La esposa recatada de mi compañero pidió más
Esteban era el director comercial de la empresa donde yo trabajaba. Cuarenta y siete años, traje impecable cada mañana, dos hijos, una hipoteca razonable y una vida ordenada hasta el último detalle. Cristina, su mujer, era el complemento perfecto para esa estampa: cuarenta y cuatro años, ropa siempre amplia, colores apagados, una sonrisa medida que apenas dejaba ver los dientes.
La había cruzado un par de veces en eventos de la empresa y nunca había pronunciado más de tres frases delante de mí. Eso sí, había sentido sus ojos. Esa mirada de soslayo que vuelve a su sitio en cuanto la pillas, pero que regresa minutos después como si nadie se hubiese dado cuenta. Bajo aquella ropa de monja había una mujer.
Yo arrastraba un divorcio de un par de años y la curiosidad de un hombre que no tiene a nadie esperándolo en casa.
***
La cena de empresa de aquel diciembre fue el primer punto de inflexión. Comimos en un restaurante con manteles blancos y vino mediocre, brindamos por un año que nadie recordaba en realidad, y un grupo decidió continuar la noche en una discoteca cercana. Esteban, que era de los que se aburren en cuanto sube el volumen de la música, se atrincheró en la barra con dos copas y un compañero igual de plomo que él.
Cristina se quedó en la pista bailando con las otras esposas y conmigo. Llevaba un vestido negro que ni siquiera le hacía justicia, pero esa noche había decidido pintarse los labios y eso, en ella, era casi un acto de provocación.
Cuando sonó el primer tema lento, no tuve que pedirle nada. Le ofrecí la mano y ella la aceptó como si llevara horas esperando que alguien lo hiciera.
—Hueles bien —le dije, pegando mi cara a la suya.
—Tú también.
Sus pechos eran más firmes de lo que aquella ropa amplia dejaba intuir. Se aplastaron contra mi pecho y ella, en lugar de retirarse, se acomodó. Bajé las manos por su espalda hasta apoyarlas en la curva de la cadera, y de ahí a las nalgas, despacio, dándole tiempo a apartarme si no estaba dispuesta.
No se apartó. Empujó la pelvis hacia adelante, encontró mi erección y se quedó allí, frotándose al ritmo de la canción como si fuese parte natural del baile.
—Si tu marido nos ve, mañana cobramos los dos —le susurré al oído.
—Mi marido no mira nunca.
Aquella frase la dijo sin amargura, casi como una observación científica. Pero la dijo apretando todavía más sus caderas contra las mías.
Antes de que la cosa se descontrolara, la solté con la excusa de ir a por una copa. No me apetecía explicarle nada a Esteban a la mañana siguiente.
***
La volví a encontrar tres días después en unas galerías comerciales del centro. Los dos cargábamos bolsas absurdas de última hora. La invité a un café en un sitio discreto y allí, sin proponérnoslo, dejamos de fingir.
—Esteban es el único hombre con el que he estado —me confesó mientras revolvía el café—. Nos conocimos en el instituto. Me casé con veintidós años. Y, no sé, todo se fue apagando.
—¿Apagando?
—Hacemos el amor cuatro veces al año. Quizá cinco si hay vacaciones largas. Lo último que le interesa después de cenar es follar conmigo.
Era la primera vez que la oía decir una palabra fuerte. La dijo bajito, mirando la taza, como si la palabra le diese vergüenza más que la confesión.
—¿Y tú?
—Yo me apaño. Hay páginas en internet. Hay tardes muy largas cuando los niños están en el colegio.
Me incliné por encima de la mesa y la besé. Al principio se sobresaltó, miró a los lados, hizo el amago de retirarse. Después se rindió y me devolvió el beso con una lengua que llevaba años entrenando en silencio.
Aquella tarde no pasó nada más. No le pedí el teléfono. No le prometí volver a llamar. Ya tenía bastantes problemas y no me apetecía añadir a la mujer de un compañero a la lista.
***
La primavera la trajo de vuelta. La empresa organizó una convención de directivos en una ciudad pequeña, a tres horas de la nuestra, en fin de semana, y se invitó a las esposas. Llegué un viernes al hotel a media tarde, me duché y bajé al vestíbulo. Ahí estaba ella, sentada en un sofá con su marido, hojeando una revista.
Esteban me saludó con la palmada de siempre. Cristina levantó la vista, sonrió como una desconocida y volvió a la revista. Pero antes de bajar los ojos me dedicó dos segundos de mirada que no eran de desconocida en absoluto.
Durante la cena me sentaron a su lado. Ella entre su marido y yo. A media cena dejé caer la mano por debajo del mantel y le puse los dedos en la rodilla. Esperé a que se apartara. No se apartó: separó los muslos lo suficiente como para invitarme a subir.
Subí. Pasé por la media, pasé por la liga, encontré la piel y, más arriba, encontré la tela ya empapada de las bragas. Le presioné el clítoris dos veces con el pulgar y ella se mordió el labio con la suficiente fuerza como para que se le marcara un círculo blanco.
Saqué la mano. No quería que Esteban se enterara por un descuido tonto. Ella me clavó una mirada de rabia tan apasionada que me hizo reír por dentro.
Terminada la cena, Esteban se enzarzó en una partida de cartas con dos directivos y un comercial. Cristina salió al jardín a fumar. Esperé un par de minutos y la seguí.
El jardín del hotel estaba mal iluminado y daba a una zona de servicio donde nadie tenía motivo para pasar. La encontré apoyada en una pared baja, con un cigarrillo a medio consumir entre los dedos. Le quité el cigarrillo, lo apagué contra la pared y la besé sin preámbulos.
—Aquí no —dijo entre besos.
—Aquí sí.
La empujé hacia un rincón en sombra, junto a un seto. Le metí la mano bajo la falda, le aparté las bragas y le hundí dos dedos. Estaba tan mojada que entraron sin esfuerzo. Empezó a temblar antes de que yo me hubiese movido apenas.
—Por favor —jadeó—. Llevo desde diciembre pensando en esto.
Le abrí las piernas, me bajé el pantalón lo justo y la levanté apoyándola contra la pared. Ella me rodeó la cintura con los muslos, yo le sujeté las corvas y la fui empalando despacio, dejándola sentir cada centímetro.
El primer empujón completo le arrancó un gemido que tuve que callarle con la boca. A partir de ahí folló ella. Se movía con la rabia de los años contenidos, mordiéndome el cuello, susurrándome guarradas que no creí que fuese capaz de pronunciar.
Nos vinimos casi a la vez. La bajé al suelo con cuidado, le pasé un pañuelo, le coloqué la falda. Tenía el carmín corrido, los ojos brillantes y una sonrisa nueva.
—Mañana, después del desayuno, en mi habitación —le dije—. La cuatrocientos doce.
Asintió sin hablar y volvió al hotel por la puerta principal. Yo salí a la calle a dar un paseo y a fumarme yo también un cigarrillo.
***
A la mañana siguiente falté a la primera sesión con la excusa de un asunto urgente. A las diez y cuarto Cristina llamó a la puerta de la cuatrocientos doce.
Esta vez no había prisa. Nos desnudamos despacio, casi con calma, y nos miramos en la cama sin tocarnos durante unos segundos. Tenía un cuerpo que aquella ropa amplia escondía con una crueldad casi insultante: pechos pesados con pezones grandes y oscuros, cintura estrecha, caderas de las que parecen pintadas.
—¿Cuántos años llevas escondiendo esto? —le pregunté.
—Demasiados.
Le pasé la lengua por el cuello, por los pechos, por el vientre. Llegué a su sexo y me quedé allí un buen rato, hasta que se corrió la primera vez agarrándome del pelo con tanta fuerza que pensé que me lo iba a arrancar. La segunda fue con dos dedos dentro. La tercera fue cuando finalmente la penetré, de rodillas entre sus piernas, con sus tobillos sobre mis hombros.
Aquella mañana Cristina aprendió cosas sobre sí misma que llevaba veintidós años de matrimonio sin saber. Y yo confirmé que la mujer más recatada de la oficina era, por debajo del jersey de cuello alto, la más cachonda que me había encontrado en años.
***
De vuelta a la capital empezaron los encuentros entre semana en mi piso. Llegaba por la tarde, después de dejar a los niños en clases extraescolares, y se iba sobre las siete y media para recogerlos. Tres horas. A veces dos.
Me sorprendió un día con ropa interior negra, encaje barato pero efectivo. Me dijo que la había comprado para mí. Le agradecí el detalle y se la quité en treinta segundos.
Follábamos de todas las formas que se le ocurrían, y se le ocurrían bastantes. Una tarde, después de varios meses, me pidió por el culo. Su marido nunca se lo había hecho. Quería saber cómo era.
—Despacio —le advertí.
—Lo que sea. Pero pruébalo.
Estaba tan empapada por debajo que pude usar sus propios fluidos para prepararla. Le metí un dedo, luego dos, y cuando dejó de tensarse fui guiando el glande con paciencia. Entré entero al cabo de un rato, y a partir de ahí ella tomó el control: me pedía azotes, me llamaba cabrón, me ordenaba que la rompiera.
De aquella mujer recatada y tímida no quedaba absolutamente nada.
***
Las cosas se torcieron como suelen torcerse este tipo de historias. Empezó a llamarme a horas raras. Empezó a quejarse de que la viese poco. Empezó a hablar de plazos, de fines de semana, de huecos que yo no tenía intención de ofrecerle.
Le dije que se abriera un perfil en una página de contactos. Que pusiera fotos sin cara, que escribiera un anuncio claro y que dejara que internet hiciese el resto. Le iba a sobrar gente con ganas.
Aceptó. Al mes siguiente, cuando nos vimos, me contó que ya tenía tres amantes fijos. Al siguiente, cinco. Empezamos a vernos cada vez menos.
***
Pasaron tres meses sin noticias suyas. Volvimos a quedar una tarde y me confesó, casi con orgullo, que estaba embarazada. No era de Esteban.
—¿Y cómo lo sabes?
—Porque hace casi un año que no me toca.
—¿Y qué vas a hacer?
—Tenerlo. Y decirle que es suyo. Es lo más fácil para todos.
Meses después Esteban llegó al despacho repartiendo cigarros. Le di la enhorabuena, le pregunté por la madre, mandé recuerdos. Sentí algo raro al hacerlo, pero la vida sigue.
Al cabo de un año supe que se habían divorciado.
***
De Cristina no volví a saber nada hasta dos años más tarde. Estaba con un amigo de copas en un local de afueras y al entrar la vi sentada en un taburete, con un vestido cortísimo y una copa en la mano.
Se levantó nada más verme, me abrazó con cariño y me arrastró a una mesa apartada. Me contó que el divorcio le había salido caro: Esteban había contratado a un detective, había conseguido pruebas, había obtenido la custodia de los dos hijos. La pensión que le pasaba era de supervivencia.
—Y así estoy mejor —me dijo riéndose—. Antes follaba gratis. Ahora cobro.
Pedí dos copas. Estuvimos hablando un rato largo, no de sexo, sino de los hijos, de la madre de ella que la ayudaba a verlos los fines de semana, de cómo la vida le había dado la vuelta a todo.
Cuando me marché, mi amigo, que se había quedado en otra mesa pendiente de la escena, me preguntó si valía la pena.
Le dije que sí. Y le dije también que aquella mujer, la más recatada que había conocido en mi vida, llevaba dentro a la más cachonda. Lo que pasaba es que tardó cuarenta y cuatro años en darse cuenta.