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Relatos Ardientes

Mandé a mi novio al súper para meterme en la furgoneta

Andrés me llevaba de la mano por la calle estrecha que bajaba al aparcamiento del paseo marítimo. El sol estaba bajo, todo se teñía de un naranja sucio, y yo no podía pensar en nada coherente porque entre las piernas seguía ardiendo.

—¿Pedimos pizza o hacemos algo rápido en casa? —preguntó él, ajeno a todo.

—Lo que tú quieras, amor —contesté, y mi voz me salió más floja de lo que pretendía.

Sonreí en el momento adecuado. Asentí en el momento adecuado. Por fuera era la novia que vuelve cansada de la playa, con el pelo lleno de sal y arena pegada a las pantorrillas. Por dentro era otra cosa.

El bikini seguía empapado debajo del vestido blanco. No del agua del mar, sino de lo que me había pasado veinte minutos antes en los baños del chiringuito. El tejido se me pegaba al clítoris hinchado a cada paso, se despegaba, se volvía a pegar, y cada roce era un pequeño aviso de que aquello no iba a apagarse sin más.

Sentía cómo seguía bajando humedad por la cara interna de los muslos. Pequeñas gotas tibias, indecentes, que tenía que apretar las piernas para frenar antes de que alguien las viera resbalando por debajo del vestido.

Lo peor —o lo mejor— era que la calle estaba llena de gente. Familias, parejas, grupos de chicos volviendo del último baño con la toalla al hombro. Y yo, agarrada a Andrés, mirando a todos como si estuviera en un escaparate al revés.

Tres chicos del pueblo, morenos, con el torso todavía brillante de crema, venían en dirección contraria. El del medio me miró un segundo. No más. Lo justo para que yo notara que el coño me daba una sacudida y soltaba otro chorrito caliente que se me deslizó muslo abajo. Imaginé, en ese segundo, cómo sería que me empujara contra una pared cualquiera y me la metiera ahí mismo, con su amigo mirando.

Apreté la mano de Andrés sin querer.

—¿Estás bien? —dijo.

—Sí, cariño. Sólo cansada.

Un rubio alto pasó corriendo sin camiseta. La espalda le brillaba. No era el del baño, pero se le parecía lo bastante para que se me cortara la respiración un instante. Me lo comí con la mirada por encima del hombro de Andrés, fingiendo que miraba el escaparate de una heladería cerrada.

Después fue un ciclista. Piernas duras, gemelos marcados, sudor bajándole entre los pectorales. Me mordí la cara interior del labio. Otra contracción. Otro hilo de humedad.

Andrés seguía hablando de la cena. Yo ya no sabía ni qué le había contestado dos minutos antes.

—¿Quieres que paremos a por algo antes de llegar al coche? —dijo.

Tragué saliva.

—Por mí no, amor. No tengo hambre…

Sí tenía. Pero no de eso.

Mi cabeza era un desfile sucio: manos desconocidas en las tetas, bocas que no eran la suya, una polla cualquiera abriéndose paso por detrás mientras yo me agarraba a algo. Cada hombre con cierto cuerpo que pasaba a mi lado me hacía agua el coño de manera literal. Sentía cómo la parte interior de los muslos estaba ya resbaladiza, brillante debajo del vestido, y todavía teníamos cincuenta metros hasta el aparcamiento.

Andrés me apretaba la mano con esa ternura suya de novio bueno. Eso, en lugar de calmarme, me ponía aún más enferma de ganas.

***

Llegamos al aparcamiento y lo vi antes de procesarlo.

Justo detrás de nuestro coche había una furgoneta blanca de alquiler, con matrícula extranjera. Apoyados contra ella, riéndose, cuatro chavales. Y uno de ellos era él: el rubio alto del baño del chiringuito. Estaba de espaldas, con una cerveza en la mano, y un amigo le daba palmadas en el hombro como si estuviera contando una hazaña.

El coño me dio un latigazo violento. Sentí las rodillas flojas. Otro chorro caliente bajó por dentro del muslo izquierdo, más abundante esta vez, y noté cómo la tela del vestido se me empezaba a oscurecer en una zona muy concreta.

Joder. Están aquí.

La imagen volvió entera, sin pedir permiso: yo de rodillas en aquel cubículo, con la polla de ese rubio metida hasta el fondo de la garganta, sus amigos riéndose en la puerta y vigilando que no entrara nadie.

Andrés se giró hacia mí. Me obligué a sonreír.

—Oye, amor… estoy reventada y muerta de sed. ¿Te importa ir tú al súper y yo te espero en el coche? No puedo más, en serio.

Me miró un segundo, extrañado.

—¿Segura?

—Segurísima. Sólo quiero sentarme.

—Vale. ¿Coca-Cola o agua?

—Lo que tú pilles, cariño.

Me dio un beso rápido en los labios. Un beso confiado, distraído, de chico que cree que tiene la noche resuelta. Y se alejó hacia la entrada del aparcamiento, donde había un pequeño supermercado a unos cincuenta metros.

Esperé. Cinco pasos. Diez. Quince.

Cuando lo vi cruzar la puerta automática del súper, di la vuelta a mi coche, pero no para entrar. Lo rodeé hasta quedarme apoyada en la parte de atrás, justo enfrente de la furgoneta de los holandeses.

El rubio fue el primero en girarse.

Los ojos se le abrieron despacio. La sonrisa también: lenta, cómplice, de cabrón que reconoce a su presa. Uno de sus amigos le dio un codazo y murmuró algo en holandés. Los cuatro miraron hacia mí.

Yo no dije nada. Sólo me apoyé contra el portón del maletero, con el vestido todavía pegado a la piel húmeda, y lo miré fijo. Los pechos subiendo y bajando con la respiración corta. Entre las piernas, el coño martilleaba tan fuerte que me parecía que lo estaban oyendo.

Otro hilo caliente me bajó por el muslo izquierdo, ya brillante, ya visible si alguien se fijaba lo suficiente. No me cubrí.

El rubio dijo algo a su amigo, el del pelo castaño corto. Los dos se separaron del grupo y avanzaron hacia mí.

***

El castaño llegó primero. Tenía cara de chico listo, y un español decente con acento muy marcado.

—Hola… Dice mi amigo que casi os pillan y por eso salieron corriendo —tradujo, señalando al rubio con el pulgar.

El rubio se paró a menos de un metro de mí. Me miró de arriba abajo sin disimular. Los ojos se le quedaron un instante de más en el escote, donde se adivinaba que los pezones todavía estaban duros del frío del aire acondicionado del coche que aún no era el mío.

Solté una risita baja, mitad reproche, mitad coqueteo. Incliné la cabeza.

—Pues sí —dije, mordiéndome el labio—. Os fuisteis muy rápido. Yo todavía estaba caliente. Y me dejasteis ahí, con todo encima. Está feo, ¿no?

El castaño tradujo al oído del rubio. El rubio se rio grave y contestó algo. El castaño sonrió antes de pasarme el mensaje:

—Dice que lo siente… pero que de rodillas estabas tan bien que casi se corre sólo con mirarte. Y que si hubiera podido, te habría follado detrás de los matorrales hasta que no pudieras caminar.

El coño me dio otra contracción. Otro chorrito, más generoso, resbaló por el muslo. Me crucé los brazos por debajo del pecho, sabiendo perfectamente lo que eso hacía con mi escote.

—Vaya… qué considerado —contesté, con tono de burla—. Pero os marchasteis como conejos. Y ahora estoy aquí, esperando a mi novio, todavía chorreando por vuestra culpa, mientras vosotros tan tranquilos con la cerveza.

El rubio entendió el tono aunque no las palabras. Dio un paso más y apoyó la mano derecha en el coche, justo al lado de mi cadera, casi rozándome. El castaño se colocó al otro lado, cerrando el hueco. Quedé entre los dos.

—Mi amigo pregunta si todavía estás muy caliente —tradujo.

Miré al rubio a los ojos. Después al otro. Después, sin disimulo, al bulto que ya empezaba a marcársele al rubio bajo el bañador.

—Caliente… —repetí, despacio—. Estoy empapada. Me dejasteis el coño goteando como una perra. Y ahora venís los dos como si nada. ¿Qué pensáis hacer?

Me recosté un poco más contra el coche. Separé un par de centímetros las piernas. El vestido se subió lo justo para que se les viera la piel brillante del interior del muslo. No me bajé el bajo. Al contrario.

El rubio murmuró algo en voz baja, ronca. El castaño tradujo:

—Dice que si tu novio no estuviera por volver, te subiría al capó y te follaría delante de todos.

Solté una risita nerviosa. Otro latigazo entre las piernas.

—Pues qué pena —susurré, alternando la mirada entre uno y otro—. Porque mi novio está al llegar. Y yo sigo chorreando por vosotros.

Me pasé la lengua por los labios. Disfrutaba como una enferma de estar así, entre dos desconocidos cachondos, mientras Andrés cogía una Coca-Cola fría a cincuenta metros de mí.

El rubio extendió la mano y, con el descaro tranquilo de quien sabe que no le vas a apartar, me rozó con dos dedos el borde del vestido, justo donde empezaba el muslo.

No lo aparté.

Sonreí.

***

Lo miré directamente a los ojos. Con esa cara que pongo cuando ya tengo una idea peligrosa entera en la cabeza.

—Escucha —dije, en voz muy baja, casi un susurro.

El castaño se inclinó para traducir cada palabra al oído del rubio.

—Si tú ahora mismo me abrazas fuerte contra ti y me das un beso de verdad, lento, profundo, con lengua… aquí mismo, en mitad del aparcamiento, con el riesgo de que mi novio salga del súper en cualquier momento y nos vea… entonces yo me meto contigo en vuestra furgoneta, me siento atrás y te dejo que me folles todo lo que te dé tiempo.

Hice una pausa. Le mantuve la mirada.

—Pero tiene que ser ahora. Y tiene que ser un beso de novio. No de borracho.

El castaño tradujo de seguido, esta vez con la voz más grave. El rubio escuchó, levantó una ceja y soltó una risa corta, incrédula y encendida a la vez. Bajó la vista al escote. A los muslos brillantes. Volvió a mi cara.

Yo me separé un poco del coche. Levanté la barbilla.

—¿Qué? ¿Te da miedo que mi novio nos pille besándonos como dos enamorados? —provoqué—. Porque yo me atrevo. Si tú te atreves a besarme aquí ahora, me subo a esa furgoneta y te dejo follarme hasta que me corra gritando.

No esperó más traducción.

Dio un paso, me agarró por la cintura con las dos manos y tiró de mí hacia su cuerpo. Sentí el bulto duro presionándome el vientre antes que el calor de su boca. Después bajó la cabeza.

No fue un beso rápido. Fue lento. Deliberado. Sus labios se movieron contra los míos con calma, como si tuviéramos toda la noche y no cincuenta metros y una puerta automática. La lengua entró despacio, se enredó con la mía, y una de sus manos me subió por la espalda hasta enredarse en mi pelo. La otra bajó hasta apretarme el culo por encima del vestido.

Gemí dentro de su boca. Bajito. Le devolví el beso con la misma calma calculada, frotando las caderas contra su erección a través de la tela. Mis pechos aplastados contra su pecho. La mente en blanco menos en una idea: que no salga Andrés todavía, joder, que no salga todavía.

Cuando por fin separó la boca de la mía, un hilo fino de saliva nos unió un segundo. Yo jadeaba. Los labios hinchados, los ojos vidriosos.

—Ahora te toca a ti —susurré contra su boca—. ¿Cumples o te rajas?

El castaño tradujo. El rubio sonrió con esa arrogancia de chico que se sabe ganador, me dio un mordisco muy suave en el labio inferior y, sin soltarme la cintura, señaló con la cabeza la puerta lateral de la furgoneta.

Solté una risita baja, eléctrica. Miré una última vez hacia el súper.

Andrés todavía no salía.

Me separé del rubio sólo lo justo para caminar los tres pasos hasta la furgoneta. Abrí la puerta corredera. Subí. Me senté en el asiento de atrás, abrí las piernas sin disimular nada y lo miré desde dentro.

—Venga, entra y fóllame antes de que vuelva mi novio —dije, y la voz me temblaba.

No lo dudó.

Subió detrás de mí.

La puerta corredera empezó a cerrarse despacio, con ese ruido sordo de las furgonetas de alquiler. Por la rendija final alcancé a ver al castaño, que se había quedado fuera, encendiendo un cigarro con cara de quien va a montar guardia.

Y, todavía, Andrés sin aparecer.

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Comentarios (1)

TatoBA

Excelente!!! de los mejores que lei esta semana sin dudas

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