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Relatos Ardientes

Cómo corrompí al matrimonio perfecto en su finca

Quienes recuerden mis relatos anteriores sabrán que aquel verano mis amigos me invitaron a su finca para pasar unos días. Ya conté lo que sucedió con Mateo, el peón que cuidaba las caballerizas, mientras Damián y Carolina dormían la siesta. Lo que no conté es que, antes de despedirme, subí a la habitación a comprobar si seguían dormidos.

Lo estaban. Desnudos, abrazados, ajenos al mundo.

Y mientras los miraba, sentí un deseo intenso, casi físico, de empujarlos a romper esa burbuja de matrimonio perfecto que se habían construido. Volví a casa con un plan.

La oportunidad llegó dos meses después, con la primera invitación del otoño. Esta vez no hacía calor: el aire ya cortaba al anochecer y los caminos olían a tierra húmeda. Yo llevaba un abrigo largo de paño gris que me cubría hasta debajo de las rodillas. Debajo, solo un conjunto de lencería blanca de encaje. Nadie podía sospecharlo.

Mateo me lo había contado durante mi primera visita: Carolina lo espiaba. Cada vez que él se desnudaba en el establo para lavarse, ella aparecía en la ventana de la cocina, fingiendo ordenar tarros o cortar verduras. Era información valiosa. Era el primer hilo del que tirar.

La tarde del sábado, sabiendo que Mateo bajaría a lavarse y que Damián andaba terminando de revisar el cobertizo, me acerqué a Carolina en la cocina y le hablé en voz baja, casi al oído.

—Si te apetece verle la polla a Mateo, yo te ayudo. A tu marido me lo llevo a dar una vuelta.

Ella se giró sorprendida, con las mejillas encendidas. No dijo nada al principio, pero la sonrisa que se le escapó después valía más que cualquier respuesta.

—Eres terrible, Lucía —murmuró.

—Solo eficiente —le respondí guiñándole un ojo.

Esperé a que Damián volviera del cobertizo y me colgué de su brazo con una naturalidad que no admitía discusión.

—Cariño, quiero que me enseñes la parte de atrás de la finca. Carolina me ha dicho que hay una caseta vieja preciosa.

Damián miró a su mujer, que ya estaba pendiente del establo desde la ventana, y aceptó.

***

Caminamos hacia la zona opuesta a las caballerizas. El sol caía bajo entre los olivos y proyectaba sombras largas sobre la hierba seca. Yo iba pegada a él, rozándole la cadera con la mía, dejándome caer hacia su hombro cuando hablábamos.

Damián notaba algo. No sabía qué, pero lo notaba. Bajó dos veces la voz sin motivo. Se quedó callado a media frase. Y cuando llegamos a la caseta abandonada al final del sendero, su mano se quedó un instante de más en mi cintura al ayudarme a entrar.

La caseta estaba vacía, con olor a madera vieja y heno. Una ventanita rota dejaba pasar luz polvorienta. Cerré la puerta a mi espalda.

—Quería darte las gracias por ser tan amable conmigo —le dije.

—No hay de qué… —empezó, pero no terminó la frase.

Antes de que pudiera reaccionar, me desabroché el abrigo y dejé que cayera al suelo. Su mirada bajó por mi cuerpo a una velocidad que me hizo sonreír. El conjunto de encaje blanco era exactamente lo que necesitaba: lujoso, premeditado, indecente.

Lo empujé suavemente contra la pared y me arrodillé delante de él. Le desabroché el cinturón. La hebilla tintineó. Le bajé los pantalones hasta los muslos.

—Vaya, Damián —dije sin levantar la vista—. Carolina debe ser una mujer muy afortunada.

Lo cogí con la mano y se la metí en la boca despacio, marcando el ritmo, observándolo desde abajo. Él apretó las palmas contra la pared y soltó un gemido que intentó ahogar y no pudo.

—Joder, Lucía. Eres una zorra. Había oído cosas, pero…

—Pero qué.

—Pero no era ni la mitad.

Seguí. Lengua, mano, mirada. A Damián empezó a temblarle el muslo izquierdo, esa señal que tienen los hombres cuando se acercan demasiado pronto.

—Para —dijo, con voz ronca—. Si no paras me corro, y no quiero correrme así.

Me levanté, le besé el cuello, le susurré contra el oído.

—Entonces fóllame.

Me apoyé contra la pared de cara a las tablas y arqueé la espalda. Él me bajó el tanga sin preliminares, sin disculpas, y me embistió de una sola vez. Los dos gemimos a la vez. El sonido rebotó en las paredes de la caseta y nos hizo reír en mitad de la respiración entrecortada.

—Como nos pille mi mujer… —dijo entre embestidas.

—No nos va a pillar.

—Como nos pille…

—Habrá valido la pena.

Lo dijo él, no yo, y se rió con una mezcla de culpa y excitación que me confirmó que el plan funcionaba. Aceleró, me clavó las manos en las caderas, y se corrió dentro de mí con un gemido largo que no pudo disimular.

***

Volvimos al sendero ajustándonos la ropa, con la promesa mutua de no decir nada. No habíamos andado ni cien metros cuando él me cogió del brazo y me paró.

—Perdona, no sé qué me pasa hoy. Tengo ganas de más.

—¿De más?

—De más.

Sonreí. Había una escalera de piedra que bajaba hacia un huerto pequeño, abandonado. Extendí el abrigo sobre los escalones y le hice sentarse. Le bajé los pantalones por segunda vez en media hora. Me senté encima, de espaldas a él, y dejé que entrara en mí mientras me sostenía las caderas con las dos manos.

Empecé a moverme despacio. Él me agarró los pechos por encima del sujetador y bajó las copas para soltarlos. Me los apretó con una hambruna que no había mostrado en la caseta.

—Tienes unas tetas preciosas —murmuró.

—¿Le habías puesto los cuernos a Carolina alguna vez?

—Nunca.

—¿Nunca?

—Nunca.

Me giré sobre él sin separarme. Ahora lo miraba a la cara. Quería verle los ojos cuando le hiciera la siguiente pregunta. Me dejé caer de nuevo sobre él y empecé a cabalgarlo más fuerte.

—¿Y ella? ¿Crees que ella te los ha puesto a ti?

—No —dijo, pero la palabra le salió demasiado rápido.

Seguí montándolo, mirándolo, esperando a que la duda se le instalara detrás de los ojos. Después dijo algo que casi me hace estallar de risa.

—Follas mucho mejor que ella. La quiero, pero tú follas mucho mejor.

—No se lo digas, cariño —le respondí mientras me retorcía sobre él—. Es mi amiga.

Cuando empezó a temblar otra vez, me pidió que me pusiera a cuatro patas. En la hierba, fuera del abrigo, a la intemperie. Lo hice. Él se arrodilló detrás de mí y me embistió con una furia nueva, distinta a la del primer asalto. Esta vez no había culpa en sus golpes. Solo apetito.

Me corrí antes que él. Él se vino justo después, con un gruñido que ahuyentó a un pájaro de la rama de un almendro.

Nos limpiamos como pudimos con un pañuelo y nos vestimos sin mirarnos. De vuelta a la casa, le pregunté como quien no quiere la cosa:

—¿Has follado con Carolina al aire libre alguna vez?

Negó con la cabeza.

—Pues deberías.

***

El resto de la tarde transcurrió con una normalidad sospechosa. Cena tranquila, vino, una película antigua. Carolina me miraba de reojo de vez en cuando, pero su sonrisa traviesa me decía que ella había cumplido su parte: había visto a Mateo desnudo, había confirmado lo que él me contó. Ahora era mi turno de dar el siguiente paso.

A la mañana siguiente, Damián bajó al pueblo a buscar pan y leña. Cuando el coche desapareció por el camino de tierra, me senté frente a Carolina en el porche y fui directa.

—¿Te apetecería follar con Mateo?

Vi el rubor, el deseo, el miedo, todo a la vez. Apretó la taza de café entre las manos.

—Lucía…

—Tranquila. Mateo no dirá nada. Sabe perfectamente lo que se juega. Y yo vigilo el camino. Si veo a Damián volver, te aviso.

—Pero ¿cómo se lo planteo? Yo no…

—Tú no le planteas nada. Tú te pones a tomar el sol en topless en la hamaca del jardín, y yo me encargo del resto. Hago que parezca casualidad.

Carolina dudó tres segundos. Tres. Después se levantó, fue a la habitación y bajó con un biquini cuya parte de arriba se quitó antes de tumbarse en la hamaca al fondo del jardín. Yo me fui al establo.

Mateo me vio entrar. Le acaricié la entrepierna por encima del pantalón con la palma abierta, lenta.

—Hoy no es para mí, cariño. Hoy la señora está con ganas. Te espera en el jardín, en la hamaca, tomando el sol con las tetas al aire. Sé discreto. Si esto sale mal, pierdes el trabajo.

Me marché sin esperar respuesta. Subí a la habitación de invitados, abrí la ventana que daba al jardín y me senté en el alféizar, oculta tras la cortina.

***

Mateo apareció bajo el árbol con un paso fingidamente casual. Carolina se incorporó, se cubrió los pechos con las manos en un gesto teatral, y después, como recuperando la calma, los descubrió de nuevo.

—Lo siento, Mateo. Ya que tú me has visto así, es justo que yo te vea también con poca ropa.

Él no se hizo de rogar. Se quitó la camisa, los pantalones, la ropa interior. Carolina se lo comió con los ojos. Cuando habló, lo hizo en voz baja, pero la oí desde la ventana.

—Eres precioso. Y eso… eso es casi el doble que el de mi marido.

Se arrodilló frente a él en el césped y empezó a chupársela. Mateo le puso la mano en la nuca con una suavidad que me sorprendió. No la forzó. No la apuró. Solo la miraba con una mezcla de incredulidad y deseo.

Lo que vino después lo recuerdo en flashes desde mi ventana: Carolina tumbándolo sobre la sábana de la hamaca, montándolo al revés para chupársela mientras él le comía el sexo, los dos respirándose al mismo tiempo. Carolina retorciéndose cuando se corrió contra la boca de él. Mateo girándola, abriéndole las piernas, entrando despacio porque ella tenía miedo y porque él lo sabía.

Cuando empezó a moverse de verdad, Carolina dejó de tener miedo. Empezó a pedirle más. Le clavó las uñas en los hombros, le mordió el cuello, le suplicó que no parara.

Yo, desde la ventana, estaba mojada y no me había tocado todavía.

Cuando Mateo se corrió fuera, sobre el vientre de ella, los dos se quedaron quietos un instante. Después se vistieron en silencio y se separaron. Mateo volvió al establo. Carolina entró en la casa y se metió en la ducha.

***

Damián volvió a la una. Comimos los tres en el porche como si la mañana hubiera sido idéntica a cualquier otra. Pero Carolina lo miraba distinto. Lo miraba con un cariño nuevo, mezclado con algo parecido a la culpa.

Después de comer, ella le pidió un paseo. Solos. Yo dije que estaba cansada y me quedaba leyendo. Ellos salieron cogidos de la mano.

Yo no me quedé leyendo. Esperé tres minutos y salí detrás. Los seguí a una distancia prudente, por el camino que rodea el olivar.

Carolina llevaba una esterilla bajo el brazo. La había sacado del maletero del coche. Eso lo decía todo.

Se detuvieron en un claro escondido detrás de unas rocas. Ella se apoyó contra el tronco de una higuera. Damián la rodeó con los brazos, la besó, le subió la blusa, le bajó la camiseta. No llevaba sujetador. Le besó los pechos despacio, con una devoción que yo no le había visto el día anterior en la caseta. Carolina cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás.

Cuando él le bajó los pantalones y la inclinó contra el árbol, ella se giró un segundo y miró en mi dirección. No sé si me vio o no. Sé que sonrió. Sé que cuando él la penetró por detrás, ella soltó un gemido que no era solo placer: era la ratificación de algo. De que ahora los dos sabían, sin tener que decírselo, que esa burbuja se había roto.

Cambiaron de postura. Él se sentó en la esterilla y ella se le subió encima, sin terminar de quitarse los pantalones, con el sexo abierto sobre su polla. Lo cabalgó mirándolo a los ojos. Cuando se corrió, no le importó que medio campo pudiera oírla.

Después le pidió que se corriera sobre sus pechos. Él se puso de pie, se la sacó, se la sacudió con los ojos cerrados y se corrió encima de ella con un gemido largo, ronco, total.

Yo no me quedé a verlos vestirse. Volví a la casa, me senté en el sofá del salón, abrí un libro al azar y esperé.

Llegaron media hora después, con las mejillas encendidas y la esterilla enrollada bajo el brazo de él. Me sonrieron como si nada hubiera pasado.

Pero algo había pasado. Lo notaba en cómo se buscaban con la mirada. En cómo él le rozaba la mano al pasarle el vino. En cómo ella se acercaba a oler su cuello al darle un beso de buenas noches.

Mi trabajo de fin de semana estaba hecho. La pareja perfecta ya no existía. En su lugar quedaba algo más interesante: una pareja despierta.

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Comentarios (2)

Sebas_mdp

increible, de los mejores que lei en este sitio. Gracias por compartirlo

Raquel_SFe

Por favor que haya una segunda parte!!! quede con mil preguntas y mucha curiosidad de como siguio todo

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