quiero acabar dentro.
Carolina se levantó, le tomó la mano y se lo llevó al dormitorio. Mi dormitorio. La cama donde dormíamos los dos.
Cambié de cámara.
***
Lo hicieron primero en cuatro, lentamente, como si los dos quisieran que durara. Él se la metió de una sola vez y ella echó la cabeza hacia atrás. Tenía los ojos cerrados y la boca abierta y no salía ningún sonido, solo el aire entrando y saliendo. A los pocos minutos Mateo aceleró y empezó a hablarle en voz baja al oído, cosas que mi móvil no recogía del todo. Lo que sí oí fue a Carolina pidiéndole que la rompiera, que la rompiera ya. Acabó dentro de ella con un gruñido y se quedó encima un buen rato, abrazándola, como si tuvieran tiempo.
Le dijo, justo antes de retirarse:
—Ojalá te quedes con algo mío para Madrid.
Ella no contestó.
El segundo asalto fue el que yo estaba esperando. Mateo la dio vuelta, le besó la espalda, bajó la lengua hasta el otro agujero. Carolina se aferró a las sábanas y empujó la cadera hacia atrás. Él se tomó su tiempo. Le hizo con la lengua y con los dedos lo que un marido decente le hace a su mujer cuando la quiere. Yo nunca le había hecho eso a Carolina. Nunca me había dejado.
Cuando él entró en su culo, ella mordió la almohada. Mateo le repitió en voz alta lo que le había hecho prometer nueve años antes. Que ese culo era suyo. Que nadie más se lo había tocado. Que se lo había guardado para él. Mi mujer dijo que sí. Lo dijo varias veces. Lo dijo con la cara contra el colchón y las manos agarradas a los barrotes de nuestra cama.
Acabó dentro. Se quedaron así, encajados, varios minutos. Yo, en la cafetería de la esquina, pedí un segundo café.
Se despidieron en la puerta con un beso largo, mientras él se acababa de abrochar la camisa. Mateo bajó por las escaleras silbando. Yo le di tres minutos. Después arranqué el coche, subí al apartamento y abrí la puerta sin avisar.
***
Carolina seguía desnuda en la cama, boca arriba, con un brazo cruzado sobre los ojos. No me esperaba. Cuando me oyó entrar quiso taparse con la sábana y le quité la sábana de un tirón.
Me desnudé sin decir nada. Me subí encima. Le abrí las piernas y me la follé en el coño que mi sobrino acababa de dejarle lleno. No fue tierno. Fue rabia y fue otra cosa que no sabría nombrar. Le di duro, durante mucho rato, hasta que ella dejó de cerrar los ojos y se quedó mirándome. Cuando acabé dentro, ella seguía mirándome.
No paré ahí. Le di la vuelta. Le abrí las nalgas con los pulgares y vi lo que Mateo le había dejado. Le clavé la verga en el culo, por primera vez en nueve años, sin pedirle permiso. Carolina se quejó al principio, pero después echó el culo hacia atrás. Sin promesas, esta vez. Sin nombres. Le di hasta vaciarme.
Cuando salí, vi sangre en la sábana. Paré.
Me senté en el borde de la cama y me quedé un rato mirando la pared. Ella se levantó, se metió en la ducha y estuvo allí media hora. Yo deshice las cámaras, borré los archivos del móvil, dejé el original en el disco externo y lo metí otra vez en la caja de zapatos. Esa caja se viene a Madrid conmigo. Carolina lo sabe.
Aquella noche cenamos pasta y vimos una serie. No volvimos a hablar del viernes. Cuando llegamos a Madrid, dos semanas después, dormimos abrazados como dos personas que llevan diez años casadas y se quieren.
Algunas tardes, cuando ella se ducha demasiado tarde, pienso en abrir la caja.