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Relatos Ardientes

Mi excompañero me reconoció vestida aquella noche

Apenas empezaba a explorar el travestismo, animada en buena parte por mi jefe, para quien llevaba meses vistiéndome de mujer. Aun así, pocas veces salíamos juntos vestida a lugares públicos. Esa noche decidimos tomarnos unas copas en un bar modesto de la colonia Juárez, de esos que frecuenta gente mayor y donde nadie levanta la vista de su mesa.

Al salir, mientras esperaba a que él trajera el coche, ocurrió lo que menos imaginaba. Rubén, acompañado de su esposa, reconoció mi cara casi de inmediato. Vi cómo se le abrían los ojos y cómo una media sonrisa se le formaba antes de ahogarla en la conversación con su mujer.

Por un segundo nuestras miradas se cruzaron del todo. Él bajó la suya enseguida, fingiendo buscar algo en el bolso de su esposa, pero yo alcancé a notar el rubor que le subía por el cuello. La acera olía a humedad y a cigarro apagado, y el frío de la noche me hizo cruzar los brazos sobre el abrigo. Entonces llegó el coche y subí sin volver a mirarlo.

Me quedé pensando si me habría reconocido de verdad o si simplemente le había gustado la nena que veía. La respuesta a esa duda llegó a la mañana siguiente, con un mensaje privado y una solicitud de amistad.

Rubén me había reconocido la noche anterior y me había buscado en la red social. Como seguíamos teniendo conocidos en común, supongo que no le costó nada dar conmigo. Junto a la solicitud, llegó el mensaje: «Hola, no sé si te acuerdes de mí. Soy Rubén, de la secu».

Respondí con amabilidad y acepté su solicitud. Nos pusimos al día, preguntamos por el trabajo, por la familia, esa charla protocolaria que se tiene con alguien a quien no ves en años. Hasta que se atrevió a escribir lo que de verdad quería saber.

—¿Te puedo preguntar algo?

—Claro, ¿qué pasa?

—Espero que no te lo tomes a mal. ¿Eres travesti? Anoche, te juro, vi a una travesti que se parecía muchísimo a ti.

Conque sí me había reconocido. Sentí los nervios subirme por el pecho. No sabía qué iba a pensar de mí ahora que lo sabía.

—Jaja, ¿dónde la viste? —contesté, midiéndolo.

—En la Juárez, saliendo de un bar.

—Sí, era yo.

—Pues déjame decirte que te veías hermosa. Pensé que eras mujer de verdad. Si hubiera ido solo, hasta te habría echado un piropo.

—Jaja, ¿ah, sí? ¿Y qué me habrías dicho?

—No sé, algo muy guarro.

Seguimos platicando por mensaje de mil cosas distintas hasta que se acercó la hora de cerrar el día y desconectarme. Al despedirme, me escribió: «Oye, pásame tu celular, ¿no? A ver si nos vemos esta semana, nos tomamos algo y platicamos más a gusto».

Para tantear sus intenciones, le respondí bromeando.

—¿Para qué quieres mi número? Si yo me acuerdo que en la secu decías que a ti no te gustaban los putos.

Su respuesta me dejó helada.

—No en público. En privado es otra cosa.

—Ya no te entendí. ¿Entonces quieres verme en público o en privado?

—En privado. ¿Qué tal hoy? Hay un hotel cerca de mi trabajo. Dime dónde paso por ti.

—¿De verdad? Pero no creo que quieras verme hoy, no traje ropa de nena.

—Qué lástima. Pues tú dime qué día te puedo ver vestida y ese día paso por ti.

Nos despedimos. Mi nena interior estaba excitadísima con la idea, pero una parte de mí todavía desconfiaba. Quería estar segura de que no era una broma, un capricho o un juego suyo. Porque así lo recordaba de la secundaria: Rubén siempre jugando al macho del salón, presumiendo de mujeres. Y haberlo visto con su esposa esa noche me hacía dudar todavía más de su interés por mí.

Pero como si me leyera el pensamiento, Rubén no aflojó en toda la semana. Me seguía pidiendo que nos viéramos, me pedía fotos, me preguntaba por mis experiencias. Yo le contestaba breve, y lo más que le conté fue de mi relación con mi jefe, sin entrar en detalles.

—Si hubiera ido solo la noche que te vi, te habría propuesto ir a coger, sin saber siquiera que eras tú.

—¿Y si después me reconocías?

—Igual te habría llevado. Hasta con más ganas, porque ya habría más confianza.

—Pero esa noche yo iba a coger con mi jefe.

—De todos modos habría intentado convencerte de que se la hiciéramos pendejo una vez. No creo que le importe que le seas infiel un poquito. Y menos a su edad.

Al final accedí. Pasó por mí como lo acordamos. Llevaba en la mochila una falda tableada azul marino, perfecta para la ocasión de reencontrarme con un viejo compañero, unas medias color piel, tanga y brasier negros, una blusa blanca de tirantes y unas botas altas de cierre, también negras. Algo de maquillaje, que ya había aprendido a manejar más o menos gracias a mi jefe, y una peluca de cabello negro, lacio y largo.

En el coche íbamos platicando de aquellos tiempos del colegio, como dos camaradas que se reencuentran después de tantos años. La charla fue de lo más amena, aunque, viéndolo en retrospectiva, chocaba muchísimo con la verdadera intención de la cita.

Sentirlo como el amigo varón de la secundaria me llenó de nervios cuando por fin llegamos al cuarto. Me sacudí el temblor como pude y, como un adolescente avergonzado, corrí al baño sin decir palabra.

Ahí me tomé mi tiempo para vestirme. Me miraba una y otra vez en el espejo y siempre encontraba algo que corregir. O, mejor dicho, ningún esfuerzo me bastaba para verme menos como un muchacho disfrazado. A la cuarta vez que Rubén golpeó la puerta para mostrarme su impaciencia, decidí salir tal cual estaba, me viera como me viera.

—Te ves muy guapa —me dijo, mientras me tomaba de la cintura y me llevaba al borde de la cama, donde nos sentamos.

El cuarto olía a desinfectante barato y la única luz venía de una lámpara junto a la cama. Sentí el colchón hundirse bajo los dos cuando me acomodó a su lado, y la cercanía de su cuerpo me puso la piel de gallina. Era extraño tenerlo tan cerca después de tantos años, recordándolo como el chico ruidoso del fondo del salón.

Me ofreció una cerveza que había pedido mientras esperaba. Me pareció buena idea bebérmela para aflojar los nervios. Debió notarme avergonzada, porque volvió a hablar del pasado, igual que en el coche. Mientras recordábamos los años de la secundaria, me frotaba las rodillas con un gesto lento, casi tranquilizador. Entonces empezó.

—¿Desde la secu ya te gustaba ser nena?

—Ya me atraía ese ambiente, pero todavía no me vestía.

—¿Tuviste algún encuentro con alguien en esos días? ¿Novio, algo así?

—¿Te acuerdas del maestro de inglés?

—¡¿Con él?!

Los dos nos reímos. Luego siguió.

—Y cuando nos «torteábamos», cuando nos arrimábamos por debajo del pupitre, ¿a ti te gustaba?

—Sí… La verdad es que lo disfrutaba muchísimo.

—¿Y había alguno que te gustara más? ¿El de Mario, el de Beto?

—No me vas a creer, pero el que más me gustaba era el tuyo.

Rubén se levantó del borde de la cama y empezó a quitarse el cinturón.

—Ya lo sabía. Desde entonces notaba cómo me pegabas las nalgas cuando te daba mis arrimones.

—Y tú bien que me la acercabas. La tuya era la que más me gustaba porque se ponía dura enseguida. En ese entonces soñaba con que algún día quisieras metérmela.

Mientras se lo decía, ya sin pena le bajé el pantalón y el bóxer. Tomé su verga con la mano y empecé a masturbarlo despacio mientras le daba besos en los huevos. Los besos se volvieron lengüetazos, y de los huevos mi lengua subió por todo el tronco hasta el glande.

—Ay, putita, ya me hacía falta esto. A mi esposa no le gusta mamarla.

—Pues a mí me encanta. Qué tonta es tu esposa, teniendo una verga tan rica para chupar y no lo hace. Pero no te preocupes: cuando quieras una mamada, nada más me dices.

Después de chupársela un buen rato, Rubén quiso recostarse, con la verga bien erecta, mientras yo me sentaba sobre él para irme ensartando poco a poco.

—Pinche viejo cabrón el de tu jefe, ya te tiene bien entrenada. A la primera te entró.

—Sí, ya me dejó bien abierta.

—Pero de todos modos aprietas bien rico, mamacita.

—¿Aprieto más que tu esposa?

—Mucho más. Y te mueves más rico que ella.

—¿Quién coge más rico, papi: tu vieja o tu puta, que soy yo?

—Tú. Para eso te busqué, para tenerte de puta, para usarte cada vez que quiera coger rico.

—Úsame, Rubén. Usa mi culo, que siempre fue tuyo. No me lo pidas, nomás tómalo, como cuando me la arrimabas en la escuela así, de sorpresa.

Me bajé de encima de él solo para acomodarme en cuatro al filo de la cama. De pie, acercó su verga a mi culo y volvió a abrirlo, sin esfuerzo. Bombeaba duro mientras me hablaba al oído.

—Así, putita… Pinche marica de nalgas fáciles. A ver qué le dices a tu jefe ahora que ya te hizo suya otro hombre.

Yo recibía cada embestida furiosa entre gemidos y le respondía sin aliento.

—Así, papacito, así, Rubencito, hazme tu puta… ¿Así de rico coges cuando estás con tu esposa?

—No, ella no me calienta como tú. Y además tú me la pones bien dura desde la secundaria.

Rubén terminó dentro de mí. Sacó la verga todavía erecta, se quitó el condón y se dejó caer en la cama. Yo me acosté a su lado, dándole la espalda, con la respiración entrecortada y el cuerpo deshecho.

En eso me surgió una duda. Volteé a verlo por encima del hombro y le pregunté:

—¿No me vas a besar?

—No, eso se me hace muy de putos —respondió.

Y mientras lo decía, deslizó la mano hasta mis nalgas y me metió el dedo medio en el culo recién cogido, un gesto que me arrancó un gemido largo que no supe contener.

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Comentarios (5)

NereaSur88

excelente!! me dejo sin palabras de verdad

Tere_nocturna

Por favor continua con esto, quede con muchas ganas de saber como siguio todo entre ellos dos

SombrasLectora

Me recordo una situacion que vivi hace tiempo, esa mezcla rara de nervios y emocion cuando alguien del pasado te ve distinta. Muy bien contado.

GabrielMex

Me gusto muchisimo como lo narraste, se siente autentico sin ser exagerado. Seguí escribiendo!

PattyBsAs

Y que le contestaste al mensaje??? jaja me quede con la intriga

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