Mi esposa se depiló sabiendo lo que iba a pasar
Me llamo Tomás, tengo treinta y nueve años y soy arquitecto. Llevo casi diez en la misma constructora, los últimos catorce meses sentado en una silla de ruedas que no pedí. Un camión cruzó un semáforo y desde entonces mi vida se mide en sesiones de rehabilitación, en escalones que ya no subo y en la paciencia de mi mujer.
Mi mujer se llama Camila. Tiene treinta y tres años, melena castaña hasta los hombros y unos ojos que cualquiera describiría como cálidos. No exagero si digo que su cuerpo desordena el tráfico de la avenida: piernas largas, cintura estrecha, caderas que parecen dibujadas a propósito para volver loco a alguien. Antes del accidente teníamos una vida sexual que envidiaban nuestros amigos. Después, ella se quedó sin nada y nunca me reprochó una sola noche.
Lo de Esteban empezó el día que volví a la oficina. Cuarenta y nueve años, casi un metro noventa, ese tipo de hombre que se cuida la dieta como si fuera una religión y trata a sus empleados como si fuéramos extras de su película. Es mi jefe. Es el motivo por el que sigo cobrando un sueldo a pesar de los meses que estuve fuera. Le tengo miedo y le tengo respeto, en ese orden.
Camila quiso acompañarme aquella primera mañana. Bajó del cuarto con un vestido negro corto, escote en pico, tacones que sonaban contra el parquet como una advertencia. Le dije que estaba guapísima. Ella sonrió, me besó en la frente y empujó mi silla hasta el ascensor.
Esteban estaba esperándonos en el aparcamiento. Cuando vio a Camila se le movió algo en la cara, un microgesto que solo se nota si llevas casado lo suficiente como para reconocerlo en otros hombres. Me ayudó a bajar del coche con una cortesía que nunca había tenido conmigo, y a ella le besó la mano un par de segundos más de lo educado.
—Encantado, señora —dijo, sin soltarla del todo—. Su marido nunca me contó que estaba casado con una mujer así.
Camila se rio. Yo también, por inercia.
***
Esa misma tarde Esteban me mandó llamar a su despacho. Pensé que iba a despedirme. Lo que hizo fue invitarnos a su cumpleaños, el sábado siguiente, en su casa de las afueras.
—Tú sabes que yo no mezclo trabajo y vida privada —me dijo, dándole vueltas a un bolígrafo entre los dedos—. Pero tu mujer merece una noche fuera, Tomás. Es una guerrera. Que venga.
Me entregó una rosa envuelta en celofán. Una rosa roja, larga, perfecta.
—Para ella. Dile que no acepto un no.
Salí de su despacho con la rosa sobre las piernas y una sensación rara, como si algo se hubiera puesto en movimiento sin mi permiso.
Camila se emocionó con la flor. La metió en un florero del comedor y me besó como si yo la hubiera comprado.
—Vamos, gordito —dijo—. Hace meses que no salimos. Y si tu jefe se molesta en invitarnos, es por algo.
—No puedo bailar.
—Me quedo contigo.
***
El sábado a las siete de la tarde la vi salir del baño envuelta en una toalla. Yo estaba en la silla, al pie de la cama, leyendo un correo en el móvil. Se quitó la toalla con esa naturalidad de quien ya no se siente mirada, y entonces lo noté.
Se había depilado.
No del todo, pero sí mucho más de lo que se depilaba desde que yo había vuelto del hospital. Tenía el coño casi lampiño, con una franjita fina apenas arriba, la piel de los labios lisa, brillante, recién hidratada. Los pezones se le habían puesto duros al aire frío del cuarto y las tetas, con el pecho un poco echado hacia afuera, parecían pedir manos. Olía a un perfume que reservaba para las ocasiones importantes.
—Te has depilado —dije.
—Una nunca sabe —contestó.
Cuatro palabras. Una nunca sabe. Se quedaron flotando entre nosotros mientras ella se ponía un vestido azul cobalto, corto, sin sujetador, una tira diminuta debajo. Tacones finos. Pendientes largos. Boca pintada.
—¿Y si pongo cachondos a tu jefe y a sus amigos? —preguntó, mirándose al espejo, en un tono que pretendía ser broma.
Me reí. Le dije que ojalá tuviera ese problema. Y por primera vez en mucho tiempo, sentí algo parecido a los celos: filoso, antiguo, vivo.
***
El chófer de la empresa vino a buscarnos. Era un hombre joven, callado, que me ayudó a entrar en la parte trasera del coche con una eficiencia profesional. Camila se sentó a mi lado. Cuando el chófer cerró su portezuela y giró el cuello para mirarla, lo vi tragar saliva.
La fiesta era en una casa enorme, dos plantas, jardín con piscina, cuarenta invitados que parecían sacados de una revista. Esteban nos recibió en la entrada. Le dio a Camila una segunda rosa, le besó la mano, y le dijo al oído algo que la hizo enrojecer y echarse a reír.
—Tomás, ven —me dijo a mí, sin dejar de mirarla—. Esta noche van a ser mis invitados de honor.
Solo que no fuimos invitados de honor. Fuimos su excusa para tenerla cerca.
Se sentó al lado de Camila en la mesa larga del comedor. Le rellenaba la copa antes de que se vaciara. Le murmuraba cosas al oído entre plato y plato. Ella sonreía, miraba al techo, le daba golpecitos en el antebrazo con dos dedos cuando se pasaba. Yo estaba al otro lado, en mi silla, intentando entablar conversación con el contable y fracasando.
—Camila —dije, en un momento—. ¿Estás bien?
—Claro, gordito. Es su cumpleaños, hay que ser amables.
—Te habla al oído.
—Son bromas. Es atento. No seas celoso.
A las dos de la madrugada vi la mano de Esteban posada en el muslo de mi mujer, justo donde el vestido terminaba. Ella no la apartó. Sonreía, dejaba que se quedara ahí, como si fuera el reposabrazos de la silla. Vi los dedos de él subir un centímetro, dos, meterse por debajo de la tela, y vi la cara de ella cambiar un segundo, entreabrir los labios, apretar la copa.
—Vámonos —le dije.
—Un rato más.
***
Cuando empezó a despejarse el comedor, Esteban no quiso despedirnos. Insistió en que pasáramos por su otro apartamento, en el centro, «para una copa rápida». Camila aceptó antes de que yo pudiera contestar.
—Tomás, siempre quise entrar en una casa así —me susurró—. Mira qué grande.
En el coche fue cuando pasó. El chófer me había dejado en el asiento del copiloto, doblando mi silla en el maletero. Ellos dos, atrás. Yo no podía girarme con facilidad, y aun así los escuché. Las primeras risas, un silencio, el crujido del cuero cuando alguien cambia de postura. Después, un susurro grave de Esteban, y la respiración de mi mujer, que conozco desde hace doce años, alterándose en un ritmo que yo no estaba provocando.
Escuché la tela del vestido subiéndole por los muslos. Escuché los dedos de él meterse en su coño depilado y el gemido corto, aplastado contra los dientes, que Camila soltó cuando la penetró con dos dedos. Un chapoteo húmedo, mínimo, indecente. La escuché tragar saliva. La escuché apretar los muslos contra la mano de mi jefe y después separarlos otra vez, cediendo, mientras él le hablaba en voz baja al oído cosas que yo no podía descifrar pero cuyo tono conocía muy bien: la voz de un hombre diciéndole a una mujer lo que le va a hacer.
—Camila —dije al frente, sin atreverme a girar la cabeza—. ¿Estás bien?
—Sí, gordito —contestó, con la voz quebrada—. Estoy bien.
El chófer me miró por el rabillo del ojo. No dijo nada. No hizo falta.
***
El apartamento era todo madera oscura y luces bajas. Esteban se metió enseguida en una habitación, como si tuviera algo que preparar. Camila se sentó a mi lado en un sofá enorme. Tenía las piernas brillantes, la respiración corta y una mancha húmeda en el interior del muslo derecho que no se molestó en disimular. Olía a sudor de coño y a colonia de hombre mezclados.
—Tomás —dijo, mirándome con una mezcla de culpa y descaro que nunca le había visto—. Necesito pedirte algo. No te enojes.
Le pedí que me lo dijera.
—Tu jefe me ha calentado. Mucho. En el coche me ha metido los dedos y casi me corro delante de ti, gordito. Estoy empapada. —Se llevó una mano al vestido y se lo levantó dos dedos, lo suficiente para que yo viera la tela mínima de su tanga oscurecida, pegada—. Y yo… —respiró hondo—. Yo llevo más de un año sin sentirme así. Te amo, gordito. De verdad. Pero hoy te pido que me dejes. Solo esta noche. Necesito una polla. Necesito que me follen.
Se acercó. Me besó en la boca como pidiendo perdón, con la lengua todavía sabiendo a champán.
—Por favor —dijo—. Espérame aquí.
No contesté. No grité. No dije que no. Aparté la cara y miré la madera del suelo. Eso fue suficiente respuesta para los dos.
Se levantó. Caminó hasta la puerta de la habitación con los tacones golpeando lento contra la madera. Antes de entrar se giró, me miró un segundo y desapareció.
***
Pasaron diez minutos en los que estuve quieto. Después empujé las ruedas con las manos hasta llegar al pasillo. La puerta estaba entornada. Una rendija de luz cálida, un par de voces, el ruido inconfundible de un cinturón cayendo al suelo.
No iba a entrar. Pero tampoco me fui.
La vi de rodillas frente a Esteban, todavía con el vestido puesto arrugado en la cintura, los tacones desencajados a un lado. Él ya estaba con los pantalones bajados a la mitad del muslo, y le colgaba de entre las piernas una polla gorda, larga, mucho más gruesa que la mía incluso antes del accidente, con la punta hinchada y brillante y una vena marcada bajando por la parte de abajo. Camila la miraba desde abajo como si nunca hubiera visto algo así.
—Ábrela —dijo él.
Ella abrió la boca sin discutir. Sacó la lengua, plana, blanda, y él le apoyó la punta del glande justo en el borde y empujó, despacio, hasta que se la metió entera hasta el fondo. Camila cerró los ojos y se atragantó apenas un segundo, y de la comisura le bajó un hilo de saliva que le manchó el vestido azul. Él le agarró el pelo con una mano y le movió la cabeza con un ritmo lento, autoritario, sin necesidad de palabras. Camila le chupaba la polla como si le costara respirar y no le importara: se la sacaba con un ruido húmedo, le lamía los huevos con la lengua ancha, le pasaba los labios por la punta y la volvía a hundir hasta la garganta. La mandíbula relajada de una manera que yo no le había visto nunca. Era otra mujer, una versión de Camila que llevaba mucho tiempo guardada en un cajón.
—Mírame mientras me la mamas —le dijo Esteban.
Ella levantó los ojos, mojados, y él la premió con una embestida en la boca que la hizo gemir con la polla dentro.
—Sube —le dijo él, después de un rato.
Ella subió a la cama, todavía vestida. Esteban le levantó el vestido hasta la cintura, le retiró la tira diminuta de tela con un solo dedo y se quedó mirándole el coño depilado unos segundos, como quien valora una pieza. Camila tenía los labios inflamados, brillantes, abriéndose solos por la humedad. Él pasó dos dedos, los recorrió de abajo hacia arriba, se los llevó a la boca, los chupó despacio y volvió a bajar la cara.
Se inclinó y empezó a comérselo. Le abrió las piernas con los antebrazos, le hundió la lengua entre los labios y le lamió el coño de arriba abajo con una lentitud calculada. Le succionó el clítoris, se lo mordisqueó, le metió la lengua dentro y la sacó a un ritmo que hacía que Camila levantara las caderas de la cama. Ella se arqueó. Se agarró la cabeza de él con las dos manos y se lo apretó contra el coño, moviéndose sola contra su boca, sin vergüenza, restregándoselo como una perra en celo. Su voz se rompió en un quejido largo que pasó al otro lado de la pared como una corriente.
—Así, así, no pares —jadeaba—, no pares, joder, no pares.
Cuando se corrió en la boca de él, se corrió con un temblor que le subió por las piernas y le hizo aplastar los muslos contra las orejas de Esteban. Yo tendría que haber retrocedido. No lo hice.
***
Cuando él se incorporó y se puso encima, vi por primera vez lo que mi mujer veía. La diferencia. Esteban era grande, no solo de altura. La polla se la puso en la entrada del coño, la frotó de arriba abajo empapándola, y empezó a meterla. Camila abrió la boca sin sonido, los ojos muy abiertos, y solo cuando él la tuvo entera dentro lo recibió con una palabra que nunca me había dicho a mí en doce años: «Por favor». La repitió tres veces, cada vez más bajo, hasta que se transformó en un sonido sin forma.
—Toda, mi amor, métemela toda —susurró—. Rómpeme.
Las embestidas eran lentas al principio. Esteban se la clavaba hasta el fondo y se quedaba un segundo apretado contra ella, moliéndole las caderas, y salía casi hasta la punta para volver a entrar con un empujón seco. Camila tenía las piernas levantadas contra los hombros de él, las manos agarrando las sábanas, la espalda doblada. Cada golpe le arrancaba un gemido de la garganta y le sacudía las tetas por dentro del vestido arrugado. Yo, en el pasillo, tenía las manos sobre las ruedas y el corazón en la garganta. No era ira lo que sentía. Era una mezcla rara de humillación, fascinación y un deseo que no podía explicar y mucho menos ejecutar.
Él aceleró. Le agarró las muñecas y se las clavó encima de la cabeza. Empezó a follársela duro, con un chasquido húmedo, obsceno, que llenaba el cuarto. Le mordió el cuello. Le tiró del pelo. Le dijo al oído cosas que yo no debía escuchar y escuché igual.
—¿Te gusta la polla del jefe de tu marido? —le decía—. Dilo. Dilo, puta.
—Me encanta —contestaba ella con la voz partida—. Me encanta tu polla. Fóllame, fóllame, no pares.
Después ella se puso encima. Se quitó el vestido por encima de la cabeza y lo tiró al suelo. Se quedó desnuda del todo, los pezones de punta, la piel roja del roce, un brillo de sudor entre las tetas. Esteban le agarró las caderas y la dejó bajar despacio, guiándose la polla con la otra mano hasta encajársela otra vez. Camila cabalgaba con los ojos cerrados, mordiéndose el labio, con las dos manos apoyadas en el pecho de él para tomar impulso. Iba subiendo hasta dejar la polla casi fuera y se dejaba caer entera de golpe, gimiendo cada vez, hablando sola en susurros que yo solo podía adivinar. Él le apretaba las tetas, se las manoseaba, se le llevaba una a la boca y le mamaba el pezón hasta hacerla gritar.
—Córrete en mi polla —le dijo—. Vamos, córrete.
Cuando se corrió, lo hizo con un grito largo y limpio, sin pudor, igual que cuando éramos jóvenes y la casa estaba vacía. Se aplastó contra él, temblando, y todavía siguió moviendo las caderas en pequeños círculos, exprimiéndose el orgasmo. Después él la giró bocabajo, le levantó el culo con las dos manos y la volvió a montar por detrás. Yo escuché los golpes de sus caderas contra el culo de mi mujer, secos, rápidos, hasta que Esteban soltó un gruñido grave y se quedó quieto encima de ella. Camila gimió una vez más, ahogada contra la almohada, cuando sintió la corrida caliente llenándola por dentro.
Me alejé despacio antes de que terminaran de recomponerse. Volví al sofá. Apagué el móvil. Esperé.
***
Salió media hora después. Recién duchada, el pelo mojado, otra ropa que no sé de dónde había salido. Olía a un jabón caro, a hombre, a final de algo.
—Nos vamos —dijo, sin mirarme—. ¿Estás cansado?
El chófer nos llevó a casa en silencio. En el ascensor de nuestro edificio Camila apoyó la cabeza en mi hombro como cualquier otra noche.
Dormimos. O ella durmió. Yo me quedé mirando el techo hasta que el cielo se aclaró.
***
Por la mañana se sentó en el borde de la cama y me agarró la mano.
—Hablemos —dijo.
Le pregunté lo único que necesitaba preguntar.
—¿Te depilaste para él?
Tardó en contestar. No apartó la mirada.
—Sí —dijo—. Sabía que podía pasar. Y pasó. Y me gustó, Tomás. Me gustó mucho. Me folló como no me follaban hace años. Tú no puedes y yo te quiero, pero te miento si te digo que con esto me basta.
Después acercó mi mano a su pecho, se inclinó y dejó que la besara. Le noté el pezón duro contra la palma, y por debajo del camisón, el olor tenue del semen de otro que ni la ducha había borrado del todo. Estaba caliente otra vez. Estaba pensando en él. Yo lo sabía, y aun así me dejé hacer.
—Quiero volver a verlo —dijo bajito, contra mi sien—. Y quiero que estés ahí cuando lo haga.
No contesté. Pero no dije que no.
Esa palabra, no, hace tiempo que no me sale.