El albañil que me sedujo mientras mi marido trabajaba
Necesitaba hacer una ampliación en casa. Mi madre me había hablado de unos albañiles que terminaron una obra en la casa de al lado y quedaron impecables, así que los llamé para pedir presupuesto. El que vino a verme no se parecía a ningún albañil que yo hubiera tratado antes.
Llegó vestido con vaqueros oscuros y una camisa blanca planchada. Olía a colonia, no a sudor ni a cemento. Hablaba pausado, con frases bien armadas, mirándome a los ojos cuando contestaba. Debía tener cuarenta y pico. Calculé el presupuesto rápido y le dije que sí esa misma tarde.
Esa noche mi marido se rió cuando le conté.
—¿Lo contrataste porque te pareció guapo? —dijo, mientras se servía vino.
—Lo contraté porque era limpio, educado y profesional —contesté, fingiendo que no notaba el resto.
—Esos no son criterios para elegir un albañil.
—Son criterios para que alguien entre todos los días a mi casa —respondí, y zanjé el tema.
Pero, por supuesto, sí lo había contratado por la sonrisa.
Se llamaba Damián. El ayudante era Reinaldo, un hombre mayor, cerca de los cincuenta y tantos, con un humor seco y unos chistes que te obligaban a reír aunque no quisieras. Los dos hacían buena pareja. La obra avanzaba bien, sin demoras, sin polvo donde no debía haberlo, sin radio puesta a todo volumen. Damián parecía dirigir todo con una calma que yo no le había visto antes a ningún obrero.
Cada mañana llegaba puntual. A las ocho yo le abría la puerta y él me saludaba con esa sonrisa amplia, la mano levantada despacio, los ojos brillándole un poco más de lo necesario.
—¿Cómo estás hoy?
Lo decía con un tono que no se usa para saludar al cliente. Lo decía como si de verdad quisiera saberlo, como si la respuesta le importara más que el termo que yo iba a prepararle. Yo le respondía cualquier cosa, sonriendo, y él se quedaba mirándome un segundo de más antes de irse hacia el patio.
Le preparaba un termo con agua caliente para los mates. Después me iba a mis cosas: organizar la casa, hacer las compras, llevar a los chicos al colegio. A mediodía mis hijos comían y se iban a clases vespertinas, y yo quedaba sola en la casa con Damián y Reinaldo hasta las cinco.
Me había acostumbrado a curiosear. Bajaba con cualquier excusa: un vaso de agua, unas galletas, una pregunta sobre el revoque. Damián siempre paraba lo que estaba haciendo, se limpiaba las manos en el pantalón y me explicaba con paciencia. A veces yo le hacía la misma pregunta dos días seguidos. Él nunca me lo señaló.
Una tarde, mientras le llevaba un termo nuevo, me enteré de que estaba casado. Reinaldo lo soltó al pasar, una broma sobre la mujer de Damián que no se rió ni la mitad de lo que merecía. Damián cambió el tema rápido. Después, cuando estábamos solos, me dijo en voz baja:
—Hace años que dormimos en cuartos separados. Es lo único que nos queda en común, esa casa.
No supe qué contestar. Asentí, le serví el agua y subí. Esa noche, en la cama, le di la espalda a mi marido sin saber muy bien por qué.
***
La obra llevaba ya tres semanas cuando pasó.
Esa mañana Damián llegó callado. No me saludó con la sonrisa de siempre. Apenas me miró cuando me agradeció el termo. Le pregunté si estaba bien y me dijo que no, que tenía un dolor de muelas que llevaba dos noches sin dejarlo dormir.
—Andate a tu casa —le dije—. No tiene sentido que estés acá si no podés trabajar.
—Tengo que terminar el revoque del fondo. Si lo dejo hoy se me arruina toda la semana.
—Yo te pago el día. Andate.
Negó con la cabeza y volvió al patio. Le ofrecí un calmante; lo aceptó sin mirarme. Una hora después, Reinaldo entró a la cocina sin golpear.
—Señora, Damián está mal. Se acostó en el techo. No quiere bajar.
Subí las escaleras al revés de cómo subo siempre, casi corriendo. Lo encontré tirado boca arriba sobre las chapas, con el brazo cruzado sobre la frente. Me arrodillé al borde de la escalera y le hablé.
—Damián, bajá. No podés quedarte ahí.
—Estoy bien.
—No estás bien. Bajá. En la habitación de mi hijo hay una cama hecha. Acostate ahí hasta que se te pase.
—No quiero molestar.
—No me molestás. Bajá.
Tardó. Bajó despacio, agarrándose de la baranda como si todo el cuerpo le pesara. Lo llevé por el pasillo hasta el cuarto de mi hijo, le indiqué la cama con un gesto y me quedé en la puerta mientras él se sentaba.
—Acostate —le dije—. Voy a bajar la persiana.
Le bajé la persiana y la habitación quedó en penumbra. Cuando me di vuelta para salir, él me llamó.
—Esperá.
Me giré. Tenía la mano extendida hacia mí, los ojos entrecerrados pero fijos en los míos. Me acerqué hasta la cama. Le tomé la mano sin pensarlo, como se le toma la mano a un enfermo.
—¿Necesitás algo más?
Él tiró suavemente. No fue un tirón, fue casi una insinuación. Pero yo di el paso. Me encontré parada al borde de la cama, mirándolo desde arriba, todavía con su mano en la mía.
—Gracias —dijo, y la palabra le salió ronca.
—No es nada.
Quise soltarme. Él me apretó los dedos.
—Quedate un rato. Hasta que se me pase.
Me senté al borde de la cama. No sé cuánto tiempo me quedé así, con la mano de Damián entre las mías, escuchando su respiración. La habitación olía a la colonia que él usaba siempre. La cama era estrecha, de mi hijo, con sábanas de cuadros azules.
La primera caricia me llegó en el muslo, por encima del pantalón. Fue un roce con los nudillos, casi un accidente. Yo no me moví. La segunda fue con la palma abierta y subió un poco más. Cerré los ojos. La tercera me llegó al costado de la cintura, por debajo de la blusa, sobre la piel.
***
Sentí una corriente que me bajaba por la columna. Era una sensación que no recordaba haber tenido en mucho tiempo, esa cosa eléctrica y un poco vergonzosa que te hace darte cuenta de que tu cuerpo lleva años en pausa. No abrí los ojos. Pensé que si los abría se rompía algo, y no quería que se rompiera.
Damián se incorporó despacio. Me agarró por la cintura con las dos manos y me atrajo. Yo me dejé llevar. Caí encima de él, sobre su pecho, y él me sostuvo ahí un segundo antes de besarme.
Tenía bigote. Era lo único de él que nunca me había gustado, esa franja de pelo encima del labio que parecía sobrar. Pero cuando me besó descubrí que el bigote raspaba de una forma que yo no conocía. Me raspaba el labio, el mentón, después el cuello cuando se movió para abajo. Era una aspereza nueva, áspera y suave a la vez, que me iba dejando la piel encendida.
Me sacó la blusa con una sola mano, sin pedir permiso. Me bajó el corpiño hasta liberarme los pechos y se prendió de uno. El bigote me rozaba el pezón cada vez que él movía la cabeza, y esa fricción me iba dejando inutilizada para pensar en nada que no fuera lo siguiente. Le agarré la cabeza con las dos manos. Le pasé los dedos por el pelo. Le dije sin voz que no parara.
Las manos de Damián eran grandes y ásperas. Tenían callos de la herramienta, los nudillos enrojecidos, las palmas duras. Mi marido tiene manos finas, de oficina, manos que firman papeles. Las de Damián eran manos que levantaban bolsas de cemento. Pasaban por mi piel y dejaban una huella que las otras nunca habían dejado.
Me senté encima de él para sacarme el pantalón. Damián se desabrochó el suyo. Lo que apareció ahí no era una sorpresa, era una confirmación: estaba duro, grueso, listo desde hacía rato. Me lo agarré con la mano, lo medí sin decirlo, lo acerqué.
—Esperá —dijo él, con la voz cortada.
—¿Qué?
—¿Estás segura?
Lo miré. Tenía la cara congestionada, el pelo revuelto, y el dolor de muelas parecía haberse evaporado. Me dieron ganas de reír.
—Si me preguntás de vuelta, me bajo y te echo de la cama.
Se rió. Fue una risa corta, ronca. Después me agarró por la cintura y me bajó sobre él.
***
Lo sentí entrar despacio. Me llenó toda. Tuve que parar, apoyar las manos en su pecho, esperar que mi cuerpo se acomodara a algo que no había recibido nunca de esa forma. Damián no se movió. Me miraba desde abajo, con los labios entreabiertos, esperando que yo decidiera.
Empecé a moverme. Despacio al principio, casi probando. Después fui encontrando un ritmo propio, uno que no me había permitido en años con mi marido, donde las posiciones estaban siempre como predeterminadas. Subía y bajaba sobre Damián, lo dejaba salir casi entero y volvía a bajar de un golpe. Él gemía bajo, los dientes apretados, las manos clavadas en mis caderas.
A los pocos minutos cambiamos. Me puso de espaldas, me abrió las piernas con los codos y entró de nuevo, esta vez él al mando. Me embestía despacio, sin apuro, mirándome la cara cada vez que volvía a entrar. Yo no podía mantenerle la mirada. La cabeza se me iba para atrás contra la almohada de mi hijo, los ojos cerrados, las manos buscando algo a lo que agarrarme.
—Mirame —dijo.
Lo miré. Tenía las venas del cuello marcadas y una gota de sudor que le bajaba por la sien. La habitación estaba en penumbra pero alcanzaba a verlo entero, sobre mí, sosteniéndose con los brazos para no aplastarme.
—Más fuerte —le pedí, y la voz me salió de un lugar al que hacía mucho no llegaba.
Me hizo caso.
***
Cuando él terminó, terminó adentro. Yo estaba terminando al mismo tiempo y no me importó. Sentí el calor subiendo y el cuerpo de él tensándose entero, y dejé que pasara. Después se desplomó al lado mío en la cama estrecha. No cabíamos los dos. Quedamos pegados, sudorosos, respirando el mismo aire viciado del cuarto cerrado.
No hablamos durante un rato largo. Yo escuchaba a Reinaldo abajo, en el patio, golpeando algo con un martillo. Cada golpe me llegaba con una sensación distinta. La de que él no tenía la menor idea de lo que estaba pasando un piso arriba. La de que yo acababa de cambiar algo en mi vida y todavía no sabía qué.
Damián me pasó un dedo por el costado de la cara.
—¿Y el dolor de muelas? —le pregunté, sin mirarlo.
—Se me pasó.
—Mentiroso.
—Un poco mentiroso.
Me reí. Me reí en el cuarto de mi hijo, desnuda, al lado de un hombre con el que esa mañana apenas había cruzado tres palabras. Después me senté en la cama, busqué la blusa en el piso y me la puse al revés.
—Tenés que volver a trabajar —le dije—. Si Reinaldo sube y nos ve, se acaba la obra.
—Reinaldo no va a subir.
—¿Cómo sabés?
Me miró. Sonrió de costado.
—Porque sabe.
***
Esa noche, cuando mi marido me preguntó cómo había ido el día, le dije que bien. Que la obra avanzaba. Que el albañil había tenido un dolor de muelas pero ya estaba mejor. Mi marido asintió sin escuchar, sirviéndose más vino, mirando el televisor.
Yo subí al cuarto de mi hijo a buscar algo. Acomodé las sábanas. Las olí. Olían a la colonia de Damián. Las cambié antes de bajar.
Esa noche, en la cama, fui yo la que le di la espalda a mi marido, pero esta vez sí sabía por qué.
A la mañana siguiente Damián llegó puntual. Me saludó con la sonrisa de siempre, la mano levantada despacio.
—¿Cómo estás hoy?
Le respondí cualquier cosa, sonriendo. Él se quedó mirándome un segundo de más antes de irse al patio.
Mientras le preparaba el termo, pensé en hablar con un arquitecto sobre una segunda ampliación. La pieza de atrás necesitaba un baño nuevo. Y el techo del lavadero, ahora que lo pensaba, también se estaba viniendo abajo.