Lo dejé entrar una tarde y lo perdí todo en una hora
Camila salió del colegio a la una en punto, como cada mediodía, con Sofía y Bruno colgándole de las manos. Diez años uno, ocho el otro, y los dos hablando al mismo tiempo para contarle qué había pasado en el recreo. Ella escuchaba a medias, asentía mucho y por dentro pensaba en la lista del almuerzo y en la pila de cuadernos que todavía tenía que corregir esa tarde.
Era una mujer feliz. Cualquiera que la mirara desde afuera lo habría dicho. Casada con Mateo desde hacía doce años, dos hijos sanos, una casa en un barrio tranquilo y un trabajo de maestra que le dejaba las tardes libres. Nada espectacular, pero tampoco le faltaba nada. Ese mediodía, mientras servía fideos con tuco y oía a Bruno explicar un capítulo entero de un anime japonés que ni siquiera pretendía entender, se sintió, otra vez, agradecida.
Cuando los chicos terminaron de comer y se fueron a sus cuartos a hacer la tarea, sonó el celular sobre la mesada. Era Mateo.
—Hola, amor —dijo ella, secándose las manos en el repasador.
—¿Cómo van mis tres personas favoritas?
—Bien. Ellos comiendo helado, yo terminando de lavar. Pensaba salir a trotar un rato antes de corregir cuadernos.
Hubo una pausa breve. Después la voz de Mateo bajó un tono y se volvió esa cosa cauta que ella le conocía desde hacía cuatro meses.
—¿Vas a verlo?
—No, Mateo. Te lo juro por nuestros hijos. Lo de Damián fue un error horrible, una sola tarde, y se terminó. No tengo su número, no quiero verlo nunca más. Tú decidiste perdonarme y yo te voy a estar agradecida toda la vida.
—¿Por qué no te quedás en casa con ellos, entonces?
—Porque necesito moverme un rato. Activá el localizador si querés. Vas a ver que voy a estar siempre en movimiento, y a las cinco vuelvo.
—Está bien. Disculpame. Es que todavía me duele.
—Lo sé. Y por eso esta noche te voy a demostrar otra vez que sos lo único que quiero. Te tengo una sorpresa.
Colgó y se quedó un rato mirando el celular sobre la mesada. Sentía el corazón latiéndole en la garganta. No era miedo. Era la otra cosa, la que llevaba meses tratando de matar y nunca conseguía dejar del todo muerta.
***
Damián Robles vivía en una casa de fin de semana al borde del lago, a veinte minutos en auto del centro. Ella había manejado hasta ahí solo una vez, en febrero, después de una fiesta donde él la había arrinconado contra el alambre del jardín y le había dicho al oído, despacio, exactamente lo que pensaba hacerle si lo dejaba entrar. Esa noche ella había vuelto a su casa temblando. Al día siguiente, en un ataque de honestidad estúpida, se lo había contado a Mateo. Le había contado lo del alambre, lo del oído, las dos horas en la cama de Damián, todo. Mateo se había encerrado tres días en el cuarto de huéspedes y después había salido diciendo que la perdonaba, una vez, y nunca más.
Ese mediodía, mientras se cambiaba la ropa de correr por el vestido azul que solo se ponía para él, se prometió que era la última de verdad. Una hora. Una despedida formal. Necesitaba decírselo en la cara, con la puerta cerrada y la cama de fondo, para que la fuerza de no acostarse con él valiera por algo. Era una lógica que no se sostenía y ella lo sabía perfectamente, pero igual agarró las llaves del auto.
Antes de salir, asomó la cabeza al cuarto de Sofía.
—Vuelvo en una hora. Mamá sale a correr. No le abran la puerta a nadie.
—Dale —contestó la nena, sin levantar la vista del cuaderno.
Bruno, desde el cuarto de al lado, le pidió un vaso de leche para más tarde. Camila le dijo que lo dejaba servido en la mesada. Lo dejó. Cerró la puerta de calle con dos vueltas de llave. Lo último que vio fue el flequillo de Sofía inclinado sobre la hoja cuadriculada.
***
Damián la esperaba en la puerta, descalzo, con una camisa abierta y esa sonrisa que ya le conocía. No la dejó hablar. La tomó de la nuca apenas cruzó el umbral y la besó como si llevara semanas planeándolo. El vestido azul quedó tirado en el pasillo. La pulsera, en el piso de la cocina. Ella sintió la cerámica fría del living contra la espalda y el peso entero de él encima, y por un instante pensó en Mateo, en el localizador, en los chicos haciendo la tarea, y después dejó de pensar.
Damián sabía exactamente lo que ella había venido a buscar y se lo dio sin preguntar. La dio vuelta sobre la alfombra, le agarró el pelo con una mano y la cintura con la otra, y le habló al oído todo el tiempo, en ese tono bajo y obsceno con el que la había construido durante meses. Ella escuchó cada palabra. Le respondió que sí a todas. Cuando terminaron, los dos quedaron tirados de costado mirando el techo, y Damián le pasó el dedo por la cadera como si la estuviera firmando.
—Quedate hasta la noche —le dijo.
—No puedo. Los chicos están solos.
—Una hora más.
—Media.
Le concedió media. Después otra media. Cuando miró el reloj del living eran las nueve y cuarenta y cinco de la noche, y todavía estaba desnuda en el sillón de él. Se vistió a los tropezones, se enjuagó la boca en el baño, manejó de vuelta con las manos heladas en el volante y los ojos llenos de lágrimas. El celular vibraba sin parar en el bolso. No lo miró ni una sola vez.
***
A tres cuadras de su casa escuchó la primera sirena. A dos cuadras, la segunda. A una cuadra vio el humo.
El frente de su casa ya no estaba. En el lugar donde había estado la ventana de la cocina había un agujero negro, y los bomberos arrastraban una manguera por el jardín de la vecina. Camila bajó del auto sin terminar de frenar. Un policía la agarró de los brazos antes de que pudiera entrar.
—¡Mis hijos! ¡Mis hijos están adentro! ¡Déjenme pasar!
Lo que le dijo después el bombero, lo que le dijo el médico que la sentó en la ambulancia, lo que le dijeron al día siguiente en el hospital cuando despertó, todo lo escuchó como si pasara debajo del agua. Escape de gas. Termotanque automático. Chispa. Explosión a las nueve y cincuenta y seis. Nadie había alcanzado a salir. Los dos chicos, en sus camas.
Mateo llegó al hospital media hora después que ella, blanco, con la camisa todavía con el cuello arrugado del viaje. La miró desde la puerta de la habitación y no dijo nada. Solo la miró. Camila empezó a temblar y no paró durante tres días.
***
El cuarto día se quedó callada.
El quinto, una mujer se presentó en la comisaría. Dijo llamarse Renata Aguirre, dijo haber sido amante de Damián Robles durante dos años, y dijo que se sentía, en parte, responsable. Contó cómo Damián elegía siempre mujeres casadas, cómo las trabajaba durante meses, cómo se jactaba de ellas con los amigos. Contó lo de la fiesta de febrero. Contó lo que Damián le había dicho del vestido azul. El comisario llamó a Mateo. Mateo escuchó dos horas seguidas sin tomar agua y sin pestañear, mientras en una pantalla pasaban las cámaras de la discoteca donde Camila se había dejado arrinconar la primera vez.
Cuando salió de la comisaría, manejó hasta una casa en las afueras donde un cuñado guardaba una pistola desde hacía años. La pidió prestada, sin explicar para qué. Después manejó hasta el lago.
Damián ya no estaba ahí. Tardó tres semanas en encontrarlo, en otra ciudad, en otra casa, comiendo en la vereda de un bar al mediodía. Mateo cruzó la calle, se le paró atrás y le vació el cargador en la espalda. Los testigos dijeron que después siguió apretando el gatillo varios segundos, ya sin balas, ya sin nadie a quien matar.
Le dieron quince años. El juez no aceptó el atenuante de emoción violenta. Mateo no apeló.
***
Camila no volvió.
Es decir, su cuerpo siguió respirando, comiendo cuando le acercaban la cuchara, caminando cuando alguien la guiaba de la mano. Pero la mujer que había bajado del auto frente a la casa en llamas nunca volvió a aparecer. La internaron en un hospital neuropsiquiátrico a las afueras de la ciudad, con un diagnóstico largo que el doctor Vergara, jefe del servicio, intentó explicar dos años después a un Mateo que lo escuchaba de pie, sin sentarse, sin sacarse la campera.
—Trastorno disociativo extremo —dijo el médico—. Vive dentro de un día que se repite. El día que ella cree que debió haber vivido.
—No entiendo.
—Mire este video.
En la pantalla, Camila se levantaba a las siete y media de la mañana en un cuarto del pabellón. Se vestía sola, salía al pasillo, entraba en una sala vacía donde, con gestos, despertaba a dos chicos invisibles, les daba el desayuno, los llevaba de la mano por el corredor como si los acompañara al colegio. A las once volvía a su cuarto a cocinar un almuerzo imaginario. A la una se sentaba a comer con dos sillas vacías frente a ella y se reía sola, asentía, contestaba, retaba a un Bruno invisible por hablar con la boca llena.
—A las tres sale al patio interno y trota veinte minutos —siguió el médico—. A la noche se pone un camisón que ella misma cosió con sábanas, se acuesta y dice que su marido está al lado. Habla con usted. Le pide perdón. Le promete que esta noche le va a entregar algo que nunca le entregó. Y después se duerme.
Mateo no dijo nada durante un rato largo.
—¿Cuándo se despierta?
—A las siete y media. Otra vez.
—Todos los días.
—Todos.
—¿Y si la traigo yo, si me ve, eso la sacaría del bucle?
—Existe la posibilidad. Es la única, en realidad. Por eso lo llamamos.
Mateo se quedó mirando la pantalla, donde Camila reía con dos chicos que no estaban ahí.
—No voy a venir, doctor —dijo al final, con la voz extrañamente serena—. Quédese tranquilo. Mientras siga así, no la voy a tocar. Pero el día que sane, el día que abra los ojos y se dé cuenta de dónde está y de qué hizo, voy a salir de la cárcel y voy a terminar lo que empecé con Damián. Avíseme antes, si puede, así no llega de sorpresa.
Le dio la mano al médico y se fue.
***
Camila sigue ahí. Cada mañana se levanta y prepara el desayuno de dos hijos que se quemaron en una cama hace cuatro años. Cada tarde sale a correr veinte minutos por un patio cerrado con alambrado. Cada noche se acuesta con un marido que cumple condena a doscientos kilómetros y le pide perdón con todo el cuerpo, le promete que esa misma noche le va a entregar algo que él hace mucho que ya no quiere.
Mateo, en su celda, cada noche, antes de dormir, hace exactamente lo mismo que el doctor Vergara: le pide a Dios que su mujer no sane nunca. Porque la sigue amando, sí. Pero ya le prometió a sus hijos, y a sí mismo, cómo termina esta historia el día que ella vuelva.