Mi novia se entregó al cumpleañero mientras yo miraba
Me llamo Mateo, y esto es lo que ocurrió la noche en que mi novia Camila terminó siendo la zorra del cumpleañero en una fiesta a la que yo nunca debí dejarla ir sola.
Todo empezó unos meses atrás. Camila me comentó una tarde que un grupo de sus amigos iba a celebrar un cumpleaños y que ella quería ir. Yo le dije que no había ningún problema, que se divirtiera. Confiaba en ella, o al menos eso creía.
El día de la fiesta se preparó como nunca. Se puso un vestido gris muy ceñido, de una tela que parecía pegada a la piel. Era corto, le dejaba las piernas al descubierto, y el escote era tan profundo que las tetas parecían a punto de escapársele. Cuando se inclinó frente al espejo para ponerse el rímel, me di cuenta de algo más: bajo el vestido llevaba una tanga minúscula, casi un hilo. Nunca antes la había visto vestirse así para salir sin mí.
La llevé en el coche hasta la casa donde era la celebración. Era una casa grande, en una urbanización tranquila, con coches estacionados a ambos lados de la calle. Me despedí con un beso rápido, le dije que me llamara cuando quisiera volver, y la vi alejarse hacia la puerta. Mientras caminaba, el vestido se le subía un poco con cada paso, y por un segundo me pareció ver de nuevo esa tanga.
Tenía un mal presentimiento. No era celos, era algo más profundo, como un aviso del estómago. Di la vuelta a la manzana, aparqué a dos calles de distancia y me quedé allí, en el asiento del conductor, mirando la hora pasar.
Pasaron casi dos horas. Camila me escribió un mensaje: «Está buenísima la fiesta, todos súper amables, ya te cuento cuando llegue». Demasiados emojis para alguien que solo está conversando. Decidí que iba a entrar.
Me puse una gorra que llevaba en el coche y unos lentes oscuros, aunque ya era de noche. No es que pensara pasar desapercibido para todo el mundo, pero suponía que con tantos invitados que no se conocían entre sí nadie me prestaría atención. La puerta estaba abierta, salía música a todo volumen y un grupo de chicos fumaba en el jardín. Entré sin que nadie se girara.
El salón era enorme. Habían movido los muebles a las paredes y un grupo bailaba muy pegado en el centro. Otros, sentados en círculo sobre la alfombra, jugaban a algo con una botella en el piso. Las penumbras, las luces de colores y el humo me ayudaban. No vi a Camila por ningún lado.
Subí hacia el segundo piso buscando un sitio desde el que mirar sin ser visto. Justo cuando llegaba al rellano, escuché su risa abajo. Me asomé por la barandilla y la vi salir del baño, arreglándose el vestido, y caminar derecho al círculo de la botella. Se sentó entre dos chicos. Uno de ellos, alto, fornido, con una camisa abierta hasta la mitad, era el cumpleañero. Se lo notaba por la corona de cartón ridícula que llevaba a un lado de la cabeza.
El juego no era inocente. Cada vez que la botella señalaba a alguien, el reto que le daban tenía que ver con besar, lamer o desaparecer dos minutos en algún cuarto. Vi a Camila reírse, aplaudir, beber de un vaso largo. Llevaba en la mano un cóctel rosado, y cada trago la dejaba más suelta.
La botella la apuntó a ella. La giró otra vez y apuntó a él. Y entonces propuso, en voz alta, que se fueran a su cuarto, los dos solos, a hacer lo que les diera la gana. Esperé que Camila se negara, que dijera la frase típica, que se inventara una excusa. La muy puta sonrió, asintió y le tendió la mano para que la levantara.
Cuando se pusieron de pie, él le pasó la mano por el culo, descaradamente, frente a los demás, y le dijo algo al oído. Camila se rio. Yo escuché desde la escalera cómo el resto de los invitados gritaban que subieran, que se grabaran, que le dieran fuerte. Tuve que apartarme corriendo del rellano antes de que me vieran.
Entré en la primera habitación que encontré. Tenía un armario empotrado, con una puerta corrediza de listones de madera. Me metí dentro y la cerré con cuidado. A través de los listones se veía toda la habitación: la cama doble, el escritorio, la lámpara. Era casi cómico, como una escena de una mala película. Pensé que en cualquier momento alguien abriría la puerta, me encontraría agachado entre camisas colgadas y todo terminaría en bochorno.
***
Lo que terminó pasando fue mucho peor.
La puerta se abrió y entraron ellos. El cumpleañero —ahora ya sabía que se llamaba Esteban, porque ella lo dijo bajito, con esa voz que pone cuando algo le gusta demasiado— la traía agarrada de la cintura. Cerró con llave.
—Te he visto toda la noche con ese vestido —le dijo él, empujándola hacia la cama—. Sabías lo que ibas a provocar.
—No sabía nada —respondió ella, mintiendo de la peor manera, riéndose entre dientes.
La besó de inmediato. No fue un beso suave. Le metió la lengua entera, le agarró el pelo, la dobló hacia atrás. Camila no se resistió ni un segundo. Le pasó los brazos por el cuello y subió una pierna a su cadera. Mi novia, la misma que esa mañana me había dicho que estaba cansada y no podíamos coger.
La hizo girar de espaldas y se sentó en la cama. La atrajo encima, la sentó a horcajadas sobre sus muslos. Le metió las manos bajo el vestido y se lo arrugó hasta la cintura. La tanga blanca, casi transparente, ya se le había hundido entre los labios.
—Eres una zorrita —le dijo, dándole una nalgada que retumbó—. Mírate, viniendo a la fiesta con el novio esperando y haciéndote la difícil.
—Sí, soy una zorrita —repitió ella, con la voz quebrada, mientras él le daba otra nalgada más fuerte que la anterior.
El culo de Camila vibraba con cada golpe. Yo lo veía desde apenas dos metros, escondido, sin poder hacer ni un ruido. Tenía la garganta seca y un nudo entre las costillas, y aun así, contra todo lo que mi cabeza me decía, sentí cómo se me ponía dura.
Él le metió dos dedos a un lado de la tanga. Camila se apoyó en su pecho y se mordió la mano para no gritar.
—Estás empapada —le dijo Esteban, sacando los dedos brillantes—. Hace rato que estás empapada, ¿verdad?
Ella asintió. Asintió, así, sin más.
De pronto Camila pareció reaccionar. Hizo el ademán de levantarse, dijo algo sobre que debían volver abajo, que iban a notar la ausencia. Él la cogió del cabello, no de manera cariñosa, y la tiró boca abajo sobre la cama. Camila cayó con los brazos extendidos y la cara contra la almohada. No se quejó. No se levantó. Se quedó así, como esperando.
—No te vas hasta que no te abra entera —le dijo él.
Y mi novia, en lugar de pedirle que parase, levantó el culo, le levantó ella misma el vestido y le dejó la tanga a un lado. La luz de la lámpara del techo le caía justo encima. Yo veía cada pliegue, cada gota.
Esteban se bajó el pantalón. Tenía la verga más grande que la mía, claramente más gruesa, y no se molestó en ponerse condón. Camila, con la cara contra la almohada, no podía ver. Solo dijo, en un susurro:
—Ponete protección, por favor.
—Ya está —respondió él, sin tocarla siquiera.
Y se la metió de un solo golpe.
Camila gritó algo entre dolor y placer, mordió la almohada, agarró las sábanas con las dos manos. Él la embistió tres, cuatro veces, sin pausa, hasta que ella levantó la cabeza, abrió la boca y soltó un gemido que yo había escuchado, sí, lo había escuchado en mi cama, pero nunca con esa intensidad.
—Más fuerte —le pidió, sin que él tuviera que sugerirlo—. Más fuerte, por favor.
Él la cogió del pelo con una mano y le rodeó la cintura con la otra. Le clavó las nalgadas, le clavó la verga, le susurró palabras que llegaban hasta mi armario:
—Esto es lo que necesitabas, ¿no? Que alguien te tratara como mereces. Tu novio no te lo hace así, seguro.
—No, no me lo hace así —reconoció Camila, con la lengua casi fuera, mojada de saliva y de sudor.
Sentí algo que no sé describir. No era solo rabia, ni solo deseo, ni solo humillación. Era una mezcla amarga, eléctrica, que me dejó paralizado contra la pared del armario, con las manos cerradas en puño dentro de las mangas.
***
El cambio de posición fue idea de ella. Se quitó el vestido por completo, lo lanzó al suelo, y quedó desnuda sobre Esteban, montándolo. Las tetas, libres por fin, le rebotaban con cada subida. Él se las apretaba, se las chupaba, le hablaba pegado al cuello:
—Desde hoy, esto es mío. ¿Entendiste? Cuando yo te llame, vienes.
—Sí, papi —respondió mi novia. Esas dos palabras, en su boca, me dolieron más que todo lo anterior.
Cabalgó sobre él un rato largo. Yo, desde mi escondite, veía cómo entraba y salía la verga, brillante, sin condón, sin un átomo de vergüenza. La luz de la lámpara hacía que todo brillara. Ella le agarraba la cara, lo besaba con la boca abierta, mientras se movía como si toda la vida hubiera querido hacer eso.
Cuando él se cansó de la posición, la giró otra vez. Le hizo bajar la cabeza, le metió la verga en la boca, y la obligó a tragársela hasta el fondo. Camila tenía los ojos llorosos, el rímel corrido, dos hilos negros bajándole por las mejillas. Sin embargo no se apartó. Cuando él aflojaba, ella avanzaba sola.
—Mírame —le ordenó él. Y Camila levantó los ojos.
Esteban se sentó en el borde de la cama. La puso de rodillas en el suelo, le dijo que abriera la boca y le sacara la lengua. Mi novia obedeció como si lo hubiera ensayado. Él se acabó dentro de su boca, todo, sin avisar. Camila tragó. No escupió. No tosió. Tragó.
Por un segundo creí que se había terminado. Pero cuando ella se puso de pie, él la cogió del cuello con suavidad falsa y la empujó contra la puerta de mi armario.
Quedé a treinta centímetros de su espalda desnuda. Veía los lunares que conocía de memoria.
—Ahora te toca por el otro lado —le dijo Esteban.
Camila normalmente se negaba a eso conmigo. Lo había hecho dos veces en cuatro años y siempre había dicho que no le gustaba. Esa noche, en cambio, separó las piernas ella sola, apoyó las palmas en el armario —los dedos a la altura de mis ojos, a un par de centímetros de los listones— y arqueó la espalda.
—Despacito al principio —pidió.
—Lo que tú digas, perrita.
No fue despacio. Fue de una sola embestida, como antes. Camila gritó contra la madera. El armario tembló. Sentí la vibración en la espalda. Ella se apoyó con más fuerza, dejó la frente pegada a la puerta y empezó a gemir, lento, profundo, mientras él le agarraba las caderas y la embestía sin parar.
La cara de Camila estaba a centímetros de la mía. Si abría los ojos, me veía. Pero no los abrió. Los tenía cerrados, la boca entreabierta, los dientes marcando la madera.
—Mírate al espejo —le ordenó él, señalando uno que colgaba al fondo de la habitación—. Mira cómo te tengo.
Camila levantó la cara, abrió los ojos, se miró. Y en ese momento yo entendí algo que no quería entender: no estaba avergonzada. Estaba orgullosa.
***
Después de eso, perdí la cuenta del tiempo. Él la llevó de vuelta a la cama. La puso en cuatro. Cambiaba de un agujero al otro como si no le importara, y Camila lo recibía todo, riéndose, pidiéndole más. Le decía que era de él, que se la cogía mejor que nadie, que volvería siempre que la llamara.
Terminó dentro de ella, en la vagina, sin condón. Yo vi cómo el semen se le escurría por los muslos, cómo le caía una gota gruesa sobre la sábana blanca. Camila se quedó boca abajo, respirando como si hubiera corrido un maratón, y él se vistió en silencio, le dio una palmada en el culo y salió de la habitación.
Camila se quedó sola conmigo, sin saberlo. La vi limpiarse con una toalla del baño, ponerse de nuevo el vestido, acomodarse el pelo frente al espejo. Sacó el teléfono y, mientras yo aguantaba la respiración, me escribió: «Mateo, ya estoy aburrida, ¿podés venir a buscarme? Te amo».
Le contesté desde el armario, con los dedos temblando: «Salgo para allá, amor».
Ella suspiró aliviada, apagó la luz y bajó. Esperé diez minutos en la oscuridad antes de salir.
Cuando llegué a la puerta de la casa, fingiendo recién bajar del coche, varios invitados me miraron raro. Un par murmuró. Otro se rio bajito. El cumpleañero estaba sentado en el sofá, con dos chicos al lado, enseñando algo en su teléfono. Levantó la vista, me sonrió de medio lado, y volvió a la pantalla.
Camila salió radiante. Me dio un beso en la mejilla, me dijo que estaba agotada, me agradeció por buscarla. En el coche, durante el camino a casa, me contó que la fiesta había estado tranquila, que casi no había bebido, que había bailado un rato con sus amigas. Me pidió que la dejara dormir cuando llegáramos, que el día siguiente prometía compensarme.
—Estoy molida —dijo, recostándose contra la ventana.
Molida de cabalgar otra verga durante dos horas, pensé.
Esa noche, a las tres de la mañana, me llegó un mensaje desde un número que no conocía. Era un video de tres minutos. Estaba grabado desde el costado de la cama, con el teléfono apoyado en algo. Se veía todo: a Esteban, a Camila, lo que le decía, lo que ella respondía, hasta el final. Llegó un segundo video. Y un tercero. Sin texto. Sin amenazas. Solo los archivos.
Todavía los conservo. No sé bien por qué.
Camila sigue yendo a casa de Esteban con la excusa de que es su «mejor amigo de la infancia». Va más seguido que antes. A veces vuelve con el pelo húmedo, dice que ayudaron a su madre a limpiar. Otras veces vuelve oliendo a colonia que no es la mía.
Y yo, todas las noches, antes de dormir, miro el techo y pienso lo mismo: que un amigo que te abre a la novia contra un armario, le mete su semen dentro y luego le manda los videos al novio, no es un amigo. Es otra cosa. Y yo todavía no he decidido qué soy yo dentro de esta historia.