La confesión de mi compañera antes de su boda
Lorena y yo trabajábamos en una distribuidora de productos químicos, los dos en el área comercial. Aquella mañana de junio salimos juntos a visitar a un cliente que el jefe había decidido traspasar de mi cartera a la suya. La idea era presentarla como nueva responsable de la cuenta, despedirme con elegancia y pasarle el testigo sin sobresaltos.
Ella y yo nos llevábamos bien. Más que bien, diría. Cuando entró en la empresa hacía dos años, yo me encargué de su formación, y desde entonces compartíamos almuerzos, viajes cortos y bromas que rozaban siempre algún límite invisible.
Lorena iba espectacularmente vestida esa mañana, con esa intención calculada de quien sabe que va a representar a la empresa. No había nada vulgar en ella: un vestido azul marino que le cubría hasta justo encima de las rodillas, con cierto vuelo en la falda, y un escote discreto que de todas formas obligaba a los ojos a detenerse un segundo de más. Llevaba el pelo recogido y unos pendientes pequeños que le hacían parecer aún más joven de los veintiocho años que tenía.
No hay forma elegante de decirlo: era guapísima. Pechos grandes y firmes, una cintura marcada y un trasero rotundo que cuando caminaba imantaba la mirada de cualquiera que se cruzara con ella. Lo sabía y lo manejaba con naturalidad, sin presumir.
Estaba comprometida. De hecho, se casaba en un mes con Mateo, su novio desde los dieciocho. Eso no impedía que medio departamento le hubiera tirado la caña en algún momento, yo incluido en una cena de empresa con dos copas de más. Pero ella siempre sonreía, dejaba pasar el comentario y devolvía la conversación a un terreno seguro. No se ofendía nunca. Le divertía coquetear y sabía exactamente hasta dónde llegar.
Yo tengo cuarenta y cinco años, llevo casado dieciocho y, sin presumir de nada, sé que aún gusto. Me cuido, hago deporte, soy razonablemente simpático. Mi matrimonio es bueno, pero alguna vez, en algún viaje, en alguna circunstancia, me he dejado llevar. No es algo de lo que me enorgullezca, pero tampoco algo que me destruya por dentro.
Íbamos por la autovía, con el aire acondicionado bajito y la radio puesta en un dial de música ambiental. La noté distinta. Callada, mirando por la ventanilla más de la cuenta.
—¿Te pasa algo, Lorena? Te veo apagada —dije, sin apartar los ojos de la carretera.
—No, Andrés, tranquilo. No es nada.
—Va, sabes que conmigo puedes contar. Si no quieres contar nada, lo respeto, pero algo te pasa.
Se mordió el labio. Tardó un par de kilómetros en hablar.
—Es que me caso en un mes. Está todo preparado. Y…
—¿Y?
—Bueno, que me han entrado dudas. Ya está, lo he dicho. Pero, por favor, no se lo cuentes a nadie, ¿eh?
—Joder. ¿Y eso? A ver, tampoco te angusties demasiado, es bastante normal. Es un paso enorme. ¿Cuánto lleváis juntos? ¿Diez años?
—Diez justos. Desde que cumplí los dieciocho.
—Entonces os conocéis al milímetro. Habréis tenido de todo: días buenos, días malos, discusiones, reconciliaciones. Es normal que ahora, con la fecha encima, te dé un bajón. Pero no son dudas, créeme. Son nervios disfrazados.
—¿Tú crees? Es que le doy vueltas precisamente a eso, a llevar tanto tiempo solo con él, no sé.
—Eso es algo bueno, ¿no?
—Pues no lo tengo claro.
—¿A qué te refieres?
Bajó la voz, como si alguien más pudiera oírnos dentro del coche.
—Que llevo diez años solo con él. Solo.
Tardé un par de segundos en procesar lo que había dicho. La miré de reojo.
—A ver, dime si te entiendo bien. ¿Quieres decir que nunca has estado con otro hombre?
—Sí, eso —murmuró, mirando hacia abajo con las mejillas encendidas.
Justo entonces entrábamos en el aparcamiento de las oficinas del cliente. Un parking pequeño, casi vacío. Aparqué en el rincón más alejado, debajo de un árbol que daba una sombra densa, y apagué el motor sin pensar demasiado en por qué elegía ese sitio.
—Uf. Bueno. En estos tiempos no es algo habitual, pero tampoco tiene nada de malo. Estáis enamorados, ¿no?
—Sí, eso sí. De eso no dudo. Pero es justamente eso lo que me ronda. No sé si lo que tengo me basta o si me parece poco porque no conozco otra cosa.
Me giré hacia ella en el asiento. No sé qué me empujó, ni qué pensé, pero apoyé la mano en su rodilla. Una rodilla tibia, suave, descubierta por el vestido. Ella bajó la vista, miró mi mano y después me miró a mí. No dijo nada. Subí la mano un par de centímetros, muy despacio.
—Andrés…
—Tranquila —susurré, acercando mi cara a la suya—. Solo pasa lo que tú quieras que pase.
Acerqué mis labios a los suyos. Ella no los abrió. Se quedó casi paralizada, dejándose besar sin responder, mientras mi mano se deslizaba por su muslo hasta el dobladillo del vestido y se metía debajo.
—Andrés, no, por favor —gimió bajito.
Insistí. Empujé suavemente con la lengua entre sus labios, y al mismo tiempo mi mano siguió subiendo hasta rozar el borde del tanga. Pude notar el calor que despedía, intenso, urgente. Apreté un poco más mi boca contra la suya y, casi sin darse cuenta, ella abrió los labios. Su lengua salió, dudosa, y se enroscó con la mía. Mis dedos acariciaron la tela y noté que ya estaba húmeda.
—Andrés, para, por favor, para —repitió, pero sin moverse, sin apartar mi mano, sin cerrar las piernas.
Pasé los dedos por debajo de la tela. Estaba empapada. Metí uno, despacio, y le mordí el labio inferior. Ella echó la cabeza hacia atrás, dejó escapar un suspiro largo y, esta vez, su lengua buscó la mía con decisión. Abrió las piernas casi por instinto.
—Ahhh… Andrés, no, no… —repetía sin convicción.
Le metí dos dedos. El sonido era inconfundible, líquido, indecente. Con una mano me agarraba la cara y con la otra apretaba la mía contra su pubis, como si tuviera miedo de que la soltara. Bajé la boca a su escote, lamí la piel por encima del sujetador. Le bajé un tirante del vestido. Ella, sola, sin que yo dijera nada, se incorporó un poco para que pudiera apartarle el aro del sujetador y dejar al aire un pecho.
El pezón estaba duro, tieso, esperando. Lo atrapé con los labios, tiré de él, lo mordí con cuidado primero y con más fuerza después.
—Ahhh, joder, Andrés, esto no puede ser, déjame, déjame, vas a hacer que me corra, déjame…
Pero me apretaba la cabeza contra el pecho con las dos manos. La ignoré, volví a morder ese pezón con ganas, y al mismo tiempo mis dedos entraban y salían de ella con un ritmo cada vez más rápido. Su respiración se descontroló. La sentía a punto.
Con la mano libre me desabroché el cinturón y me bajé un poco los pantalones. Me la saqué. Estaba durísima desde hacía rato y empezaba a doler dentro del calzoncillo. Ella miró abajo, después miró mi mano todavía dentro de ella, y se mordió el labio.
—Ahhh, Andrés, me corro, me corro, joder, sí, sí, así, más adentro, más, más… —casi gritó, con el cuerpo entero convulsionándose contra el asiento. Sus piernas se cerraron de golpe atrapando mi mano. Tuve que aguantarle la boca con la otra para que el grito no se oyera fuera del coche.
Cuando terminó de correrse, la besé despacio. Le acaricié la mejilla con los dedos que segundos antes estaban dentro de ella. Nos quedamos unos instantes así, frente con frente, sin decir nada.
—¿Quieres que esto termine aquí? —pregunté, sosteniéndole la mirada.
Tardó. Tardó demasiado.
—…No. Es una locura, pero no quiero que termine todavía.
No dije nada más. Miré al asiento trasero. Salimos del coche sin hablar, abrimos las puertas de atrás y nos metimos los dos. El parking seguía vacío, el árbol nos tapaba lo suficiente, y la luna trasera estaba tintada.
Me bajé los pantalones hasta las rodillas y arrastré el calzoncillo con ellos. Le puse una mano en la nuca y la empujé, con muchísima delicadeza, hacia abajo. Ella me miró un segundo, sin decir nada, y se dejó llevar.
Sentí el calor de su boca rodeándome. Sus labios, esos labios que tantas veces había visto reírse en una reunión, ahora me chupaban con una entrega que me dejó sin aire. Empujé un poco más su cabeza. Ella tragó hasta el fondo, sin protestar, y empezó a subir y bajar con un ritmo perfecto.
Con la mano libre le recogí el vestido y se lo subí hasta la cintura. La visión de su trasero en esa postura, con el tanga ladeado, era de las que se recuerdan toda la vida. Le di una palmada suave, casi un cariño. Después le acaricié las dos nalgas enteras, despacio, como reconociendo un territorio nuevo. Pasé un dedo entre ellas y rocé el anillo de su otro agujero. Le metí la yema con muchísimo cuidado.
—Mmmm… —gimió ella, con la boca todavía llena.
—Ven, cariño, ven —dije, apartándola con suavidad—. Si sigues así me voy a correr y quiero follarte.
Me eché contra el respaldo y la subí encima de mí, a horcajadas. Ella se desabrochó el sujetador por delante, sola, y dejó los pechos libres delante de mi cara. Yo agarré los dos a la vez, los apreté, los lamí, los mordí. Estaban calientes, pesados, perfectos.
—Joder, Lorena, cuántas veces he soñado con tenerlas así —dije, casi sin aliento.
Metió la mano entre los dos, agarró mi polla, apartó el tanga a un lado y se sentó de un solo movimiento, hasta el fondo.
—Ahhh, dios… —jadeó, cerrando los ojos un segundo.
Le agarré las caderas para guiarla, subiéndola y bajándola con el ritmo que pedía mi cuerpo. Ella, con las dos manos, me apretaba la cara contra sus pechos.
—Cómemelas, ¿te gustan? —jadeaba—. Dios, qué bien me lo haces, fóllame, fóllame fuerte, no pares.
—Sí, te voy a follar como llevas mucho tiempo necesitando —le dije al oído—. Toma, toma, toda para ti.
—Muerde mis pezones, fuerte, eso me vuelve loca, hazlo, hazlo —chillaba ya sin filtro, botando encima de mí con los ojos turbios y la boca abierta.
Le mordí los pezones con ganas. Ella ahogó un grito contra su propio puño y empezó a moverse cada vez más rápido. El coche temblaba con cada empujón.
—Andrés, me corro otra vez, me corro, joder, me corro… —gimió, con un grito largo que tuve que ahogar con la palma de mi mano—. Dame tu leche, dámela, córrete dentro de mí, dámela toda…
Su sexo se cerró sobre mí en oleadas. Yo me dejé ir al mismo tiempo, vaciándome dentro de ella, sintiendo cómo cada espasmo suyo me arrancaba otro mío. Nos quedamos así, agarrados, sudando, con la respiración como dos corredores después de una carrera.
Tardó un minuto largo en separarse de mi pecho. Le aparté el pelo de la cara y la besé con calma, con una ternura que no esperaba. Ella me devolvió el beso igual, despacio, como si lo que acababa de pasar fuera algo dulce y no salvaje.
—¿Arrepentida? —pregunté.
—No. Para nada —respondió, con una sonrisa pequeña.
—Ya has estado con otro hombre aparte de tu novio.
—Sí.
—Imagino que esto no se va a volver a repetir, ¿verdad?
Me miró un segundo y se encogió de hombros mientras buscaba el sujetador entre los asientos.
—Imaginas bien —dijo—. Pero me ha encantado hacerlo.
Le subí la cremallera del vestido. Salimos del coche, nos arreglamos el pelo en el reflejo del cristal y entramos a la reunión con el cliente como si nada hubiera pasado. Lorena estuvo brillante, se ganó al cliente en quince minutos y al jefe le mandó un correo elogioso esa misma tarde. Tres semanas después se casó. Yo no fui invitado, lo cual probablemente fue lo más inteligente que se le había ocurrido en mucho tiempo.