El acuerdo de infieles que nadie firmó
Valeria abrió los ojos despacio. La sábana arrugada se había enredado alrededor de sus muslos durante la noche, y la mañana entraba fría por la ventana entreabierta. Le gustaba dormir en ropa interior, con el cuerpo expuesto a esa temperatura que la mantenía alerta incluso dormida.
Andrés estaba de pie frente a ella. Desnudo, con esa tranquilidad irritante y familiar al mismo tiempo. Espalda ancha, abdomen liso, y una erección a medio camino que no hacía ningún esfuerzo por disimular.
Valeria bajó la mirada sin prisa.
—¿Me estás poniendo los cuernos con alguien? —preguntó, sin levantar la vista todavía.
Andrés sonrió. Se rascó la nuca con pereza y no respondió.
Ella apartó la sábana de un solo movimiento, se incorporó hasta quedar sentada en el borde de la cama, se bajó las bragas con calma y abrió las piernas. Se apoyó en los codos y lo miró directamente a los ojos.
—Demuéstrame que no.
No necesitó pedírselo dos veces.
***
Don Eduardo tenía cincuenta y un años y la certeza tranquila de quien ha trabajado lo suficiente como para no tener que demostrar nada. En la empresa lo trataban con respeto; en casa, con la inercia de doce años de matrimonio. Su mujer era cinco años menor, de caderas generosas y pelo oscuro, siempre arreglada. No era deslumbrante, pero tenía algo que él había querido mucho en su momento y que ahora daba por sentado, como daba por sentada la calefacción o el agua caliente.
Los miércoles tocaba mambo. Era una tradición no escrita, casi litúrgica. Desayunaban juntos, él iba al baño primero, ella lo usaba después, y en algún punto entre el café y las ocho y cuarto ocurría lo de siempre: ella apoyada contra la pared del pasillo, él detrás con los pantalones a media pierna, rápido y funcional. Unos minutos. Luego el trabajo.
Esa mañana había sido igual.
Lo que don Eduardo no sabía era lo que ocurría los martes.
***
A las dos del mediodía, varias personas de la planta se levantaron casi al mismo tiempo. Junto a la máquina del café, Patricia le contaba algo a Carlos con media voz y una expresión de quien tiene información valiosa.
—La cuestión es que se parecía mucho a la señora del jefe. Llevaba un abrigo burdeos y ese colgante de plata que ella siempre usa. Y el tipo que la acompañaba era por lo menos quince años más joven que ella.
Valeria escuchó desde su escritorio.
—¿La mujer de don Eduardo? —preguntó en voz alta antes de pensarlo.
Patricia se puso rígida.
—Baja la voz. No sé si era ella. Es solo que se parecía mucho.
En ese momento, la puerta del despacho del fondo se abrió. Don Eduardo cruzó la planta en dirección a las escaleras. No había escuchado a Patricia, pero sí había llegado a tiempo para oír su propio nombre en boca de Valeria.
A su vuelta, se detuvo a dos metros de ella.
—Valeria. ¿Tienes un minuto?
Carlos le lanzó una mirada de condolencia. Sofía, desde el otro lado de la sala, también la observó, pero sin ninguna generosidad. Lorenzo se marchaba a final de mes y eso dejaba el puesto libre. Las dos eran las candidatas con más posibilidades. Sofía llevaba cuatro años en la empresa; Valeria, tres, pero había cerrado los mejores números del último trimestre y lo sabía.
Una llamada del jefe podía ser muchas cosas.
Valeria recogió un bloc y lo siguió.
***
El despacho de don Eduardo olía a café frío y a ese silencio específico de los espacios donde se toman decisiones. Él no rodeó la mesa para sentarse en su silla. Se quedó de pie, apoyado en el borde, con los brazos cruzados.
Le preguntó qué había escuchado.
Valeria eligió las palabras con cuidado. Le contó lo que Patricia había dicho: el abrigo burdeos, el colgante de plata, el hombre más joven. Lo dijo en el mismo tono con el que habría leído las cifras de un informe trimestral.
Don Eduardo asintió despacio y dijo que probablemente era una confusión. Pero lo dijo demasiado rápido. Las manos, que normalmente reposaban quietas, buscaron sin encontrar el bolígrafo que tenía delante.
Valeria salió sin apresurarse.
Hay algo ahí, pensó mientras volvía a su silla.
***
Aquella noche, don Eduardo llegó a casa y saludó a su mujer con normalidad. Cenaron sin incidentes. Ella habló de la reforma de la cocina y de una prima que se casaba en octubre. Él escuchó y respondió en los momentos precisos.
El colgante de plata estaba colgado del espejo del baño, como siempre.
Podría preguntarle. Claro que podría. Pero hacerlo significaba admitir que le importaba más de lo que él mismo creía que le importaba. Significaba romper el equilibrio de doce años de inercia cómoda y bien organizada.
No le preguntó.
Esa noche, ella sacó el cepillo del baño como hacía a veces, cuando él decía que había hecho algo mal. Era otro ritual, tan establecido como el de los miércoles. Él se quitó los pantalones, se tumbó sobre las rodillas de su mujer boca abajo, y ella empezó a golpearle en las nalgas con el cepillo, primero sobre el calzoncillo y luego sin él. Don Eduardo aguantó en silencio, con el rostro hundido contra el respaldo de la silla. Cuando se levantó, tenía las mejillas coloradas de vergüenza y la conciencia curiosamente aliviada.
Se metieron en la cama. Ella apagó la luz. En la oscuridad, don Eduardo tomó una decisión.
***
A los siete días le dijo a su mujer que tenía una reunión fuera de la ciudad. Salió de casa a las ocho y media como todos los días. Desayunó en un bar cercano, leyó el periódico sin leerlo, y a las once volvió a pie.
Las llaves no hicieron ruido. La puerta principal no chirrió.
Oyó la ducha correr en el baño del pasillo.
Se acercó despacio. La puerta estaba entreabierta unos centímetros. Miró.
Su mujer estaba bajo el chorro de agua caliente, y junto a ella, un hombre que no conocía. Más joven, atlético, con la mano sobre las caderas de ella con la familiaridad de alguien que no está haciendo algo por primera vez.
Don Eduardo se quedó inmóvil cinco segundos. Luego se fue.
***
Llegó a la oficina antes del mediodía. Valeria levantó la cabeza desde su escritorio y lo miró.
—¿No tenías reunión fuera?
—Se canceló. —Hizo una pausa.— Ven al despacho cuando puedas. Hay un informe que revisar.
Ella tomó el bloc y lo siguió.
***
Don Eduardo cerró la puerta. No fue a sentarse. Se quedó de pie frente a la ventana, mirando la calle de abajo con las manos en los bolsillos.
—Tenías razón —dijo.
—Yo no dije nada.
—Pero lo sabías.
Valeria se sentó en la silla de visitas con las piernas cruzadas y esperó.
Él le contó lo que había visto. Lo hizo sin adornos, con la precisión seca de alguien que ha decidido no sentir todavía. La ducha. El hombre. Las caderas de su mujer bajo el agua. Cuando terminó, se giró por fin y la miró.
—No sé por qué te cuento esto a ti.
Sí que lo sabes, pensó Valeria.
Ella lo necesitaba. El ascenso, el reconocimiento, tres años esperando que alguien viera lo que valía. Y a Andrés lo quería, de verdad, pero había cosas que necesitaba conseguir por sí sola, sin pedírselas a nadie. Esto era una de ellas.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó directamente.
Don Eduardo no respondió de inmediato. Eso ya era suficiente respuesta.
***
No hubo romanticismo. Tampoco lo buscaron.
Valeria no lo dejó besarla en la boca. Esa frontera existía y la mantuvo sin explicación. Fuera de ahí no había más límites.
Se arrodilló frente a él. Lo tomó en la boca con calma, sin prisa, midiendo su reacción, observando cómo perdía parte de esa compostura que llevaba años construyendo. Había algo satisfactorio en eso que no tenía que ver con el deseo sino con el control. Pasó después la lengua por donde él no esperaba y notó cómo se tensaba. No era desagradable. Tenía su propio tipo de morbo.
Después se puso de pie, se giró y se inclinó sobre la mesa.
Don Eduardo abrió el cajón del escritorio. El preservativo ya estaba ahí. Eso también lo sabía Valeria: que él había imaginado este momento antes de que ella cruzara la puerta.
Cuando la penetró lo hizo con más fuerza de la que ella esperaba. No con violencia, pero sí con algo acumulado durante días. Ella sujetó el borde de la mesa, apoyó el peso en los antebrazos y respiró despacio, encontrando el ritmo. No hizo ruido.
Cuando terminaron, el silencio duró varios segundos.
Valeria se arregló la ropa mirándose en el cristal oscuro de la ventana, usándolo como espejo improvisado. Luego recogió el bloc del suelo.
—El informe de cierre lo tengo listo para el lunes.
Don Eduardo asintió.
Ella abrió la puerta. Sofía levantó la vista desde su escritorio. Valeria le sostuvo la mirada un momento, sin sonrisa, y volvió a la suya.
***
Andrés estaba leyendo cuando llegó a casa. Libro en la mano, gafas puestas, la misma postura de siempre. Levantó la vista cuando ella empezó a desvestirse en silencio.
—¿Cómo fue el día?
—Bien —dijo Valeria—. El ascenso ya es mío.
Él bajó el libro unos centímetros.
—¿Qué hiciste?
—Lo que había que hacer.
Andrés conocía a su mujer lo suficiente como para no hacer preguntas que no quería que le respondieran con detalles. Dejó el libro en la mesilla y se quitó las gafas.
—Tú también me has sido infiel —dijo Valeria, sin acusación, como quien constata un hecho.
—He hecho lo que me pediste —respondió él.
—¿Y?
—La toqué el culo en el bar y eso fue todo. Nada más, te lo juro.
Valeria asintió en silencio. Una pausa larga.
—Yo fui más lejos —admitió.
Andrés no respondió de inmediato. Cuando habló, lo hizo despacio.
—¿Quieres hablar de eso?
—No.
Se quedaron quietos. La lámpara del techo zumbaba levemente. Fuera, un coche arrancó y se alejó calle abajo.
Valeria se dio la vuelta y apagó la lamparita de su lado.
—Dame la vaselina.
Él la buscó en el cajón de la mesilla sin decir nada más. Era la primera vez que lo hacían así, aunque los dos sabían, sin decirlo, que no sería la última.
Al principio dolió. Más de lo que ella esperaba, aunque menos de lo que habría admitido. Apretó la almohada con los dedos y respiró por la nariz, despacio, buscando el ritmo.
Luego el dolor cambió de naturaleza. Se volvió otra cosa: más profundo, más interior, algo que empujaba hacia un lugar sin nombre exacto pero inconfundible.
Cuando llegó el orgasmo no lo contuvo.
Andrés se quedó quieto después, con la mano sobre su cadera. Ninguno de los dos habló.
Era suficiente.