Lo que me confesó la ex novia de mi hijo
Me llamo Andrés y acabo de cumplir cincuenta y uno. Llevo veintiséis años casado con Carmen, dos años menor que yo, y tenemos dos hijos: Lucas, de veinticuatro, y Lucía, que está terminando el primer año en la facultad. Familia clásica, hipoteca pagándose, vacaciones en agosto, sobremesas largas los domingos. Lo de siempre.
Nuestro matrimonio funciona. Carmen es una buena mujer y la quiero, pero después de tantos años uno aprende que la rutina es una manta gruesa: abriga, sí, pero también pesa. A veces, en el coche, volviendo del trabajo, me sorprendía mirando a una desconocida en el semáforo y pensando cosas que no debería pensar. Imagino que a Carmen le pasa lo mismo. Es humano. Lo raro sería negarlo.
Lo que voy a contar lo tengo dentro hace meses y necesito sacarlo aunque sea anónimamente. Tiene que ver con Daniela, la chica que estuvo saliendo con mi hijo casi dos años.
Lucas la trajo a casa por primera vez un domingo de marzo. Veintidós años, melena oscura, esa risa franca que se contagia. Nos enamoró a todos de entrada. Carmen la trataba como a la hija que siempre quiso tener cerca, Lucía la usaba de hermana mayor para pedirle consejos de ropa, y yo… yo me limitaba a saludarla con dos besos y a evitar mirarla más de la cuenta.
Empezó a venir cada fin de semana. Se quedaba a dormir en el cuarto de Lucas, viajaba con nosotros a la casa de la sierra, comía con mis padres en Nochebuena. La confianza fue creciendo hasta el punto de que se movía por casa como si viviera allí: en pijama corto, descalza, despeinada por las mañanas. A veces aparecía en la cocina con una camiseta vieja de mi hijo que apenas le tapaba los muslos y se ponía a hacerse el café como si nada.
Yo desviaba la mirada. Lo juro. Era la novia de Lucas y eso para mí era sagrado. Pero las hormonas son hormonas y por la noche, cuando los oía a través del tabique —porque follaban casi cada vez que se quedaba a dormir y no se cortaban un pelo—, me costaba dormirme. Carmen también los oía. Lo comentábamos riendo, con la complicidad de los matrimonios que llevan décadas.
—Qué juventud —decía ella, dándome la espalda.
—Qué juventud —repetía yo, mirando al techo.
Daniela era coqueta por naturaleza. Coqueteaba con Lucas, con Lucía, con el portero del edificio y, ahora lo sé, también conmigo. Eran detalles muy pequeños: una mano apoyada en mi brazo cuando contaba algo, una mirada sostenida medio segundo de más, una broma de doble sentido lanzada al aire para ver quién la cogía. Yo lo atribuía a su carácter y a esa forma de ser que tienen algunas chicas jóvenes, que parecen seducir solo con respirar.
Un martes de septiembre, Lucas llegó a casa con la cara larga.
—Lo dejé con Dani —dijo, sin más explicación.
Carmen casi se echa a llorar. Lucía no se lo creía. Yo le di una palmada en la espalda a mi hijo y le dije lo que se dice en estos casos: que era joven, que vendrían otras, que estas cosas pasan. Por dentro sentí una punzada rara, como si me hubieran arrancado algo que ni siquiera sabía que tenía.
***
Pasaron diez días. Estaba en el despacho terminando un informe cuando vibró el móvil. Un número guardado pero que llevaba meses sin usar.
—¿Andrés? Soy Dani.
Se me cortó la respiración un segundo. Disimulé como pude.
—Hombre, Daniela, qué sorpresa. ¿Cómo estás, niña?
—Regular. Necesitaba hablar con alguien que no fuera de mi entorno. ¿Te apetece que tomemos un café algún día?
Tardé tres segundos en contestar. La cabeza me iba a mil. Era la ex de mi hijo, lo sensato era pasar la pelota a Carmen, decirle que se viera con ella, no involucrarme. Pero le tenía cariño de verdad. Y mentiría si dijera que no había también otra cosa, una curiosidad pequeña, sucia, escondida en algún rincón.
—Claro. ¿Mañana a mediodía te va bien? Hay un sitio bueno al lado de la oficina.
—A las dos estoy ahí.
Esa noche no dormí bien. Me dije mil veces que iba a ser un café entre dos personas que se aprecian, que escucharía sus penas, que le daría algún consejo de padre y volvería a casa con la conciencia tranquila. Me lo creí a medias.
Llegó puntual. Llevaba un vestido de tirantes azul marino, ajustado, corto, de esos que nunca se habría puesto delante de Lucas estando yo presente. Se había maquillado los ojos. Olía a algo cítrico y caro.
—Estás guapísima —le dije sin pensarlo, y me arrepentí al instante.
—Para algo tenía que servir el corazón roto —contestó riendo.
Entramos en el restaurante y pedimos una mesa al fondo. Hablamos de tonterías al principio: su trabajo nuevo, una serie que había visto, el viaje que pensaba hacer en primavera. Ni una palabra de Lucas. La conversación fluía con una facilidad que me desconcertaba, como si nos conociéramos desde siempre y nos viéramos cada semana.
Pedimos vino. La primera copa la bebió despacio. La segunda más rápido. A la tercera me miró por encima del borde de la copa y soltó la frase que me partió en dos.
—Andrés, eres un hombre muy atractivo. ¿Lo sabes?
Solté una risa nerviosa.
—Anda ya. Soy un viejo con barriga y entradas.
—A mí me gustáis así. Los de mi edad son insoportables. Hablan de fútbol y de la PlayStation y luego en la cama no saben hacer nada.
Tragué saliva. Decidí tirar de la cuerda a ver qué pasaba.
—Pero con Lucas estabas bien, ¿no?
—Estaba bien. Pero no era lo que de verdad me gusta. A mí me gustan los hombres con experiencia. Maduros. —Hizo una pausa, sonrió de medio lado—. Y desde el primer día que entré en tu casa pensé eso de ti.
—¿Eso de mí qué?
—Que me gustabas. Las camisetas con las que me paseaba por la cocina los sábados no eran solo por comodidad, Andrés.
Me quedé mudo. Bebí un trago largo de vino. Por la cabeza me cruzaron cien escenas en cámara rápida: Daniela en la encimera, Daniela saliendo del baño, Daniela tumbada en la hamaca de la sierra. Todo cobraba un sentido nuevo y perverso.
—Tú comprenderás que estando Lucas yo no podía ni mirarte.
—Claro. Por eso lo dejé.
—¿Cómo dices?
—Que parte de la razón por la que rompí con él eras tú. No te voy a pedir que dejes a Carmen ni nada parecido. No soy una loca. Solo quiero acostarme contigo, Andrés. Una vez. Si después no quieres repetir, lo entiendo. Pero necesito hacerlo. Llevo meses pensándolo.
El corazón me iba a mil. La parte sensata de mi cabeza me gritaba que pagara la cuenta y saliera de allí. La otra parte, la que llevaba años calladita, ganaba por goleada.
—Daniela…
—No me llames Daniela, llámame Dani como siempre.
—Dani. Estás más buena que el pan, eso lo sabe cualquiera. Pero yo soy el padre de tu ex. Esto es de manual cómo no hacer las cosas.
—Lo sé. Por eso me pone.
Bajó la mirada hacia mi entrepierna sin disimulo. Por debajo de la mesa, separó las piernas y se levantó un poco el borde del vestido.
—No llevo ropa interior, Andrés. Mira.
Miré. Cómo no iba a mirar.
—Eres una pillina —murmuré—. Me estás volviendo loco.
—Esa es la idea.
Pagué la cuenta sin esperar al postre. Conocía un sitio a diez minutos en coche, habitaciones discretas, recepción automática, ningún botones que se quedara con tu cara. Mientras conducía, su mano se posó sobre el bulto de mi pantalón y empezó a apretar suavemente. No habló. Yo tampoco. La radio sonaba muy bajita y oíamos cada una de nuestras respiraciones.
***
Cerré la puerta de la habitación con el pie. Antes de que pudiera decir nada, Dani se quitó el vestido por la cabeza con un solo movimiento y se quedó desnuda en mitad del cuarto. La luz cálida de la lámpara le dibujaba cada curva. No era una niña: era una mujer joven que sabía exactamente lo que tenía y cómo usarlo.
La besé como si llevara veinte años queriendo besarla. Quizá los llevaba. Sus labios eran más blandos de lo que había imaginado y su lengua iba por delante de la mía marcando el ritmo. Me empujó contra la pared y me desabrochó la camisa botón a botón, sin prisa, mordiéndome el cuello entre uno y otro.
—Llevo demasiado tiempo imaginando esto —dijo contra mi oreja.
Yo no podía hablar. Le acaricié la espalda, bajé hasta sus nalgas, las apreté con las dos manos. Ella subió una pierna a mi cadera y me obligó a sostener su peso. Sentí su sexo caliente contra mi pantalón.
La llevé hasta la cama y la tumbé despacio. Quería tomarme mi tiempo. Quería que esto, fuera lo que fuera, no se pareciera en nada al sexo apurado de los últimos años. Le pasé los labios por el cuello, por la clavícula, por el centro del pecho. Bajé sin saltarme un centímetro. Le besé el ombligo, las caderas, la cara interna de los muslos.
Cuando llegué a su sexo, ella ya estaba arqueando la espalda. La oí gemir bajito, un sonido contenido al principio que se fue soltando conforme mi lengua se movía. Le metí un dedo y luego dos, y noté cómo se cerraba sobre ellos. Se corrió por primera vez en menos de cinco minutos. Una mano agarrando la sábana, la otra hundida en mi pelo.
—Joder, Andrés —dijo cuando recuperó el aliento—. Joder.
—Quédate ahí. No te muevas.
Subí. Me coloqué entre sus piernas y froté la punta contra ella, sin entrar. Quería oírla pedirlo.
—Métela ya. Por favor. No aguanto más.
Entré poco a poco. Centímetro a centímetro, mirándola a los ojos. Cuando estuve dentro del todo me quedé quieto un momento, asimilando que aquello estaba pasando de verdad. Después empecé a moverme. Despacio al principio, marcando un ritmo lento, observando cómo cambiaba su cara con cada empuje.
—No te corras todavía —le pedí.
—No te prometo nada.
Aceleré. La cama empezó a crujir, sus uñas se me clavaron en la espalda. Le besé los pechos, le mordí el cuello con cuidado, volví a su boca. Estuvimos así un rato largo, cambiando de ritmo, parando cuando uno de los dos estaba cerca, volviendo a empezar.
Acabamos los dos a la vez, casi por accidente. Yo intentaba salir y ella me agarró con las piernas y me obligó a quedarme. Fue uno de esos orgasmos que se sienten en los talones. Me derrumbé encima de ella, sin fuerzas, oyéndole reír bajito junto a mi oreja.
—No me imaginaba que iba a ser así —susurró.
—Ni yo —contesté.
Nos quedamos un rato en silencio, abrazados. Después ella se incorporó, me besó en la frente y se metió en la ducha. Yo me quedé mirando el techo, igual que tantas noches en mi cama, pero esta vez por una razón completamente distinta.
***
De eso hace ocho meses. No fue la única vez. Nos hemos visto otras cinco o seis, siempre en la misma habitación, siempre a mediodía, siempre con la promesa silenciosa de que esto no va a salir de ahí. No tengo planes de dejar a Carmen y Dani no tiene planes de pedírmelo. Sé que algún día se cansará, conocerá a alguien y dejará de llamarme. Yo lo aceptaré sin reproches.
De Lucas no hablamos nunca. Es la única regla. Cuando pregunto por su vida sentimental, ella cambia de tema. Mejor así.
A veces, cuando vuelvo a casa después de verla y Carmen me recibe con la cena puesta, siento una culpa sorda que me dura un par de horas. Después se me pasa. La vida es larga y, como me dijo Dani el primer día, a veces te da sorpresas que no buscabas. Yo no busqué esta. Llegó sola, me golpeó la puerta y me preguntó si quería un café. Lo único que hice fue contestar que sí.