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Relatos Ardientes

Lo que vi en la lavandería terminó con mi matrimonio

Gracias por todos los mensajes que me dejaron la semana pasada. Leí cada uno, aunque algunos me dolieron más que otros. Cambio los nombres para resguardar lo poco que queda, pero la historia es real y la sigo cargando casi treinta años después. Lo que viene es el cierre que muchos pidieron tras lo que conté del viaje a Bariloche.

Volví de aquellas vacaciones con la certeza de que algo se había quebrado entre nosotros, aunque ninguno de los dos se atrevió a nombrarlo. Antes había sabido callarme, hacerme el distraído, dejar pasar. Esta vez no. La herida estaba abierta y me supuraba debajo de la ropa. Las semanas siguientes fueron pura inercia: el colegio de los chicos, los compromisos familiares, el trabajo en la obra.

Yo seguía amando a Carolina con la torpeza del que se aferra a lo que se le escapa. Ella, en cambio, parecía haberse instalado en otra frecuencia. Cumplía con los almuerzos de su madre, con los cumpleaños, con la rutina. Pero ya no me miraba como antes. Ni siquiera me miraba con rabia. Eso fue lo peor: la indiferencia.

De Mauricio, el de la oficina, prefiero no acordarme. Trabajábamos en sectores distintos y eso ayudó. Cuando dejamos de cruzarnos en los pasillos respiré un poco mejor, aunque la duda quedó instalada como un mueble más.

Cuento todo esto para que entiendan cómo llegamos al final.

Sucedió en abril del 96. Pocas semanas después del cumpleaños número cinco de Joaquín.

Esa tarde le habíamos hecho una pequeña matiné en casa. Carolina se ocupó de todo: la torta de chocolate, los sándwiches, las guirnaldas, la piñata. Yo apenas pude colaborar con la cerveza para los pocos padres que se quedaron. Estábamos a fondo con la obra de Pilar y no podía ausentarme. De los invitados del jardín nuevo de Joaquín solo me llamó la atención un padre que ya había estado en casa días atrás, ayudando a colgar globos junto a otra mamá del grupito.

Hago una aclaración necesaria.

El verano anterior habíamos ido al casamiento de Marisa, una amiga de Carolina en el que ella fue dama de honor. No tengo pruebas de que se hubiera acostado con alguien aquella noche, pero hubo miradas, una ausencia de cuarenta minutos y una sonrisa que no le había visto en años. La intuición es esa punzada fría que nace en el estómago y sube hasta los dientes. Desde ese día empecé a observarla otra vez con cuidado, como cuando éramos novios y todavía me preocupaba perderla.

Camilo.

Así se llamaba el padre que reconocí en la fiesta de Joaquín.

Era venezolano y vivía solo con Tomás, su hijo. Carolina me había contado que se había separado un par de años antes. En el barrio, en aquel entonces, un venezolano todavía era una novedad. Su acento dulce y sus modales le abrían puertas que a otros no. Era alto, ancho de hombros, con esa manera de pararse que ocupa la mitad del ambiente sin pedir permiso. Las madres del jardín lo orbitaban sin disimulo.

Lo que más me chocaba era cómo se las arreglaba para sostener todo. Era electricista, eso lo decía con orgullo, y aun así pagaba uno de los colegios privados más caros de la zona. En aquel barrio, en aquellos años, eso solo podía significar una cosa, o eso pensábamos los maridos celosos que veíamos fantasmas en cada esquina.

Algo raro tiene, me repetía sin terminar la frase.

—Qué desastre dejaron los chicos —le comenté a Carolina cuando se fueron los últimos invitados. Serpentinas, vasos, restos de torta, papelitos de colores reventados sobre el parqué.

—Ay, gordo, mañana lo limpio —suspiró ella, agotada—. Camilo me dijo que viene a darme una mano.

—¿En sábado? No debe tener mucho que hacer.

—Tiene libre. Dice que quiere ayudar.

—Tan servicial me parece sospechoso.

—Tal vez es así nada más. Es nuevo en el barrio, quiere caer bien. Mientras nos ayude, ¿qué te molesta?

—Nada —mentí, y le di la espalda.

***

El sábado tuve que ir a la obra. Pilar quedaba a sesenta kilómetros y volví recién pasadas las ocho de la noche. Apenas crucé la puerta vi la olla burbujeando, sentí el olor del ajo dorándose en aceite. Los chicos miraban dibujos en la sala junto al pequeño Tomás. No vi a Carolina ni a Camilo.

Subí al dormitorio sin hacer ruido. Lo encontré vacío y con la cama hecha un desastre, ropa de Carolina amontonada sobre las sábanas como si se hubiera cambiado a las apuradas. Me quedé mirando esa pila sin entender, buscando algo fuera de lugar.

Nada saltaba a la vista.

Volví a la planta baja y los descubrí en la cocina.

—¡Gordo! —dijo Carolina al verme, echando los fideos a la olla—. ¿Cuándo llegaste?

—Hola, amor —respondí mirando a Camilo, que estaba sentado en una silla con una cerveza en la mano—. Hola, ¿cómo va?

—Hola, Andrés. ¿Todo bien, hermano? —contestó él, demasiado tranquilo.

—Recién llego. No los vi antes, pensé que estaban arriba.

—¡Cómo se te ocurre! —rio ella, con una risa que sonó dos tonos más aguda de lo habitual.

—No, no, qué cosas piensas —se sumó él, mirándola de reojo.

—No, nada, decía nada más —balbuceé—. Como no los veía.

Me sentí ridículo. Ellos lo tomaron a broma. A mí no me hizo gracia.

—Estábamos en el jardín de atrás —dijo Carolina—. Te avisé ayer que venía Camilo a ayudar.

El jardín no se había usado durante el cumpleaños. No había nada que limpiar ahí.

Cenamos los cuatro. Camilo se fue cerca de las once. Cuando estuvimos solos, hice como que nada.

—Pensé que no les tomaría todo el día limpiar.

—Camilo nos invitó a comer afuera. Salimos un rato.

—Ah. Por eso la ropa tirada sobre la cama.

—Sí, ya la guardo. Estoy muerta.

Subió a acostar a los chicos. Yo crucé el jardín para dejar la ropa sucia de la obra en la lavandería del fondo. No vi nada raro, salvo dos copas usadas y una botella de vino por la mitad sobre la mesa de madera.

Preferí no pensar más.

***

El domingo salimos al parque con los chicos. El lunes, al volver del trabajo, pasé otra vez por el jardín. La botella seguía ahí, ahora vacía.

A partir de esa semana, Camilo empezó a aparecer todos los días. Lo descubrí por casualidad. Un jueves me agarró un cólico en la oficina y me volví antes. Desde la ventana del primer piso vi su camioneta estacionada frente a la puerta. Carolina me contó después que se había ofrecido a llevar a los chicos al colegio, que estaba pensando armarse una movilidad escolar y que mientras tanto ella lo acompañaba.

No dije nada. Sonar celoso me parecía la peor manera de empezar una pelea que ya tenía perdida. Y mientras los chicos estuvieran cerca, me repetía, no podía pasar nada.

La semana siguiente fue idéntica. Llegaba del trabajo y lo encontraba en casa, siempre con una excusa: el jardín, los chicos, una lámpara que se había quemado, una canilla que perdía. Nada terminaba de arreglarse. Él siempre seguía viniendo.

***

El sábado siguiente me tocó volver a la obra. Esa vez salí más temprano de lo habitual y decidí no llamar antes para avisar. No fue por sospecha, fue por desgano: pensé que sorprenderlos con la cena lista me iba a hacer bien.

A treinta metros de la puerta ya escuchaba el televisor a todo volumen. Pensé que era Sofía con el control remoto. Cuando entré, los tres chicos estaban hipnotizados frente a la pantalla. Ni se dieron vuelta cuando bajé el volumen.

—¿Por qué tanto griterío, Sofía? ¿Dónde está mamá?

—Papi… —dijo recién al notarme, y Tomás y Joaquín la imitaron—. Mamá está arriba, creo.

Subí a cambiarme. El dormitorio estaba vacío. Imaginé que estaría con Camilo en alguna parte, aunque me costaba creerlo. Mientras me cambiaba vi por la ventana la luz amarilla de la lavandería del fondo encendida. Con el televisor a todo volumen no había oído la lavadora, una de esas viejas que rugían como un avión despegando. Ahora el ruido me parecía obvio.

Bajé al jardín. La puerta de la lavandería estaba apenas entornada. A unos veinte metros, la luz cálida se filtraba dibujando un rectángulo amarillo sobre las baldosas. Me acerqué pensando que iba a encontrarla doblando ropa, peinándose el pelo mojado, lo que fuera.

La escena se me clavó como un cuchillo.

Carolina estaba de espaldas, apoyada contra el lavadero, los brazos extendidos sobre la pileta de cemento, la espalda arqueada. El vestido rosa y blanco que usaba siempre por casa se le amontonaba en la cintura. Sus caderas anchas, sus nalgas firmes, todo a la vista, todo moviéndose al ritmo de algo que yo no quería ver. El corpiño le colgaba de un brazo. Los pechos le rebotaban con cada empujón.

Detrás de ella, Camilo se movía con esa seguridad que tenía para todo. La luz apenas le dibujaba el torso. Lo único nítido en él eran las medias blancas, ridículas en medio de aquel cuerpo desnudo. Tenía los brazos tensos sosteniéndola por la cintura, guiándola, marcándole el ritmo. Cada embestida hacía que las nalgas de Carolina rebotaran como si las palmeara, y el sonido sordo de los cuerpos se mezclaba con el ronroneo de la lavadora.

En el piso, al lado de ellos, estaba tirado el colchón viejo que ella misma me había pedido bajar la semana anterior porque «ya no servía». Sobre el colchón había ropa amontonada. No era casualidad. No era la primera vez.

Mi cuerpo se congeló. El corazón me latía con violencia, en la garganta más que en el pecho. No vi detalles íntimos. Vi movimiento, vi el vestido arrugado, vi la ropa tirada, lo vi a él detrás. Vi a mi mujer entregada como nunca se había entregado conmigo.

Camilo inclinó la cabeza para besarla. Por suerte le giró la cara hacia el lado opuesto a la puerta. Aproveché para retroceder sin darme vuelta, mientras alcanzaba a ver los labios de ella, el cuello estirado, el contorno de los pechos apenas contenido por la tela arrugada. Cada imagen era un golpe nuevo.

Retrocedí hasta la sala. Me dejé caer en el sillón con el control en la mano. Los chicos seguían absortos en los dibujos, ajenos al mundo de placer y traición que se desarrollaba a veinte pasos de ellos. Pensé en la puerta entornada. Pensé en que cualquiera de los chicos podría haberse levantado a buscar un vaso de agua. Tuve ganas de romper algo, de gritar, de aullar.

Recordé que había bajado el volumen del televisor y que la puerta del fondo había quedado abierta. Me acerqué a cerrarla en silencio. Antes de hacerlo, miré una vez más. Vi solo las piernas estiradas sobre el colchón, las dos pares de piernas entrelazadas, el movimiento arriba y abajo que apenas se percibía por el marco de la puerta. Era Camilo el que estaba arriba. De eso no había duda.

Me sentí pequeño, expuesto, ridículo por no haberlo visto antes. Con el corazón en pedazos y la cabeza llena de imágenes que nunca iba a poder borrar.

Volví a la cocina y me senté. El nudo de la garganta no era solo rabia. Era pena. Era vergüenza. Era una repulsión hacia mí mismo que no sabía dónde poner. Pensé en ir a romperle la cara, no solo por esto sino por todo lo anterior, por el viaje a Bariloche, por el casamiento de Marisa, por Mauricio. Pero Camilo me sacaba una cabeza y veinte kilos. Una paliza encima de la humillación habría sido demasiado.

Me subí al auto y di vueltas por la cuadra, las manos rígidas sobre el volante, preguntándome cuánto tiempo llevaba todo aquello y cuántas veces más. No había duda de que era algo recurrente.

***

Cuando volví a casa eran casi las nueve y Camilo todavía no se había ido. La camioneta salió de la cochera quince minutos después.

Entré sin apurarme. Carolina estaba sentada en la cocina, con el mismo vestido arrugado, sin haberse cambiado. Me miró apenas un segundo y bajó la vista. Como si esperara que la enfrentara.

—Ni siquiera te cambiaste —dije sin levantar la voz.

Con eso bastó. Se levantó sin discutir y subió a la habitación.

—Ven, Carolina. Tenemos que hablar. Esto se terminó.

—Como quieras —contestó desde la escalera, sin volverse—. Mañana lo hablamos.

Sabiendo lo que sabía, me dolió no escuchar una disculpa. Ni una mentira improvisada. Subió, se acostó y se quedó muda. Yo dormí en el sillón sin fuerzas para discutir.

***

El domingo no quise alterar la rutina de los chicos. Todo iba a cambiar para ellos pronto, y al menos ese día merecía ser bonito. Carolina tenía la mirada perdida. O quizá estaba calculando qué decir. Por un momento se me cruzó la idea de perdonarla, pero su silencio me dejó claro que ya no había nada que salvar.

El lunes intenté hablar del divorcio. Hablé yo solo. Ella respondía con monosílabos. Después pasaron días sin dirigirnos la palabra, salvo lo justo por los chicos. Dos desconocidos compartiendo techo.

Hasta que una tarde, al llegar del trabajo, lo vi en mi sillón. Camilo conversaba con ella como si nada, con Tomás jugando en la alfombra junto a Sofía y Joaquín.

—Eh, Andrés, ¿qué tal? —dijo con ese tono amistoso, como si nunca hubiera pasado nada.

Por un instante me pregunté si lo hacía a propósito, si me estaba probando. O si de verdad no sabía que yo lo había visto todo.

—Hola, Camilo —contesté seco, dándole la mano como si me quemara—. ¿Qué te trae?

—Nada, vine a darle una mano a Carolina con unos enchufes. Y para que Tomás juegue con los chicos.

Asentí sin decir más, aunque por dentro me hervía la sangre. Cuando se fue, subí a la habitación. Carolina estaba doblando toallas.

—¿Otra vez ese tipo acá?

—¿Otra vez con eso, Andrés? Pensé que ya lo habías superado.

—¿Superado? ¡Me estás faltando el respeto en mi propia casa!

—Nos estamos separando, ¿no? —respondió con frialdad—. Tu casa, mi casa, ya no sé cuál es cuál. Si ni siquiera duermes acá.

No levantó la voz. Lo dijo desafiante, con ese gesto que ponía cuando sabía que tenía la última palabra. Sentí rabia, cansancio, una mezcla rara de ganas de llorar. No dije más. La dejé ahí, sabiendo que ya no había vuelta atrás.

***

Al día siguiente le puse punto final. Llamé a don Mariano, mi jefe, para avisarle que no iba a la obra. Siempre me pedía explicaciones, pero esa vez su tono cambió. «Está bien, hijo. ¿Estás bien tú?», me preguntó. No supe qué responderle.

Busqué un abogado por la oficina y llamé a mi hermano, que vivía en Belgrano, por si necesitaba que se llevara a los chicos un par de noches. Pasé dos días entre papeles, firmas y silencios. Carolina se negaba a firmar.

Nos habíamos casado con bienes compartidos. Para cerrar el capítulo le ofrecí dejarle la casa, los muebles, todo. Con eso aceptó. Los chicos quedaron con ella un tiempo. El colegio les quedaba cerca y yo necesitaba estabilizarme, aunque eso me llevó meses.

Meses y la llegada de alguien más. Conocí a la que después fue mi pareja a poco de mudarme. Joaquín y Sofía terminaron quedándose con su madre de manera definitiva.

Con los años entendí que el divorcio no fue una derrota. Fue la única forma de recuperar algo de dignidad. Dignidad, una palabra que con el tiempo me pareció más una ilusión que un logro.

Disculpen si este capítulo no es lo suficientemente morboso. No es fácil de contar. Lo intenté, lo voy a seguir intentando. Espero sus comentarios.

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Comentarios (5)

Roque_Lector

Tremendo final. No me lo esperaba para nada.

martina_lee

Por favor que haya continuacion, quede con ganas de saber que paso despues.

NocheLectora

Me recordo a algo que vivi hace años. Se me cerro el estomago igual que al protagonista. Muy bien escrito.

lector_bsas

¿Y los chicos llegaron a enterarse? Eso me quedo dando vueltas despues de terminar de leer.

LELO

excelente!!!

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