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Relatos Ardientes

Me escondí en los matorrales y tomé el lugar de su amante

Hacía meses que escuchaba rumores sobre Marisol, la mujer del cuidador de la hacienda de los Mendoza. La gente del pueblo hablaba en voz baja, entre risas y miradas cómplices, sobre lo que pasaba en ese patio trasero después del anochecer. Yo vivía a menos de un kilómetro, en una casa heredada de mi tío, y cada vez que pasaba por el camino de tierra que bordeaba la finca, sentía la tentación de comprobarlo con mis propios ojos.

Marisol no era una belleza convencional. Era más bien una mujer de pueblo, de esas que la tierra y el sol han curtido sin quitarles la sensualidad. Tendría unos treinta y cinco años, las caderas anchas, los brazos firmes de tanto cargar baldes y leña, y una cintura que se marcaba bajo cualquier vestido. Llevaba siempre faldas por encima de la rodilla, de telas baratas con estampados floreados, y cuando se agachaba a recoger algo del suelo, la falda se le subía hasta la mitad del muslo. Más de un hombre del pueblo se había quedado mirándola sin disimulo.

Su marido, Eulogio, era un hombre callado y trabajador. Pasaba el día entero recorriendo los lindes de la hacienda a caballo, vigilando que nadie cortara los alambrados ni se metiera al monte a robar leña. Volvía al rancho a la hora del almuerzo, cenaba con sus dos hijos a las seis y media, y a las nueve ya estaba durmiendo. Marisol, en cambio, parecía no dormir nunca.

Una tarde de noviembre decidí ir a comprobarlo. Eran cerca de las seis, esa hora bisagra entre el día y la noche, cuando el cielo todavía guarda un resto de luz pero las sombras ya cubren los rincones. Salí de mi casa caminando, sin avisar a nadie, y crucé por los potreros vacíos hasta llegar a los matorrales que rodeaban el rancho del cuidador. Me agaché entre las plantas de chilca y avancé despacio, conteniendo la respiración cada vez que crujía una rama bajo mis botas.

Llegué hasta unos diez metros de la parte trasera del comedor, donde la pared era apenas un revoque de barro y caña. Por una rendija entre las tablas pude ver el interior: Marisol estaba sirviendo la cena. Una sopa de zapallo con choclo, por el olor que llegaba hasta donde yo estaba. Eulogio y los dos chicos comían en silencio, como hacen las familias acostumbradas al cansancio.

Marisol no comía. Iba y venía entre la mesa y la cocina, y cada dos minutos se asomaba al patio trasero, mirando hacia la oscuridad como si esperara algo. Yo me quedé quieto, observándola. Tenía el pelo recogido en un rodete bajo, y se le escapaban algunos mechones por la nuca. Cada vez que se inclinaba para alcanzar algo del estante de arriba, la falda se le tensaba sobre las nalgas, y yo no podía dejar de mirarla.

Sentí cómo se me endurecía debajo del pantalón. La excitación me subía por el estómago, mezclada con el miedo de que alguien me descubriera. Saqué la verga y la sostuve en la mano, todavía sin moverme, mientras seguía espiando entre las hendijas del cobertizo.

—Voy al patio un momento —dijo Marisol a su marido—. No me sigan, voy a hacer mis necesidades.

Eulogio asintió sin levantar la vista del plato. Los chicos seguían comiendo. Marisol agarró un farol apagado, abrió la puerta trasera y desapareció hacia la oscuridad del fondo. Yo me deslicé entre los matorrales, sin hacer ruido, siguiéndola desde una distancia segura.

El patio trasero era apenas un terreno de tierra apisonada, con un gallinero a un costado y un aljibe en el centro. Marisol pasó de largo el aljibe y se metió detrás de un cobertizo de chapa, donde la luz de la cocina ya no alcanzaba. Me acerqué hasta poder ver entre las hendijas de las tablas.

Y entonces lo vi.

Tirado en el suelo, sobre una manta vieja, había un hombre. Estaba boca arriba, con los pantalones bajados hasta las rodillas, y entre las piernas se le levantaba una erección que, incluso a esa distancia y con esa luz tan pobre, me pareció descomunal. Marisol se levantó la falda hasta la cintura, no llevaba bombacha, y se montó sobre él sin decir una palabra.

Empezó a moverse despacio, subiendo y bajando, apoyando las manos en el pecho del hombre. Le daba la espalda, mirando hacia el patio, como vigilando que nadie viniera. Cada vez que bajaba, dejaba escapar un quejido breve, ahogado, que se le escapaba entre los dientes apretados. El hombre debajo de ella no se movía mucho, apenas le agarraba las caderas con las manos y la guiaba.

Me quedé congelado entre los matorrales, con la verga en la mano y el corazón golpeándome en la garganta. Reconocí al hombre cuando giró un poco la cabeza: era Damián, el del almacén de la esquina, un tipo de mi edad que vendía fiambres y vino suelto. Casado, con tres hijos. Y ahí estaba, debajo de Marisol, recibiendo lo que el cuidador no le daba.

El acto no duró mucho. En cinco o seis minutos, Marisol arqueó la espalda, contuvo un grito mordiéndose la mano y se quedó quieta un instante. Después se levantó, se acomodó la falda, agarró el farol apagado del suelo y volvió a la casa como si nada. Damián se subió los pantalones, esperó un rato escondido y se escabulló por el portón de atrás hacia el camino del pueblo.

Yo me corrí ahí mismo, entre las plantas, sin poder contenerlo. Me limpié como pude con un pañuelo y volví caminando a mi casa, todavía temblando.

***

Durante los días siguientes no pude pensar en otra cosa. Volví al matorral tres noches seguidas, siempre a la misma hora, y siempre vi lo mismo: Marisol cenando con su familia, mirando hacia el patio cada dos minutos, y después escapándose detrás del cobertizo donde Damián la esperaba en el suelo. La rutina era idéntica. Ni una palabra. Solo ese encuentro silencioso de cinco minutos, casi mecánico, que a mí me parecía la cosa más erótica que había visto en mi vida.

La cuarta noche, todo cambió. Llegué a mi puesto entre las chilcas, me acomodé y esperé. Pasaron las seis y media. Pasaron las siete. Marisol miraba hacia el patio con más frecuencia que de costumbre, y empezaba a notársele la inquietud. A las siete y cuarto se asomó hasta el portón, y entonces vi que del otro lado había un chico de unos quince años. Era el hijo mayor de Damián.

No escuché bien lo que le decía, pero entendí lo esencial: su padre estaba con fiebre, no iba a poder salir, mandaba a avisar. El chico se fue, y Marisol se quedó parada en el portón un rato largo, con los brazos cruzados sobre el pecho. Después volvió a la casa. Esa noche no hubo escapada al patio. Nada.

A mí me empezó a girar una idea en la cabeza. Una idea que sabía que era una locura, pero que no podía sacarme. Si ella le daba la espalda, si nunca hablaba, si en cinco minutos todo terminaba sin que él dijera más que algún jadeo… ¿quién le iba a impedir a otro hombre ocupar ese lugar?

Solo tengo que tirarme en la manta y esperar.

Al día siguiente, antes del atardecer, me metí al patio del cuidador desde el portón de atrás. Era una jugada arriesgada, pero esa hora era la más segura: Eulogio todavía no había vuelto de los lindes, los chicos seguían en la escuelita del pueblo, y Marisol estaría adentro pelando papas. Me deslicé hasta el cobertizo, me tiré sobre la manta vieja —seguía ahí, como un mueble más— y esperé.

A las seis y media empecé a escuchar el ruido de los platos. La voz de Eulogio. Los chicos discutiendo por algo. El olor de la cena se me coló por las hendijas. Yo estaba tirado boca arriba, con los pantalones ya bajados, la verga dura desde hacía media hora, y el corazón a punto de salírseme por la boca.

—Voy al patio —escuché que decía Marisol—. Cuidado se vienen para acá.

Sus pasos. La puerta. El crujido de la tierra bajo sus alpargatas. Pasó al lado del aljibe sin detenerse y se metió detrás del cobertizo como hacía cada noche.

Me vio. O mejor dicho, vio el bulto de un hombre tirado en la manta, en la misma posición de siempre, con la verga dura esperándola. No dijo nada. Se levantó la falda, no llevaba bombacha, y se montó sobre mí.

Cuando se sentó, lo hizo de una sola vez, dejando caer todo su peso. Sentí cómo me apretaba, cómo me envolvía en un calor que no había imaginado. Apreté los labios para no gemir, para no delatarme. Ella se quedó quieta un segundo, y después soltó un susurro:

—Hoy te siento distinto. Más gruesa. Más venuda. Pero estás bien rica.

Yo no contesté. Le apreté las caderas con las manos, como había visto hacer a Damián, y la guié. Ella empezó a moverse. Subió y bajó, despacio al principio, después más rápido. Me daba la espalda, mirando hacia el patio, hacia las sombras del aljibe, sin sospechar nada.

Cada vez que bajaba, se le escapaba ese quejido pequeño que yo había escuchado tantas noches desde los matorrales. Yo, en cambio, tenía que apretar los dientes para no soltar ni un suspiro. Sentía el sudor en la frente. Sentía las uñas de ella clavándose en mis muslos cuando se apoyaba para impulsarse. Sentía el olor de su piel, una mezcla de jabón blanco y de cocina con humo de leña.

Le agarré las nalgas con las dos manos. Eran macizas, calientes, y se le marcaban las huellas de mis dedos cada vez que apretaba. Ella se rió bajito, sin darse vuelta, y aceleró el ritmo. Su respiración se fue haciendo más corta. Las piernas le empezaron a temblar.

—Estoy llegando —susurró, y se llevó una mano a la boca para no gritar.

Yo también estaba a punto. Levanté un poco las caderas para encontrarla en la bajada, y eso fue suficiente. Sentí cómo se le contraía todo el cuerpo, cómo apretaba con tanta fuerza que me costaba respirar, y al mismo tiempo me vacié adentro, en un chorro caliente que me dejó sin fuerzas. Ella susurró un nombre que no era el mío: «Damián, Damián».

Después se quedó quieta unos segundos, con la respiración entrecortada. Y entonces fue cuando se me escapó. No pude contenerlo. Solté un gemido ronco, largo, y dije sin pensarlo:

—Qué sabrosa sos.

Marisol se levantó de un salto. La sentí buscar la falda en la oscuridad, bajársela con manos torpes. Después se dio vuelta, y aunque no podía verme bien en esa penumbra, sentí el peso de sus ojos clavados en los míos.

—¿Quién sos vos? —dijo, y la voz le temblaba—. Yo sabía que esa verga era distinta. Lo supe desde el primer empujón. ¿Quién carajo sos?

Me incorporé lentamente, sin dejar que la poca luz de la cocina me diera de lleno. Me subí los pantalones. Le hablé bajito, casi al oído, para que los de adentro no escucharan nada.

—Callate. No digas nada, que yo tampoco lo voy a decir. Mañana, a la misma hora, te espero acá. Y prepárate.

Ella no respondió. Se quedó parada, respirando fuerte, con la falda todavía mal acomodada y un mechón de pelo sobre la cara. La dejé ahí, escabulléndome por el portón de atrás, y volví a mi casa por el camino de tierra, todavía con el olor de ella en las manos.

Esa noche no dormí. Pensé en Damián, que mañana o pasado iba a aparecer recuperado y a encontrarse con que su lugar estaba en disputa. Pensé en Eulogio, que jamás se enteraría de nada, durmiendo a pierna suelta mientras su mujer se montaba sobre desconocidos a diez metros de la cama. Pensé en mí, en el riesgo, en lo que estaba dispuesto a perder por volver a sentir aquello.

Y a la mañana siguiente, antes de que saliera el sol, ya estaba contando las horas para volver a meterme entre los matorrales del cuidador.

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Comentarios (4)

PatricioR

Tremendo!!! de los mejores que lei en mucho tiempo, se siente completamente real.

FantasMdq

Y hubo alguna vez mas despues de eso? por favor seguí contando esta historia...

NicoRJ

Dias escondido en los matorrales jaja, la dedicacion del tipo no tiene nombre. Muy entretenido el relato.

MarcosEnred

Me trajo recuerdos de una historia que escuche de un conocido, algo parecido pero sin tanta planificacion. Buen relato.

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