La estudiante que se vengó de su novio en la biblioteca
Trabajo como bibliotecario en una universidad privada de Bogotá desde hace cinco años. La biblioteca ocupa dos pisos del edificio central, y a esta hora de la tarde, cuando la mayoría de los estudiantes ya se fue a sus prácticas o a sus cafeterías de siempre, el lugar se vuelve un refugio silencioso. Es entonces cuando suelen pasar las cosas que después no le cuento a nadie.
Aquella tarde de jueves, Camila entró con los ojos hinchados y el rímel corrido. La conocía desde hacía meses; estudiaba tercer año de administración y venía a leer entre clases. Era morena, de estatura mediana, delgada, con un cuerpo de líneas suaves y una forma de caminar que siempre me distraía cuando pasaba frente al mostrador. Esa tarde no caminaba, casi se arrastraba.
—¿Pasó algo? —pregunté, levantándome de la silla.
Negó con la cabeza y se dejó caer en la mesa más cercana. Cerró los ojos y soltó un suspiro largo. Le acerqué una botella de agua y me senté frente a ella sin decir nada más. A veces el silencio es lo único que se puede ofrecer.
Pasaron unos minutos antes de que hablara. Su novio, Daniel, la había acusado de coquetear con un compañero de la facultad. Habían discutido en el pasillo, delante de varios amigos, y él había terminado diciéndole cosas que no se podían tragar fácil. Camila apretaba la botella entre las manos mientras me lo contaba. Sus dedos blanquecinos sobre el plástico delataban una rabia que las palabras no terminaban de soltar.
—Lo peor es que el imbécil seguro está haciendo lo mismo —dijo al final, mirándome por primera vez de frente—. Y yo aquí aguantándomelo todo.
No respondí. No hacía falta.
—Quiero hacerle algo —murmuró—. Algo que él nunca se entere, pero que yo sepa que hice.
La miré despacio. Sabía perfectamente lo que estaba diciéndome y, al mismo tiempo, sabía que no me lo estaba diciendo del todo. Ella me había mirado más de una vez de esa manera en la que las miradas dejan de ser inocentes. Yo había evitado entrar en ese terreno, porque hay reglas no escritas en una biblioteca universitaria. Pero esa tarde algo cambió en la forma en que sus ojos sostenían los míos.
Me levanté sin decir palabra. Caminé hasta la puerta principal, eché el pestillo y apagué las luces de la sala de estudio. Solo quedaron encendidos los apliques amarillos del acervo, al fondo, entre las estanterías altas. Cuando me di la vuelta, Camila ya estaba de pie, esperando.
***
La rodeé con los brazos sin prisa. Su cuerpo tembló un segundo y después se relajó contra el mío. La besé primero en la sien, en la mejilla, junto a la oreja. Ella giró la cara y buscó mi boca con una urgencia que no admitía rodeos. Sabía a café y a llanto. La sostuve por la cintura mientras nuestras lenguas se reconocían sin formalidad.
Le bajé el cierre de la chaqueta y se la deslicé por los hombros. Debajo llevaba una blusa blanca, sencilla, con el primer botón abierto. Mis manos subieron por su espalda, despacio, midiendo cada centímetro. Ella me sacó el saco con la misma calma. Después llevó los dedos a mi cinturón, lo desabrochó y me bajó el cierre del pantalón. La sentí sonreír cuando me sujetó por encima de la ropa interior.
—Está dura —murmuró, como confirmando algo para sí misma.
—Es lo que produces —contesté.
Camila se mordió el labio inferior y empujó con la palma. Yo le solté el botón del pantalón y se lo bajé hasta los muslos. La tanga negra que llevaba era apenas una insinuación, y por encima de la tela ya se notaba la humedad. La toqué con dos dedos, suave, en círculos. Ella inclinó la cabeza hacia atrás y exhaló contra mi cuello.
La levanté en vilo y la senté sobre la mesa más grande, la que usábamos para extender los mapas antiguos. Le terminé de quitar el pantalón, la tanga, los zapatos. Quedó frente a mí, todavía con la blusa abierta y el sostén puesto, las piernas separadas y los talones cruzados detrás de mi cadera. Me acerqué a su cuello, le mordí ligeramente la piel debajo de la oreja, bajé por la clavícula. Cuando llegué a sus pechos, le desabroché el sostén con una mano. Sus pezones estaban duros, oscuros, pequeños. Los rocé con los labios y ella enredó los dedos en mi pelo.
—Más abajo —pidió.
La complací sin contestar.
Me arrodillé entre sus piernas y le besé la cara interna de los muslos, despacio. Ella se apoyó hacia atrás con las manos sobre la mesa, ofreciéndose. Cuando puse la boca sobre su sexo, soltó un gemido contenido, ahogado entre los dientes. Sabía que no podíamos hacer ruido. La biblioteca estaba cerrada por dentro, pero el edificio seguía vivo, y un grito mal medido podía arruinarlo todo.
Trabajé con la lengua de manera lenta y metódica. Subí, bajé, dibujé círculos alrededor del clítoris, lo cubrí con los labios y succioné apenas. Ella levantaba las caderas buscando más. Le pasé los brazos por debajo de los muslos para anclarla, para que no se me escapara. Sentí el primer espasmo cuando llevaba apenas unos minutos. Camila se mordió el dorso de la mano para no gritar.
—No pares —rogó—. Por favor, no pares.
No paré. Volví a empezar desde el principio, esta vez más firme, hasta que la sentí venirse una segunda vez. Tenía los muslos temblándole alrededor de mi cabeza. Cuando levanté la cara, la encontré mirándome con los ojos brillantes y una sonrisa de medio lado que no tenía nada que ver con la chica que había entrado llorando media hora antes.
***
Se bajó de la mesa y me empujó suavemente hasta hacerme sentar en su lugar. Se arrodilló delante de mí en el piso de madera. La luz amarilla del fondo le caía sobre los hombros y le dejaba el resto del cuerpo en penumbra. Me bajó el pantalón hasta los tobillos y se quedó un instante mirando, midiéndome con la vista.
—Ahora me toca a mí —dijo.
Me tomó con las dos manos primero, despacio, recorriéndome de la base a la punta. Después se inclinó y me lamió el glande con la punta de la lengua. La sensación me arrancó un quejido que tuve que ahogar. Camila chasqueó la lengua contra el paladar y se metió todo lo que pudo en la boca. Sentí la presión de su garganta, el calor, la saliva que empezaba a desbordarse. Se retiró, tomó aire y volvió a hundirse.
No era una mamada apurada. Era de las que se sienten estudiadas, hechas para durar. Subía con la mano lo que no le entraba en la boca, masajeaba con el pulgar la zona donde late la sangre, se detenía a respirar y volvía a empezar. Cuando me sentí a punto, le aparté la cabeza con cuidado.
—Si seguís así, esto se termina ya —le dije.
Sonrió, se levantó y se dio vuelta. Se apoyó con las manos sobre la mesa, dejó la espalda arqueada y separó las piernas. Me dio una vista que se me grabó esa tarde y que todavía recuerdo.
***
Me puse detrás de ella y la tomé por la cintura. La rocé primero contra su entrada, sin meterla, frotándome contra la humedad. Ella movía las caderas buscando atraerme. Cedí. Empujé lentamente, centímetro a centímetro, dándole tiempo a su cuerpo de acomodarse. Cuando estuve hasta el fondo, me quedé quieto. Camila soltó el aire que estaba conteniendo.
—Despacio —pidió—. Quiero sentirte todo.
La fui moviendo con un ritmo pausado, casi cruel. Salía casi del todo y volvía a entrar entero, una y otra vez. Ella se apoyó sobre los antebrazos para bajar más la cadera y abrir el ángulo. Cambiamos de posición dos veces. La acosté boca arriba sobre la mesa, le levanté las piernas hasta apoyármelas en los hombros y entré desde otro ángulo. Después la giré de lado, con una pierna doblada y la otra estirada, y volví a entrar.
A esa altura, ella ya había perdido la cuenta. Tenía el cuello manchado de rojo por mis besos y mordiscos, los ojos cerrados, las manos buscándome donde podían. Cuando la sentí cerca de otro orgasmo, me detuve. Quería que ella mandara. Le pregunté con la mirada qué quería.
—Detrás —dijo, casi sin voz—. Quiero que me lo hagas detrás.
La giré otra vez, la apoyé contra el borde de la mesa, le abrí las nalgas con las dos manos. Camila buscó un pequeño tubo de crema en el bolsillo de su chaqueta tirada en la silla; lo llevaba para los labios, pero servía. Me lubricó ella misma, con dedos pacientes, y se reservó un poco para sí.
—Nunca lo hice —confesó—. Hacelo despacio.
Empecé con un dedo. Después dos. Le besaba la espalda mientras la preparaba, le decía al oído que respirara, que no se cerrara. Cuando la sentí lista, me apoyé contra ella y empujé apenas. Camila soltó un quejido grave, no de placer todavía, sino de adaptación. Esperé. Volví a empujar un poco más. Esperé. Así, en pequeñas dosis, hasta que me sintió entrar entero. Solo entonces empezó a moverse ella, marcándome el ritmo desde abajo.
Duramos menos de lo que hubiera querido. La sensación era demasiado intensa, y yo llevaba demasiado tiempo aguantando. Cuando supe que estaba por terminar, salí. Camila se dio vuelta de inmediato, se arrodilló y me recibió en la boca a tiempo. Terminé entre sus labios, sosteniéndome con una mano en el borde de la mesa para no caerme. Ella tragó casi todo y se limpió las comisuras con el dedo, despacio, mirándome.
***
Nos vestimos en silencio, sin apuro. Le devolví el pantalón y el sostén, ella me ayudó con el saco. Le sacudí una pelusa del hombro y me dio una sonrisa que no había visto antes en ella.
—Esto no le va a doler a Daniel —dijo, acomodándose el pelo frente al cristal de una vitrina—. Pero a mí me hizo bien.
—¿Lo vas a dejar?
—Todavía no. Pero ya sé que puedo.
Se acercó y me besó otra vez, distinto. Sin urgencia. Apenas un roce.
—Si una tarde necesito volver a sentir esto —dijo al oído—, ¿la puerta sigue con llave?
—Siempre.
Camila tomó su mochila, abrió el pestillo y salió hacia el pasillo. La vi alejarse con la cabeza un poco más alta de lo que la había tenido al entrar. Encendí otra vez las luces de la sala de estudio, ordené las sillas y volví a mi escritorio. Cuando minutos después llegó un estudiante de primer año a pedir un manual de contabilidad, lo atendí como si nada.
En esta biblioteca pasan más cosas de las que figuran en los registros. Y yo, mientras nadie me lo prohíba, las seguiré dejando pasar.