La obrera del parque me ofreció más que un cigarro
Hace un mes se me ocurrió salir a trotar al parque que está cerca de casa. Era viernes, el aire olía a pasto recién cortado y a aceite de motor. Me puse un top deportivo negro, unos leggins grises bien ajustados y mis zapatillas más viejas. Llevaba meses encerrada en una rutina que me estaba vaciando por dentro, y cualquier excusa para salir servía.
Di dos vueltas completas alrededor del lago artificial. A la tercera me senté en una banca del área de descanso, justo enfrente de una obra a medio terminar. No sabía que ese rincón era el punto de reunión de los obreros que salían del turno de la tarde. Cuando levanté la vista para tomar agua, ya tenía encima las miradas de media docena de hombres.
Me sentí observada de una forma rara. Como si mi cuerpo fuera un objeto colocado ahí para ser estudiado. Nunca había sentido algo así y, lejos de molestarme, me gustó. Me gustó más de lo que estaba dispuesta a admitir esa misma noche frente al espejo del baño.
Entre los obreros había una mujer. La vi antes incluso de que ella me viera a mí. Alta, de pelo negro cortísimo, brazos llenos de tatuajes que se le marcaban contra una camisa demasiado pegada. Tenía una voz ronca que se imponía sobre las del resto.
—¡Mamita, qué rico te mueves! —gritó hacia donde estaba yo.
Sus compañeros se rieron y le hicieron coro con frases que no quiero repetir. Yo me quedé sentada, fingiendo mirar el lago, mientras la veía caminar de un lado a otro entre los bultos de cemento. Cada vez que giraba la cabeza, nuestros ojos se cruzaban un segundo de más.
Al cuarto cruce de miradas, ella decidió moverse. Se levantó del cajón de herramientas en el que estaba apoyada, se acomodó el short rojo que se le clavaba en las caderas, y caminó hacia mí entre los silbidos de su cuadrilla.
—¿Querés un cigarro? —preguntó.
Saqué uno del paquete sin dejar de mirarla.
—¿Me lo vas a encender o te vas a quedar ahí parada?
Sonrió. Le brilló algo en los ojos color café que me hizo apretar las rodillas. Sacó un encendedor del bolsillo, se inclinó muy cerca de mi cara y me prendió el cigarro con una calma que no parecía casual.
Se llamaba Renata. Treinta y ocho años, soltera, trabajaba en la obra de día y hacía guardias de sereno por la noche. Yo le dije que me llamaba Lucía, treinta y dos, casada, sin hijos. Me corrigió la postura cuando vio cómo me estaba inclinando hacia ella sin darme cuenta.
—Te recargás más derecha, mami, que se te ve mejor —dijo riéndose.
Hablamos veinte minutos. No paraba de hacer chistes que no eran ni inteligentes ni elegantes, pero me hicieron reír como hacía meses no me reía. Antes de irme, me pidió el número con una naturalidad que no me dio tiempo de decir que no.
Lo guardo y ya, pensé. No voy a contestarle nada.
Me empezó a escribir esa misma noche. Buenos días al despertar, buenas noches antes de dormir, ocurrencias en medio de la tarde que me sacaban una sonrisa boba delante de mi marido sin que él notara nada.
—Desperté con poca ropa y pensando en vos —me escribió un martes.
—Decime qué se te antoja hacer conmigo ahora mismo —escribió un viernes.
Yo le respondía con bromas, le pedía que se calmara, le decía que estaba casada. Ella se reía por mensaje y me citaba los sábados. Yo le decía que no. Cinco sábados seguidos le dije que no.
El sexto sábado me invitó a una fiesta de barrio. Estuve a punto de bloquearle el número. Tenía el dedo encima del botón cuando me acordé del perfume desconocido en la camisa de Javier la semana anterior, y de aquella vez que volvió a las cinco de la mañana diciendo que se había quedado «pescando con los muchachos».
Le contesté que sí.
***
Me vestí como si fuera otra persona. Una minifalda negra ajustada, un top corto de cuero que dejaba ver el abdomen, una tanga de encaje del mismo color y unas sandalias de tiras con tacón alto. Me planché el pelo, me puse aretes largos y un reloj fino. Cuando me miré en el espejo del cuarto, no me reconocí. Era exactamente lo que quería.
Le dejé una nota a Javier al pie de la cama. Le dije que me iba a festejar el cumpleaños de Paola y que no me esperara despierto. Él estaba afuera con sus amigos, supuestamente de pesca, así que iba a tardar en leerla.
El taxi me dejó en la plaza veinte minutos tarde. Renata estaba ahí, caminando de un lado a otro, mirando el reloj. Pasé a un metro de ella y no me reconoció. La toqué en el hombro.
—Hola —le dije.
Me miró de arriba abajo y se le aflojó la mandíbula.
—Madre mía, Lucía. Estás para parar el tráfico.
Me di una vuelta lenta para que me mirara entera.
—¿Se me ve bien?
—Se te ve muy peligroso.
Ella llevaba zapatillas deportivas, un pantalón de mezclilla desgastado que se le ceñía a las piernas y una remera blanca suelta sin nada debajo. Estaba a la moda urbana, distinta a la versión de obrera del parque, pero con el mismo brillo en los ojos. Me tomó de la mano y me guió hacia otro taxi.
La fiesta era en una casa pequeña de barrio adornada con guirnaldas y banderines. La música sonaba a todo lo que daba, había vecinos bailando en el patio, parejas pegadas contra las paredes y olor a empanadas en el aire. Era la primera vez en mi vida que entraba a una fiesta así, agarrada de la mano de una mujer, y atraíamos las miradas de todo el mundo.
Un amigo de Renata se acercó con una jarra de vidrio llena de cola de mono helada. Renata le pegó un trago largo y me acercó la jarra a los labios. Yo bebí también, sintiendo cómo me miraban un par de chicas desde el rincón.
Bailamos. Comimos. En un momento me llegó al oído, entre risas, el rumor de que entre nosotras había «algo». Nada formal, pero algo. Y a mí me encantó que lo dijeran.
Cerca de las dos de la mañana, esperando el taxi sentadas en la banca de la plaza, me recosté contra su hombro. Renata me pasó el brazo por la espalda y empezó a acariciarme el pelo. La distancia entre nosotras se disolvió en un segundo. Levanté la cara, ella bajó la suya, y nos besamos.
No fue un beso suave. Fue uno largo, hambriento, de los que duelen un poco. Cuando llegó el taxi, no nos habíamos soltado.
***
Me llevó a la obra. Esperó unos minutos hablando con el sereno que le hacía suplente, le pagó otro taxi para mandarlo a su casa, y abrió la puerta del portón de chapa.
Adentro había escombros, varillas torcidas, montañas de arena y ripio. Caminamos esquivando todo eso hasta un cuartito al fondo. Una mesa, dos sillas, un catre, un refrigerador chico, un sillón viejo y una lámpara que apenas alumbraba. Eso era todo.
Renata cerró la puerta de un golpe y me empujó contra la pared. Nuestros labios chocaron con una necesidad que me dejó sin aire. Sus manos bajaron a mis caderas y me pegaron contra ella como si quisiera meterme dentro de su cuerpo.
Le agarré la espalda por debajo de la remera. Tenía la piel caliente y los músculos marcados. Me sacó el top de un tirón y me mordió un pezón antes de que terminara de respirar. Yo le saqué la remera y me quedé un segundo mirando los tatuajes que le subían desde las costillas.
Me alzó del piso con una facilidad que no me esperaba. Rodeé su cintura con las piernas. El cuarto desapareció, la obra desapareció, la fiesta y mi marido y el barrio entero desaparecieron. Solo existía ella respirando contra mi cuello.
Me dejó sobre el catre, encima de una pila de costales. Me quedé boca arriba mientras me terminaba de desvestir. Quedé solo con la tanga, mínima, que apenas cubría nada. Ella se sacó el pantalón y las zapatillas, y se quedó con un bóxer ajustado. Y había un bulto debajo. Un bulto inconfundible.
Me miró abrir las piernas como si no creyera que era real. Después se me tiró encima.
Sentí sus pechos chocando contra los míos. Sentí el bulto frotándose contra mi tanga mojada. Su lengua me recorrió el cuello despacio, mordiéndome el pulso, mientras yo solo atinaba a morderme los labios. Después me lamió los pezones uno por uno, sin apuro, como si tuviera toda la noche.
Tenía toda la noche.
Me deslizó la tanga por las piernas con una lentitud que me hizo arquear la espalda antes de que llegara a mi rodilla. Me abrió las piernas con las dos manos y bajó la cabeza. La primera pasada de su lengua me hizo soltar un sonido que no reconocí como propio.
—Seguí —le pedí—. Por favor, seguí.
Renata metía la lengua bien adentro, después subía a chuparme despacio, después volvía a bajar. Me mordía los labios de abajo, me los estiraba, me clavaba las uñas en los muslos. Era tan intenso que no podía dejar de temblar. Le agarré la cabeza con las dos manos para que no parara.
Metió dos dedos. Lento. Firme. El ritmo justo. Acabé en menos de un minuto, gritándole algo que no sé qué fue, con el cuerpo entero temblando contra su boca. Ella siguió lamiendo hasta la última contracción.
Después me senté en el catre, agitada, sin poder hablar. Lo único que quería era ver qué tenía debajo del bóxer. Le bajé la prenda con los dedos. Y ahí estaba. No era de carne, claro, pero el dildo que llevaba puesto en el arnés era grueso y bastante largo, fácil unos dieciocho centímetros, con una base que se le pegaba al pubis.
Volví a tumbarme y abrí las piernas. Renata se acomodó entre ellas, agarró el dildo con una mano y lo apoyó contra mi entrada. La primera presión me cortó la respiración. La segunda me hizo cerrar los ojos.
—Tranquila —me susurró—. Te voy a dar tiempo.
Empujó despacio, milímetro a milímetro. Era grueso, mucho más de lo que yo estaba acostumbrada. Cuando por fin me terminó de abrir y sentí su pubis contra el mío, fue como caerse al vacío. Subí las piernas y le rodeé la cintura.
—Más fuerte —pedí.
Renata empezó a moverse en serio. El catre crujía con cada estocada, golpeaba contra la pared, hacía ruidos que afuera, en la obra a oscuras, no escuchaba nadie. Solo nosotras. Solo eso.
Me agarré a su cuello. Me besó mientras seguía dándome. Me decía mi nombre contra los labios.
—Sos mía, Lucía.
—Soy tuya. Toda tuya.
El segundo orgasmo me llegó arrastrándola a ella. Se desplomó encima de mí, transpirada, con el pelo pegado a la frente. Estuvimos un minuto sin movernos, escuchándonos respirar.
Ella se sentó sobre el borde del catre y se acostó hacia atrás. Había un espejo viejo apoyado en la pared, justo enfrente. Me agarró de la mano.
—Subite —dijo.
Me senté encima. Sentí cómo el dildo me llenaba otra vez. Levanté la vista y vi nuestro reflejo en el espejo. La imagen me golpeó más que cualquier otra cosa esa noche. Mi cuerpo desnudo encima del de ella, mis caderas subiendo y bajando, sus manos en mi cintura impulsándome como un pistón.
Me agarré los pechos. Renata me clavó los dedos en la cintura y me marcó el ritmo. Más rápido. Más fuerte.
—Gemí, Lucía. Gemí que acá no te escucha nadie más que yo.
Y gemí. Gemí como nunca me había escuchado a mí misma. El tercer orgasmo me cayó encima sin aviso, me dejó desplomada sobre su pecho, sudada, agitada, con el corazón saltándome contra las costillas. Le besé los hombros, el cuello, la boca. Ella me devolvió cada beso despacio.
—Sos impresionante, Lucía.
—Vos también, mi amor.
Cuando me levanté, le había empapado todo el arnés y los muslos. Mis flujos le bajaban por la entrepierna.
—Nunca me lo había pasado tan bien —le confesé.
—Yo con nadie. Ni con la mujer con la que viví ocho años —me respondió.
Se quitó el arnés con cuidado. Nos acomodamos sobre las tarimas, nos cubrimos con unas cobijas viejas y rotas, y yo apoyé la cabeza en su hombro. Sus brazos tatuados me rodearon entera.
Ya empezaba a clarear afuera. Me pesaban los párpados y el cuerpo entero. Me dormí sabiendo que estaba exactamente donde tenía que estar esa noche.
Entre los brazos de Renata, en el catre de una obra, lejos del hombre que llevaba dos años engañándome sin saber que ahora la que engañaba era yo.