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Relatos Ardientes

Tuvo un amante en Florencia y su marido nunca lo supo

Elena nunca había dormido tan mal en su vida como aquella primera noche en el hotel de Florencia. Llevaba quince años casada con Andrés, quince años de fidelidad, de aniversarios cumplidos, de cenas tranquilas y vacaciones organizadas hasta el último minuto. Y, sin embargo, eran las tres de la madrugada y no podía cerrar los ojos sin ver la sonrisa de aquel italiano del museo.

Habían llegado tres días antes a Roma. Andrés conducía el plan con la misma meticulosidad con la que ella restauraba un cuadro: cada hora calculada, cada monumento marcado en el mapa, cada restaurante reservado. Era lo que más le había gustado de él al principio. Esa seguridad. Esa promesa de que con él, nada se torcería.

Por las mañanas recorrían el Coliseo, la Fontana di Trevi, el Vaticano. Elena se detenía frente a cada fresco, cada pieza de mármol, con la respiración cortada. Llevaba doce años trabajando como restauradora en un pequeño taller de Barcelona con sus dos socias, Carla y Marta, y veinte años antes de eso devorando libros de arte hasta quedarse dormida sobre ellos. Ver en persona la Creación de Adán fue como un golpe en el pecho.

Andrés la miraba con cariño y bostezaba. A media tarde estaba agotado. A las nueve de la noche se dormía con la televisión encendida.

El cuarto día tomaron el tren a Florencia.

—Mañana descansamos —dijo Andrés mientras hacían la fila para subir.

—Mañana voy a los Uffizi —respondió ella.

—Mañana descansamos los dos.

—Tú descansas. Yo voy.

No discutieron. Llevaban demasiados años juntos para discutir por eso. Andrés se rio y le pasó el brazo por encima del hombro. Elena pensó, mientras el tren atravesaba la Toscana, que su marido era el hombre más bueno del mundo y que probablemente por eso le resultaba tan difícil sentir nada.

***

Llegaron al hotel a media tarde. Andrés se tumbó en la cama sin desvestirse. Ella salió a caminar.

Florencia olía distinto a Roma. Más cerrada, más densa, como si la ciudad respirara despacio. Cruzó el Ponte Vecchio y se dejó arrastrar por las calles hasta llegar, sin proponérselo, a la entrada lateral de los Uffizi. Estaba cerrado, pero a un costado, una pequeña puerta tenía un cartel pegado: «Laboratorio di restauro».

El instinto profesional pudo más. Llamó.

Abrió un hombre alto, de unos cuarenta, con camiseta blanca manchada de pigmento y los ojos color miel. Lorenzo. Se presentó así, sin apellido, sonriendo como si la conociera de toda la vida.

—¿Restauradora? —dijo en español con un acento que le hizo cosquillas en alguna parte que Elena no recordaba tener.

—De Barcelona —contestó ella.

—Entra. Está cerrado al público, pero entra.

Lo siguió.

El taller era enorme, de techos altos, con dos mesas largas cubiertas de paños blancos y herramientas que ella reconocía como si fueran de su propia casa. Olía a barniz, a madera vieja, a algo más cálido que no supo identificar. Lorenzo le mostró un panel de tabla del siglo XV que estaba consolidando. Hablaron durante una hora de pigmentos, de microclimas, de la humedad infernal del invierno florentino. Ella se olvidó de Andrés.

Cuando salió a la calle ya era de noche.

—Mañana hago una visita privada para una colega del Prado —le había dicho él al despedirse—. A las siete. Si quieres venir, te abro la puerta.

—No sé si podré —mintió ella.

—Aquí estaré —dijo Lorenzo, y le sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario.

***

Las tres de la madrugada. Andrés roncaba suave a su lado, con un brazo sobre el estómago. Elena miraba el techo. Pensaba en la curva del cuello de Lorenzo cuando se inclinaba sobre la tabla, en cómo había rozado, sin querer, el dorso de su mano al pasarle un pincel. En que llevaba quince años sin sentir nada parecido a esa pequeña descarga eléctrica.

Se levantó a las seis. Se duchó en silencio. Se puso el vestido más sencillo que había llevado en la maleta, negro, hasta la rodilla. No se maquilló porque no quería preguntarse a sí misma por qué se estaba maquillando.

Le dejó una nota a Andrés en la mesita: «Salí a desayunar. Vuelvo a media mañana». Lo besó en la frente. Él ni se movió.

Cruzó Florencia caminando. Las calles estaban casi vacías a esa hora, con una niebla fina que se le pegaba al pelo. Cuando llegó al Uffizi, Lorenzo ya la esperaba con la puerta lateral entornada.

—Sabía que vendrías —dijo.

—Yo no lo sabía —contestó ella.

Él se rio y la dejó pasar.

***

El taller estaba en silencio. La luz de la mañana entraba oblicua por las claraboyas y caía sobre las mesas como en un cuadro de Vermeer. Lorenzo le mostró una caja con piezas de un retablo desmontado. Le pasó una lupa. Sus dedos se rozaron otra vez, y esta vez ninguno de los dos retiró la mano.

—¿Tu marido sabe que estás aquí? —preguntó él en voz baja.

—Cree que estoy desayunando.

—¿Y dónde estás, en realidad?

Elena tardó en contestar. Miró la madera del retablo, las grietas finas en el pan de oro, el rostro mal restaurado de una virgen del siglo XIV.

—No lo sé —dijo.

Lorenzo dejó la lupa sobre la mesa. Le apartó un mechón de la cara con una lentitud que a ella le pareció insoportable. Le tomó la barbilla con la punta de los dedos. Cuando la besó, ella pensó por un instante en Andrés dormido en el hotel y luego dejó de pensar en nada.

Lorenzo besaba como si tuviera todo el tiempo del mundo. Sin prisa, sin urgencia, con una concentración casi profesional, la misma con la que ella intervenía las piezas más delicadas. Elena le abrió la camisa y le pasó las manos por el pecho. Tenía la piel cálida, ligeramente salada de sudor de la mañana. Él la levantó por la cintura y la sentó sobre la mesa larga del fondo, lejos de las claraboyas, donde la luz apenas llegaba.

—Aquí no —murmuró ella, mirando alrededor por instinto.

—Aquí —dijo él, y cerró con llave la puerta interior.

Le subió el vestido despacio, mirándola a la cara. Elena cerró los ojos. Hacía meses, quizás años, que no se sentía así de mirada. Andrés la quería, pero la quería como se quiere una habitación conocida. Lorenzo la miraba como si la estuviera viendo por primera vez. Como si fuera él el que entraba en un museo.

Le bajó la ropa interior. Ella levantó las caderas sin pensarlo. Sintió la boca de Lorenzo primero sobre el cuello, luego más abajo, deteniéndose en el hueco de la clavícula, en el inicio de los pechos, mordiéndole apenas la piel por encima del sujetador. Elena se agarró al borde de la mesa con las dos manos. Quería decirle que parara. No le dijo nada.

Lorenzo se arrodilló entre sus piernas. Le abrió los muslos sin pedir permiso y ella se descubrió ofreciéndoselos, levantando la cadera para encontrar su boca. Cuando la lengua de él la rozó por primera vez, soltó un sonido que no había hecho en años, algo ronco y bajo, casi un quejido. Hundió los dedos en su pelo. Pensó, absurdamente, en la nota que le había dejado a Andrés. «Salí a desayunar». Y se mordió la mano libre para no gritar.

Lorenzo no tenía prisa. La lamía con la misma atención con la que examinaba un retablo: rincón por rincón, deteniéndose donde notaba un temblor distinto, volviendo atrás cuando ella se le escapaba. Elena le clavó los talones en los hombros. Le tiró del pelo. Se corrió contra su boca a los pocos minutos, sin avisar, con un espasmo largo que la dejó tumbada sobre la mesa, jadeando, una mano apretada todavía contra los labios.

***

Cuando él se incorporó, Elena estaba temblando. Le abrió el cinturón sin mirarlo a los ojos, con dedos torpes, sintiéndose por primera vez en años exactamente del lado equivocado de su propia vida. Lorenzo la ayudó. La empujó suavemente hacia atrás, hasta que ella quedó tumbada sobre la mesa, con el vestido arrugado en la cintura y el pelo desparramado entre las herramientas de restauración.

—Mírame —le pidió él.

Elena abrió los ojos.

Lorenzo entró en ella despacio. Elena sintió el latido contra el suyo, el peso del cuerpo, el roce de la camisa abierta contra los pechos. Le clavó los dedos en los hombros. No podía dejar de mirarlo. Se movía sin prisa, como si quisiera que aquello durara hasta la apertura del museo, y ella se descubrió rogándole en voz baja, en español, que no parara, que no se atreviera a parar.

Se corrió por segunda vez en menos de un cuarto de hora, mordiéndose el labio para no llorar. Lorenzo terminó poco después, callado, con la frente apoyada en su hombro. Estuvieron en silencio mucho rato. Solo se oía el reloj de pared, viejo, marcando los segundos.

—Son las ocho y media —dijo él al fin.

Elena se incorporó como si la hubieran despertado de un sueño. Se bajó de la mesa, se acomodó el vestido, buscó su bolso. Lorenzo la observaba sin moverse.

—¿Te volveré a ver? —le preguntó.

—No —contestó ella—. Mañana vamos a Venecia.

—Carnaval.

—Carnaval.

Él sonrió.

—Si cambias de opinión —dijo—, ya sabes dónde estoy.

Elena no contestó. Se acercó a la puerta interior y esperó a que él se levantara y la abriera. Antes de salir, se giró. Lorenzo seguía descalzo en mitad del taller, con la camisa abierta y el pelo revuelto. Ella le sostuvo la mirada un instante.

—Gracias —dijo.

Era la palabra más rara que había pronunciado en años.

***

Volvió al hotel caminando. Las calles ya estaban llenas de turistas con cámaras al cuello. Florencia olía a café y a piedra mojada. Elena se sentó en una pastelería pequeña y pidió un capuchino y un cornetto. Comió despacio. Pensó en Andrés. Pensó en los quince años. Pensó en la frase «no volverá a pasar» y se sorprendió al descubrir que no estaba segura de pensarla en serio.

Cuando entró en la habitación, su marido salía de la ducha envuelto en una toalla.

—Pensé que no volvías —dijo él, sonriendo—. ¿Qué tal el desayuno?

—Tranquilo —contestó Elena, y se obligó a sonreír también—. Florencia es preciosa por la mañana.

Andrés se acercó y la besó. No notó nada. Olía a su champú de siempre, a su jabón, a la rutina de quince años. Elena le devolvió el beso sin pensar y sintió, con un pequeño escalofrío, que la boca de Lorenzo todavía le ardía por dentro.

—Venga, ponte guapa —dijo él—. Hoy te llevo a los Uffizi.

Ella se dio la vuelta para que él no le viera la cara, y abrió la maleta como si buscara algo concreto.

—Sí —dijo, con la voz lo más firme que pudo—. A los Uffizi.

Pensó que iba a pasar la mañana entera fingiendo no conocer ese taller. Imaginó a Lorenzo cruzando el patio interior con una bata de trabajo, sin mirarla, como si nunca hubiera puesto la lengua entre sus piernas. La idea le dio un vértigo nuevo, distinto al de la culpa. Algo más cercano a la excitación que al miedo.

Y antes de salir del hotel, sin que Andrés la viera, se miró un segundo en el espejo del ascensor. La mujer que la devolvía la mirada tenía las mejillas todavía encendidas y los labios un poco hinchados. Elena pensó que, en algún momento de aquella mañana, había dejado de ser exactamente la persona que era el día anterior.

Y, por primera vez en mucho tiempo, no le importó.

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Comentarios (4)

jorgito88

increible!! me tuvo enganchado hasta el final

NadiaBA

Por favor contanos como siguio, no puedo quedarme con la duda de si el marido llego a enterarse...

PabloMarcos

Florencia como escenario le da algo especial. Lo senti muy real, sin ser exagerado. Muy bien escrito

CarlosV85

ese taller cerrado con llave lo dice todo jajaja

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