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Relatos Ardientes

El mirón nos vio desde la ventanilla del copiloto

Era la última semana de septiembre y mi ciudad llevaba meses pidiendo lluvia que no llegaba. Desperté de la siesta de media tarde empapada en sudor, con la camisola pegada al cuerpo y los muslos apretados entre sí. Había soñado con algo concreto, algo explícito, algo que me dejó la entrepierna húmeda mucho antes de que mis dedos llegaran ahí. Acababa de salir del periodo y mi cuerpo me reclamaba lo que la sequía emocional me había negado durante la semana.

Estiré los brazos por encima de la cabeza. Los pezones se marcaron contra el algodón fino. Dejé que mis manos resbalaran por el estómago, por la cadera, por debajo del elástico de la tanga de seda, hasta que las yemas encontraron lo que buscaban. Empecé con dos dedos suaves, dibujando un círculo lento, y enseguida sumé el dedo medio de la otra mano para presionar el clítoris contra el hueso. Sentía cómo subía la temperatura desde adentro. Aparté la tela mojada y me deslicé un dedo dentro.

Ding, dong.

—¡Mierda! —dije en voz alta, sentándome de golpe—. ¡Me quedé dormida!

Andrés y yo habíamos invitado a unas veinte personas para la celebración patria. Sabía que Mateo, su esposa y los chicos iban a llegar antes que el resto para ayudar con el asado. Grité el nombre de Andrés pero no contestó, seguro ya estaba en el patio armando el carbón. Salté de la cama y me asomé por la ventana del cuarto. Mateo estaba parado en la puerta principal con una caja de insumos para la parrilla. Sofía, su esposa embarazada, todavía bajaba a los chicos del auto.

Corrí a abrir.

—Hola —fue lo único que solté antes de girar hacia el dormitorio para vestirme.

—Espera —dijo Mateo.

Sin pensarlo me detuve y giré sobre mí misma. Su caja golpeó el suelo. Yo seguía con la camisola y la tanga torcida, mostrándole sin querer todo lo que la tela tendría que estar cubriendo. Mateo me recorrió el cuerpo con una mirada larga y descarada. Estoy segura de que olió desde ahí el calor que mi piel todavía cargaba.

Toc, toc.

Los nudillos de Sofía contra la puerta nos sacaron del trance. Aproveché ese segundo de regreso a la realidad y corrí al cuarto. Antes de cerrar alcancé a escuchar la voz de ella, fingiendo enojo:

—Cabrón, ¿por qué te tardas tanto?

—Perdón, se me cerró la puerta —respondió él.

Me arranqué la camisola y dejé que los senos rebotaran al salir de la tela. Me miré medio segundo en el espejo: el pelo revuelto, los pezones todavía duros, el rubor en el pecho que ningún maquillaje iba a poder disimular. Me puse un vestido fresco con sandalias y salí a hacerme la anfitriona perfecta.

***

Andrés y Mateo estaban en el patio con sus cervezas, atendiendo el carbón como si estuvieran encendiendo una fogata sagrada. Sofía y yo, adentro, cortábamos verduras, envolvíamos tortillas, vigilábamos a los niños y nos preparábamos margaritas. El reparto clásico. A la primera oportunidad agarré una bandeja de cortes crudos y salí a llevársela.

Los hombres no me oyeron acercarme. Hablaban bajito, en ese tono que los hombres usan cuando creen que las mujeres no están escuchando.

—Compadre, el que tenga tienda… —decía Mateo.

—Pues sí —contestaba Andrés.

Los dos me vieron al mismo tiempo y se quedaron callados como dos chicos atrapados.

—¿Qué? —dije, plantada ahí con la bandeja—. ¿De qué hablaban ustedes dos?

—De cosas que requieren atención —respondió Mateo, intentando sostenerme la mirada.

No pudo. Sus ojos viajaron a mi escote, después a mis caderas, después regresaron tarde al asado.

—Qué lástima —dije con la sonrisa más inocente que pude armar—. Ojalá pudiera ayudarles con sus dilemas filosóficos, pero hoy tengo la casa llena. Tengo que volver con Sofía antes de que los niños destruyan la mesa.

Dejé la bandeja, giré y caminé hacia la puerta trasera. Las luces del patio me daban por detrás y supe que el vestido transparentaba lo justo. Antes de entrar me agaché para recoger un zapato que una de mis criaturas había dejado tirado, manteniendo las piernas rectas y un poco abiertas. Giré la cabeza un instante. Andrés seguía atizando el carbón. Mateo me miraba con la boca entreabierta.

Entonces hice algo que no debí. Me giré hacia él, sonreí y volví a inclinarme, esta vez de frente, para recoger el segundo zapato. Le regalé el escote completo. Me encantaba ese poder, esa cosa eléctrica de saber que un hombre estaba duro a tres metros de mí por mi culpa. Volví a entrar a la casa empapada por dentro y dejé a Mateo perdido.

***

El resto de los invitados empezó a llegar en oleadas. En menos de una hora la casa estaba llena de gente, música, niños corriendo y vasos de plástico por todos lados. Yo iba por la tercera margarita cuando mi cuñada me agarró del brazo.

—Dani, se está acabando la cerveza.

Como anfitriona el problema era mío. Fui a buscar a Andrés con la sonrisa puesta. Lo encontré en el baño, bañando a una de las criaturas que había vuelto del jardín pintada de aceite y tierra.

—Mor, voy por más cerveza. ¿Necesitas algo?

—¿Cuántas margaritas llevas?

—Tres. Cuatro, tal vez.

—¿Y hasta dónde piensas manejar?

Justo entonces Mateo asomó la cabeza por la puerta.

—Wey, voy un segundo a la tienda. A Sofía se le antojaron unos pastelitos.

—A toda madre —dijo Andrés con una sonrisa torcida—. La nena también necesita ir a la tienda y ya bebió bastante. Mejor llévala tú.

Le guiñó el ojo a su amigo. Mateo le devolvió una sonrisa que yo conocía demasiado bien.

—Te espero en la camioneta —dijo Mateo, y salió.

Apenas la puerta se cerró, Andrés corrió la cortina de la ducha para que la nena no nos viera y me besó como si llevara meses sin tocarme. Su mano abierta en mi nuca, su lengua apurada. Le rodeé el cuello con los brazos. Después de una semana fría sentí por fin sus dedos firmes en mis caderas, bajando hasta las nalgas, amasándolas mientras yo le apretaba el bulto duro con el vientre. Metió las manos debajo de mi vestido, enganchó la tanga y la deslizó por mis piernas hasta el piso. Saqué una pierna, después la otra. Pensé que íbamos a hacerlo ahí mismo, contra el lavabo, con la criatura cantando del otro lado de la cortina.

Toc, toc.

—Dani, Mateo te está esperando. ¿Qué tanto hacen ustedes dos? —la voz de Sofía.

Andrés me puso la tanga en la mano y me cerró los dedos alrededor de ella.

—No tardes, bebecita. Tengo ganas de ti.

—Vuelvo enseguida, Mor.

Mientras agarraba el bolso y metía la tanga adentro escuchaba los bocinazos impacientes de Mateo desde la calle.

***

No habíamos salido todavía del fraccionamiento y la mano derecha de Mateo ya estaba sobre mi muslo, subiendo bajo el vestido hacia un sexo que nadie había vuelto a vestir. Por instinto, por decoro o por pánico, intenté detenerlo con las dos manos sobre su muñeca. Justo entonces escuché las voces de los niños desde la entrada de la casa.

—Mami, mami, ¡tráeme una sorpresa!

Levanté la mano derecha para responderles el saludo. Ese reflejo me costó la batalla: con la izquierda sola no pude contener a Mateo. A los pocos segundos de doblar la esquina, su palma ahuecaba mi sexo desnudo. El dedo medio dibujaba lentos círculos sobre el clítoris. Mis piernas se abrieron solas.

—Ohh, ohhh —se me escapó.

Las hormonas, las margaritas, el calor de la noche, los meses con Andrés perdidos en el trabajo, la mano experta de un hombre nuevo. Aflojé la izquierda y la pasé a su entrepierna. Le bajé el cierre, le saqué la verga ya hinchada y la apreté con ambas manos. Mateo gimió. Me agarró de la nuca y me empujó hacia abajo.

—Chúpamela.

Estábamos a dos cuadras de casa. Me liberé del agarre bruscamente.

—Ahora vas a ver, cabrón.

Me acomodé acostada de lado, la cabeza sobre su regazo, dándole la espalda al volante. Me la metí en la boca hasta el fondo, hasta que el glande me rozó la garganta y me dieron arcadas. Me retiré lentamente, succionando con tanta fuerza que él gruñó como un oso a medio despertar. Volví a hundirla. Volví a salir. Gemí con la boca llena y la vibración le hizo levantar las caderas del asiento.

Su mano izquierda bajó el escote de mi vestido y sacó un seno. Lo amasó con torpeza de manejar a una mano. Me pellizcó el pezón endurecido y yo respondí mordisqueándole la punta del glande.

A las tres cuadras yo tenía la pierna derecha doblada contra el asiento y la izquierda extendida, con el pie apoyado en la esquina del parabrisas. El dobladillo del vestido subió hasta la cintura. Cada poste de luz iluminaba por un segundo mi sexo mojado. Mateo dio un volantazo para esquivar un poste de verdad.

—Tenemos que parar —dijo con la voz quebrada.

—Mmm —protesté, sacándomela de la boca—. ¿Por qué?

Y volví a hundirme.

—No, no dejes de chupar. Quiero decir parar la camioneta antes de que choquemos.

Metió la camioneta en el estacionamiento vacío de un centro educativo, a tres cuadras de donde estaban nuestras familias brindando por la patria. Apagó el motor junto a un contenedor de basura grande. Y básicamente se lanzó sobre mi sexo expuesto.

***

Pasó el brazo bajo mi muslo izquierdo y subió la mano libre por la pierna hasta encontrar el pezón otra vez. Me pellizcó con la fuerza justa para que gritara. Cerré los muslos alrededor de su cabeza. Su lengua trabajaba con una precisión que no esperaba: subía despacio por mis labios, abría el pliegue, se hundía un instante y volvía a empezar desde arriba. Yo me arqueaba y movía las caderas para que la lengua siguiera el ritmo de mi pulso.

Cuando el orgasmo me explotó, lo hice mientras le succionaba la verga con la otra punta del cuerpo. Mateo gruñó alto y me llenó la boca con todo lo que llevaba acumulado. Tragué sin pensar.

Nos quedamos un rato así, respirando, sus besos suaves en la cara interna de mis muslos, mi lengua jugando con su verga semidura. En pocos minutos él ya estaba duro otra vez y yo seguía lista. Nos enderezamos y nos arrastramos al lado del copiloto para alejarnos del volante. Él se bajó los pantalones hasta los tobillos. Yo le saqué la camisa por la cabeza. Necesitaba sentir piel contra piel.

Me senté a horcajadas sobre él. Apunté la cabeza de su verga contra mí y descendí lentos centímetros, dejando solo el glande adentro. Me quedé así, jugando, contrayendo los músculos internos sobre el glande mientras él me chupaba un pezón. Aguanté lo que pude. Las caderas de Mateo empezaron a empujar hacia arriba y mi templanza cedió. Me dejé caer hasta que nuestros pubis se tocaron. Lo besé largo, las dos lenguas perdidas. Sus manos en mis caderas, en mi cintura, en mis nalgas. Las mías en su cuello, en sus hombros.

El aire de la camioneta se volvió denso, casi nauseabundo. Mateo bajó la ventanilla del copiloto unos centímetros para que entrara aire. La brisa apenas alcanzó. Mis tetas resbalaban sobre su pecho, mi sexo se cerraba sobre el suyo. Empecé a mover las caderas en círculos lentos, como cuando jugaba con el aro de chica. Al principio despacio. Después más rápido. Mateo gemía en mi boca.

***

Tenía los ojos cerrados, perdida en lo que sentía, cuando un golpe metálico me sacó del trance. Abrí los ojos.

Un chico de unos veintipocos años acababa de cerrar la tapa del contenedor de basura. Había escuchado todo. Nos miraba paralizado.

Nadie dijo nada. Los tres nos quedamos quietos durante un segundo eterno. Mateo fue el primero en reaccionar: me apretó las nalgas y me incitó a seguir. Yo le seguí el juego. Pasé del movimiento circular a uno pendular, subiendo lentamente hasta que la verga casi se me escapaba, bajando después centímetro a centímetro. Sabía que el chico nos miraba. Eso me derretía más.

Por el rabillo del ojo lo vi acercarse a la camioneta con pasos cautelosos. Revisó alrededor antes de sacarse la verga de los pantalones cortos. Se quedó parado del lado del copiloto, separado de nosotros únicamente por esa ventanilla entreabierta. Se masturbaba con la mano firme, sin apartar los ojos de mis senos. Yo saltaba sobre Mateo cada vez más rápido. Mateo gemía sin disimulo.

El chico apoyó la mano izquierda en el filo de la ventanilla. Mateo le agarró la muñeca, le guiñó el ojo y le puso la mano sobre mi pecho.

Tendría que haberme apartado. No lo hice. Arqueé la espalda y le acerqué los senos al desconocido tanto como pude. Su palma callosa apretándome la piel me erizó la espalda entera. Se subió al estribo de la camioneta, se inclinó hacia adentro y atrapó mi pezón con la boca. Gemí, gruñí y gemí otra vez. Su lengua rodeaba el pezón mientras lo mordía a propósito. La mano libre del chico bajó por mi costado hasta una nalga y de ahí se abrió camino al centro, cargando con ella parte de mis fluidos. Su dedo me empujó la entrada del culo y entró fácil con la lubricación que llevaba.

Una corriente eléctrica me cruzó la columna. Mis caderas temblaron sobre la verga de Mateo, mi sexo se cerró como un puño chorreante. Mientras seguía saltando, el chico luchaba por mantener la boca pegada a mi pecho. Cerré los ojos, me mordí el labio y convulsioné con la fuerza acumulada de las dos manos, las dos bocas y los dos hombres trabajándome al mismo tiempo.

Cuando mi clímax empezaba a bajar, Mateo explotó dentro de mí. El desconocido se apartó y desapareció antes de que yo pudiera abrir los ojos del todo. Mateo, en cambio, decidió quedarse adentro hasta vaciarse. Le ordeñé la verga apretándolo con los músculos, lo seguí cabalgando hasta que quedó completamente flácido.

***

Me separé despacio. Busqué el bolso para sacar la tanga y limpiarme, pero el bolso no estaba. Lo buscamos por todos lados. No estaba sobre el tablero, no estaba en el piso, no estaba debajo del asiento. Tardamos un momento más en entender lo obvio: nuestro mirón se había ido con un premio extra.

Mateo terminó pagando muchas cosas esa noche. La cerveza, los pastelitos de Sofía, el vidrio de la puerta que rompimos a propósito para justificar la ausencia del bolso, y los regaños interminables de nuestros cónyuges por el supuesto vidriazo en el estacionamiento. Yo pensé que lo más engorroso del lío iba a ser tramitar otra vez todas las tarjetas y las credenciales.

No lo fue. Al día siguiente, todas mis cosas aparecieron de vuelta, después de una pequeña gratificación cara a cara que el ladrón mirón me pidió por mensaje anónimo.

Pero eso es historia para otra publicación.

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Comentarios (2)

Nico_lector33

Que relato!! me dejo pegado desde el primer párrafo, eso es narrar bien

ValentinaR_22

Por favor tiene que haber segunda parte, no puede quedar asi jaja me quede con ganas de saber como termino todo

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