Lo que pasó en el taxi mientras mi novio dormía
La noche se había torcido antes de que Esteban pidiera la segunda copa, y Daniela lo supo en cuanto cruzaron la puerta del local en el Borne. Pero, como siempre, había cedido a esa sonrisa de niño bueno que él guardaba para los momentos en los que quería salirse con la suya. «Una y nos vamos, prometido», le había jurado mientras le besaba la sien. Una mentira más en una colección que ya pesaba cuatro años.
A las cuatro y veinte de la madrugada, las calles de Barcelona olían a alcantarilla mojada, a humo viejo, a sábado fracasado. Daniela arrastraba a su novio como quien empuja un mueble, aferrada a su cintura para que no se desplomara contra una Vespa aparcada. Esteban pesaba ochenta y cinco kilos sobrios y, en ese estado, parecía hecho de plomo. Tenía la camisa abierta hasta el último botón, el pelo apelmazado de sudor y una hebra fina de baba que le bajaba desde la comisura hasta la barbilla.
—Esteban, camina —gruñó ella entre dientes—. Camina recto de una puta vez.
Él levantó la cabeza con esfuerzo. Los ojos los tenía vidriosos, rojos por el humo.
—Joder, nena… fueron dos copas de más, no te pongas pesada…
—¿Pesada? —Daniela sintió el calor subirle por la garganta—. Te fuiste a la barra «por una ronda» y volví a buscarte porque llevabas veinte minutos hablándole al escote a la rubia esa. Te crucé la cara delante de todo el mundo y aun así pediste otro chupito. Y la pesada soy yo.
Esteban soltó una carcajada y por poco no se cae de costado. Daniela tuvo que hacer fuerza con las dos manos para mantenerlo de pie. Los tacones le estaban destrozando los pies, el vestido corto se le había subido sobre los muslos y el frío de la madrugada le ponía la piel de gallina en el escote. Tenía veintisiete años, el pelo negro largo y ondulado convertido en un nido por el humo, y un cansancio que ya no era solo físico. Llevaba demasiados meses haciendo de madre en vez de novia.
Otro taxi pasó de largo sin detenerse. Daniela soltó una palabrota. Esteban tropezó de nuevo y esta vez se apoyó contra una farola para vomitar un poco de bilis en el bordillo.
—Qué asco, joder —murmuró ella, apartando la vista.
Justo entonces, un taxi se detuvo suavemente junto a la acera. Las luces interiores estaban encendidas y el conductor bajó la ventanilla del copiloto. Daniela levantó la vista y, por un segundo, se quedó sin aliento.
El hombre al volante era llamativo de una manera que no encajaba con la madrugada ni con el barrio. Alto, moreno, con la mandíbula cuadrada y barba de tres días. Pelo negro peinado hacia atrás y un par de mechones cayéndole sobre la frente. Los hombros le ocupaban media cabina. Tenía esa sonrisa torcida que algunos hombres aprenden frente al espejo cuando todavía son adolescentes.
—¿Os llevo, pareja? —preguntó con una voz grave, ligeramente ronca, con un deje del sur que sonaba a calor.
Daniela tragó saliva. El enfado con Esteban seguía intacto, pero ese calor extraño que la voz le bajó por el vientre no encajaba con nada de lo que se suponía que debía estar sintiendo.
—Sí, por favor —contestó, intentando que no se le notara.
El taxista salió del coche con una agilidad rara para alguien de su tamaño. Debía pasar del metro noventa. Abrió la puerta trasera y se inclinó.
—Trae, déjame a mí. Pesa lo suyo.
Su mano grande le rozó el antebrazo al sujetar a Esteban por debajo del hombro. El contacto duró un instante, pero a Daniela le bastó. Olía a colonia cara y a algo más primitivo, una capa por debajo que se le quedó pegada en la nuca.
Entre los dos metieron a Esteban en el asiento trasero. Él se dejó caer como peso muerto, la cabeza golpeando la ventanilla con un ruido sordo. Inmediatamente empezó a roncar, la boca abierta, una nueva hebra de baba reuniéndose en la comisura. Daniela se sentó a su lado y lo empujó con asco hacia el otro extremo.
—¿A dónde os llevo? —preguntó el conductor, ajustando el retrovisor. Sus ojos se clavaron en los de ella a través del espejo un segundo más de lo necesario.
—Calle Verdi, noventa y dos, por favor.
El taxi arrancó. Esteban ya roncaba con una intensidad que parecía deliberada. Daniela lo miró de reojo y sintió cómo ese cansancio que había sostenido toda la noche se le mezclaba con otra cosa, algo que no quería nombrar todavía.
El conductor rompió el silencio en la primera curva.
—Menuda nochecita le has dado de comer, ¿eh?
Daniela soltó una risa seca.
—No me hables. Cuatro años escuchando lo mismo: «esta vez controlo». Y siempre acaba igual.
—Pareces una mujer que merece bastante más que esto —dijo él, girando hacia el Eixample—. Me llamo Mateo, por cierto.
—Daniela.
Mateo volvió a mirarla por el retrovisor. Esta vez sus ojos bajaron al escote, a las piernas cruzadas, y volvieron a subir sin disimular.
—Encantado, Daniela. ¿Y tú llegaste a pasártelo bien o solo viniste de canguro?
Ella suspiró y se echó el pelo a un lado, dejando el cuello al descubierto.
—Vine a bailar. Acabé arrastrándolo. Fin del cuento.
Él se rio en voz baja, una risa grave que vibró en el habitáculo y le tocó el pecho a ella.
—Carácter tienes, eso desde luego. Me gustan las mujeres que no se callan.
Daniela se sonrojó pero no pudo evitar reírse también. Miró a Esteban, que seguía con la boca abierta, completamente ajeno a la conversación que estaba ocurriendo encima de su hombro. Ni siquiera sabía que estaban en un taxi.
—¿Siempre eres así con las clientas? —preguntó ella, arqueando una ceja.
—Solo cuando veo algo que merece la pena —contestó Mateo, sin apartar la mirada del retrovisor—. Y tú lo mereces. Ese vestido te queda muy bien. Te marca donde tiene que marcarte.
El cumplido cayó pesado, caliente, exactamente donde no debía. Daniela apretó las piernas sin darse cuenta. Hacía meses que Esteban no le decía nada parecido. Sus cumplidos, cuando llegaban, eran burdos y solo aparecían cuando él quería sexo rápido. Mateo, en cambio, hablaba con la calma de quien ya ha decidido cómo va a acabar la conversación.
Hablaron durante todo el trayecto. Mateo preguntaba con interés real, o lo fingía con un oficio peligroso: por su trabajo en una agencia de comunicación, por cómo había conocido a Esteban, por qué seguía con él. Ella se desahogaba más de lo que había hablado con su mejor amiga en meses.
—Eres demasiado mujer para perder el tiempo con un tío al que ni siquiera le interesa mirarte —murmuró Mateo en algún momento, la voz más baja—. Una mujer como tú necesita que la miren. Que la deseen. Que no haga falta repetírselo.
Daniela tragó. El taxi iba ahora por calles estrechas, casi vacías. El neón de los locales cerrados se reflejaba en los ojos oscuros de Mateo cada vez que la buscaba en el espejo. El aire dentro del coche había cambiado. Ya no era un trayecto.
Esto no debería estar pasándome, y aun así no quiero que pare.
Esteban seguía roncando. Ni un terremoto.
***
Mateo redujo en un semáforo y se giró ligeramente hacia el respaldo del copiloto, apoyando el brazo.
—¿Sabes qué pienso, Daniela? Que esta noche no tendría por qué acabar así para ti.
Ella no contestó. Tampoco le pidió que se callara. Sus ojos se encontraron en el retrovisor y, durante un segundo largo, ninguno de los dos cedió.
Tres calles antes del portal, Mateo giró hacia un callejón estrecho entre dos edificios viejos y aparcó en un rincón, oculto por los contenedores. Apagó las luces interiores. El motor quedó en punto muerto, ronroneando.
—Estamos muy cerca de tu casa —dijo él—. Pero no me apetece que el viaje termine todavía.
Daniela miró a Esteban. Seguía inconsciente, la mancha de baba humedeciéndole ya el cuello de la camisa. El asco hacia él se mezclaba con una excitación que no podía justificar y que tampoco le hacía falta justificar a esa hora.
—No sé si… —murmuró, pero la voz le salió sin convicción.
—Solo lo que tú quieras —contestó Mateo, girándose entero hacia ella—. Pero mírate. Estás respirando rápido, los pezones se te marcan en el vestido y los muslos no los tienes tan apretados por casualidad. Pásate delante.
Ella dudó un instante más. Luego abrió la puerta, salió un segundo al aire frío del callejón y se subió al asiento del copiloto. La consola central quedó entre los dos, pero el cuerpo grande de él ocupaba casi todo el espacio que quedaba.
Mateo le puso la mano en la rodilla desnuda y la subió despacio por el interior del muslo, empujando el vestido. Los dedos eran callosos, anchos.
—Ábrete un poco más para mí.
Ella separó las piernas. El vestido se le subió hasta la cintura, dejando al descubierto unas bragas de encaje negro empapadas. Una mancha oscura se veía con claridad. Mateo gruñó una aprobación que sonó casi animal y apartó la tela a un lado con dos dedos.
—Estás chorreando. ¿Tu novio te pone así?
Daniela negó con la cabeza, mordiéndose el labio. Él deslizó un dedo entre los pliegues, despacio, y luego otro. Ella se agarró al reposabrazos y dejó escapar un gemido bajo que tapó con la mano libre. Esteban no se movió ni un milímetro detrás.
—Calladita —susurró Mateo contra su oreja—. No le hagamos el favor de despertarlo.
La mano de Daniela, casi por su cuenta, se acercó al regazo de él. El bulto contra los pantalones era inequívoco. Lo acarició por encima de la tela y sintió cómo crecía bajo su palma. Mateo le bajó la cremallera él mismo.
—Tócame.
Ella obedeció. Cuando sus dedos lo rodearon, no pudo evitar la sorpresa. Empezó a moverlo arriba y abajo mientras los dedos de él aceleraban dentro de ella. El sonido era sucio: dedos mojados entrando y saliendo, su mano subiendo y bajando sobre él, los ronquidos de Esteban como banda sonora humillante a un metro de distancia.
—Más fuerte… —jadeó ella.
Mateo metió un tercer dedo y frotó el clítoris con el pulgar al mismo ritmo. La otra mano le bajó el escote y le liberó un pecho. Se inclinó para chuparle el pezón con fuerza, mordisqueándolo.
El morbo era brutal y Daniela lo sabía. Estaba masturbando a un desconocido en el asiento del copiloto con su pareja durmiendo a menos de un metro. La sola idea le aceleró el orgasmo.
—Voy a… —gimió, la voz rota.
—Córrete —gruñó él contra su pecho.
Ella explotó. Las paredes vaginales se le contrajeron alrededor de los dedos con una violencia que la sorprendió, y mordió el dorso de su propia mano para ahogar el grito. Esteban siguió roncando.
Mateo no paró del todo. Prolongó el orgasmo con movimientos lentos hasta que ella le pidió un alto con un quejido. Después se recostó en el asiento del conductor.
—Ahora tu boca.
Daniela, todavía temblando, se inclinó sobre la consola. El olor a piel caliente la mareó de un modo que no se le había mareado en años. Abrió la boca y se la metió. Mateo le puso una mano en la nuca y la guio sin brusquedad.
—Despacio. Disfrútala.
Ella obedeció. Subía y bajaba con la cabeza, lamía las venas, intentaba meterse todo lo que podía. Mateo gruñó hondo, una mano enredada en el pelo, la otra todavía entre los muslos de ella, removiéndola. El taxi se llenó de chasquidos húmedos, jadeos contenidos y los ronquidos lejanos y patéticos de Esteban.
—Sigue así —murmuró Mateo—. Voy a correrme.
Ella redobló el esfuerzo. Cuando él se corrió, con un gruñido bajo y largo, le llenó la boca de una vez. Daniela tragó casi todo. Algo se le escapó por la comisura y cayó sobre el muslo de él. Se incorporó limpiándose con el dorso de la mano, las mejillas ardiendo, los ojos brillantes.
Mateo le sostuvo la mirada un momento.
—Esto no acaba aquí. Te dejo en tu portal, pero antes… salgamos.
***
Salieron del coche al callejón. El aire frío le erizó la piel a Daniela y le secó el sudor del cuello. Mateo la apoyó contra la ventanilla trasera del taxi, justo del otro lado del cristal por donde, a quince centímetros, dormía Esteban. Daniela podía ver la silueta de su novio reflejada y borrosa, la boca abierta, las manos caídas en el regazo.
Mateo le levantó el vestido por detrás y le separó las piernas con la rodilla. La penetró de un empujón firme, sin pedir permiso. Daniela apoyó las palmas contra el cristal, dejando dos marcas de vaho, y mordió el labio inferior hasta hacerse daño. Las embestidas eran profundas, controladas, con el ritmo de alguien que sabía exactamente cuánto duraría.
—Mira a tu novio —le susurró él al oído, una mano enredada en el pelo, tirando para que ella levantara la cabeza—. Mírale la cara mientras te follo contra su propio cristal.
Daniela miró. La rabia de toda la noche, el cansancio acumulado de cuatro años y la excitación de los últimos veinte minutos se le mezclaron en algo que no había sentido nunca. Empujó las caderas hacia atrás para que entrara más.
—Más fuerte —pidió, la voz ronca.
Él obedeció. Las embestidas se volvieron más bruscas. El taxi se mecía suavemente con cada impacto. Los pechos de Daniela rebotaban contra el cristal, dejando círculos de vaho que se borraban y volvían a formarse. El callejón seguía vacío. La única luz era la de una farola amarilla a treinta metros.
Mateo la giró sin sacarla, la levantó casi en peso y la sentó sobre el capó del taxi, todavía tibio. Le abrió las piernas, se colocó entre ellas y volvió a penetrarla mirándola a los ojos.
—Quiero verte la cara.
Ella se agarró a sus hombros. Las uñas se le clavaban a través de la camisa blanca. Él bajó la cabeza y atrapó un pezón con los dientes, sin soltar el ritmo. El orgasmo le llegó a Daniela en una ola que la dobló sobre el capó, las piernas temblando, una corriente eléctrica subiéndole por la espalda. Soltó un gemido largo que rebotó contra los muros del callejón.
Mateo aguantó unos segundos más. Después se hundió hasta el fondo con un gruñido sordo y se quedó allí, palpitando. Ella sintió cada pulsación. Cuando salió, las dos respiraciones se mezclaron en el aire frío durante un instante eterno.
—Sube a casa —le susurró él contra el cuello—. Con la cabeza alta, eso sí.
***
Volvieron al taxi. Esteban seguía exactamente en la misma posición, roncando, ignorante de todo. Mateo arrancó suavemente y avanzó los doscientos metros que faltaban hasta la calle Verdi. Aparcó en doble fila enfrente del portal y puso las luces de emergencia.
Daniela salió del coche. Las piernas le temblaban, el vestido se le pegaba al cuerpo, la cara le ardía. Mateo bajó también, rodeó el taxi y se acercó a ella. La besó una última vez contra la puerta del portal, sin prisa, mientras ella buscaba las llaves en el bolso.
—Suerte con el resto de tu vida —murmuró él contra sus labios.
Ella sonrió a medias. Abrió el portal, dio un último vistazo al taxi —Esteban seguía con la boca abierta y un hilo de baba humedeciéndole el cuello de la camisa— y subió las escaleras hasta el tercero. Cada escalón le recordaba el peso de lo que acababa de pasar.
Mateo se subió al taxi otra vez, encendió la luz del techo y le dio dos palmadas en el hombro a Esteban.
—Eh, chaval. Despierta.
Esteban soltó un gruñido y abrió los ojos con dificultad. Tenía la mirada perdida y la resaca ya golpeándole el cráneo.
—¿Qué… qué pasa? —balbuceó.
—Tu novia ya ha subido, tío. La dejé en el portal. Estaba bastante enfadada contigo, la verdad.
Esteban parpadeó varias veces, intentando entender. Se limpió la baba con el dorso de la mano.
—Joder… la cabeza… ¿Cuánto te debo?
Mateo leyó la cifra del taxímetro con calma profesional.
—Treinta y dos.
Esteban rebuscó en la cartera y le tendió un billete de cincuenta.
—Quédate el cambio…
Mateo lo guardó sin prisa y se giró hacia él, mirándolo con esos ojos oscuros como si lo estuviera midiendo.
—Un consejo de hombre a hombre. Cuida mejor a tu chica. Esta noche estaba muy cabreada. Y muy guapa. No sé si te das cuenta de la suerte que tienes.
Esteban soltó una risa estúpida.
—Bah… ya se le pasará… siempre se le pasa.
Mateo sonrió de medio lado, esa sonrisa que escondía perfectamente lo que acababa de pasar contra el capó.
—Claro. Buenas noches, chaval. Que descanses la mona.
Esteban se bajó del coche tambaleándose. Le costó tres intentos meter la llave en la cerradura. Cuando la puerta se cerró detrás de él, Mateo soltó una carcajada grave y arrancó. Las luces de emergencia se apagaron y el taxi se perdió calle abajo.
Tres pisos más arriba, Daniela se metió en la ducha sin encender la luz del baño. Dejó que el agua caliente le cayera sobre la cabeza, sobre los hombros, sobre todo lo que aún olía a colonia ajena. No estaba arrepentida. No estaba satisfecha. Estaba, por primera vez en mucho tiempo, completamente despierta.
Esteban subió diez minutos más tarde, dando trompicones. Se desplomó en la cama sin desvestirse y siguió roncando antes de que ella terminara de secarse el pelo. Daniela lo miró un rato largo desde el quicio de la puerta del dormitorio. Mañana habrá una conversación. Y, esta vez, sí.