La semana que mi marido me dejó con su tío
Soy de un pueblo pequeño de la costa norte y me casé a los dieciocho con Rodrigo. Para cuando llegó Mauricio, llevábamos un año viviendo en una casa estrecha de un solo cuarto, con nuestra hija de cinco meses durmiendo entre los dos. Mauricio era el tío menor de Rodrigo, el que vivía en Piura, y apareció un sábado por la tarde con la mochila al hombro y una sonrisa que yo no recordaba de la boda.
Era un hombre de cuarenta y pico, alto, con los hombros anchos y los antebrazos de quien trabaja con las manos. Tenía esa manera tranquila de mirar que algunos hombres mayores pulen con los años, una mirada que no insiste pero tampoco se aparta. Rodrigo lo recibió con un abrazo largo y le dijo que se quedara los días que quisiera. Le acomodamos un colchón en el suelo del salón, separado del cuarto por una cortina liviana que dejaba pasar todo.
Esa misma noche Rodrigo me anunció que había aceptado un trabajo a cinco horas en bus. Salía al día siguiente, regresaría en una semana, y le había pedido a Mauricio que se quedara conmigo y la niña por si pasaba algo. Sentí que algo se torcía dentro de mí, pero no dije nada. Asentí, le serví la cena y me acosté con la cabeza llena de cosas que no quería pensar.
Rodrigo se fue antes del amanecer. La casa quedó en silencio, salvo por la respiración pareja de Mauricio detrás de la cortina y los suspiros pequeños de la bebé. Pasé la mañana cocinando, evitando cruzarle la mirada cuando se sentaba a la mesa, evitando notar cómo el calor de la costa le pegaba la camiseta al pecho. Por la tarde me ayudó a tender la ropa en el patio y me preguntó por mi familia, por la niña, por Rodrigo. Le respondía con frases cortas. Él no insistía.
A la medianoche, cuando la bebé llevaba un rato dormida y la casa entera parecía respirar despacio, me levanté para ir al baño. La puerta del baño daba al pasillo que pasaba por el salón. Y al pasar, sin proponérmelo, vi.
***
El baño y la ducha estaban juntos, separados apenas por un tabique medio derruido. Mauricio estaba sentado en el borde de la ducha, con el pantalón en los tobillos y la mano moviéndose despacio sobre lo que tenía entre las piernas. La luz amarilla del foco le caía en el hombro y dejaba el resto en sombra, pero lo que se veía bastaba.
Era grande. Más gruesa, más larga, más oscura que cualquier cosa que yo hubiera visto. Rodrigo era delgado, apurado, casi tímido en la cama; aquello era otra cosa. Aquello era un cuerpo que sabía lo que quería.
Me quedé parada un instante demasiado largo. Mauricio levantó la cabeza, me vio, y no se apartó. No se cubrió. Sostuvo la mirada como quien dice «ya estás aquí, ahora decide». Yo seguí caminando hacia el baño, hice lo que tenía que hacer, y me lavé las manos sintiendo el pulso en el cuello, en los dedos, en sitios donde una mujer casada no debería sentirlo a esa hora.
Volví al cuarto y me quedé mirando el techo. No vas a hacer nada, me decía. Solo lo viste. No pasó nada. No tiene por qué pasar nada. Pero el cuerpo no escucha a las palabras a las dos de la madrugada. El cuerpo ya había decidido bajar otra vez, y ahora solo buscaba la excusa.
La excusa fue una toalla. Salí del cuarto en bata, descalza, con la toalla doblada bajo el brazo y la idea de darme una ducha rápida. Sabía que él iba a verme pasar. Pasé despacio. A la altura del colchón del salón, la toalla se me cayó —no fue accidente—, me agaché a recogerla sin doblar las rodillas y sentí su mirada recorrerme entera desde la nuca hasta los talones. Cuando me incorporé, sus ojos estaban exactamente donde yo había sospechado que estarían.
Entré al baño y dejé la puerta entreabierta. No la cerré. Me solté la bata, abrí la ducha y me quedé bajo el agua con los ojos cerrados, esperando.
No tardó. Lo escuché entrar, sentí el aire moverse, y cuando me di la vuelta él estaba ahí, desnudo, completamente erecto, con la misma calma de antes. Me preguntó si me molestaba que se bañara conmigo, dijo algo del calor, dijo algo que ninguno de los dos creía. Le dije que no me molestaba. Le dije que entrara. Y el agua corría sobre los dos cuando él me puso una mano en la cadera y me besó.
***
Fue un beso largo, sin prisa, con la lengua tomándose el tiempo de aprenderme la boca. Yo tenía la mano cerrada alrededor de él, y era cierto lo que había pensado: a duras penas conseguía juntar los dedos. Lo apreté despacio y sentí cómo se le escapaba el aire por la nariz.
Me enjabonó la espalda, los pechos, entre las piernas con dos dedos que sabían muy bien adónde iban. Me enjuagó con la ducha de mano y me envolvió en la toalla como si yo fuera algo que se rompe. Después me levantó. Literalmente. Me cargó en brazos como si no pesara y me llevó al salón, al colchón en el suelo donde había estado masturbándose una hora antes.
Me echó de espaldas, me abrió las piernas con calma y entró. Tuvo que ir abriéndome de a poco, porque no entraba de una. Cuando estuvo dentro entero, me miró desde arriba y me preguntó si estaba bien. Le dije que sí con un gesto. Estaba mejor que bien. Estaba donde sabía que no debía estar y eso lo hacía todavía mejor.
Se movió primero despacio, después con un ritmo que no admitía discusión. Le clavé las uñas en los hombros, le mordí el cuello para no gritar, lo dejé hacer lo que quisiera. Me preguntó si me estaba cuidando y le dije que sí, que tenía la T puesta. Terminó dentro, y cuando salió sentí el calor escurriéndome por los muslos.
Me dio la vuelta, me puso de rodillas y me empujó la cabeza contra la almohada. Sentí su mano abriéndome y la punta apoyándose donde Rodrigo a veces se atrevía. Le dije que no. Que ahí no. No con eso. Paró sin pelear. Me besó la nuca y me susurró que tenía un culo bonito, que no se iba a poder olvidar de él, que algún día lo iba a probar.
Esa noche cogimos hasta que se nos acabaron las posiciones. Después me quedé dormida a su lado, desnuda, con su brazo cruzado sobre la cintura y su sexo todavía caliente apoyado en la parte baja de la espalda. Cada tanto se me pegaba más, me chupaba la nuca, me besaba el hombro, me pasaba la lengua por la columna. Y cada tanto la punta volvía a apoyarse en el mismo sitio prohibido y me preguntaba sin palabras.
***
A las cuatro de la mañana me desperté con su mano entre las piernas. Le aparté la mano y le dije otra vez que no. Él me pidió, con una voz que no había escuchado antes, que se la chupara. Acepté. Me arrodillé entre sus piernas y me la metí en la boca todo lo que pude, que no fue mucho. La lamí, la chupé, la sostuve con las dos manos, y aun así no se vino. Mi mandíbula empezó a quejarse antes que la suya.
Le dije que durmiera. Le dije que ya. Y entonces volvió a pedírmelo. Por favor, dijo. Por favor.
Cedí, pero con condición. Yo arriba, yo controlando, yo decidiendo hasta dónde. Se acostó boca arriba, las manos en mis caderas, y me senté encima con un cuidado que me pareció ridículo segundos después. Bajé un centímetro, otro, otro. Ardía. Dolía. Me hacía respirar por la boca con la mandíbula tensa. Pero también me hacía sentir cosas que no había sentido nunca, una mezcla de límite y abandono que solo entiende quien ha cruzado uno.
Cuando estuvo entero adentro me quedé quieta encima de él, intentando acostumbrarme. Él me chupaba los pechos, me decía cosas al oído que no voy a repetir, me sostenía con las dos manos abiertas en las nalgas. Y cuando empezó el movimiento, empezó él, no yo. Subía las caderas con una fuerza que no pude controlar. El golpe de sus muslos contra los míos sonaba en toda la casa.
Terminó adentro. Sentí el latido cuando se vino, y después el peso entero de su cuerpo bajándome encima del suyo. Nos quedamos así, pegados, respirando, hasta que el sudor se nos enfrió. Él me besó la sien y me dijo algo que no quiero recordar, porque si lo recuerdo lo busco otra vez.
***
Rodrigo volvió al mediodía siguiente, antes de lo previsto. El trabajo no se había concretado, dijo. Mauricio, que tenía pensado quedarse otros tres días, decidió de pronto que tenía que volver a Piura esa misma tarde. Se despidió con un abrazo seco. A mí me dio dos besos rápidos, uno en cada mejilla, sin mirarme.
Esa noche Rodrigo me hizo el amor como siempre. En algún momento me dio la vuelta, me empujó hacia abajo, me abrió y entró por donde Mauricio había entrado horas antes. Me ardió. Apreté los dientes y aguanté. Rodrigo me susurró que tenía un culo precioso, que cada día le gustaba más, que no sabía qué le había hecho yo esa semana para estar tan suelta. Le dije que era el sueño, que había dormido mucho, que estaba relajada.
No volví a ver a Mauricio. La familia dejó de mencionarlo después de un tiempo, y Rodrigo y yo seguimos con nuestra vida estrecha en aquella casa de un cuarto. Tuvimos otra hija. Compramos una cama más grande. Cambiamos la cortina del salón por una pared. Y nunca, ni una sola vez, le conté a nadie lo que pasó esos dos días.
Hubo otras infidelidades después, pero esa fue la primera. La que me enseñó que el cuerpo decide antes que la cabeza, que la conciencia puede vivir sucia y dormir igual, y que hay cosas que una se guarda en el cajón de los recuerdos privados para los días en que la vida estrecha aprieta demasiado.
Lo gozado no me lo quita nadie.