Lo que pasó con Andrés y mi marido jamás lo supo
Tenía treinta y tres años cuando todo esto pasó. Llevaba seis casada con Mateo, un hombre tranquilo que me quería sin hacer ruido, de esos que llegan del trabajo, te abrazan por la espalda mientras cocinas y se duermen viendo el noticiario. No teníamos hijos todavía y no nos hacían falta. Yo daba clases de inglés en una academia del centro y mi vida cabía en una agenda sin sorpresas.
Andrés y Beatriz eran mis compañeros más cercanos de la academia. Con Beatriz compartía pausas, chismes y algún cigarrillo a escondidas en la terraza. Con Andrés era otra cosa. Llevábamos años trabajando juntos y entre nosotros se había instalado esa complicidad rara que a veces tienen los amigos del trabajo, esa en la que una broma demasiado larga te deja con una sensación incómoda en el pecho. Nunca habíamos cruzado la línea. Ni siquiera la habíamos nombrado.
Aquel jueves Andrés no apareció. Me había avisado la víspera de que se cogía el día libre, sin más explicaciones, y no me extrañó. Hice mis clases con la mañana entera de niños, almorcé con Beatriz y dos profesores nuevos en el comedor, y a media tarde subí al archivo a terminar unos informes. Quería irme pronto a casa.
El archivo era una habitación estrecha en la última planta, con una mesa larga, dos sillas, un corcho enorme cubierto de circulares y una ventana que daba al patio interior. Llevaba diez minutos colgando dibujos de los alumnos cuando oí abrirse la puerta. Me giré con una sonrisa preparada y vi a Andrés cerrando con cuidado detrás de él.
—No sabía que ibas a venir hoy —dije, sorprendida—. ¿Pasa algo?
No contestó. Se quedó parado un segundo, mirándome desde el otro lado de la mesa. Tenía los ojos enrojecidos, como si llevara horas sin dormir, y la mandíbula apretada. Avanzó despacio. Pensé que iba a contarme algo grave, una pelea con su novia, un problema en casa. Esperé.
Cuando llegó a mi lado, me sujetó por los brazos. No con fuerza, pero sí con decisión. Y antes de que entendiera qué pasaba, me besó en la boca.
Me quedé inmóvil. Lo aparté con un gesto torpe, más por desconcierto que por otra cosa.
—¿Qué haces, Andrés?
Tampoco respondió. Me besó otra vez, en la mandíbula, en el cuello, sin violencia, casi con ternura. Yo intenté zafarme, pero él era mucho más alto que yo y me tenía contra la pared, entre el corcho y la estantería. Forcejeé un poco. Luego dejé de hacerlo.
—No lo hagas, por favor —dije bajito—. Andrés, por favor.
Tendría que haber gritado. Tendría que haberle dado una bofetada y haber salido corriendo. La puerta estaba a tres metros, no había cerradura. Pero no hice nada. Me quedé con los brazos colgando a los lados mientras él me besaba el cuello, y cuando bajó las manos a mi blusa y empezó a desabrochármela botón a botón, tampoco lo paré.
Lo miré. Tenía los ojos cerrados y una concentración extraña en la cara, como si estuviera memorizando algo. Me apartó el sujetador hacia arriba y se inclinó a besarme los pechos. Los besos eran lentos, atentos. Sentí cómo se me endurecían los pezones contra su lengua y sentí también la oleada de vergüenza por estar sintiéndolo.
Tengo que pararlo. Ahora.
Pensé en Mateo. Lo pensé claramente, con su cara y todo. A la vez vi las manos de Andrés bajándome la falda, enganchando con los pulgares la cinturilla de la braga y deslizándola hasta los tobillos, y no dije nada.
Cuando se agachó y metió la cabeza debajo de la falda, cerré los ojos. Lo único que veía era el bulto de su pelo entre mis muslos. Lo único que oía era mi propia respiración.
Su lengua encontró el clítoris con una precisión que me hizo estremecer. Llevaba años casada con Mateo y nunca, ni una sola vez, lo había sentido así. Andrés sabía exactamente dónde y cómo, y no tenía prisa. Me apoyé contra la pared con las dos manos abiertas, para no caerme. Sentí cómo me iba mojando, cómo todo el cuerpo se me iba aflojando.
Metió un dedo. Luego otro. Los movía despacio, en círculos, mientras la lengua seguía trabajando arriba. Sin pensarlo, llevé una mano a su cabeza, no para apartarlo sino para mantenerlo ahí. Y entonces vino el orgasmo, tan brusco y tan fuerte que tuve que morderme el antebrazo para no gritar. El cuerpo entero me temblaba contra la pared.
Andrés se levantó despacio. Me besó una vez más, en la frente esta vez, y se apartó. Yo seguía sin poder hablar, todavía recuperando el aire.
—Espero que algún día puedas perdonarme —dijo.
Y se fue. Cerró la puerta sin hacer ruido, como había entrado.
***
Tardé un buen rato en moverme. Me vestí con las manos temblando, recogí los papeles que se habían caído de la mesa y bajé al baño de profesores a lavarme la cara. Tenía las mejillas rojas y los labios hinchados. Cualquiera que me hubiera visto habría sabido lo que acababa de pasar.
Llegué a casa, cené con Mateo, vimos un capítulo de algo en la cama. Él me acarició la espalda mientras leía. Yo no dejaba de pensar en Andrés y de sentir asco de mí misma por no poder dejar de pensar en él. No le dije nada a Mateo. No se lo dije a Beatriz. Llegué a pensar en ir a la policía, pero ¿qué iba a denunciar? ¿Que mi mejor amigo me había hecho un sexo oral en el archivo del trabajo y yo no había sido capaz de pararlo? Sonaba ridículo incluso dentro de mi cabeza.
Decidí no volver a verlo. Si me lo cruzaba en la academia, le bastaría con un buenos días seco. No haría falta hablar del tema. Lo enterraríamos los dos.
Pero Andrés no volvió. Pasó una semana, dos, tres. Beatriz tampoco sabía nada concreto. La directora soltó una mañana, entre dos clases, que había pedido una baja larga y que probablemente no se reincorporaría hasta después del verano, si es que se reincorporaba. Lo dijo con un gesto que no me gustó.
Tardé otra semana en averiguar el resto. Fue Beatriz, al final, la que me lo contó en una cafetería cerca del trabajo, con la voz muy baja. Andrés tenía un tumor. Un tumor en el páncreas que le habían diagnosticado hacía meses y del que no le había dicho nada a nadie de la academia. Le quedaban semanas, no meses. Cuatro, cinco con suerte.
Me eché a llorar en plena cafetería, delante de un café que no me había tocado. Beatriz pensó que lloraba por la amistad. La dejé pensar lo que quisiera.
Estuve días sin poder dormir. Recordaba la escena del archivo una y otra vez y la entendía de otra forma. Las lágrimas en sus ojos. La forma de besarme, como si estuviera despidiéndose. La frase del final. Llevaba meses sabiendo que se moría y había venido a buscarme. A pedirme perdón por adelantado.
***
Pedí libre un martes alegando una cita médica. Mateo se ofreció a acompañarme y le dije que no, que era una tontería ginecológica, que prefería ir sola. Mintió bien él también, fingiendo creérselo.
Andrés vivía en un piso pequeño del barrio antiguo, en la última planta de un edificio sin ascensor. Yo había estado un par de veces, a recogerlo para ir al cine con un grupo de la academia. Sabía el portal de memoria. Subí los cuatro pisos despacio, parándome en cada rellano. No sé cómo describir lo que sentía. No era ni excitación ni miedo, era una decisión muy grande y muy clara que me empujaba hacia arriba sin pedirme permiso.
Toqué el timbre con el dedo flojo. Abrió él. Estaba mucho más delgado, casi sin pelo, con la piel de un color que no era el suyo. Pero los ojos eran los mismos. Me miró como si llevara semanas esperándome.
—Hola —dijo solamente.
Pasé sin esperar invitación. El piso olía a cerrado y a medicina. Me llevó al salón, que tenía las persianas a media altura y una manta tirada en el sofá. Se ofreció a guardarme el abrigo y yo se lo dejé caer en los brazos. Debajo no llevaba nada.
Vi la cara que puso. No fue lujuria, fue una especie de gratitud que casi me rompe.
—Lucía…
—No digas nada —le pedí—. Por favor.
Me arrodillé delante del sofá y le bajé el pantalón del pijama. Le bajé también la ropa interior, con cuidado, sin mirarle la cara. Tenía la polla más grande de lo que esperaba, gruesa, ya medio dura solo por el momento. La cogí con la mano y me la metí en la boca antes de pensarlo demasiado. Si pensaba, no iba a poder.
Andrés echó la cabeza hacia atrás contra el respaldo y soltó un quejido bajo, casi un sollozo. Le puse la mano libre en el muslo para tranquilizarlo, como si fuera él quien necesitara que lo tranquilizaran, y seguí. Lo chupé sin prisa, ensayando lo que recordaba que le gustaba a Mateo y lo que nunca me había atrevido a hacer del todo con él. Saliva, lengua plana, la mano acompañando. Mi propio jadeo me sorprendió.
Cuando lo noté demasiado al borde, me aparté. Me subí encima de él, a horcajadas en el sofá. Le miré por primera vez desde que había llegado. Tenía los ojos brillantes, como en el archivo, pero ahora no había culpa en ellos.
—Quizás no deberíamos —murmuró.
—Quizás no —le dije, y me senté sobre él muy despacio.
Sentí cómo me iba abriendo. Cómo entraba, centímetro a centímetro, hasta el fondo. Me quedé quieta un momento, con la frente apoyada en su frente, respirando los dos al mismo ritmo. Después empecé a moverme.
Andrés me puso una mano en la cadera y la otra entre las piernas. Sus dedos encontraron el clítoris con la misma precisión del primer día, pero ahora yo no oponía resistencia a nada. Subía y bajaba sobre él, cada vez más rápido, sintiendo cómo el sofá crujía y cómo su boca buscaba mis pezones. Le mordí el hombro para no gritar. Me corrí así, encima de él, agarrándome a su nuca con las dos manos, sintiendo que el cuerpo entero se me deshacía.
No le dejé descansar. Sin sacarla, me incliné hacia atrás y nos dejé caer en el sofá, yo debajo y él encima. Abrí las piernas todo lo que pude. Lo necesitaba dentro otra vez, hondo, ya sin máscaras. Andrés se incorporó sobre los brazos y empezó a embestirme con una fuerza que no parecía caber en aquel cuerpo enfermo. Le miré la cara y por un momento me olvidé de que se estaba muriendo. Era solo un hombre encima de mí, dándome lo que yo había ido a buscar.
El segundo orgasmo me pilló de espaldas. Me arqueé bajo él y gemí sin disimulo. Le clavé las uñas en la espalda. Me importaba muy poco si los vecinos oían algo, si los vecinos pensaban algo.
Sentí que se iba. Sacó la polla a tiempo, justo a tiempo, y se corrió sobre mí, sobre el vientre y los pechos. Yo lo miraba desde abajo, viéndole temblar entero, y por primera vez en toda la tarde se me llenaron los ojos de lágrimas. No quería que se hubiera salido. Lo habría preferido dentro. Pero él, incluso en eso, había conservado más cabeza que yo.
Me incorporé sin limpiarme. Lo cogí por la mandíbula con las dos manos y le metí la punta en la boca otra vez, y le chupé las últimas gotas mientras él me acariciaba el pelo. Después le solté.
Me levanté. Recogí el abrigo del suelo y me lo puse directamente sobre la piel, así, con su semen todavía caliente resbalándome por encima. Caminé hasta la puerta. Antes de abrirla, me giré.
—Ahora me perdonas tú a mí —le dije.
Andrés sonrió. Una sonrisa cansada, agradecida.
—Solo es un hasta luego, Lucía. Me alegro mucho de haberte conocido.
Cerré la puerta y bajé los cuatro pisos sin parar.
***
Andrés murió tres semanas después. Me llamó Beatriz desde la academia, llorando, para decírmelo. Lo enterraron un sábado por la mañana y yo no fui. No podía. Le dije a Mateo que tenía migraña y me quedé en la cama todo el día, dándole vueltas a aquella tarde en su salón.
Nunca le conté nada a mi marido. No se lo conté entonces y no se lo he contado en los años que han pasado. A veces, cuando lo veo dormido a mi lado, pienso que se lo debo. Otras veces pienso que contárselo sería un acto de egoísmo, una forma de aliviar mi conciencia a costa de la suya.
De lo que sí estoy segura es de que no me arrepiento. De aquello del archivo, sí. Mucho. Pero de la tarde en su casa no. De haber subido aquellos cuatro pisos no me arrepentiré nunca. Andrés se llevó algo mío que no le pertenecía a nadie más, ni siquiera a Mateo, y yo me llevé de él lo único que todavía podía darme.
Por eso lo escribo aquí, ahora, tantos años después. Porque a alguien tengo que contárselo. Y porque sigo pensando, cada vez que me acuerdo, que lo volvería a hacer.