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Relatos Ardientes

Mi amante me ofreció a sus dos socios enmascarados

Algo se rompió en mí la noche que entré por primera vez en el bar de Damián. Hasta entonces, mi vida había sido una sucesión de decisiones tibias y deseos que no me atrevía a nombrar. Damián era el dueño de un local con terraza en la zona vieja, y su reservado —un cuarto pequeño tras una cortina de terciopelo granate— se convirtió en el escenario de mi entrega.

Aquella primera noche llegué con una amiga y terminé sola con él. Damián tenía la mirada de un hombre que no pedía permiso para mirar. Me llevó al reservado sin teatro, me empujó contra el sofá de cuero y, antes de que pudiera arrepentirme, me sodomizó con una violencia tranquila que me dejó respirando entrecortado contra el respaldo. Cuando terminó, me miró con una sonrisa de zorro y soltó una sentencia: «Volverás antes de lo que crees».

Me reí por dentro. Lo tomé por un fanfarrón, uno de esos hombres que se creen únicos. Pero dos noches después estaba otra vez frente a su puerta, a las dos de la madrugada, fingiendo que pasaba por allí. El muy cabrón lo sabía. Me vio entrar y la sonrisa que me dedicó desde la barra me hizo más pequeña que yo misma.

—¿Has vuelto a por más? —preguntó cuando se acercó.

Asentí, y ese gesto bastó. Me agarró del brazo y me llevó al reservado con la naturalidad de quien guarda lo suyo. Allí, antes de tocarme, me obligó a pedírselo en voz alta. Tuve que decirlo. Tuve que suplicarle que me diera por el culo. Lo hice, agachando la cabeza, sabiendo que con cada palabra me convertía en alguien que no había sido nunca.

Me ordenó desnudarme y ponerme a cuatro patas en el suelo, no en el sofá. Era una prueba y la pasé. Me folló como aquella primera noche, con esa precisión brutal que me hacía olvidar mi nombre, y se detuvo justo cuando empezaba a temblar. «Esto era el aperitivo», dijo. «Espérame así, desnuda, en el suelo». Se marchó. Pasé más de una hora a cuatro patas, frotándome el clítoris con la mano, dudando si huir o esperar.

Esperé. Cuando volvió, me sodomizó otra vez sin decir palabra. Después siguió jugando conmigo, alternando coño y culo, hasta que el bar cerró y se quedó solo conmigo. Me poseyó entonces sin pausas. Salí al amanecer agotada y sucia, con sus reglas grabadas en la piel: cada vez que volviera, debía suplicarle, llegar a la misma hora y aceptar lo que él decidiera. A mis veintitrés años, con un novio que me esperaba en casa y un trabajo de mañana, Damián me sacaba más de veinte años y un poder sobre mí que ni siquiera mi propio cuerpo entendía.

Volví siete veces en dos semanas. Cada vez más adicta, cada vez más suya. Hasta que hace dos noches, después de una sesión que me dejó temblando contra el respaldo, me citó para el día siguiente a las cinco de la tarde.

El bar estaría cerrado a esa hora. Pensé que por fin lo tendría para mí sola. Llegué puntual y golpeé la puerta con el puño. Damián abrió, me llevó al reservado con prisa, y yo me desnudé sin que me lo pidiera. Estaba a cuatro patas sobre el sofá cuando alguien golpeó la puerta del local. Salió disparado y volvió un par de minutos después con la cara cambiada. La sonrisa socarrona había desaparecido.

—Esta tarde tengo otros planes para ti —dijo—. El futuro depende de lo que decidas.

Me cubrí los pechos sin querer. Él se sentó a mi lado, sin tocarme.

—Tengo dos socios. Les hablé de ti. Especialmente de cómo te gusta que te folle el culo. Están en el bar, esperando.

El mundo se detuvo. Empecé a vestirme con dedos torpes.

—Una cosa es aceptar tus caprichos —le dije, con la voz quebrada— y otra que me trates como a una puta.

Me agarró el brazo, me obligó a sentarme. Me tomó la cara con la mano.

—Tú eres la que viene a mí. Tú me suplicas. Puedo tener a la que quiera. Una zorra más o menos me da igual.

Sus palabras me partieron por dentro. Pero la idea de no volver a tenerlo me asustaba más que la propia humillación. Pregunté si sería solo esa vez. Asintió. Pregunté si él participaría. Negó: yo era el regalo. Acepté con la única condición de que usaran condones.

—Mis socios están casados —dijo Damián con una risa baja—. Vienen con antifaces, por si acaso. Hay uno para ti también, si quieres.

Lo quise. Me lo puse con dedos temblorosos. El mundo se redujo a sombras y al pulso de mi propio corazón.

No tardaron en entrar. Dos hombres con trajes oscuros, antifaces negros, olor a colonia cara. Tendrían cuarenta y tantos. Se desnudaron sin prisa. Eran cuerpos sólidos, no perfectos: tripa incipiente, vello en el pecho, hombros anchos. Sus pollas, a media erección, prometían lo que venía. Me devoraban con la mirada de pies a cabeza.

Damián ordenó:

—De rodillas en el sofá, antebrazos en el respaldo.

Obedecí al instante. Uno se colocó detrás, separó mis rodillas con manos firmes y le susurró a Damián mientras se enfundaba el condón:

—No mentías. Esta zorra tiene un culo de campeonato.

Se abrió camino con un empuje lento que me arrancó un gemido leve. En ese instante, el otro aprovechó mi boca abierta y me metió la polla desnuda hasta la garganta. Yo chupaba como podía, la lengua trabajando en torno al glande, mientras el de atrás me embestía con un ritmo cansino y profundo. Se jactaban entre risas: «Mira cómo se entrega la putita».

Damián observaba desde el lado, inmóvil, con los ojos clavados en mí.

—Si se porta bien —prometió—, esta noche le parto el culo como a ella le gusta.

Lo miré a través del antifaz y le tendí la mano queriendo arrastrarlo al juego. Él retrocedió un paso confirmando que no participaría.

Diez minutos se estiraron como una hora. El de atrás no cedía. El de delante no protestaba. Bajé la mano al clítoris, frotándolo con dedos desesperados, y el orgasmo me alcanzó como una ola. Solté la polla de mi boca para gemir un grito animal. Los tres rieron a la vez, como si hubieran ganado algo.

—Me gusta cuando se corre una zorra —gruñó el de delante mientras se sacaba—. Voy a darle por el culo para que lo repita.

Me arrancó una risa nerviosa que rompió la tensión en el pecho.

—Me gusta que me den por el culo —dije, con una audacia que me sorprendió—, pero me corro mucho antes cuando me follan por el coño.

Estallaron las carcajadas. Yo me uní a ellas. Algo cambió en aquel instante: dejé de ser víctima y pasé a ser jugadora en el mismo tablero.

Se enfundó otro condón y se acomodó entre mis muslos. Me penetró por el coño con un empuje fluido y el placer fue inmediato, una corriente que me arqueó la espalda. Me mecía contra él, mis gemidos llenando el reservado, los antifaces sin lograr ocultar la lujuria en sus ojos. El otro socio se acercó por el lado, me pellizcó un pezón con una crueldad delicada que me arrancó un jadeo, mientras Damián, desde su rincón, murmuraba: «Mira cómo se mueve la putita. Esto es solo el principio».

Bajé la mano al clítoris otra vez.

—Más fuerte —exigí entre dientes.

Obedeció hasta hacer crujir el sofá. El orgasmo estalló como un relámpago. Grité que quería a los dos al mismo tiempo.

***

El primero, el de la risa estruendosa, se tendió en el sofá boca arriba con un condón nuevo. «Ven aquí, zorra», gruñó. Me monté sobre él a horcajadas, bajé despacio empalándome en su polla, y suspiré contra su pecho. El segundo no esperó: se arrodilló detrás de mí en el sofá, separó mis nalgas con una reverencia casi obscena y, tras escupir en su mano para lubricar el condón, presionó la punta contra mi entrada trasera.

El empuje fue simultáneo. El de atrás se hundió en mi culo centímetro a centímetro, estirándome hasta el umbral del dolor que se fundía en placer puro. Sentí sus pelotas rozando las del de abajo, una unión obscena, dos vergas separadas solo por una pared de carne. Grité un aullido que rasgó el aire.

—¡Me partís en dos! —rugí, con lágrimas escapando bajo el antifaz.

Empezaron a moverse, sincronizados como pistones. El de abajo embestía hacia arriba, el de atrás se retiraba y volvía con golpes secos contra mis nalgas. Yo era el eje. Mis tetas saltaban, el sudor me resbalaba por la espina dorsal, mis uñas dejaban surcos rojos en el pecho del de abajo. La otra mano la tenía en el clítoris, frotando círculos furiosos que multiplicaban el fuego hasta hacerlo insoportable.

Damián no apartaba la vista. Su polla se le notaba dura bajo el pantalón, pero seguía inmóvil. «Mírala, joder. Mirad cómo lo traga todo», susurró con una voz casi reverencial. «Es una diosa, chicos. Nunca vi nada igual».

Sus palabras me arrastraron. Cabalgué con más lascivia, gimiendo su nombre en silencio, solo para él. El clímax llegó como un cataclismo, una explosión que me sacudió entera.

—¡Me corro! ¡No paréis! —aullé.

Me desplomé entre ellos, temblando entre réplicas, un charco de placer exhausto.

Entonces Damián se acercó por fin. Sus manos ásperas me acariciaron las mejillas. Sus ojos ardían con una lujuria nueva, la polla tensa contra la tela como una bestia enjaulada. Se desabrochó el cinturón con un chasquido metálico y se desnudó. La verga libre, gruesa, venosa, lista para reclamar lo suyo.

—No hemos terminado contigo, zorra —dijo, agarrándome por las caderas con dedos que dejaban marca—. Voy a llenarte el culo hasta que reboses, mientras mis socios se corren en tu boca.

Me volteó con una fuerza precisa y me puso a cuatro patas contra el respaldo. Los pechos aplastados contra el cuero, el culo en alto. Escupió directamente sobre mi entrada y empujó de una sola vez, sin condón, hasta las pelotas. Mi recto se lo tragó entero con un estiramiento ardiente. Grité un quejido desgarrador.

—¡Damián, sí! ¡Lléname, rómpeme el culo! —supliqué, empujando hacia atrás para ordeñarlo.

Embestía como un poseso, una mano bajando a mi clítoris para frotarlo en círculos furiosos. Los socios, mientras tanto, apuntaron sus pollas hacia mi boca como cañones cargados. «Abre, puta», masculló el de la risa. Obedecí. Chupaba alternando, la saliva goteando por mi barbilla, las pelotas golpeando mi mentón. Damián aceleró hasta que sentí el chorro caliente inundándome el recto en oleadas. Yo froté con furia mi clítoris y el orgasmo me convulsionó otra vez.

Los socios no aguantaron el espectáculo. El primero explotó en mi boca con un bramido. Tragué lo que pude. El segundo se corrió en mi cara segundos después, semen caliente salpicando labios, mejillas y tetas. Damián se retiró por fin y su semen me chorreaba por el ano dilatado.

Me desplomé contra el respaldo, temblando en un charco de fluidos míos y ajenos. Damián me levantó con brazos temblorosos y me besó los labios tras relamerme.

—Eres una máquina —dijo—. Y mantengo lo de esta noche. Pero solo para mí, sin juegos.

***

Los socios se incorporaron con gruñidos satisfechos, las pollas flácidas colgando como banderas de victoria. El de la risa estruendosa me palmeó el culo con una mano floja.

—Ya has cumplido, zorra. Ahora lárgate, que hemos terminado contigo.

El otro me lanzó la ropa interior arrugada como si fuera un trapo usado. Damián, todavía jadeante, me miró con una mezcla de orgullo y frialdad calculada. Me vestí con dedos torpes, el vestido pegado a la piel sudada, las bragas empapadas que apenas contenían el semen chorreante. Caminé hacia la puerta. Él me acompañó hasta la calle.

—Esta noche, a la misma hora —murmuró, y me empujó al exterior con una palmada en el trasero que me hizo gemir bajito.

La puerta se cerró tras de mí con un clic definitivo. Caminé unos pasos por la calle desierta, el viento secándome el sudor en la piel. Y entonces lo recordé: el móvil. Lo había dejado en el reservado. El corazón me martilleó en el pecho. Regresé corriendo, pero la puerta principal estaba cerrada. Iván, uno de los camareros, salía justo en ese momento por la puerta de servicio con dos bolsas de basura. Le dije que había estado con Damián y necesitaba recuperar el teléfono. Me dejó pasar sin preguntar.

Avancé por el pasillo hacia el reservado, pegada a la pared. Antes de llegar oí voces graves desde la oficina. Risas. Me acerqué de puntillas. La puerta estaba entreabierta. Eran ellos: Damián y los dos socios, todavía con los antifaces subidos en la frente, bebiendo whisky y celebrando como pervertidos en su guarida.

—¡Nunca vi un culo que aguantara tanto! —tronó el de la risa estruendosa—. Se lo hemos follado como a una puta barata, y estoy seguro de que hubiese aguantado mucho más.

El otro socio soltó una carcajada baja, más oscura. Y entonces dijo lo que me heló la sangre.

—Vosotros reís —dijo—. Yo llevo años esperando esto. ¿Sabéis quién es? Es Sofía. La mejor amiga de mi hija. Una niñata de veintitrés años que viene a casa cada semana con mi Carla. La he visto mil veces meneando ese culo con pantalones cortos por mi salón, y se me ponía la polla como una piedra. Estaba obsesionado. Temblaba cada vez que la veía. Por eso pedí los antifaces, por si la muy guarra me reconocía.

—¡Eres un hijo de puta! —rió Damián—. Pero qué bien lo has planeado.

—La próxima vez la cito yo solo —siguió el otro—. Me invento una excusa familiar, una llamada de mi mujer, lo que sea, y me la follo en mi propia cama. Mi hija no sospecha nada.

Me tapé la boca con las dos manos para no gritar. ¿El padre de Carla? Mi mejor amiga desde el colegio, la que me contaba todo, la de la familia estricta y el padre tan serio que siempre me saludaba con un beso seco en la mejilla. Era él. El hombre que se acababa de correr en mi boca. El que me había follado el coño y el culo durante horas con la fría premeditación de un cazador.

Las lágrimas calientes me rodaban por las mejillas todavía manchadas de semen seco. Caminé de puntillas hasta el reservado, recogí el móvil del suelo y volví por el pasillo en silencio, no corriendo, para que nadie me oyera. Iván me abrió la puerta de servicio sin mirarme la cara. Salí a la calle y subí al coche.

Conduje hasta una rotonda y me detuve a vomitar en la cuneta, el cuerpo todavía palpitante de placer ahora profanado por la verdad. La voz del padre de Carla la había escuchado cientos de veces en su salón, en su cocina, en las cenas familiares a las que ella me invitaba. ¿Cómo no la reconocí? Tenía la mente nublada por el juego, por Damián, por la lujuria que él había encendido en mí dos semanas antes y nunca dejé apagarse.

Damián me había entregado a un monstruo disfrazado de socio. Y ese monstruo planeaba volver, ahora sin antifaz, ahora directamente en su casa, a unos metros de la habitación donde duerme mi mejor amiga. Sé que abusó de mí porque, sabiendo quién era, no habría dicho que sí jamás. Lo único que me queda ahora es planear la venganza. Pero antes tengo que decidir cómo proteger a Carla de la verdad sobre su padre. Y sobre mí.

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Comentarios (5)

GonzaLect

increible, uno de los mejores que lei aca en mucho tiempo. Seguí así!!

Facundo_bsas

Por favor una segunda parte, me quede con ganas de saber como sigue. No me dejes asi

RocioFP

Me atrapo desde el principio, muy bien narrado. De esos relatos que uno vuelve a leer

MarceloBaires

jaja no me lo esperaba el final, tremendo giro. Me mato

Valeria_Noc

Me recordo algo que me paso en otra epoca, aunque sin tanto morbo jajaja. Muy entretenido

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