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Relatos Ardientes

La tarde del partido que ella nunca contó

Roberto y Mateo salieron a las cinco menos cuarto, discutiendo en el pasillo si Griezmann seguía siendo titular o si el entrenador lo reservaría para la segunda parte. Roberto llevaba la bufanda rojiblanca al cuello y la entrada impresa en el bolsillo interior de la chaqueta; Mateo iba con la camiseta del Atlético de la temporada pasada, la que tenía una mancha de refresco en el hombro que nadie había logrado quitar del todo. Valeria los despidió desde la puerta de la cocina, con una taza tibia entre las palmas y una sonrisa que no significaba lo que ellos creían.

—Volveremos sobre las diez y media, once como mucho —dijo Roberto mientras buscaba las llaves en el cuenco de la entrada—. Si ganamos, igual salimos un rato a tomar algo por ahí.

—Y si perdemos, antes —añadió Mateo, ya en el rellano.

—Idos, que llegáis justos —dijo Valeria.

Los oyó bajar las escaleras. El portal cerró con un golpe sordo. Ella esperó veinte segundos sin moverse, con la taza en la mano y la cabeza ligeramente inclinada hacia la ventana. Luego fue hasta el salón, se asomó al cristal y comprobó que el coche doblaba la esquina al final de la calle. Solo entonces fue a por el teléfono.

El mensaje a Diego era corto: «Ven ahora. Trae lubricante. Tienes hora y media.»

Mientras esperaba respuesta, fue al baño. Se duchó despacio, con el agua muy caliente, dejando que el vapor llenara el espejo hasta borrarlo por completo. Se lavó el pelo con calma, sin apresurarse. Luego se perfumó el cuello y las muñecas con el frasco oscuro del cajón de abajo, el que Roberto nunca abría porque creía que era un perfume viejo que ya no usaba. Encontró la bata de satén granate en el perchero detrás de la puerta, la que había comprado en una tienda del centro sin decírselo a nadie, y se la ató a la cintura sin apretarla demasiado.

Se miró un momento en el espejo del dormitorio. Cuarenta y cuatro años. El mismo cuerpo de siempre, aunque algo más pesado en las caderas y algo más redondo en el pecho que a los treinta y cinco. Hacía tiempo que había dejado de ver eso como un problema. Diego desde luego no lo veía así.

La respuesta llegó a los cuarenta segundos: «Voy».

***

Llegó a las seis y siete. Siempre llegaba un poco tarde aunque viviera a diez minutos, como si necesitara ese margen final para terminar de decidirse. Tocó el timbre con dos golpes cortos, la señal que habían acordado hacía meses sin que nadie la propusiera formalmente: simplemente había empezado a hacerlo así y los dos lo aceptaron sin comentarlo.

Valeria abrió la puerta. Él la miró sin decir nada. Tenía el bote de lubricante marcándole el bolsillo del abrigo. Diego tenía treinta y un años, pelo oscuro, la mandíbula de alguien que aprieta los dientes más de lo que debería. Nunca le decía que estaba increíble. Nunca decía nada de eso. Solo la miraba, con esa expresión entre seria y tensa que le hacía a Valeria lo que Roberto no era capaz de hacerle desde hacía mucho tiempo.

—Entra —dijo ella, haciéndose a un lado.

Él pasó. Ella cerró la puerta, corrió el cerrojo y fue al salón a subir el volumen del televisor. El partido ya estaba en marcha: el Metropolitano llenaba el salón a través de los altavoces, los comentaristas encadenando frases sin terminarlas, el estadio rugiendo con cada jugada. Perfecto. El ruido lo cubriría todo.

—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Diego desde el pasillo.

—Lo suficiente para lo que quiero hacer.

Valeria se giró. Desató la bata y la dejó caer al suelo sin apartar los ojos de él. Diego se quedó quieto. Ese momento concreto, el de verle mirándola así, completamente quieto, valía tanto como todo lo que venía después.

—Aquí en el pasillo —dijo—. Quítate todo antes de que te deje pasar.

Diego obedeció. Se quitó el abrigo, la camiseta, los vaqueros, la ropa interior. Valeria lo observó con los brazos cruzados y las caderas ligeramente echadas hacia atrás, sin prisa. Cuando él terminó, lo miró de arriba abajo una vez, despacio.

—Ahora sí. Sígueme.

***

En la cocina la luz de los focos era más fría y más directa. Valeria se apoyó en el filo de la encimera de granito gris, de espaldas a Diego, y extendió una mano sin girarse.

—El bote.

Él lo recogió del bolsillo del abrigo que había dejado tirado en el pasillo y se lo pasó. Ella lo dejó al lado del fregadero sin abrirlo todavía.

—Primero la lengua —dijo, inclinándose hacia adelante con los antebrazos apoyados en el granito—. Empieza por donde tú sabes. Y no te apresures.

Diego se arrodilló detrás de ella sin decir nada. Conocía su cuerpo desde hacía casi dos años, desde una noche en casa de una amiga común donde habían acabado solos en la cocina, igual que ahora, aunque aquella vez nadie lo había planeado. Empezó por los muslos internos, lengua plana subiendo muy despacio. Valeria apoyó la frente en los antebrazos cruzados y cerró los ojos. El Metropolitano rugía desde el salón. Un comentarista gritó algo sobre un disparo que se había ido al poste.

Diego subió y trabajó allí un rato. Valeria respiró más hondo, los dedos apretando el borde frío de la encimera. Luego él subió hacia el ano, rodeándolo con la punta de la lengua en círculos amplios antes de presionar suavemente.

—Más adentro —dijo ella en voz baja.

Él obedeció. Valeria dejó escapar un sonido corto y deliberado que el volumen del partido se encargó de enterrar. Diego trabajó allí con la misma paciencia de siempre, sin apresurarse, sin cambiar el ritmo cuando ella empujó las caderas hacia atrás.

—Sí —dijo—. Así.

El orgasmo llegó antes de lo que ella esperaba. Empezó en la espalda, bajó en espiral, hizo que las rodillas amenazaran con ceder sin que el cuerpo se moviera apenas. Valeria exhaló despacio y se quedó quieta unos segundos con los ojos cerrados y la frente todavía apoyada en los brazos.

—Ahora los dedos —dijo cuando recuperó la respiración—. Tres, con lubricante. Despacio.

Diego se puso de pie y abrió el bote. El primer dedo entró sin resistencia. El segundo necesitó un momento, y Valeria arqueó la espalda para recibirlo mejor, adaptándose a la presión. Cuando llegó el tercero notó el ardor ensancharse y clavó los antebrazos en el granito.

—No pares. Muévelos.

Él los movió dentro y fuera, girándolos, abriendo el anillo poco a poco. El lubricante hacía un sonido húmedo y obsceno que ella encontraba satisfactorio de una manera que no podía explicar del todo. Después de unos minutos, levantó la cabeza.

—Ya. Quiero la polla.

***

Diego alineó la cabeza contra el ano lubricado y empujó despacio. Valeria sintió cómo se abría centímetro a centímetro, esa combinación de ardor y plenitud que no se parecía a ninguna otra cosa. Cuando Diego llegó al fondo, los muslos de él chocaron contra sus nalgas y los dos se quedaron quietos un momento. En el salón, el comentarista subió la voz: «¡Goooool del Atlético! ¡Griezmann desde fuera del área!». El estadio explotó.

—¿Bien? —preguntó Diego.

—Muy bien —dijo ella—. Ahora muévete.

Empezó despacio, con salidas largas y entradas completas. Valeria marcó el ritmo con las caderas, inclinándose más, cambiando el ángulo hasta que encontró el que quería. Luego metió una mano entre las piernas y se tocó, los dedos trabajando rápido mientras Diego empujaba por detrás.

—Más fuerte.

Él aceleró. La carne chocaba con un sonido sordo y regular que se perdía entre el rugido del estadio. Valeria se corrió una segunda vez, el ano apretándose en pulsos repetidos mientras Diego seguía empujando sin detenerse.

—No pares —dijo—. Todavía no.

Siguieron así otro rato. Luego ella levantó el cuerpo de la encimera.

—Quiero cambiar.

Se giró y se sentó en el borde de la encimera, las piernas abiertas, los tobillos apoyados sobre los hombros de Diego cuando él se acercó de nuevo. Entró otra vez. Desde esta postura Valeria podía verle la cara: ver cómo apretaba la mandíbula con cada embestida, cómo contenía el aliento para no llegar demasiado pronto, cómo las venas del cuello se marcaban ligeramente.

Le gustaba verlo así. Le gustaba saber que ella era la causa de eso.

—Mírame —dijo.

Diego la miró.

—Así. Sin apartar los ojos.

Siguieron. Las tetas de Valeria se movían con cada golpe. Ella se tocó de nuevo hasta sentir el tercer orgasmo acumularse, lento al principio y luego inevitable. Diego respiraba con cada vez más dificultad.

—Quiero sentirlo dentro —dijo Valeria—. Sin sacar.

—Estoy a punto.

—Lo sé. Espera un segundo.

Lo hizo esperar. Diez segundos, quizá doce. Luego:

—Ahora.

Se corrieron juntos: ella con el ano apretándose en pulsos cortos y profundos, él vaciándose con la cabeza caída hacia adelante y un sonido que le salió de la garganta sin que pudiera controlarlo. Se quedaron unidos unos instantes, jadeando, sin hablar.

***

Diego se separó con cuidado. Valeria se bajó de la encimera despacio, sintiendo el calor que le corría por el interior del muslo. Fue al baño del pasillo, se limpió, se cambió la bata por el pijama que tenía guardado detrás de la puerta. Cuando volvió a la cocina, Diego ya estaba a medias de vestirse.

—¿Quieres agua? —preguntó Valeria.

—No, tengo que irme.

—Sí. Mejor.

Él terminó de abrocharse los vaqueros, recogió el bote de lubricante del borde del fregadero y lo guardó en el bolsillo del abrigo. Valeria lo acompañó hasta la puerta descalza, sin apresurarse.

—El martes de la semana que viene —dijo cuando llegaron al pasillo—. Roberto tiene cena de empresa hasta tarde y Mateo se queda a dormir en casa de un amigo. Tenemos toda la noche.

Diego se detuvo un instante con la mano ya en el pomo.

—¿Toda la noche? —repitió, como si quisiera asegurarse de haber oído bien.

—Toda la noche —confirmó Valeria.

Él asintió. Salió al rellano. Ella cerró la puerta con un clic suave y se quedó un momento apoyada en la madera, en el pasillo en silencio, escuchando sus pasos bajar la escalera.

***

Roberto y Mateo llegaron a las diez y veinte. Oyó sus voces en la escalera antes de que abrieran: discutían si el segundo gol había sido mejor que el primero o si los dos tenían el mismo mérito técnico. Valeria estaba en el sofá con una copa de vino blanco, los pies recogidos bajo el cuerpo, el televisor puesto en un canal de documentales sobre naturaleza.

—¡Ganamos dos a uno! —anunció Mateo nada más cruzar la puerta—. El segundo fue increíble, mamá, Griezmann la clavó desde fuera del área sin mirar...

—Lo escuché —dijo Valeria—. Estaba puesto de fondo.

—¿Cenaste algo? —preguntó Roberto, dejando las llaves en el cuenco de la entrada.

—Sí, me hice algo. Hay pasta de ayer en el frigorífico si queréis.

Roberto fue a la cocina. Valeria escuchó el sonido del microondas, el golpe del cajón de los cubiertos, el grifo abierto un momento. Todo normal. Todo exactamente igual que cualquier otro domingo por la noche.

Mateo se dejó caer en el sillón con el teléfono y empezó a escribir mensajes a sus amigos. Roberto volvió con el plato y se sentó a su lado en el sofá.

—¿Qué ves? —preguntó, mirando la pantalla.

—Nada, lo que había. Cambia si quieres.

Roberto buscó el mando y empezó a pasar canales. Valeria apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos un momento.

El martes, pensó.

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Comentarios (1)

NachoBsAs

Buenisimo!!! se me hizo corto, quede con ganas de mas

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