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Relatos Ardientes

La aventura que empezó con un desayuno y una rosa roja

Llevábamos apenas dos meses viviendo en ese barrio cuando encontramos el restaurante. Un domingo sin plan fijo, buscando dónde desayunar con mi marido y los niños, pasamos frente a un local pequeño con manteles de cuadros azules y olor a café recién molido. Entramos casi por azar. Salimos con las barrigas llenas y con la intención de volver.

El domingo siguiente regresamos. Y el que siguió también.

En la segunda visita se acercó a presentarse. Se llamaba Andrés, era el dueño. Unos cuarenta y tantos años, moreno, de manos grandes y esa manera de hablar pausada que hace que uno le preste atención sin saber bien por qué. Ese día trajo a la mesa una cortesía —un platito de fruta y pan dulce que nadie había pedido— y nos dijo que le daba gusto ver que regresábamos.

Mi marido lo agradeció con su educación habitual. Los niños ni levantaron la vista del teléfono. Yo le dije que el café estaba muy bueno.

Andrés me sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario antes de excusarse.

Las semanas siguientes fui notando cosas. Cómo desde el fondo del salón sus ojos buscaban los míos justo cuando mi marido miraba hacia otro lado. Cómo siempre encontraba la manera de acercarse a conversar, aunque la conversación en realidad era para mí. El domingo que llegué con un vestido de tirantes porque hacía calor, él tardó en saludar a mi marido y me saludó a mí primero, como si no lo hubiera decidido así sino que le salió solo.

Cuando se despedía, lo hacía de beso en la mejilla. Siempre conmigo. A mi marido le extendía la mano.

Yo lo dejaba pasar sin darle nombre a lo que era. Me decía que cualquier mujer nota estas cosas, que así está hecho el mundo y que yo no era distinta de nadie. Pero la verdad, la que no me contaba en voz alta, es que los domingos me importaba lo que me ponía.

***

El jueves que lo cambió todo empezó como cualquier otro día libre. Mi marido estaba de viaje por trabajo. Los niños llegaban tarde del colegio. Adela, que viene a limpiar los miércoles, no iba ese día. La casa era mía desde las nueve de la mañana hasta las siete de la tarde.

Me bañé sin apuro, con agua caliente y sin mirar el reloj. Me sequé el cabello despacio. Me apliqué crema en las piernas, en los hombros, en el cuello, más tiempo del que la situación requería. Y cuando abrí el cajón de la ropa, encontré entre los papeles de la mesita de noche la tarjetita con el logo del restaurante —la cortesía que Andrés nos había dado el primer día— y algo en mi cabeza tomó una decisión antes de que yo le diera permiso.

Solo voy a ir a verlo. A distraerme un rato. Nada más.

Saqué la minifalda oscura, la que llega a mitad del muslo y hace que las piernas parezcan más largas de lo que son. Unos tacones negros de tacón bajo pero con presencia. Una blusa de gasa con tejido abierto que deja adivinar lo que hay debajo. Me detuve frente al cajón de la ropa interior más tiempo del que cualquier decisión inocente necesita. Al final elegí una tanga de encaje rojo que guardaba para ocasiones que nunca terminaban de llegar.

Me miré en el espejo del baño antes de salir. Di media vuelta. Me gusté.

Salí de la casa diciéndome que iba a desayunar. Solo eso.

***

Llegué al restaurante cerca de las once y cuarto. Un jueves entre semana, pocas mesas ocupadas, luz tranquila de mañana. Entré, miré hacia la barra, hacia la caja, hacia el fondo del salón. No lo vi. Me senté en una mesa junto a la ventana y esperé.

Pasaron diez minutos sin que nadie se acercara. El lugar seguía con su ritmo lento de día de trabajo. Empecé a pensar que había sido una idea estúpida, que quizás no trabajaba los jueves, que iba a tener que pedir el desayuno como cualquier persona normal y volverme a casa con los tacones y la tanga de encaje sin haber hecho nada de lo que no había planeado hacer.

Entonces apareció un mesero con una charola. Puso sobre la mesa exactamente lo que yo siempre pedía: los chilaquiles verdes, el café solo, el jugo de naranja natural. Al centro, con cuidado, colocó un florero delgado con una rosa roja.

Me quedé mirándola.

—De parte del señor Andrés —dijo el mesero, y se fue antes de que yo pudiera responder.

Estaba procesando eso cuando lo vi venir desde el fondo del local. Sin prisa, con las manos en los bolsillos, con esa manera de caminar que ocupa exactamente el espacio que necesita y no más. Se sentó frente a mí sin pedir permiso.

—Ah, eras tú —dijo.

—¿Cómo que «eras tú»? Llegó mi pedido antes de que yo lo hiciera.

—Te reconocí por las cámaras apenas cruzaste la puerta. Pero el mesero ya había salido con la charola y no lo alcancé a detener.

—¿Y la rosa?

Sonrió. Una sonrisa de alguien que tiene respuesta para todo y que sabe que eso irrita y al mismo tiempo no irrita del todo.

—Esa la mando cuando tengo la hipótesis confirmada.

—¿Qué hipótesis?

Se recostó un poco hacia atrás en la silla, cruzó los brazos con calma.

—Las mujeres que piden lo que tú pides siempre... me gustan mucho. Cuando veo ese pedido en la comanda, empiezo a hacer mis cálculos desde el cuarto de cámaras.

Lo miré fijo.

—Eso es lo más ridículo que he escuchado en mucho tiempo.

—Puede ser. Pero aquí estás.

Me comí el desayuno despacio. Hablamos de cosas sin importancia —cuánto tiempo llevaba en el barrio, si los niños ya se habían adaptado al colegio nuevo, cómo había empezado él con el restaurante— pero debajo de la conversación pasaba otra cosa completamente distinta y los dos lo sabíamos. En algún momento se acercó con el pretexto de escuchar algo que yo decía y puso la mano en mi rodilla, apenas rozándola con los dedos.

Luego se inclinó hacia mi oído y dijo, casi sin voz:

—¿Puedo contarte algo?

—Depende —contesté, y me alegré de que mi voz sonara más tranquila de lo que yo estaba.

—Tengo un cuarto de control arriba. Con cámaras de todo el local. Desde allí hago mis hipótesis.

Retiró la mano despacio. La palma entera, bien apoyada, deslizándose desde la rodilla hasta la parte alta del muslo antes de soltarla. Sentí el calor subirme hasta el cuello. Sentí otras cosas también.

—No creo que exista ningún cuarto de cámaras —dije.

Se levantó. Me tendió la mano.

—Ven.

***

Subimos por una escalera estrecha detrás del baño de mujeres. Cruzamos un pasillo con cajas de refrescos apiladas hasta el techo y llegamos a una puerta sin letrero ni número. Adentro había una sala pequeña y fresca, con una silla giratoria y una mesa con cuatro monitores divididos en cuadrantes. Se veía la entrada del restaurante, la caja, la barra, la terraza de afuera.

—Ahí está tu mesa —dijo, señalando una de las pantallas.

Vi la mesa junto a la ventana. El florero. La taza vacía.

Oí el clic de la puerta cerrándose a mis espaldas.

Antes de que pudiera girarme sentí sus manos en mi cintura, firmes pero sin apuro, y su boca en el costado del cuello. Un beso largo y lento, con los labios abiertos, que fue bajando despacio hacia la clavícula. Con una mano buscó el cierre del sostén por debajo de la blusa y lo soltó en un solo movimiento.

Me giré y lo besé yo primero. Sus manos bajaron a mis caderas, luego a mis nalgas, apretando sin disimulo. Se tomó tiempo con mis pechos, la boca y las manos trabajando juntos sin prisa, y yo tuve que apoyarme en el filo de la mesa porque las piernas de pronto funcionaban con menos certeza que antes.

Cuando se arrodilló frente a mí, me abrió las piernas con una presión suave en el interior del muslo. Corrió la tanga a un lado con dos dedos. Lo que hizo a continuación no tenía nada de torpe ni de apresurado. Leyó las reacciones de mi cuerpo con atención, ajustó el ritmo, encontró el punto exacto y no lo soltó. Yo me apoyé en sus hombros con ambas manos y me dejé ir.

Me quedé quieta unos segundos, respirando.

—Todavía no has pagado el desayuno del todo —dijo desde abajo, mirándome.

Se levantó, me cargó por las caderas con facilidad y me recostó en un sofá de cuero oscuro que había en el rincón. Me sacó la tanga entera. La dobló con una calma que me pareció un poco provocadora, y la colgó de su muñeca derecha como si fuera un reloj.

Se bajó el pantalón lo necesario. Se puso encima sin apuro, buscó el ángulo correcto, y entró despacio.

El ritmo que llevó era calculado. Rápido el tiempo suficiente para hacerme perder el hilo, luego lento hasta volverme loca, luego rápido otra vez. Pasaban los minutos y yo estaba todo el tiempo al borde sin terminar de caer. Supe enseguida que era deliberado, que sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Cuando yo ya no podía más, bajó de nuevo. Con la boca terminó lo que había comenzado, y el orgasmo llegó desde los pies y tardó en irse.

Me quedé tumbada en el sofá mirando el techo durante un buen rato. El zumbido de las pantallas era el único sonido en la habitación.

—Mi tanga —dije al fin.

Levantó la muñeca con una sonrisa. La tanga de encaje rojo seguía colgando ahí, como un trofeo pequeño.

—Este era el pago del desayuno de hoy.

—Sale bastante caro el desayuno aquí.

—Incluye todos los jueves.

Me incorporé. Me acomodé la blusa, me ajusté la minifalda, encontré los tacones que habían terminado a un lado del sofá en algún momento que no había notado. Me miré en el reflejo oscuro de uno de los monitores apagados.

—Ya veremos —dije.

Pero mientras bajaba las escaleras y cruzaba el salón hacia la salida, con las mejillas todavía calientes y la minifalda sin nada debajo, ya sabía perfectamente lo que iba a hacer el jueves siguiente.

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Comentarios (1)

CaroNocturna

buenisimo!!! de los mejores que lei ultimamente

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