El show de la asistenta delante de la otra mujer
Cinco meses llevaba Yamila viviendo para esos días. Los miércoles y los viernes se habían convertido en su vicio más privado, el ritual que sostenía toda su semana. Entraba al edificio con el uniforme intachable de una asistenta cualquiera: blusa blanca ajustada hasta los huesos, falda gris hasta justo encima de las rodillas, alpargatas suaves para no hacer ruido sobre el parqué. Una mujer común haciendo un trabajo común.
Lo que la blusa no dejaba ver era el conjunto que él le enviaba la noche anterior por mensajero anónimo. Tanga escarlata, tan fino que apenas existía. Sujetador de encaje negro con aberturas calculadas para que los pezones quedaran libres. Medias de seda con liga negra, costura trasera marcada como una línea de fuga sobre el muslo. Y un pequeño juguete inalámbrico metido dentro de ella, que él manejaba desde el móvil con la misma calma con la que respondía un correo de trabajo.
Esa tarde de octubre el piso de la avenida Recoleta estaba bañado en una luz dorada y cansada. Yamila entró con su bolso de tela, sonrisa contenida, los ojos buscando los de él. Lo encontró en el sofá del salón.
No estaba solo.
Sentada a su lado, con una pierna cruzada sobre la otra y un brazo descansando con familiaridad sobre el respaldo, estaba Renata. Rubia ceniza, pómulos altos, un vestido beige corto que descubría unos muslos bronceados de gimnasio. La novia oficial. La que aparecía en los pies de foto de los eventos sociales. La que no sospechaba ni por asomo el tipo de juegos que se jugaban allí cuando ella no estaba.
A Yamila se le tensó algo entre las piernas en el mismo segundo en que reconoció el escenario. Él la miró desde el sofá con una expresión que no era del todo amable: una sonrisa pequeña, los ojos un poco más oscuros.
—Yamila, qué puntual eres. Renata se quedó un rato más hoy. Tú haz lo de siempre, no te molestes por nosotros.
Renata levantó la mano en un saludo perezoso.
—Hola, querida. Sigue con lo tuyo, en serio.
Yamila asintió. Se mordió la cara interna de la mejilla para domar la sonrisa que le subía y se obligó a respirar despacio. Sabía perfectamente lo que él iba a hacer. Sabía que aquello iba a ser un día distinto.
Empezó por la cocina abierta, a apenas cuatro o cinco metros del sofá. Se quitó el abrigo ligero y lo dobló sobre el respaldo de una silla con una lentitud cuidada. Cogió un paño y se estiró para alcanzar la encimera alta. La blusa se tensó hasta el límite, los botones temblaron, los pechos pesados subieron y bajaron con cada respiración. La falda se le subió un dedo, dejando ver el borde tostado de las medias y un trozo del muslo desnudo. Giró el cuerpo justo lo necesario para que él, desde su sitio, pudiera leer la costura trasera ascendiendo en línea recta.
Entonces empezó el zumbido.
Bajo, traicionero, apenas un cosquilleo. El vibrador se había despertado en modo mínimo. Yamila se mordió el labio y disimuló el jadeo con una tos breve. Los pezones se le endurecieron al instante y se marcaron a través de la tela blanca con una claridad obscena.
Se agachó hacia los armarios bajos. Abrió las rodillas todo lo que la falda le permitía, el culo redondo elevado en dirección al salón. El tanga se le clavaba entre las nalgas, y el juguete vibraba dentro de ella con una insistencia que la obligaba a apretar los músculos para que las piernas no le temblaran. Fingió buscar algo, un trapo perdido, un guante. Movía las caderas en círculos pequeños, casi imperceptibles, como si necesitara estirar la espalda. Por dentro del tanga, una humedad densa empezaba a manchar la tela.
***
Renata, en el sofá, hablaba sin pausa de una exposición de fotografía que iban a inaugurar el viernes. Él respondía con monosílabos amables. Con la mano libre, escondida bajo el brazo, deslizaba el pulgar por la pantalla del móvil.
Yamila pasó al salón con un trapo limpio. Se arrodilló frente a la mesa baja, justo en el ángulo en el que él podía verla y Renata no. Antes de empezar a frotar el cristal, dejó que dos botones de la blusa se soltaran «sin querer», como si la presión los hubiera vencido. El escote se abrió como una invitación bien medida: encaje negro, pezones grandes y oscuros asomando por las aberturas del sujetador, tan duros que parecía que iban a romper la tela.
Limpiaba con movimientos largos, casi devotos. El pecho se balanceaba con cada vaivén. Detrás, el culo se mecía apenas, marcando un ritmo.
El zumbido subió de nivel un segundo y volvió a bajar.
Yamila dejó escapar un suspiro que disfrazó de esfuerzo físico. Las caderas le respondieron solas, un balanceo discreto. Renata interrumpió su discurso para mirarla.
—¿Te encuentras bien, querida? Estás colorada.
Yamila se incorporó un poco, sonriendo con la dulzura más inocente del mundo.
—Sí, señora. Hoy hace bochorno. Y subiendo las escaleras me he acalorado un poco.
Renata sonrió con piedad y volvió a su tema. Él reprimió una sonrisa con el dorso de la mano y aprovechó para subir el nivel otro escalón. Yamila apretó las piernas y disimuló el temblor inclinándose sobre la mesa.
***
Cuando terminó con el salón, fue al dormitorio. Dejó la puerta entornada en un ángulo concreto, calculado, ensayado. Desde el sofá se veía toda la cama, el cabecero tapizado y un trozo del espejo de cuerpo entero.
Empezó a hacer la cama con la dedicación de una actriz en un escenario.
Se inclinó sobre el colchón, el culo en pompa apuntando exactamente hacia la puerta. La falda gris se le subió hasta la cintura. El tanga escarlata era un trazo finísimo entre las nalgas; el juguete vibraba con un sonido apenas audible, y entre los muslos brillaba una humedad densa que se había abierto camino fuera de la tela. Estiró la sábana con una mano y con la otra recolocó la almohada, alargando la postura más de lo necesario.
Se incorporó y se sentó en el borde de la cama con las piernas abiertas hacia la puerta. Fingió ajustarse una media. Pasó la palma por todo el muslo, desde la rodilla hasta la liga, y al llegar arriba apartó el tanga un instante. Solo un instante. Lo suficiente para que él viera, desde el sofá, el sexo depilado, brillante, con la punta del juguete asomando ligeramente. Levantó la vista, mordiéndose el labio, y le dedicó una mirada negra y juguetona.
¿Lo estás viendo? ¿Te gusta?
El vibrador subió.
Yamila se arqueó como si se estuviera estirando la espalda. Su dedo medio rozó el clítoris en un círculo veloz, casi un descuido. Después se tumbó boca arriba para «alisar» las sábanas. Abrió las piernas. Una mano se le coló por debajo de la blusa, pellizcó un pezón hasta que respiró con la boca abierta. La otra mano bajó hasta el tanga y frotó la tela empapada con tres dedos extendidos. Las caderas se le levantaron despacio, en un vaivén lento y cabalgador, como si tuviera a alguien encima.
Tenía los ojos clavados en él. La lengua le humedecía los labios. Un guiño rápido, traicionero, solo para él.
***
Renata giró la cabeza hacia el pasillo justo cuando Yamila retiraba las manos con una rapidez felina, se incorporaba y se alisaba la falda como si nada hubiera pasado.
—¿Va todo bien por ahí? —preguntó alzando la voz.
—Todo bien, señora —respondió Yamila con un tono cantarín—. Termino la habitación y bajo.
Renata se acomodó otra vez en el sofá, sin sospechar. Él, al lado, seguía teniendo el móvil en la mano. Cuando sus miradas se cruzaron a través del pasillo, él bajó el dedo sobre la pantalla. El zumbido se aplacó hasta una vibración suave, perezosa, como un latido. Yamila respiró hondo y se concedió quince segundos de calma antes de volver al salón.
Volvió con el bolso terminado y un par de paños sucios doblados sobre el brazo. Pasó rozando el sofá deliberadamente. Se agachó junto a los pies de él, como si necesitara ajustarse una alpargata. El culo casi le rozó la rodilla. El aroma que dejaba era denso, dulce, inequívoco. Renata seguía hablando de la exposición. Él miraba a Yamila por encima del hombro de Renata, los ojos brillantes.
Yamila se incorporó muy despacio. Al hacerlo dejó que el pecho rozara, como sin querer, el hombro de él. Los pezones, duros como balas, se marcaron un segundo a través de la blusa contra la camisa de él.
Caminó hacia la puerta de la entrada con la espalda recta, las caderas oscilando con un ritmo que no era el de una asistenta saliendo del trabajo. Cuando llegó al recibidor, se giró. Solo para él. Se pasó la lengua por el labio superior, despacio, bajó la vista durante medio segundo a la entrepierna de los pantalones de él, y volvió a subirla con una sonrisa pequeña y pícara.
—Hasta el viernes, señor. Que tengan ustedes muy buena tarde.
Renata respondió desde el sofá, sin levantar la vista del móvil.
—Igualmente, guapa.
La puerta se cerró con un clic discreto.
***
Dentro, él apagó el vibrador con el pulgar y dejó el móvil bocabajo sobre el cojín. El pantalón le tiraba con una urgencia que no podía permitirse mostrar. Renata levantó la cabeza al fin y le sonrió como se sonríe a alguien con quien se comparte una rutina aburrida y agradable.
—Pobre chica, hoy parecía agotada.
—Sí —respondió él con la voz casi neutra—. La asistenta tiene un trabajo más duro de lo que parece.
Fuera, en el rellano, Yamila se apoyó contra la pared al lado del ascensor. Cerró los ojos un segundo, respiró por la nariz y se pasó dos dedos por encima del tanga. Estaba completamente empapado. Un placer denso y oscuro le subía desde el ombligo hasta la garganta, mezclado con algo que no era exactamente culpa.
Se mordió el labio inferior y pulsó el botón de bajada con la calma de quien acaba de salir de un trabajo cualquiera. Mientras el ascensor bajaba piso a piso, sacó el móvil de su bolso. Un mensaje suyo brillaba en la pantalla bloqueada.
Has estado magnífica. El viernes te toca quedarte un rato más.
Yamila sonrió hacia el espejo del ascensor. Ya estaba pensando en lo que se pondría debajo del uniforme.