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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la costa con la madre de Adrián

Habían pasado varias semanas desde aquel primer encuentro con Carolina y empezaba a creer que no se repetiría. Lo había guardado en algún rincón de la memoria como uno de esos golpes de suerte que la vida no concede dos veces. La madre de mi mejor amigo me había permitido follarla una tarde tonta de mayo y eso, en mi cabeza de veintidós años, ya era todo lo que podía aspirar a tener.

Hasta que sonó el teléfono un martes por la noche.

—¿Estás libre el último fin de semana del mes? —me preguntó sin rodeos, como si no hubieran pasado meses desde la última vez que oí su voz fuera del salón de Adrián.

Me explicó que su marido había heredado un apartamento en la costa, a unas tres horas en coche. Necesitaban reponer los electrodomésticos antes de la temporada de verano: nevera nueva, horno, microondas, todo lo que se había quedado obsoleto. El viaje obligaba a hacer noche fuera, por lo que prefería resolverlo en sábado y domingo.

—Mi marido vendrá con nosotros —añadió, con un tono neutro que no me dejó leer nada por debajo.

Le dije que sí. ¿Qué otra cosa podía decir? La idea de tenerla cerca dos días enteros me alteraba, aunque la presencia de su marido enterraba cualquier posibilidad real. Acepté pensando que sería un trabajo decente y nada más. Me iba a pagar bien por el favor y, además, mis exámenes ya habían terminado.

El sábado por la mañana bajé a la calle con un bolso al hombro y el corazón en algún sitio que no era el habitual. Cuando vi el coche frenar y abrí la puerta del copiloto, me sorprendió encontrarla sola al volante.

—Al final prefirió aceptar la invitación de unos amigos a una comida en una casa rural —me dijo sin mirarme, ajustando el retrovisor con calma deliberada—. Que se lo pierda. Estaremos mejor solos.

Y me dedicó esa sonrisa lateral que había guardado en la memoria desde la última vez.

El trayecto se me pasó volando. Hablamos de cosas tontas, del trabajo de Adrián, de mi facultad, de algún recuerdo familiar. Carolina conducía con una mano sobre el volante y la otra apoyada en el cambio. Cada tanto sus dedos rozaban mi muslo cuando metía marcha, y yo intentaba mirar por la ventanilla para no delatarme. En un semáforo largo, la vi bajar los ojos hasta el bulto que se me marcaba en el pantalón. Sonrió sin decir nada y dejó la mano abierta sobre mi pierna hasta que el semáforo cambió.

El apartamento no era grande: una habitación matrimonial, un salón modesto con cocina abierta y un baño estrecho. Lo que tenía era la vista. Desde la terraza se veía la playa entera, el paseo marítimo y la línea del agua perdiéndose en el horizonte.

—Tú monta los electrodomésticos en la cocina —me dijo, soltando las llaves sobre la encimera—. Yo voy a poner el resto en orden.

Pasé la tarde encajando la nevera nueva en su hueco, conectando el horno, programando el microondas. Cada poco la oía moverse por las otras habitaciones, abrir cajones, sacudir sábanas. A las ocho menos cuarto terminé. Me limpié las manos en un trapo y la llamé desde el salón.

—Vaya, has hecho un buen trabajo —dijo, asomándose a la cocina con un vestido ligero que no llevaba media hora antes—. ¿Qué te parece si nos duchamos y te invito a cenar fuera? Ve recogiendo mientras me ducho yo primero.

Quise contestar algo ingenioso y me quedé con la boca abierta como un idiota.

Después de ducharnos los dos por turnos —ella sin pedirme que la esperara, yo sin atreverme a tardar más de lo necesario— salimos hacia un restaurante a pie de playa. Llevaba una camisa blanca abierta hasta el segundo botón y una falda corta de lino. Yo iba en vaqueros y una camisa que mi madre me había planchado el jueves. Si alguien nos miraba desde la calle, podíamos haber pasado por madre e hijo de vacaciones. Casi.

Estábamos terminando los postres cuando sonó su móvil. Vi el nombre del marido en la pantalla. Carolina puso una cara que ya conocía y atendió sin levantarse de la silla. Las respuestas eran cortas, secas, casi monosilábicas. Cuando colgó, dejó el móvil del revés sobre la mesa.

—La verdad es que me saca de quicio —dijo, removiendo el café—. Últimamente solo piensa en salir con los amigos, bebe demasiado y apenas salimos juntos. Ni siquiera ha preguntado si he llegado bien. Y en la cama, ni te cuento. Hace semanas que no me toca.

Pagamos y bajamos al paseo. La noche estaba tibia. Una pareja se besaba apoyada contra el muro y otra, más adelante, caminaba abrazada con las manos metidas en el pantalón del otro. Carolina las miró sin disimulo. Cuando se volvió hacia mí, le brillaban los ojos de una manera distinta.

—¿Volvemos al apartamento? —preguntó.

La pregunta no necesitaba respuesta. Caminamos los doscientos metros que nos separaban del portal en silencio, ella cogida de mi brazo como si fuera lo más natural del mundo. En el ascensor, cuando se cerraron las puertas, se giró hacia mí, me puso una mano en la nuca y me besó con una urgencia que me dejó sin aire. Su lengua entró en mi boca directa, sin preámbulo, buscando la mía y enroscándose alrededor. La mordí en el labio inferior y ella gimió muy bajito, un sonido de garganta que me hizo palpitar la polla dentro del vaquero.

La otra mano me la bajó hasta la entrepierna. Cerró los dedos sobre el bulto y apretó con fuerza, midiéndome por encima de la tela. Lo que encontró allí debió de gustarle, porque gimió contra mi oído.

—Joder, cómo estás. La tienes durísima. Se te va a romper el pantalón.

Me bajó la cremallera dentro del ascensor y metió la mano. Sus dedos fríos se cerraron directamente sobre la polla desnuda y la sacaron a medias por la bragueta. Miró abajo, se mordió el labio y me la apretó despacio, arriba y abajo, dos veces, tres. Le brillaba una gota de saliva en la comisura. Yo no podía creerme que la madre de Adrián me estuviera haciendo una paja en un ascensor que podía pararse en cualquier planta.

El ascensor sonó. Nos separamos de mala gana, salimos a un rellano vacío y caminamos hasta la puerta sin tocarnos, yo intentando meter aquello dentro del pantalón como podía. Dentro fue otra historia. Apenas cerró con llave, me empujó contra la pared y empezó a desabotonarme la camisa con una prisa que no parecía suya. Me besó los hombros, mordisqueó el cuello, fue dejándome la ropa por el suelo mientras retrocedíamos hacia la habitación.

Cuando me quedé en calzoncillos, su mirada bajó hasta el bulto que la prenda no podía esconder.

—Uf, cómo la tienes —murmuró, llevándose una mano a la boca—. ¿La noto más grande que la otra vez o me lo parece a mí?

Le quité yo la camisa, le bajé los tirantes del sujetador y le retiré la prenda. Sus tetas eran exactamente como las recordaba, pesadas, blancas, con los pezones ya duros apuntando hacia arriba, y la espera de meses las volvía aún más urgentes. Las tomé con las dos manos, las apreté con cuidado y bajé la boca hasta los pezones. Chupé el derecho entero, tirando de él entre los labios, mientras con los dedos pellizcaba el izquierdo. La oí gemir desde lo más hondo, un gemido largo, animal. Era uno de sus puntos débiles, lo había aprendido en mayo y no lo había olvidado. Le pasé la lengua en círculos, le mordí muy despacio, y noté cómo se le arqueaba la espalda buscando más.

—Sigue con la boca ahí, cabrón. No pares.

Me empujó hacia atrás, sobre la cama, y de un tirón me bajó los calzoncillos. La polla saltó fuera, dura, apuntándole a la cara. Cuando vio lo que escondían, soltó una risa nerviosa.

—Está más grande, te lo juro. No me lo invento.

La mano le bajó por toda la longitud y, al final del recorrido, llegó hasta los huevos. Los sopesó como quien tantea una fruta madura. Frunció el ceño.

—Los tienes a reventar. ¿Cuánto hace que no te corres?

—Casi una semana —contesté.

—¿No me digas que has estado guardándote para mí?

—Desde que supe que íbamos a venir.

Se quedó callada. Volvió a apretarme con la mano y movió la cabeza despacio. Y entonces, sin dejar de mirarme, bajó la cara. Sacó la lengua y la pasó por debajo, desde los huevos hasta la punta, en una lamida lenta que me hizo apretar los dientes. Repitió el gesto una segunda vez, más despacio todavía, y en la tercera abrió la boca y me la metió entera hasta donde le cabía. Sentí el fondo de su garganta, sentí cómo tragaba y volvía a subir, y bajaba de nuevo, con una mano cerrada en la base y la otra masajeándome los huevos como si quisiera comprobar cuánto había dentro.

—Joder, Carolina… así…

Me la mamaba con hambre de verdad, sin remilgos, chupando fuerte, sacándomela para lamerla entera por los lados y volviéndomela a meter. Cada vez que llegaba abajo hacía un ruido húmedo con la boca que me tenía a punto. La agarré del pelo, no para forzarla, solo para tener algo dónde agarrarme, y ella lo entendió como una invitación a apretar más el ritmo. Sacó la polla de un tirón, con un hilo de saliva colgándole del labio, y me miró desde abajo.

—Estás loco. ¿De verdad pensabas que iba a dejar que te corrieras dentro? Te lo dije la última vez. Soy una mujer mayor, no me cuido como una cría.

Pero su mano no se detuvo. Subía y bajaba con un ritmo lento, deliberado, mientras hablaba. Cuanto más decía que no, más firme la sentía cerrarse alrededor. Se la volvió a meter en la boca, chupándola solo la punta, moviendo la lengua contra el frenillo, mientras la mano hacía el resto. Yo tenía que apretar los muslos para no reventarle allí mismo.

La aparté con suavidad antes de que fuera tarde. La atraje hacia mí y la giré sobre la cama. Le retiré la falda, después la ropa interior, unas bragas negras que ya estaban empapadas en el centro. Quedó allí tendida, desnuda, con las piernas medio abiertas y un triángulo oscuro entre los muslos que reflejaba la luz de la lamparita. Le pasé la palma de la mano por el pubis muy despacio y noté que estaba caliente incluso por fuera. Bajé los dedos, le separé los labios con dos dedos y hundí uno hasta el nudillo. Chorreaba.

—Señora, qué bien está usted. No sabe las ganas que tenía de volver a verla así.

—¿De verdad te gusto tanto? Sé que tienes novia. Ya tengo mi edad.

—No tiene comparación. No la cambiaría por nadie.

La frase le brilló en los ojos. Me miró con una expresión nueva, algo a medio camino entre la ternura y el hambre.

—Veo que de verdad te gusto —dijo—. La tienes todavía más dura que antes. ¿Qué quieres, volver a follarte a la madre de tu mejor amigo?

—Esta noche la voy a hacer disfrutar como nadie.

Se mordió el labio inferior. Y entonces me confesó algo que no esperaba.

—Cuando supe que mi marido no venía, pensé en cancelar el viaje. Llevo desde ayer encendida, no te haces una idea. Sabía que ibas a intentar tirarme y resulta que estoy en mis días. Con mi marido lo hacemos con preservativo en estas fechas, ya lo sabes. Y tú, con lo bestia que eres corriéndote, eres un peligro.

Se detuvo. Tomó aire.

—Entré en una farmacia esta mañana a comprar condones. Me eché atrás. Había otra señora detrás de mí y pedirlos de tu talla me dio una vergüenza horrible. Salí sin nada.

No respondí. Bajé la boca por su cuello, por el esternón, chupándole cada pezón otra vez de paso, y seguí bajando por el ombligo. Saber que no había goma debería haberme detenido. En realidad me empujó hacia abajo. Le abrí las piernas con las manos, le besé el interior del muslo y subí muy lentamente hasta donde quería ir. Le lamí la ingle, le mordisqueé el pliegue, dejé que mi aliento le rozara el coño abierto sin tocarlo todavía.

—Nico, ¿qué haces? Oh, no… ahí no… debe oler mal.

La ignoré. Saqué la lengua y la pasé entera por el surco, de abajo arriba, con la misma calma con que se pinta una pared. Su queja se transformó en un quejido distinto. El olor y el sabor eran los de una mujer que llevaba veinticuatro horas pensando en esto: fuerte, salado, hembra en celo. Me concentré en el clítoris, lo saqué de su capuchón con la punta de la lengua y lo tomé entre los labios, chupándolo como si fuera un pezón pequeño. Después bajé, le metí la lengua entera dentro del coño, follándola con ella, notando cómo se le contraían las paredes. Le pasé dos dedos por debajo y los hundí despacio mientras seguía chupándole el clítoris arriba. Las caderas empezaron a moverse solas contra mi cara.

—Nico… cabronazo… qué me haces… oh, sigue, sigue… ahí, ahí, no pares, hijo de puta, no pares…

Los dedos entraban y salían haciendo un ruido húmedo, obsceno, que llenaba la habitación. Le apreté el clítoris entre los labios y le pasé la lengua muy rápido justo por encima. La sentí convulsionarse al cabo de unos minutos. Me agarró la cabeza con las dos manos y me apretó contra ella sin medir la fuerza. Me costó respirar. Un chorro caliente me llenó la boca, la barbilla, mientras ella temblaba y gritaba una palabrota tras otra contra la almohada. Cuando por fin aflojó, me miró desde arriba con los ojos brillantes y la cara desencajada.

—Nunca había sentido nada igual. Siempre pensé que esto era una marranada.

—¿Te ha gustado?

—Me he corrido como una loca —se rio, todavía sin aire—. Creo que en parte en tu boca, lo siento.

Me limpié la barbilla con el dorso de la mano sin dejar de mirarla. No esperé más. Subí, me coloqué entre sus piernas y acerqué la punta a la entrada. Le pasé la polla por todo el surco, mojándomela en sus flujos, arriba y abajo, golpeando suavecito el clítoris con la punta. Me miró asustada.

—Nico, sin condón… en mi estado es peligroso. Puedo quedarme embarazada.

—Esta noche no se escapa —le contesté, apretándola con la cintura—. Lo está deseando tanto como yo. Lo noto.

—Oh, muchacho… te lo he dicho… estoy ovulando… me vas a desgraciar…

De un empujón de cintura le metí la mitad. Su coño estaba ardiendo, mucho más apretado y caliente de lo que recordaba, y me chupó la polla hacia adentro como si tuviera hambre. Las palabras se le quedaron a medias.

—Oh, Nico… así no… me abres… es demasiado grande…

—Es todo tuyo. Aguántela entera.

Le empujé la segunda mitad de un envión seco, sin frenar, y le arranqué un grito ahogado que se le quedó atascado en la garganta. Las protestas no eran del todo verdad. Tenía las dos manos en mi cintura y me empujaba hacia ella, ayudándome a entrar entero, clavándome las uñas en la piel. Empecé a moverme, despacio al principio, sacándomela casi entera y volviéndola a meter de golpe, luego con más fuerza, con un ritmo cada vez más animal. El sonido de mi pubis chocando contra el suyo llenaba la habitación pequeña. Sus gemidos rebotaban contra la pared y se mezclaban con el rumor lejano del mar.

—Follame, hijo de puta… así, así, más fuerte… rómpela…

La agarré por debajo de las rodillas, le levanté las piernas y se las eché contra los hombros, doblándola en dos. Desde ese ángulo entraba más profundo, hasta el fondo, y ella lo notaba: los ojos se le ponían en blanco cada vez que le tocaba el cuello del útero. Le follé así, mirándole la cara desencajada, viendo cómo sus tetas rebotaban con cada embestida, cómo la boca se le quedaba abierta sin poder cerrarla.

—Me estás partiendo… oh dios… me estás partiendo…

No tardó mucho en correrse otra vez. Me apretó las piernas contra las caderas y se aferró a mí como si fuera lo último que quedaba en el mundo. Noté cómo el coño se le cerraba en espasmos alrededor de la polla, apretándome, tirando de mí hacia adentro. La seguí penetrando sin pausa. La giré de golpe, la puse boca abajo, le levanté el culo tirándole de las caderas y volví a metérsela desde atrás de una sola embestida. Ella hundió la cara en la almohada y gritó contra la tela. Le abrí las nalgas con los pulgares para verme entrar y salir, brillante de sus jugos, y empecé a follármela como quien lleva una semana acumulando todo lo que le sobra. Le di una palmada en el culo. Después otra. La piel se le puso roja.

—¿Te gusta, señora? ¿Le gusta que la folle así?

—Sí… sí… más… no pares, cabronazo… fóllame, fóllame…

La agarré del pelo, tirando de él con suavidad, y le levanté la cabeza para que me oyera bien. Cada embestida le arrancaba un gruñido. El colchón sonaba, la cama sonaba, y ella no dejaba de repetir mi nombre entre insultos.

Lo intuyó antes que yo. Lo intuyó cuando ya no había vuelta atrás.

—Nico… tienes que sacarla… fuera… no, dentro no puedes… ¡cabronazo, lo vas a hacer, lo vas a hacer…!

La oí, pero no podía escuchar. La volví a poner boca arriba de un tirón porque quería verle la cara mientras se lo hacía. Le abrí los muslos hasta el máximo, le clavé la polla hasta la raíz y aceleré el ritmo, hundí la cara contra su cuello, mordí la piel del hombro. Sentí los huevos apretarse, subir, y el aviso caliente subiéndome desde la base. Empujé una última vez, hasta el fondo, y me quedé allí clavado.

La primera descarga salió con una fuerza que no había sentido nunca, un chorro largo, denso, que le pintó las paredes por dentro. Luego vino otra, y otra, y otra más. Yo seguía empujando hasta el fondo, vaciándome dentro de ella, sintiendo cómo cada espasmo le rellenaba el coño de semen caliente. Ella lo sentía, joder si lo sentía, porque abrió los ojos como platos y me clavó las uñas en la espalda.

—Me vas a preñar… te siento… me llenas… oh… otra vez… no pares… hay más… échame más…

Y hubo más. Descargué la última tanda contra su cuello del útero mientras ella se corría otra vez, apretándome de dentro como una mano cerrada. Me quedé un rato dentro, todavía duro, con la frente apoyada en su frente. Su respiración era irregular, las mejillas le ardían. Me miró con una mezcla de rabia y algo que no sabría nombrar. Rabia porque lo había hecho contra su voluntad. Algo más porque le había gustado.

—Lo has hecho dentro —murmuró—. Te has corrido tantísimo que esto no se va a quedar en nada. Estás loco. Estás completamente loco.

No le contesté. No sabía qué contestar. Cuando por fin salí de ella, la polla salió resbalando con un ruido húmedo y detrás vino un chorro espeso, blanco, que le bajó por el muslo hasta la sábana. Cerró los ojos un instante y bajó los dedos para tocarse, incrédula. Se los llevó a los ojos y los miró llenos.

—Joder, me has llenado. Nunca me habían dejado así.

Se dejó caer en la cama. No volvió a hablar durante un rato largo. Pensé que se había enfadado de verdad, que iba a echarme de la habitación, que el viaje terminaría con un trayecto de vuelta en silencio incómodo y la promesa de no volver a vernos. Pero al cabo de unos minutos se giró, me pasó un brazo por el pecho y apoyó la mejilla contra mi hombro. Como si nada. Como si el problema que acababa de crearle pudiera esperar hasta el lunes.

Nos quedamos así, abrazados, sin sábana porque hacía calor, escuchando el mar a través de la ventana abierta. Por la mañana habría que decidir muchas cosas. Esta noche, no.

***

Aquello fue solo la primera noche. Quedaba el domingo entero por delante, y todavía no sabía que Carolina iba a despertarme antes del amanecer con algo muy concreto en mente. Pero esa parte es para otra vez.

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Comentarios(8)

NarradoraSur

Que arranque mas bueno, me enganche enseguida con la primera oracion!!

Charly_84

Por favor seguí escribiendo, quedé con un hambre tremenda de saber qué pasó ese fin de semana entero

tomas_fdez

Se nota que esto tiene algo de real. Lo narrás de una manera que parece que estás ahí adentro del coche. Muy bueno

Marcos_lect

tremendo!!! me voy a leer todo lo que tengas publicado

GabrielRMZ

Me hizo acordar a una situacion parecida que me contó un amigo el año pasado, jaja. Esas cosas pasan mas de lo que la gente cree

Elena_Oviedo

El primer parrafo ya te dice todo sin decirte nada. Muy buena forma de presentar la historia, te obliga a seguir leyendo

SoleaLect

increible como con tan poco ya te metés adentro del relato. Muy buena onda

Roxana_Sur

Siempre los relatos de infieles son los que mas me enganchan, pero este tiene algo especial desde el principio. Mas por favor!

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