El día de las madres me cité con el socio de mi marido
Mi marido Andrés se asoció hace unos años con un amigo de la prepa para abrir una tienda de figuras coleccionables y consolas. El socio se llamaba Mauricio, pero todos le decían Mau. Chaparrito, llenito, moreno, con el pelo lacio peinado hacia un lado y una sonrisa que parecía siempre estar a punto de soltar una broma fuera de lugar. Nunca pensé que terminaría desnuda encima de él, con su verga entera clavada dentro de mí, en la habitación 214 del hotel Los Encinos.
El negocio les fue bien al principio. Andrés se encargaba de la mercadotecnia y atendía por las tardes; Mau abría las mañanas y se ocupaba de las reparaciones técnicas. Yo pasaba por la tienda casi todos los días después de la escuela de mis hijos, dejándole algo de comer a mi marido. A veces para los dos, cuando a Mau no le habían llevado nada. Así fue como empezó la confianza: con tuppers de pasta, con preguntas sobre la familia, con bromas tontas que terminaban en una sobremesa de quince minutos antes de regresar por los niños.
Me mandó solicitud de amistad por Facebook un martes de octubre. La acepté sin pensarlo. Era el socio de mi marido, ¿qué de raro tenía? Empezó con cadenas de buenos días, después con memes en los que me etiquetaba, después con mensajes directos preguntándome cómo iba mi día. Yo le respondía con educación, sin malicia. Tampoco sentía que pasara nada.
Hasta que cambió diciembre.
Los mensajes empezaron a llegar más seguido y a horas más raras. Me pidió mi número y se lo di pensando que era práctico, que a veces necesitaba avisarme algo de mi marido. Pero después del primer «buenas noches, descansa» entendí que ya no se trataba de eso.
En abril del año siguiente, justo antes de que se desatara la pandemia en mi ciudad, llegué un mediodía a la tienda con un cóctel de mariscos para los dos. Iba con un vestido blanco corto y unas sandalias de tacón bajo. Mis hijos venían conmigo, así que no me quedé más que el rato de saludarlos. Cuando regresé al coche, ya tenía dos mensajes en el celular. Andrés me decía que estaba delicioso. Mau me escribió: «el cóctel está tan rico como tú».
—¿En serio escribió eso? —murmuré para mí misma, mirando la pantalla como si esperara que las palabras se reacomodaran solas.
No le contesté de inmediato. Me quedé toda la tarde con el teléfono pesándome en el bolsillo. Cuando por fin respondí, le dije «gracias» y nada más. Pero esa noche, mientras Andrés dormía a mi lado, leí y releí ese mensaje hasta que se me hizo costumbre. Y me metí la mano dentro del pantalón de la pijama sin darme cuenta, con dos dedos jugando encima del coño hasta mojarme el elástico, imaginándome a Mau diciéndomelo a la cara.
Mau empezó a invitarme a tomar café. Después a comer. Después a un parque a caminar. Yo le decía que no, que era una locura, que ni siquiera lo pensara. Y él insistía con una paciencia de hormiga, sin enojarse, sin presionar. «Cuando quieras —me escribía—. Yo aquí estoy.» Subió de tono poco a poco, con memes que primero eran picantes y después abiertamente sexuales. A esos los dejaba en visto. No me atrevía a contestar, pero tampoco a bloquearlo. Tenía dieciséis años de casada y, hasta ese momento, nunca había tenido siquiera una conversación que se acercara a lo prohibido con otro hombre.
En mayo contrataron a un chico para que atendiera la tienda. La pandemia ya tenía a todos encerrados y Andrés pasaba por allá únicamente a hacer corte de caja. Mauricio se quedó casi en casa, igual que el resto. Pero nos seguíamos escribiendo. Y algo había cambiado.
El día 8 me invitó a salir a celebrar el día de las madres. Me dijo que conocía un restaurante en el hotel Los Encinos, en las afueras de la ciudad, donde nadie nos vería. Le dije que no. Que estaba loco. Que cómo iba a dejar a mis hijos un diez de mayo para ir a ver a otro hombre. Él no insistió esa vez. Apagué el celular y me fui a dormir convencida de que con eso bastaba.
Al día siguiente lo encendí a las siete de la mañana. Tenía un mensaje suyo: «la invitación sigue en pie. Tú decides.»
Tú decides.
Esa frase me trabajó por dentro toda la mañana. Estaba en una clase virtual de la maestría y no podía concentrarme. Pensaba en el desayuno frente al ventanal del hotel, en la conversación, en lo que vendría después. Pensaba en que llevaba meses, quizás años, sintiéndome invisible en mi propia casa, follando dos veces al mes con el mismo hombre en la misma postura, apagando la luz antes y limpiándome después. Le contesté a las once y media: «Acepto. Pero solo a desayunar.» Y agregué, mintiéndome a mí misma: «nada más.»
A Andrés le dije que aprovechara el martes para ir a visitar a su mamá con los niños. Que él se los llevara y la consintiera por el día de las madres, que yo en la tarde lo alcanzaba o quedábamos para ir al cine. Se fue contento a las ocho y media, con los dos chamacos en el asiento de atrás y un ramo de claveles en el copiloto.
***
En cuanto cerró la puerta, me metí a bañar. Tardé más de la cuenta. Me depilé las piernas y el coño entero, dejando solo una tira fina arriba, me lavé el pelo dos veces, me unté la crema con olor a vainilla que solo uso cuando quiero sentirme bonita. Elegí un vestido negro entallado a la altura de la rodilla, con un escote en V que mostraba lo justo. Debajo me puse un conjunto de encaje negro que tenía guardado desde el primer aniversario y que Andrés nunca había visto: brasier de balconet que me subía las tetas hasta el escote y una tanga que apenas me tapaba los labios. Zapatillas negras. Perfume en el cuello, en las muñecas, atrás de las rodillas y una gota entre las tetas.
Cuando me miré al espejo, ya no me reconocí. No era la esposa que se quedaba en casa con dos hijos. Era otra. Una que estaba a punto de hacer algo de lo que no podría arrepentirse de regreso. Una que ya tenía la tanga húmeda solo de imaginar lo que iba a pasar.
Llegué al hotel Los Encinos a las nueve y cuarto. Mauricio me esperaba en la entrada del restaurante, recargado en su moto, vestido con una camisa blanca y unos jeans oscuros. Me sonrió como si llevara meses esperándome, y la verdad es que así era.
—Wow —dijo en voz baja, abriéndome la puerta del restaurante—. No me lo creo todavía.
—Pues créelo, pero solo a desayunar —respondí, midiendo cada palabra.
El desayuno fue largo. Hablamos del negocio, de Andrés, de la pandemia. Le pregunté por qué se había metido en eso conmigo sabiendo lo que se jugaba. Me dijo que llevaba dos años aguantándose, que cada vez que yo entraba en la tienda con mis tuppers y mi sonrisa, él regresaba al taller a respirar antes de poder seguir trabajando. Que se hacía la paja pensando en mí después de cerrar la cortina, con la foto de perfil de Facebook abierta en el celular. Que estaba dispuesto a darme lo que Andrés no me daba, si yo se lo permitía.
—Eres muy intenso, Mau.
—Soy honesto. Y llevo dos años con la verga parada por ti.
Y me besó. Ahí, en medio del comedor, con el café a medio terminar y dos meseros mirando hacia otro lado. Yo me aparté un poco, miré alrededor, le dije que no era el lugar. Me contestó que el hotel rentaba habitaciones para huéspedes del restaurante y que él ya había revisado. Le respondí que estaba loco y me levanté al baño.
Frente al espejo, con las dos manos apoyadas en el lavabo, me miré la cara enrojecida. Estás aquí porque quieres que te folle. Deja de fingir. Me arreglé el labial, me solté el pelo, respiré hondo, me metí la mano bajo el vestido para comprobar lo que ya sabía —la tanga empapada, los labios hinchados— y volví a la mesa.
—Sube tú primero —le dije sin sentarme—. Yo subo en cinco minutos.
***
La habitación olía a sábanas limpias y a ese desinfectante dulzón de los hoteles. Mau ya estaba sin camisa cuando entré, sentado en la orilla de la cama, con el bulto marcado bajo los jeans. Me acerqué despacio. Él se levantó y empezó a desabrocharme el cierre del vestido por la espalda, sin prisa, besándome la nuca entre botón y botón. El vestido cayó al piso y yo me quedé en encaje y tacones. Mauricio dio un paso atrás para mirarme.
—Chinga tu madre —dijo, tragando saliva—. Cómo te habías estado guardando.
—Si me arrepiento, te detienes —le dije.
—Si te arrepientes, te llevo a tu coche. Pero no te vas a arrepentir.
Y siguió.
Me besó los hombros, el cuello, el escote del brasier. Con dos dedos me bajó las copas del balconet y me sacó las tetas por encima del encaje, sin quitarme la prenda. Se agachó a chupármelas de una en una, primero un pezón y luego el otro, mordiéndolos con cuidado, tirando hacia arriba con los dientes hasta que se me pusieron duros como piedras. Yo apoyé las manos en su nuca, empujándolo contra mí, y le sentí la lengua caliente girándome alrededor de la aureola.
—Así —le susurré—. Muérdemelas más fuerte.
Me obedeció. Me clavó los dientes hasta hacerme soltar un quejido, y después me lamió para calmarlo. Me sentó en la orilla de la cama y se arrodilló frente a mí. Me quitó las zapatillas con cuidado y empezó a besarme los pies, los tobillos, las pantorrillas, las rodillas. Subió por la cara interna de los muslos hasta detenerse justo donde el encaje me apretaba. No bajó la prenda. Solo me besó por encima, despacio, hasta que sentí la tela mojada contra la piel y se me escapó un gemido que no supe si era mío. Después sacó la lengua y me lamió por encima del encaje, apretando la punta contra el clítoris, empapándome la tanga con su saliva.
—Estás toda mojada —murmuró contra el coño—. Se te transparenta la raja.
—Quítamela ya, Mau, por favor.
Me deslizó la tanga por las piernas y la dejó colgando en un tobillo. Me abrió el coño con dos dedos y se me quedó mirando un segundo, como quien mira algo que llevaba años imaginando. Después se lanzó. Me chupó de arriba abajo, hundiendo la nariz en la mata, respirando fuerte, comiéndome como si tuviera hambre. Me metió la lengua entera y la sacó, me la clavó en la entrada, subió al clítoris y empezó a chupármelo con los labios apretados, moviendo la cabeza en pequeños círculos. Se me arqueó la espalda sola.
—Ay, Mau, así, así, no pares —le pedí, agarrándolo del pelo—. Chúpamelo, chúpame el coño.
Me metió dos dedos mientras me mamaba, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto que ni yo misma sabía muy bien dónde estaba. Lo encontró. Empezó a moverlos rápido, sin dejar de chuparme, y en menos de dos minutos me sacó el primer orgasmo. Le apreté las orejas con los muslos, arqueé el culo contra su cara y me corrí en su boca soltando un gemido largo, sin acordarme de que había paredes. Él siguió chupándome hasta el último temblor, tragando lo que le cabía.
—Todavía estamos a tiempo —dijo, mirándome desde abajo, con el mentón brillante.
—Ya no —contesté—. Ahora te toca a ti. Ven acá.
Se desvistió en menos de un minuto. Tenía la verga oscura, no muy gruesa pero larga, curveada un poco hacia arriba, con la punta ya goteando. Me senté en la orilla de la cama y se la agarré con una mano, sin dejar de mirarlo a los ojos. Se la meneé despacio, viendo cómo se le tensaba, y después la lamí desde los huevos hasta la punta, con la lengua plana, chupándome después mi propio sabor de sus dedos. Me la metí a la boca.
—Ay, chingado —gimió—. Cómo mamas.
Se la chupé entera, apretando los labios, ayudándome con la mano en la base. La saqué, la escupí, la lamí por debajo, le chupé los huevos uno por uno mientras le seguía meneando el tronco mojado. Le volví a meter la verga hasta el fondo, hasta atragantarme un poco, y él me agarró la cabeza con las dos manos y me empezó a coger la boca despacio, sin llegar a lastimarme, dándome tiempo a respirar entre embestida y embestida.
—Si me sigues chupando así me vengo —dijo, apartándome de un tirón suave del pelo—. Y quiero cogerte primero.
Se puso el condón sin dejar de mirarme. Me recostó en la cama, me separó las piernas con la rodilla y entró de un solo movimiento. Solté un grito ahogado contra su hombro. Llevaba años sintiendo solo a un hombre. Este se sentía distinto, más urgente, menos paciente, más grande adentro.
—Despacio —le pedí.
Bajó el ritmo, pero no por mucho. Me besaba el cuello mientras se movía, me mordía los lóbulos, me decía cosas al oído.
—Qué apretadito lo tienes, mi amor. Qué rico coño. Dos años soñando con metértela.
—Cállate y cógeme —le contesté, sorprendida de mi propia voz.
Le clavé los talones en los glúteos para que no se saliera y él lo entendió como una invitación. Me dobló las piernas sobre sus hombros, se incorporó y volvió a meterla entera, mirándome a los ojos como si quisiera confirmar que estaba ahí, que aquello estaba pasando de verdad. Desde ese ángulo la sentía tocarme hasta arriba, golpeándome adentro, sacándome un «ah» a cada embestida. Se me sacudían las tetas con cada golpe y él las miraba embobado, apretándomelas con una mano.
—¿Quién coge mejor? —preguntó, sin frenar—. ¿Andrés o yo?
No le contesté. Cerré los ojos. La pregunta me hirvió por dentro y, al mismo tiempo, me terminó de soltar.
—Contéstame —insistió, embistiendo más fuerte—. ¿Quién te la mete mejor?
—Tú —susurré, con vergüenza y con ganas—. Tú, Mau, tú me la metes mejor.
—Dilo otra vez.
—Tú me coges mejor. Tú.
Sentí cómo el segundo orgasmo se acercaba desde lejos, como una ola que no podía detener. Me corrí mordiéndome el labio para no gritar, apretándole la verga con las paredes del coño hasta que él tuvo que parar un momento para no venirse ahí mismo.
Cuando paró, se me quedó dentro un momento, respirando. Salió, me besó el ombligo y se recostó boca arriba, con la verga tiesa señalando al techo y el condón brillante de mi flujo. Lo miré, todavía agitada, y entendí que era mi turno. Me quité el brasier y las bragas del todo, me trepé encima de él en cuclillas, y bajé despacio hasta tenerlo entero adentro de mí. Empecé a moverme. Él me apretaba los pechos con esas manos pequeñas que no me cabían, me los mordía, me decía que eran enormes, y yo solo cerraba los ojos y me movía cada vez más rápido, arriba y abajo, sintiendo cómo el culo me chocaba contra sus muslos.
—Cabálgamela —jadeó—. Así, mi vida, cabálgamela toda.
Me eché hacia atrás, apoyándome con las manos en sus rodillas, para que se viera cómo entraba y salía. Él bajó una mano y empezó a frotarme el clítoris con el pulgar mientras yo saltaba encima. Cambié al giro de caderas, restregándome, sin sacarla, apretándolo por dentro con cada vuelta.
—Ponte en cuatro —me ordenó, con la voz ya ronca.
Le hice caso. Me coloqué de espaldas, con las zapatillas otra vez puestas porque él me lo pidió, y dejé que me agarrara del pelo. Se me montó por detrás y me la clavó de un golpe, arrancándome un gemido largo. Me nalgueó una vez, después otra, y otra, hasta que sentí el ardor. Me dijo cosas que ningún hombre me había dicho nunca.
—Mira nomás cómo te la tragas, puta. Mira cómo se te abre el coño para mí.
—Sí —contesté contra la almohada, sorprendida de que me gustara—. Soy tu puta, hoy soy tu puta.
—Dilo más fuerte.
—Soy tu puta, Mau. Cógeme como tu puta.
Y yo, en lugar de detenerlo, le pedí más.
—Así, dale —susurré contra la almohada—. Más fuerte. No te detengas. Rómpeme.
—Nunca me imaginé que fueras así.
—Yo tampoco.
Me agarró de las caderas con las dos manos y empezó a metérmela a un ritmo bestial, chocando la pelvis contra mis nalgas, haciendo que la cama rechinara. Me pasó un dedo por la raja del culo, mojado del coño, y me lo apretó contra el otro agujero sin llegar a meterlo.
—¿Aquí también? —preguntó.
—Otro día —le contesté, temblando—. Hoy termíname así.
Se vino antes que yo. Sentí cómo el ritmo se desbocaba un segundo y luego se quedó quieto, pegado a mi espalda, jadeando, con la verga latiéndome adentro. Me dejó con el orgasmo a medio camino. Cuando se separó, se quitó el condón anudado, me lo enseñó lleno y lo tiró al bote junto a la cama.
—Perdóname —dijo, todavía sin aliento—. Aguanté todo lo que pude.
—Termíname con la mano —le pedí, tumbándome bocarriba y abriéndole las piernas.
Se acomodó a mi lado. Me metió dos dedos y con el pulgar me trabajó el clítoris en círculos rápidos, mientras me chupaba un pezón. Fue cuestión de un minuto. Me corrí por tercera vez apretándole la mano con los muslos, arqueada, mordiéndome el dorso de la propia muñeca para no gritar. Me cobijé hasta el cuello, más por reflejo que por pudor, y miré el reloj de la mesita. Pasaba del mediodía.
—Me tengo que ir —le dije.
—Quédate. Una hora más. Te la vuelvo a poner dura en cinco minutos.
—No puedo. Andrés llega con los niños.
Me levanté, me vestí sin bañarme —con el semen del condón todavía adivinándose por dentro, con el olor de él pegado a la piel—, me arreglé el pelo frente al espejo y me pinté el labial. Mauricio me miraba desde la cama sin decir nada, todavía desnudo, con la verga a medio bajar, con una expresión que era mitad satisfacción y mitad miedo. Cuando me acerqué a la puerta, se incorporó.
—¿Nos vemos otra vez?
—No sé.
—Gracias —dijo.
—Gracias a ti.
***
Llegué a casa quince minutos antes que mi marido. Me metí a la regadera, me lavé como si me hubiera revolcado en lodo, me tallé el coño hinchado con jabón para quitarme cualquier rastro, me puse la misma ropa salvo la interior —la tanga de encaje la escondí en el fondo de una caja de zapatos vieja— y bajé a la cocina a fingir que llevaba toda la mañana ahí. Cuando entró Andrés con los niños y los claveles ya marchitos, le sonreí y le di un abrazo. No notó nada. Nunca notó nada. Ni siquiera cuando esa noche, en la cama, se subió encima de mí y me la metió sin foreplay como siempre; yo cerré los ojos y me acordé de la voz de Mau preguntándome quién cogía mejor, y me corrí antes que él por primera vez en años.
Mauricio no me volvió a escribir igual. Una vez, meses después, cuando me chocaron por detrás en una avenida y subí la foto del golpe a una historia, me preguntó por mensaje cómo estaba doña Marina. Mi marido leyó el mensaje sin pestañear. No dijo nada. Tampoco había nada que decir.
Pasaron casi dos años para que pudiéramos volver a coincidir. En ese tiempo, lo único que me sostuvo fueron mis propios recuerdos —los dedos metidos hasta el fondo mientras Andrés roncaba— y, alguna que otra vez, las noches con Diego, el médico del consultorio de junto, del que ya les hablaré otro día.
De aquel martes solo me quedó una certeza: que esa mujer del espejo, la que se puso encaje negro un diez de mayo y salió a que la cogieran hasta hacerla gritar, ya no se iba a ir nunca.