Mi noche de infidelidad con la mujer del tren
El tren de las siete y veinte salía de la terminal con un silbido largo y cansado, igual que yo.
Me llamo Eduardo, aunque ya casi nadie me dice así. A mis cincuenta y siete años cargo con una panza que me cuelga por encima del cinturón, una calva pulida que brilla bajo cualquier luz y una cara que alguna vez, hace mucho, tuvo cierto encanto. La edad me robó la mandíbula firme y la mirada confiada, pero no logró apagar del todo esa brasa que todavía se me enciende por dentro cuando una mujer que vale la pena pasa cerca.
Acomodé la maleta en el portaequipajes y me dejé caer junto a la ventanilla con un suspiro pesado. Carmen, mi esposa, se había quedado en casa, como siempre. Me dio un beso seco en la mejilla antes de salir, me recordó si llevaba las pastillas y me soltó un «cuídate, Edu». Nada más. Treinta y dos años de matrimonio reducidos a un cariño tibio y a silencios cómodos.
Saqué el portátil del bolso sin intención real de abrirlo. Y entonces apareció ella.
Se detuvo en el pasillo un segundo, comprobando el número del asiento. Alta, de curvas anchas y descaradas, con un cuerpo que parecía haberse negado a envejecer del todo. Rondaría los cincuenta y pico, pero los llevaba con una seguridad casi animal. El vestido le marcaba todo: tela ligera, ajustada, con un estampado de leopardo negro y dorado que se pegaba a las caderas, a la cintura todavía dibujada y a unos pechos grandes y pesados que subían y bajaban con cada respiración. El escote no era vulgar, pero tampoco escondía nada. El bajo le terminaba unos dedos por encima de la rodilla, mostrando unas piernas firmes y trabajadas.
Tragué saliva.
Y, no sé por qué, me vino a la cabeza una frase que Carmen había dicho años atrás, viendo una película en el sofá: «Las mujeres que se visten de estampado animal son fieras en la cama, Edu. Las conoces y te quedas sin vacaciones».
La desconocida se sentó justo a mi lado. Su perfume me llegó al instante: dulce, cálido, con un punto picante que se mezclaba con el calor natural de su piel. El vagón pareció reducirse a la mitad. Intenté concentrarme en el paisaje que pasaba por la ventana, pero era imposible no sentirla a tres dedos de distancia.
Los primeros veinte minutos viajamos en silencio. Solo el ronroneo del tren y el roce ocasional de nuestros brazos cuando el vagón se balanceaba en una curva. Entonces ella giró la cabeza y me sonrió con una lentitud calculada, los labios pintados de un rojo oscuro curvándose entre la elegancia y el peligro.
—Viaje largo, ¿no? —dijo con una voz grave, ligeramente ronca, como si hubiera pasado la vida riéndose en voz baja.
Asentí. Tenía la boca seca.
—Sí. Voy al norte por trabajo. Tres días fuera de casa.
Se acomodó mejor, cruzando las piernas con naturalidad. El vestido se le subió un par de centímetros más, dejando ver más piel firme y morena.
—Yo también viajo por trabajo —respondió, sin apartar los ojos de los míos—. Aunque odio los trenes. Siempre acabo hablando con desconocidos. O haciendo cosas mucho más interesantes.
A partir de ahí, la conversación fluyó con una facilidad que me desarmó. Hablamos del calor pegajoso del vagón, de lo incómodos que eran los asientos, de las ciudades que íbamos dejando atrás. Pero debajo de cada palabra corría una corriente eléctrica. Cada mirada duraba un segundo de más. Cada sonrisa suya parecía guardar una promesa. Yo, que llevaba meses sin sentir nada parecido por debajo del cinturón, noté cómo empezaba a despertarse algo lento y pesado.
Cuando el tren entró en la estación de destino, bajamos al andén caminando hombro con hombro. Ninguno de los dos mencionó nombres ni hoteles. Solo sabíamos que esa noche no queríamos estar solos. Cruzamos la calle hasta un hotel modesto pero limpio, uno de esos que se ven nada más salir de la estación. Pedimos una habitación doble, dejamos las maletas y volvimos a la calle.
—Acompáñame a cenar —dijo ella, enganchándose a mi brazo—. Tengo hambre.
Caminamos por el centro como una pareja vieja que se reencuentra después de meses. La noche estaba cálida, las farolas dibujaban sombras suaves sobre su vestido de leopardo y aquel perfume suyo lo cubría todo. Acabamos en un italiano discreto, con velas en las mesas y música baja. Pedimos una botella de tinto que se nos terminó antes del segundo plato.
La conversación se volvió más íntima, más cargada. Ella se inclinaba al hablar, y sus pechos grandes se apretaban contra el escote del vestido. Yo no podía dejar de mirarlos, y ella no hacía nada por disimular que se daba cuenta.
—¿Sabes lo que más me gusta de los hombres de tu edad? —dijo, jugando con la copa entre los dedos—. Que ya no tienen prisa por demostrar nada.
Antes de que pudiera contestar, se inclinó sobre la mesa, me tomó la cara con las dos manos y me besó. No fue un beso de tanteo. Fue profundo, húmedo, descarado. Su lengua entró sin pedir permiso y se enredó con la mía con un hambre que llevaba meses esperando. Cuando se separó, tenía los labios hinchados y los ojos brillantes.
—Llevo deseando esto desde que me senté a tu lado —susurró.
Pagamos la cena casi sin esperar el cambio. En cuanto doblamos la primera esquina oscura, ella me empujó suavemente contra el muro de un callejón estrecho. Sin mediar palabra se arrodilló frente a mí, me abrió el pantalón con dedos expertos y me bajó el calzoncillo.
Mi polla, ya medio dura, saltó libre. La miró como si llevara años esperándola.
—Qué bonita la tienes… y los huevos qué pesados —murmuró con esa voz ronca.
Se la metió entera en la boca de un solo movimiento. Su lengua giraba alrededor del glande, bajaba a los testículos y los chupaba uno a uno con devoción, metiéndoselos completos. Era una mamada babosa, ruidosa, profunda. Le caían hilos de saliva por la barbilla. Nunca, en toda mi vida, nadie me había comido así.
Gruñí, apoyando una mano contra la pared. Las piernas me temblaban como a un crío.
Cuando consideró que ya estaba bien duro y bien mojado, se levantó, me dio otro beso profundo con sabor a mí mismo y me susurró al oído:
—Vámonos arriba. Quiero que me folles toda la noche como si nunca hubieras follado a nadie.
***
Entramos en la habitación casi corriendo. El vestido de leopardo cayó al suelo con un susurro suave en cuanto cerró la puerta. Debajo, llevaba solo un tanga negro de encaje que apenas tapaba nada. Sus pechos grandes quedaron libres, balanceándose con cada movimiento, los pezones oscuros ya endurecidos.
No me contuve. Bajé la cabeza y le atrapé un pezón en la boca, succionando con fuerza mientras le apretaba el otro pecho con la palma abierta. La carne caliente y abundante se me desbordaba entre los dedos. Ella arqueó la espalda y soltó un gemido largo.
—Más fuerte… me encanta sentirte la boca ahí —pidió, hundiendo los dedos en mi calva.
La devoré con el hambre acumulada de muchos años de cama tranquila. Mordisqueé, tiré de los pezones con los labios, apreté hasta hundir los dedos en aquella carne abundante. Ella gemía cada vez más alto y me empujaba la cabeza hacia donde quería.
Me tumbó de espaldas sobre la cama y me arrancó los pantalones de un tirón. Se arrodilló entre mis piernas y volvió a la polla con la misma adoración del callejón, pero más lenta esta vez. Subía y bajaba la cabeza con un ritmo paciente, succionando con fuerza al llegar arriba, mientras una mano me masajeaba los huevos empapados de saliva.
—Ahora quiero que me la metas —dijo apartándose con los labios brillantes.
Se subió a la cama a cuatro patas y me ofreció el culo y un sexo completamente depilado, ya hinchado y reluciente. Me coloqué detrás, froté la punta contra los labios calientes y empujé hasta hundirme entero. Estaba apretada, ardiente y resbaladiza. Empecé a embestir con un ritmo lento pero firme, escuchando el chapoteo húmedo de cada entrada.
—Joder, qué bien se siente… —gruñí, agarrándola por las caderas.
Ella empujaba hacia atrás con la misma intensidad.
—Más fuerte. Métemela hasta el fondo.
Aceleré. Sus pechos grandes se balanceaban pesadamente por debajo de ella, golpeándose entre sí. Me incliné hacia delante, los atrapé con las dos manos y los apreté mientras seguía clavándomela. El cabecero de la cama empezó a chocar contra la pared.
Sin avisar, ella se incorporó un poco y miró por encima del hombro.
—Prueba por el otro lado.
Escupí abundantemente y empujé despacio. Centímetro a centímetro, su ano fue cediendo hasta que estuve entero dentro. Soltó un gemido largo, gutural, una mezcla de placer y queja deliciosa.
—Así. Despacio al principio. Y luego como quieras.
Le hice caso. Empecé a embestir con golpes cada vez más profundos, escuchando los huevos golpear contra su sexo mojado. El primer orgasmo me cogió de imprevisto. Con un gruñido ronco me corrí dentro de ella, vaciándome en chorros calientes. Cuando salí, un hilo blanco asomó enseguida, deslizándose hacia abajo.
Pero ella no me dio tregua. Se giró, me empujó sobre el colchón y se sentó sobre mi cara, plantándome el sexo en la boca.
—Come. Cómete lo tuyo de mí —ordenó.
Obedecí sin pensarlo. Saqué la lengua y lamí con ansia, tragándome mi propia leche mezclada con sus jugos espesos. Recorrí de abajo arriba, hundiéndome todo lo que podía, mientras ella se frotaba contra mi cara y temblaba. Se corrió así, encima de mí, con un grito ahogado, inundándome la barbilla. Tragué lo que pude. El resto me empapó la cara.
***
La noche siguió sin pausa. Me la follé otra vez por delante, otra por detrás, otra por delante. La puse de lado, de frente, a cuatro patas, sentada encima de mí cabalgándome con los pechos rebotando frente a mi cara. Le corrí en la boca y tragó mirándome a los ojos. Le corrí sobre el pecho y se untó ella misma la leche por los pezones para que yo se la limpiara con la lengua.
En algún momento, mientras me hacía otra mamada profunda, le agarré la cabeza y le folli la boca con fuerza hasta correrme otra vez, llenándole la garganta. Tragó tosiendo un poco, con un hilo blanco escapándose por la comisura.
Nos abrazamos un rato, sudorosos y pegajosos, intentando recuperar el aire. Pero el deseo no acababa de apagarse. Ella volvió a darse la vuelta, me ofreció el culo y volvimos a empezar, más lento ahora, disfrutando de la sensación de su sexo lleno de semen anterior.
La habitación olía a sexo concentrado: sudor, leche, jugos, saliva. Las sábanas estaban arrugadas y manchadas. Mis gemidos roncos y los suyos cada vez más agudos se mezclaban con el sonido obsceno de la carne chocando.
Yo nunca había follado así. Ni de joven. Aquella mujer era exactamente lo que Carmen había descrito años atrás: una fiera insaciable, sin pudor, entregada y exigente al mismo tiempo.
***
La madrugada estaba avanzada cuando ella se incorporó por enésima vez. Tenía el cuerpo brillante, los pechos pesados, los pezones todavía hinchados. Se colocó sobre mí en sentido inverso y bajó hasta que su culo quedó sobre mi cara.
—Quiero algo que seguro nunca te han pedido —susurró—. Bésame ahí. Despacio.
Sentí un escalofrío. La curiosidad pudo más que el reparo. Saqué la lengua y la pasé suavemente. Soltó un gemido largo y se apoyó un poco más.
—Así. Un poco más adentro.
Le hice caso. Lamí en círculos, exploré aquella zona por primera vez en mi vida, escuchando cómo ella gemía bajito contra la almohada. Después se giró y se sentó sobre mi cara al revés, ofreciéndome el sexo otra vez, todavía lleno de mi propia leche.
—Cómelo. Quiero verte tragar.
Lamí despacio, succionando los labios hinchados, metiendo la lengua todo lo que podía. El sabor era intenso y salado y dulce a la vez. Ella se frotaba contra mi boca con las manos apoyadas en el cabecero, gimiendo cada vez más alto, hasta que se corrió otra vez sobre mi cara con un grito largo que seguro escuchó medio hotel.
Cuando bajó del orgasmo, se deslizó hacia abajo y se sentó sobre mí, metiéndose la polla en el sexo todavía sensible. Empezó a cabalgarme despacio, con sus pechos balanceándose frente a mi cara. Le cogí uno con cada mano y me llevé un pezón a la boca, succionando mientras ella subía y bajaba.
La folli varias veces más antes del amanecer, alternando entre los dos agujeros, ya con embestidas más controladas. Me corrí dentro de ella una última vez, y volví a comerla después como me había enseñado.
***
Cuando por fin nos quedamos quietos, exhaustos y abrazados, el primer sol empezaba a colarse por la cortina. Ella me cogió la mano y me arrastró al baño sin decir palabra. El espejo del lavabo reflejaba dos cuerpos marcados por la noche: yo con mi barriga prominente y mi calva brillante, ella con los pechos enrojecidos y el sexo hinchado.
Abrimos la ducha. El agua caliente cayó como una bendición. Nos abrazamos bajo el chorro mientras se llevaba parte del sudor y los restos pegajosos. La besé despacio, con ternura mezclada con cansancio. Mis manos volvieron una vez más a aquellos pechos pesados, apretándolos con suavidad mientras el agua se colaba entre mis dedos.
Ella se giró, apoyó las palmas en los azulejos y sacó el culo hacia atrás.
—Una última vez —pidió por encima del hombro.
Me coloqué detrás y entré despacio. El agua resbalaba por nuestros cuerpos. No era el sexo salvaje de la noche, sino algo más lento, casi melancólico. Mis manos se aferraban a sus caderas mientras empujaba hasta el fondo, escuchando los gemidos suaves que se le escapaban.
—Quiero que termines en mi boca —dijo girando la cabeza—. Quiero tragármelo todo.
Aceleré un poco. Cuando ya no pude más, salí, ella se arrodilló bajo el agua y me la metió entera. Chupó con la mirada fija en la mía. Me corrí con fuerza, llenándole la boca, y tragó sin apartar los ojos hasta que no quedó nada. Después se incorporó y me besó otra vez, despacio, compartiendo el sabor de mí mismo.
Salimos de la ducha, nos secamos en silencio y empezamos a vestirnos. Ella se puso de nuevo el vestido de leopardo, que ahora cargaba con todas las huellas invisibles de la noche. Yo me metí en la misma ropa arrugada del viaje. Apenas hablamos. Solo miradas largas y sonrisas cansadas.
Antes de abrir la puerta, se acercó, me cogió la cara y me besó una vez más. Un beso largo, lento, que sabía a despedida y a secreto.
—No hace falta que nos digamos los nombres —dijo—. Esta noche ha sido nuestra.
Bajamos juntos en el ascensor. Dentro de aquel cubículo pequeño volvimos a besarnos, esta vez más corto pero igual de intenso, como queriendo guardar el sabor un poco más.
Cuando se abrieron las puertas, salimos a la calle. La ciudad empezaba a despertarse. Ella levantó la mano y paró un taxi. Antes de subir me acarició la mejilla.
—Que te vaya bien el viaje.
—A ti también —respondí con la voz tomada.
El taxi se fue. Me quedé un momento mirándolo doblar la esquina, sintiendo todavía el peso delicioso de la noche en el cuerpo. Luego paré otro y me dirigí a mi propio hotel. Faltaban dos horas para la primera reunión y tenía que cambiarme a algo decente.
Por la ventanilla cerré los ojos. Tenía el cuerpo dolorido, la polla sensible y un cansancio profundo y placentero. Sabía que volvía a mi vida de siempre: a Carmen, a la rutina, a ser el marido tranquilo y algo aburrido que era desde hacía décadas.
Pero también sabía que aquella noche no se me iba a borrar nunca.
La mujer del vestido de leopardo. Sus pechos pesados. La forma en que se arrodilló en aquel callejón. El callejón sin nombre. El primer beso negro de mi vida. La última corrida que se tragó bajo el agua caliente.
Sonreí solo, mirando cómo la ciudad se alejaba por la ventanilla. Había follado como hacía muchísimo que no follaba. Y aunque nunca volvería a verla, esa noche se me iba a quedar grabada por dentro para siempre.