El acuerdo de infieles que nadie firmó
Valeria abrió los ojos despacio. La sábana arrugada se había enredado alrededor de sus muslos durante la noche, y la mañana entraba fría por la ventana entreabierta. Le gustaba dormir en ropa interior, con el cuerpo expuesto a esa temperatura que la mantenía alerta incluso dormida.
Andrés estaba de pie frente a ella. Desnudo, con esa tranquilidad irritante y familiar al mismo tiempo. Espalda ancha, abdomen liso, y una polla a medio empalmar que no hacía ningún esfuerzo por disimular.
Valeria bajó la mirada sin prisa.
—¿Me estás poniendo los cuernos con alguien? —preguntó, sin levantar la vista todavía.
Andrés sonrió. Se rascó la nuca con pereza y no respondió.
Ella apartó la sábana de un solo movimiento, se incorporó hasta quedar sentada en el borde de la cama, se bajó las bragas con calma y abrió las piernas. Se apoyó en los codos y lo miró directamente a los ojos.
—Demuéstrame que no.
No necesitó pedírselo dos veces. Andrés se arrodilló en la alfombra, le agarró los muslos por debajo con las dos manos y tiró de ella hasta que el culo le quedó al borde del colchón. Le miró el coño abierto un segundo, respirando encima, y después le pasó la lengua entera, de abajo a arriba, lento, aplastando el clítoris al final. Valeria dejó caer la cabeza hacia atrás y soltó el aire. Él repitió el gesto, otra vez, y otra, y cuando la notó mojada empezó a chuparle el clítoris con los labios cerrados, tirando de él con succiones cortas, mientras le metía dos dedos y curvaba las yemas contra la pared de dentro. Valeria le hundió una mano en el pelo y le apretó la cabeza contra el coño sin ninguna delicadeza.
—Sigue —jadeó—. Ahí. No pares.
Andrés no paró. La lamió hasta que ella se le corrió en la boca con las piernas temblándole sobre los hombros, y cuando se levantó tenía la barbilla brillante y la polla completamente dura, apuntándole al ombligo. Valeria se dio la vuelta, se puso de rodillas en la cama con el culo en pompa y separó las nalgas con las dos manos.
—Métemela ya. Toda.
Él se la metió de una sola embestida, hasta el fondo, y Valeria gruñó contra la almohada. Andrés le agarró las caderas y empezó a follársela deprisa, con esas embestidas secas que hacían chocar los huevos contra el clítoris hinchado. Cada golpe le sacaba a ella un jadeo corto. Andrés le dio una palmada seca en la nalga derecha, después en la izquierda, y siguió embistiéndola.
—¿Con esto te vale de prueba? —le dijo él con los dientes apretados.
—Más fuerte, cabrón.
La agarró del pelo, tiró hacia atrás y aceleró. Valeria sintió cómo la polla se le hinchaba dentro, cómo empezaba a palpitar, y apretó el coño alrededor a propósito. Andrés se corrió gruñendo, descargándole todo el semen dentro con tres o cuatro embestidas finales. Se quedaron un momento así, encajados, jadeando. Cuando él salió, un hilo blanco le resbaló a Valeria por la cara interna del muslo. Ella se dejó caer de lado en la cama, sonriendo con los ojos cerrados.
—Aprobado —murmuró.
***
Don Eduardo tenía cincuenta y un años y la certeza tranquila de quien ha trabajado lo suficiente como para no tener que demostrar nada. En la empresa lo trataban con respeto; en casa, con la inercia de doce años de matrimonio. Su mujer era cinco años menor, de caderas generosas y pelo oscuro, siempre arreglada. No era deslumbrante, pero tenía algo que él había querido mucho en su momento y que ahora daba por sentado, como daba por sentada la calefacción o el agua caliente.
Los miércoles tocaba follar. Era una tradición no escrita, casi litúrgica. Desayunaban juntos, él iba al baño primero, ella lo usaba después, y en algún punto entre el café y las ocho y cuarto ocurría lo de siempre: ella apoyada contra la pared del pasillo con la falda subida hasta la cintura y las bragas bajadas por debajo de las nalgas, él detrás con los pantalones a media pierna, metiéndosela por detrás con la mano izquierda sobre el hombro de ella y la derecha buscándole el clítoris por delante. Cuatro minutos, cinco a lo sumo. Un gemido apagado de ella, un gruñido corto de él descargando dentro, y a lavarse. Luego el trabajo.
Esa mañana había sido igual.
Lo que don Eduardo no sabía era lo que ocurría los martes.
***
A las dos del mediodía, varias personas de la planta se levantaron casi al mismo tiempo. Junto a la máquina del café, Patricia le contaba algo a Carlos con media voz y una expresión de quien tiene información valiosa.
—La cuestión es que se parecía mucho a la señora del jefe. Llevaba un abrigo burdeos y ese colgante de plata que ella siempre usa. Y el tipo que la acompañaba era por lo menos quince años más joven que ella.
Valeria escuchó desde su escritorio.
—¿La mujer de don Eduardo? —preguntó en voz alta antes de pensarlo.
Patricia se puso rígida.
—Baja la voz. No sé si era ella. Es solo que se parecía mucho.
En ese momento, la puerta del despacho del fondo se abrió. Don Eduardo cruzó la planta en dirección a las escaleras. No había escuchado a Patricia, pero sí había llegado a tiempo para oír su propio nombre en boca de Valeria.
A su vuelta, se detuvo a dos metros de ella.
—Valeria. ¿Tienes un minuto?
Carlos le lanzó una mirada de condolencia. Sofía, desde el otro lado de la sala, también la observó, pero sin ninguna generosidad. Lorenzo se marchaba a final de mes y eso dejaba el puesto libre. Las dos eran las candidatas con más posibilidades. Sofía llevaba cuatro años en la empresa; Valeria, tres, pero había cerrado los mejores números del último trimestre y lo sabía.
Una llamada del jefe podía ser muchas cosas.
Valeria recogió un bloc y lo siguió.
***
El despacho de don Eduardo olía a café frío y a ese silencio específico de los espacios donde se toman decisiones. Él no rodeó la mesa para sentarse en su silla. Se quedó de pie, apoyado en el borde, con los brazos cruzados.
Le preguntó qué había escuchado.
Valeria eligió las palabras con cuidado. Le contó lo que Patricia había dicho: el abrigo burdeos, el colgante de plata, el hombre más joven. Lo dijo en el mismo tono con el que habría leído las cifras de un informe trimestral.
Don Eduardo asintió despacio y dijo que probablemente era una confusión. Pero lo dijo demasiado rápido. Las manos, que normalmente reposaban quietas, buscaron sin encontrar el bolígrafo que tenía delante.
Valeria salió sin apresurarse.
Hay algo ahí, pensó mientras volvía a su silla.
***
Aquella noche, don Eduardo llegó a casa y saludó a su mujer con normalidad. Cenaron sin incidentes. Ella habló de la reforma de la cocina y de una prima que se casaba en octubre. Él escuchó y respondió en los momentos precisos.
El colgante de plata estaba colgado del espejo del baño, como siempre.
Podría preguntarle. Claro que podría. Pero hacerlo significaba admitir que le importaba más de lo que él mismo creía que le importaba. Significaba romper el equilibrio de doce años de inercia cómoda y bien organizada.
No le preguntó.
Esa noche, ella sacó el cepillo del baño como hacía a veces, cuando él decía que había hecho algo mal. Era otro ritual, tan establecido como el de los miércoles. Él se quitó los pantalones, se tumbó sobre las rodillas de su mujer boca abajo, y ella empezó a golpearle en las nalgas con el cepillo, primero sobre el calzoncillo y luego sin él. Don Eduardo aguantó en silencio, con el rostro hundido contra el respaldo de la silla, mientras notaba cómo se le empalmaba la polla contra el muslo de ella con cada azote. Cuando se levantó, tenía las mejillas coloradas de vergüenza y la conciencia curiosamente aliviada.
Se metieron en la cama. Ella apagó la luz. En la oscuridad, don Eduardo tomó una decisión.
***
A los siete días le dijo a su mujer que tenía una reunión fuera de la ciudad. Salió de casa a las ocho y media como todos los días. Desayunó en un bar cercano, leyó el periódico sin leerlo, y a las once volvió a pie.
Las llaves no hicieron ruido. La puerta principal no chirrió.
Oyó la ducha correr en el baño del pasillo.
Se acercó despacio. La puerta estaba entreabierta unos centímetros. Miró.
Su mujer estaba bajo el chorro de agua caliente, con las manos apoyadas contra los azulejos y el culo empinado hacia atrás. Detrás de ella, un tipo que él no había visto en la vida —más joven, atlético, con una polla larga que le entraba y le salía del coño a un ritmo tranquilo, seguro, como el de alguien que ya sabe cómo se la gusta a esa mujer—. El desconocido le apretaba una teta con la mano izquierda mientras con la derecha le sujetaba la cadera. Ella tenía la boca abierta contra los azulejos y le decía algo que él no llegaba a oír, pero que reconocía por la forma en que se le movía la mandíbula: pídemelo, más, así, ahí. Cosas que a él no le había dicho en años.
Don Eduardo se quedó inmóvil cinco segundos. El tipo tiró hacia atrás del pelo mojado de su mujer y ella soltó un gemido largo que atravesó el cristal empañado. Luego se fue.
***
Llegó a la oficina antes del mediodía. Valeria levantó la cabeza desde su escritorio y lo miró.
—¿No tenías reunión fuera?
—Se canceló. —Hizo una pausa.— Ven al despacho cuando puedas. Hay un informe que revisar.
Ella tomó el bloc y lo siguió.
***
Don Eduardo cerró la puerta. No fue a sentarse. Se quedó de pie frente a la ventana, mirando la calle de abajo con las manos en los bolsillos.
—Tenías razón —dijo.
—Yo no dije nada.
—Pero lo sabías.
Valeria se sentó en la silla de visitas con las piernas cruzadas y esperó.
Él le contó lo que había visto. Lo hizo sin adornos, con la precisión seca de alguien que ha decidido no sentir todavía. La ducha. El desconocido. Su mujer con las manos en los azulejos y la polla del otro entrándole hasta el fondo. Cuando terminó, se giró por fin y la miró.
—No sé por qué te cuento esto a ti.
Sí que lo sabes, pensó Valeria.
Ella lo necesitaba. El ascenso, el reconocimiento, tres años esperando que alguien viera lo que valía. Y a Andrés lo quería, de verdad, pero había cosas que necesitaba conseguir por sí sola, sin pedírselas a nadie. Esto era una de ellas.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó directamente, descruzando las piernas muy despacio, lo justo para que él viera un segundo el interior de sus muslos.
Don Eduardo no respondió de inmediato. La bragueta se le tensó por dentro y eso ya era suficiente respuesta.
***
No hubo romanticismo. Tampoco lo buscaron.
Valeria no lo dejó besarla en la boca. Esa frontera existía y la mantuvo sin explicación. Fuera de ahí no había más límites.
Se levantó, cerró el pestillo del despacho y volvió hacia él. Le desabrochó el cinturón sin mirarlo, le bajó el pantalón hasta las rodillas y le tiró del calzoncillo. La polla de don Eduardo saltó ya casi dura, gruesa, más de lo que había esperado. Ella se arrodilló en la moqueta con la falda de tubo tensa sobre los muslos y la agarró por la base.
—Quieta ahí —susurró, sin dirigirse a él sino a la polla.
Le pasó la lengua por la cara inferior, de los huevos a la punta, muy despacio, y le clavó los ojos mientras cerraba los labios sobre el glande. Don Eduardo soltó un jadeo corto que no supo contener. Valeria empezó a chuparla en serio, metiéndosela hasta la mitad y sacándola con succión, haciendo ruido a propósito. Le tomó los huevos con la otra mano y se los apretó con cuidado, tirándoselos hacia abajo. Cuando la notó bien lubricada por su propia saliva, se la metió hasta el fondo, hasta que la punta le tocó la garganta, y aguantó ahí unos segundos con lágrimas asomándole a los ojos. Él soltó una obscenidad entre dientes y le puso una mano en la nuca.
—Joder, Valeria...
Ella la sacó, respiró, y volvió a hundírsela. Otra vez. Y otra. La polla le brillaba de saliva. Después bajó, le lamió los huevos uno por uno, se los metió en la boca por turnos, y con la lengua le trazó el camino hacia atrás, hasta donde él no esperaba. Cuando le pasó la punta de la lengua por el perineo, don Eduardo tuvo un espasmo y se le escapó un gemido de garganta que probablemente no había soltado en toda su vida adulta.
—Quieto —dijo ella, y sonrió sin apartar la boca.
Había algo satisfactorio en eso que no tenía que ver con el deseo sino con el control.
Se puso de pie, se subió la falda hasta la cintura, se bajó las medias y las bragas de un tirón hasta las rodillas y se giró. Apoyó las palmas en la madera de la mesa, arqueó la espalda y separó los pies lo que le dejó la ropa a media pierna. El coño le brillaba, hinchado, abierto.
—Ahí tienes tu informe —dijo por encima del hombro.
Don Eduardo abrió el cajón del escritorio. El preservativo ya estaba ahí. Eso también lo sabía Valeria: que él había imaginado este momento antes de que ella cruzara la puerta. Se lo puso con dedos torpes, se colocó detrás de ella, se agarró la polla y la restregó por los labios del coño, arriba y abajo, empapándose. Luego apretó la punta contra la entrada y empujó.
Entró de una sola embestida, hasta el fondo, con más fuerza de la que ella esperaba. No con violencia, pero sí con algo acumulado durante días —doce años de miércoles funcionales—. Valeria sujetó el borde de la mesa, apoyó el peso en los antebrazos y respiró despacio, encontrando el ritmo. No hizo ruido. Él le agarró las caderas con las dos manos y empezó a follársela contra la mesa, embistiendo hondo, con ese golpeteo seco de la pelvis contra las nalgas que en el silencio del despacho sonaba obsceno. Valeria mordió el labio inferior para no gemir; se le escaparon unos jadeos por la nariz, cortos y espaciados.
Don Eduardo le pasó una mano por debajo, le buscó el clítoris y empezó a frotárselo con dos dedos mientras seguía embistiendo. Ella cerró los ojos. Notó cómo se le contraía todo por dentro, cómo la polla del jefe se le hinchaba dentro justo cuando ella empezaba a apretar. Se corrieron casi a la vez —ella con un espasmo silencioso alrededor de la polla, él con dos embestidas finales y un gruñido contenido contra la nuca de ella—.
Cuando terminaron, el silencio duró varios segundos. Solo se oía la respiración de él, todavía inclinado sobre su espalda, y el zumbido del fluorescente. Él salió despacio. Valeria se enderezó, se subió las medias y las bragas, se alisó la falda con las palmas. Se pasó un dedo por la comisura de los labios.
Valeria se arregló el pelo mirándose en el cristal oscuro de la ventana, usándolo como espejo improvisado. Luego recogió el bloc del suelo.
—El informe de cierre lo tengo listo para el lunes.
Don Eduardo asintió, todavía sin poder hablar del todo.
Ella abrió la puerta. Sofía levantó la vista desde su escritorio. Valeria le sostuvo la mirada un momento, sin sonrisa, y volvió a la suya.
***
Andrés estaba leyendo cuando llegó a casa. Libro en la mano, gafas puestas, la misma postura de siempre. Levantó la vista cuando ella empezó a desvestirse en silencio.
—¿Cómo fue el día?
—Bien —dijo Valeria—. El ascenso ya es mío.
Él bajó el libro unos centímetros.
—¿Qué hiciste?
—Lo que había que hacer.
Andrés conocía a su mujer lo suficiente como para no hacer preguntas que no quería que le respondieran con detalles. Dejó el libro en la mesilla y se quitó las gafas.
—Tú también me has sido infiel —dijo Valeria, sin acusación, como quien constata un hecho.
—He hecho lo que me pediste —respondió él.
—¿Y?
—Le toqué el culo en el bar y eso fue todo. Nada más, te lo juro.
Valeria asintió en silencio. Una pausa larga.
—Yo fui más lejos —admitió.
Andrés no respondió de inmediato. Cuando habló, lo hizo despacio.
—¿Quieres hablar de eso?
—No.
Se quedaron quietos. La lámpara del techo zumbaba levemente. Fuera, un coche arrancó y se alejó calle abajo.
Valeria se dio la vuelta y apagó la lamparita de su lado.
—Dame la vaselina.
Él la buscó en el cajón de la mesilla sin decir nada más. Era la primera vez que lo hacían así, aunque los dos sabían, sin decirlo, que no sería la última.
Valeria se puso a cuatro patas, con la cara apoyada en la almohada y el culo en pompa. Andrés se untó dos dedos y le pasó la vaselina por el ojete, describiendo círculos, empujando la yema con paciencia hasta que el músculo cedió lo suficiente para dejar entrar un dedo entero. Ella soltó el aire. Él lo movió despacio, sacándolo y metiéndolo, luego metió un segundo dedo y los separó dentro. Valeria hundió más la cara en la almohada.
—Ya —dijo con la voz ronca—. Métemela.
Andrés se untó la polla de vaselina, se colocó detrás y apretó la punta contra la entrada. Empujó despacio. Al principio dolió. Más de lo que ella esperaba, aunque menos de lo que habría admitido. La cabeza del glande le entró con un ardor que le subió por toda la columna. Apretó la almohada con los dedos y respiró por la nariz, despacio, buscando el ritmo. Andrés paró un momento con solo la punta dentro, esperó, y después fue empujando el resto centímetro a centímetro, con las dos manos abiertas sobre las nalgas de ella para mantenerla abierta.
—Sigue —susurró Valeria—. Métela toda.
Cuando la tuvo entera dentro, se quedó quieto unos segundos. Después empezó a moverse, muy despacio al principio, casi sin sacarla, ganando confianza. Valeria se llevó una mano al coño y empezó a frotarse el clítoris al mismo ritmo. El dolor cambió de naturaleza. Se volvió otra cosa: más profundo, más interior, algo que empujaba hacia un lugar sin nombre exacto pero inconfundible.
Andrés aceleró. Le apretaba las nalgas con las dos manos, follándola del culo con embestidas cada vez más largas, y ella sentía cómo la polla le abría por dentro y se retiraba, una y otra vez, en un ritmo que ya no dolía sino que la hacía apretar los dientes contra la almohada para no gritar. Los dedos de ella no paraban sobre el clítoris. Notó cómo se le juntaba todo —el ardor, la presión, la mano propia— en un solo punto que empezó a temblar.
Cuando llegó el orgasmo no lo contuvo. Se le escapó un gemido largo, gutural, contra la almohada, mientras el culo se le contraía en espasmos alrededor de la polla de Andrés. Él aguantó dos embestidas más y se corrió dentro, gruñendo, agarrándole las caderas con fuerza y descargándole todo el semen en el fondo.
Andrés se quedó quieto después, con la polla todavía dentro y la mano sobre su cadera. Salió despacio, con cuidado. Ninguno de los dos habló.
Era suficiente.