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Relatos Ardientes

Encontré a mi esposa con el cura en aquel balcón

Cuando la conocí en aquella oficina yo ya estaba comprometido con otra mujer y ella tenía su pareja. Yo era contador, tenía treinta y cuatro años, y ella entró como asistente del área de facturación con apenas veintitrés. Hacía juego con cualquier camisa, cualquier falda, cualquier escote, y lo sabía perfectamente. Coqueteaba para que el chofer no le cobrara el pasaje, para que el del kiosco le regalara la gaseosa, para que los proveedores le adelantaran muestras. Era joven, divertida y conseguía lo que se proponía.

Una tarde, una compañera y yo la sorprendimos en el archivo con uno de los muchachos del área de cobros. Él le estaba apretando los pechos por encima de la blusa y ella tenía los ojos cerrados, mordiéndose el labio. Cuando nos vieron, salió con la cara roja y el muchacho quedó hablando solo. Entre bromas dejamos el tema. Ese tipo nunca pudo despegarse de su recuerdo, y ella aprendió a evitarlo.

Meses después la pusieron a trabajar conmigo en los informes de cierre. Nos quedábamos hasta tarde, salíamos a comer una hamburguesa, después una cerveza, después dos. Una noche cualquiera nos besamos en el estacionamiento. Dejamos a quienes teníamos. Nos mudamos de ciudad por mi trabajo. Tuvimos dos hijos. Yo seguía con la contabilidad y ella se quedó en casa porque las oportunidades en aquel pueblo eran escasas.

La cama era nuestro mejor lugar. Marcela tenía la virtud rara de poder contarme cualquier cosa sin pudor, y yo descubrí que escuchar sus aventuras pasadas me prendía hasta los huesos. Le pedía detalles. Ella me los daba enteros. Mientras yo le hablaba al oído, ella se hacía cosas con la mano que jamás se había hecho antes. Me confesó que conmigo había aprendido a masturbarse, que esa parte de su vida había estado sellada por años.

Una noche me contó la verdad de aquella tarde en el archivo: que sí había tenido ganas de dejarse coger contra los estantes, que el muchacho le había metido los dedos varias veces para que él pudiera olerla, y que cuando entramos nosotros llegó a fantasear con quedarse desnuda para los tres. El chico se asustó. Ella salió con la vergüenza a flor de piel pero también con un pulso entre las piernas que le duró toda la semana.

Yo le devolvía mis fantasías. Le conté que de joven, una tarde en que la casa de mis padres estaba vacía, dos vendedoras tocaron la puerta. Me desnudé, me tiré en la cama de mi cuarto con la ventana abierta, fingí estar dormido y dejé que mirasen desde la calle por el reflejo del espejo del tocador. Volvieron a tocar más fuerte solo para verme la cara cuando abriera. Me envolví en una toalla y atendí soñoliento. Se fueron sin vender nada. Marcela escuchaba con los dedos hundidos hasta los nudillos.

Sus deseos eran más ambiciosos que los míos. Que la llevara a un bar de strippers y le pidiera al dueño dejarla bailar en la barra para hombres desconocidos. Que fuéramos a un motel de dos habitaciones, ella con un tipo en una y yo con la esposa de ese tipo en la otra, las puertas abiertas. Le encantaba que le vendara los ojos para imaginar otros cuerpos sobre el suyo.

Una tarde salió con mi hermana a una finca. Bajó sola al río porque los demás no quisieron acompañarla. Vio a lo lejos a un muchacho cortando leña. Se acordó de mi historia con las vendedoras y se desnudó entera sobre una piedra grande, mirándolo. El chico disimulaba, agachado, fingiendo recoger ramas, pero ella sabía que la espiaba de reojo. Empezó a masturbarse ahí mismo, fantaseando con que él cruzara el río y la cogiera como a una puta. El muchacho no se animó. Ella tuvo su orgasmo igual, se vistió, volvió a la finca, y al día siguiente me hizo el amor mientras me contaba cada detalle.

Una mañana llegó un técnico del gas a una revisión de rutina. Marcela estaba en pijama de bata, sin nada debajo. Nos miramos. Yo me despedí con un beso y me fui al trabajo con la cabeza ardiendo. Esa noche me contó que se había agachado tres veces frente al muchacho con la excusa de buscar un fósforo, abriendo las piernas «por accidente». El técnico hacía como que no veía. Le pregunté si se hubiese acostado con él. Me dijo que sí, no por el chico en sí, sino por la picardía. Le pregunté si me amaba. Me dijo que claro, que la confianza entre nosotros era tan grande que nada podía separarnos.

***

Tres años después encontró trabajo. Una residencia para estudiantes secundarios manejada por dos sacerdotes de la parroquia. Volvía cansada pero feliz: tenía sus propios ingresos, su propia rutina, sus propias ganas. El más joven de los dos curas, el padre Damián, era ecuatoriano. Manejaba el presupuesto, dirigía la casa y se hizo amigo nuestro de un día para el otro. Visitaba en cumpleaños, traía regalos para los chicos, conocía nuestras costumbres como si llevara años entrando a nuestra casa.

Un mediodía lo invitamos a almorzar. Cuando se levantó por agua, noté que Marcela bajó la vista a la altura de su entrepierna —llevaba un pantalón ajustado— y se sonrió para adentro, casi imperceptible. Esa sonrisa la había visto antes, en el archivo, en el río, frente al técnico del gas. Otra vez, pensé. Otra vez ese gesto.

A partir de ahí todo empezó a desordenarse. Menos sexo. Menos conversación. Menos paciencia con los chicos. Más viajes a «capacitaciones», más madrugones, más cansancio cuando volvía.

Un fin de semana fuimos de paseo con los muchachos del internado y los dos curas a una casa de campo. Damián andaba con su cámara y el pretexto de fotografiar paisajes. La mitad de las fotos eran de Marcela: caminando, riendo, agachándose, peinándose. Hacia el mediodía ella se clavó una espina larga en el segundo dedo del pie. Sangraba bastante. El padre Damián se ofreció a llevarla al hospital del pueblo, a una hora de camino. Volvieron cuatro horas después, ella con el pie vendado y los dos hablando en voz baja como dos adolescentes con un secreto fresco. Para todos fue una desgracia con suerte. Para mí empezó la peor herida.

Después aparecieron las cosas. Una bicicleta todo terreno, nueva, brillante. Nunca le pregunté de dónde había salido el dinero; no quería oír la respuesta. Salía a pedalear todas las tardes después de las seis. Al mes, una lavadora más grande reemplazó la vieja. Tampoco pregunté.

Me mudé al cuarto contiguo. Le supliqué que habláramos, que buscáramos ayuda, que tantos años no podían tirarse por la ventana. Le dije que sabía lo del cura, que estaba dispuesto a empezar de nuevo donde quisiera, en otra ciudad, en otro país. Ella decía que yo estaba loco y se daba vuelta en la cama.

***

Una madrugada escuché susurros desde su habitación. La puerta no tenía hoja, solo una cortina. Me levanté descalzo y la corrí dos dedos. Marcela estaba desnuda boca arriba, los audífonos puestos, el móvil en una mano iluminándole los pechos. Con la otra se acariciaba entre las piernas, abriéndolas y cerrándolas en cámara lenta. Le decía a alguien al teléfono: «quiero que me las chupes, quiero que me beses entera». Después algo más bajo que no entendí.

Yo entré en una especie de trance. El corazón en la garganta, las piernas temblando y una erección como no había tenido en años. Pensé en gritar, pensé en abrir la cortina de un tirón, pensé en mil cosas, pero me quedé pegado al filo de la tela. La escuché terminar con un gemido contenido contra la almohada.

Cuando creí que se había dormido se desconectó los audífonos y se puso a mirar el móvil. Desde donde estaba alcancé a ver el cuerpo del padre Damián desnudo en alguna foto, su pene erecto contra el vientre. Habían intercambiado todo. Ella seguía con la mano entre las piernas. Sentí que la sangre me hervía, pero juro que no me toqué. Algo en mi cuerpo se vino solo, mojó el bóxer entero contra la cortina, sin un solo ruido. Me arrastré hasta mi cama, me masturbé otras dos veces hasta dormirme entre las lágrimas y un dolor en la base del pene que me duró el día siguiente.

A la mañana siguiente quería matarlos a los dos. Al mediodía quería verla cogida por él en alguna parte. Por la tarde lloré sin entender quién era yo.

***

Un día dejó abierta su cuenta de correo en la computadora que usaban mis hijos para estudiar. La revisé. No había mensajes comprometedores, pero la cuenta estaba sincronizada con su mapa personal: cinco visitas en los últimos meses a una ciudad a tres horas, tres de ellas a un mismo lugar, el Hotel Astral. Salía en la madrugada con la excusa de «capacitaciones», volvía de noche con el permiso firmado por su jefe.

No le reclamé. Lo único que me quedaba era ver.

Una tarde anunció que llegaría tarde por inventario. Detrás del internado había una construcción abandonada y una cancha; junto a la cancha, un árbol grande que escondía la vista del segundo piso. Me trepé entre las ramas y esperé. El padre Damián estaba jugando al fútbol con tres chicos del internado, los únicos que se habían quedado en vacaciones. Cuando llegó Marcela, él detuvo el partido. Los chicos quedaron charlando bobadas en las gradas. Damián entró a la casa, tomó agua y les pasó plata a los muchachos para que fueran a la tienda. Marcela subió al segundo piso por la escalera de afuera. Él subió un minuto después.

Desde el árbol veía el balcón trasero de la residencia. Al principio solo se les veían los pies, frente a frente, los de ella levemente empinada sobre los de él. Sus calzas cayeron de pronto hasta los tobillos y el pie de Damián las pisó para ayudarla a sacarlas. Después se acercaron al borde del balcón. Ella puso los codos en la baranda y él se colocó detrás. El movimiento empezó lento y se hizo voraz. Yo me sostenía de una rama con la otra mano en la bragueta. Era un dolor con forma de placer, una rabia con forma de calentura. Marcela giró, le abrió la boca con la lengua, levantó una pierna para que la atravesara de frente. Él hizo un último envión y se quedó tieso. Ella se rió bajito, casi en burla. Damián se subió la pantaloneta y bajó al primer piso. Marcela se acomodó la calza con paciencia y entró a la casa como si nada.

Me bajé del árbol con las rodillas raspadas, eyaculado tres veces dentro del pantalón, decepcionado, vacío y, al mismo tiempo, con una sensación que no sabría nombrar: el placer turbio de ver a la mujer que uno ama entregándose como una perra en celo a otro hombre.

***

Pasaron semanas. Una noche Marcela se acercó a buscarme con dulzura, tal vez por lástima, tal vez por aburrimiento. Yo caí. La toqué como antes, la besé como antes, ella se rió como antes. Cuando se puso en cuatro, mi posición favorita y la de ella, lo noté: un olor distinto. No era el nuestro, no era a semen, no era nada que yo reconociera. Algo en su cuerpo había cambiado por dentro. Me levanté y le dije: «No, ya no, acá terminó todo».

Me fui de la casa esa misma semana. Los chicos se quedaron con ella; ya eran grandes, uno terminando la secundaria, el otro empezando la universidad. Después supe que el padre Damián le había prometido llevársela a su país, dejar la sotana, empezar de cero. No fue capaz. La dejó plantada. Marcela tuvo otras parejas. Yo me mudé de ciudad y rehíce la vida como pude.

Lo que no se reconstruyó es esto: desde aquella tarde en el árbol descubrí que verla cogida por otro me excitaba más que cualquier escena privada que hubiéramos tenido. El morbo del cornudo se me metió bajo la piel como una astilla que no termina de salir. Mi pareja actual es generosa, multiorgásmica, intensa. Hacemos el amor con ganas. Pero hay algo que no me atrevo a contarle, una fantasía que necesito y que no fui capaz de vivir cuando todavía estaba a tiempo.

Cuiden lo que tienen. Cuéntense todo, incluso lo más sucio. Las cosas que no se dicen son las que terminan eligiendo por uno.

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Comentarios (5)

SebaMoriarty

tremendo relato!!! me dejo sin palabras

LectorNocturno_BA

La mezcla de rabia y deseo que describes al principio lo dice todo. Muy bien escrito, se siente autentico.

valentina_lp

Por favor tiene que haber segunda parte, no puede quedar asi!! Quede con demasiadas ganas de saber que paso despues.

Facundo_Cba

y despues que paso?? como reaccionaste cuando bajaste del arbol jaja necesito saber

VeroMDP

Me recordo a una situacion que viví hace años, esa sensacion de confirmar lo que ya sabes pero igual te pega fuerte... Muy bueno el relato, gracias por compartirlo.

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