Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi marido me dejó sola y encontré al joven obrero

Mi marido me dejaba hacer. Lo dije una vez y lo vuelvo a decir: la complacencia de Joaquín fue lo que me transformó en lo que soy. Durante seis meses estuvo permitiendo que Andrés y Mateo me visitaran en casa dos veces por semana, y mientras ellos me cogían, él miraba escondido detrás de la puerta del vestidor. Cuando se iban, salía y me lamía el semen que me escurría por los muslos antes de tomarme él mismo.

Al único que le ocultaba era a Rodrigo, un arquitecto amigo suyo que aparecía cada tanto cuando venía a la ciudad. Sus visitas eran las más infrecuentes y las que más me dejaban con ganas.

Todo se desordenó al principio de la primavera. A Joaquín lo mandaron a supervisar una obra en otra provincia. Se llevó a Mateo, que trabajaba en su equipo. A Andrés lo aceptaron en una universidad lejos y se fue. Y de un día para otro me quedé sin nadie. Yo, que estaba acostumbrada a coger tres o cuatro veces por semana, me encontré con las paredes y mis dedos.

Joaquín me había pedido que pasara por la constructora dos veces a la semana, porque desde allá me hacía llegar el dinero. Empecé a ir vestida como me gustaba: faldas cortas, vestidos translúcidos, sin sostén, con las zapatillas altas que me hacen mover las caderas más de la cuenta. Vivimos en una ciudad caliente, así que esa ropa pasa por normal. Para los obreros y choferes y oficinistas que se cruzan conmigo en la calle, no tanto. Me piropean y yo me dejo piropear. Salgo sin auto a propósito, porque me gusta caminar y que me miren.

Aquella tarde de marzo entré a la constructora con un vestidito naranja translúcido, sin sostén, con una tanga blanca que se notaba si me agachaba. Sandalias. Las oficinas estaban casi vacías: una secretaria, dos peones limpiando afuera. Saludé y caminé hacia la oficina de Joaquín.

Antes de llegar escuché los ruidos. Era inconfundible: alguien se cogía a alguien en el almacén de papelería. La puerta estaba entreabierta y me acerqué sin hacer sonar los tacones. Lo que vi me dejó sin saliva. Una de las secretarias —Maite, una chica nueva— estaba montada sobre un hombre, clavándose en él. No le vi la cara al tipo. Lo que sí vi fue la verga que aparecía cada vez que ella subía: gruesa, larga, brillando de jugos. Cualquier mujer se hubiera detenido a mirar eso. Yo me pasé la lengua por los labios y me apreté los muslos.

Tuve miedo de que me descubrieran, así que volví hacia la entrada y empecé a hacer ruido con los tacones, como si recién hubiera llegado.

—¿Hola? ¿No hay nadie? —grité.

Los ruidos del almacén se cortaron en seco. Salí a la calle, me ubiqué donde no me pudieran ver desde la puerta, y esperé. A los tres minutos salió Maite, nerviosa, peinándose con las manos. Después salió él. Y casi se me cae la mandíbula.

Era Iván. Iván Salazar, un auxiliar de topografía de unos veintidós años que yo ya había visto un par de veces. La primera vez que vino a casa con Joaquín pensé que era guapo. Ahora, sabiendo lo que escondía en el pantalón, era otra cosa. Me fui detrás de él. Lo seguí hasta la oficina general y casi chocamos en la puerta. Él me miró las tetas sin disimulo. Mis pezones se notaban perfectamente a través del vestido.

—¿Está alguien por acá? —pregunté con la voz más inocente que pude—. Necesito que me abran la oficina del ingeniero Linares.

—Soy yo el único que quedó, señora. Yo le abro, si quiere. Las llaves están atrás.

—Te lo agradezco. Soy Carolina, la esposa de Joaquín.

Me barrió con la mirada de arriba abajo. No bajó la voz para nada cuando me dijo:

—Es un placer, señora Carolina.

Caminé delante de él hasta la oficina de mi marido. Sabía que me miraba el culo y le di un poco más de movimiento del normal. Cuando llegamos me senté en el sillón y crucé las piernas, dejándole ver el inicio del muslo. Fingí buscar unos documentos que no existían. Le pedí que me moviera unas cajas que tampoco existían. Vi sus brazos, fuertes, marcados, mientras las cargaba de un lado a otro. Me imaginé esos brazos sujetándome de las caderas.

Le di las gracias, le estiré la mano, y me estremecí cuando me la tomó.

—Vuelvo a la tarde —le dije, tuteándolo de repente—. ¿Vas a estar?

—Si usted quiere que esté, estoy.

—No me gusta estar sola en la oficina. Da algo de miedo.

Le sonreí y se la sostuve.

—Yo vengo. Para ayudarla en lo que quiera.

Salí moviendo las caderas más de lo necesario. Apostaría a que me siguió con la mirada hasta que cerré la puerta.

***

El resto de la tarde fui una desgracia. Me masturbé en la ducha pensando en él. Me masturbé en la cama pensando en él. Me cambié tres veces de ropa hasta que me decidí por una falda roja cortísima y un top a juego, sin sostén otra vez, y la misma tanga. Me retoqué el maquillaje. Salí.

Cuando llegué a la constructora estaba casi oscuro. No había nadie en la recepción. Caminé por el pasillo hasta que escuché música, una cumbia que venía de una oficina del fondo. Allí estaba Iván, sentado, con una cerveza en la mano.

—Viniste —le dije.

—Y usted también. No deberíamos estar ninguno de los dos acá, señora.

Me ofreció el sillón. Me senté con las piernas cruzadas a la altura justa para que se notara que no llevaba mucho debajo. Aceptó cuando le dije que tenía calor y me dio una cerveza.

—Vine nerviosa —mentí—. Un tipo pasó corriendo afuera y me dio una nalgada. Me dejó el culo ardiendo.

—¿Y no le gusta que la nalgueen?

—Me gusta en otro contexto. Cuando estoy en la cama. Que me las muerdan también, suavecito.

Se rio. Yo me reí. Nos quedamos mirándonos.

—Ya sé a qué vino, Carolina —dijo de golpe.

No le contesté. Bebí de la cerveza y dejé que se acercara. Cuando estuvo de pie a mi lado, me agarró un mechón de pelo y se lo llevó a la nariz.

—Huele bien. Y se viste mejor. Disculpe que se lo diga así.

—Lo malo es que mi marido no piensa como vos. Mirá que me dejó sola.

—Eso se puede arreglar.

Me paré. Quedamos frente a frente. Me tomó de la cintura y me besó. Empezó suave, hasta que le metí la lengua y le dejé claro que no había venido por ternuras.

—Quiero macho —le dije pegada a su boca—. Olvidate del romance.

Me dio vuelta y me pegó contra él, con las manos en mis tetas. Bajó una hasta meterla bajo la falda y me apretó la pucha por encima de la tanga. Me empinó contra el escritorio y se sacó la verga del pantalón. Cuando me la frotó contra las nalgas reconocí esa misma verga monstruosa que había visto a la mañana.

—¿Querés probarla, puta?

—Me muero.

Me senté en el sillón giratorio frente a él. Le agarré la verga con las dos manos y se la chupé despacio, sin prisa, dejándole ver cómo le pasaba la lengua por la punta. Le abrí el top y le froté la cabeza entre los pechos. Él gemía mirándome. Para alguien de veintidós años, sabía dejarse adorar.

Me paré, me saqué la ropa entera y me bajé la tanga.

—Date vuelta —me dijo—. Quiero verte de atrás.

Le obedecí.

—Qué culo tenés, mamita.

—Vení a clavármela.

Me monté sobre él en el sillón. Bajé despacio, centímetro a centímetro, y sentí cómo me abría. Era ancha, mucho más que la de Joaquín, mucho más que la de Andrés. Me dejé caer hasta el fondo y me quedé quieta, asimilando. Él me apretó las nalgas como si quisiera arrancármelas, y empezó a bombearme desde abajo.

—Estás estrechita. Parecés virgen.

—Soy una puta vieja. Solo que llevo dos meses sin coger.

Empezamos a movernos los dos. Mientras él me chupaba un pezón, un dedo se le fue al culo y me lo penetró. Yo lo besé despacio, sintiendo el gusto a cerveza y a sudor joven, y me corrí por primera vez en seis semanas. Apreté las paredes alrededor de su verga y él gimió.

—Apretame fuerte, perra, sacame todo.

Sin sacarme la verga se levantó cargándome, y me llevó al escritorio. Me sentó al borde y empezó a embestir parado. Me levantó las piernas, me las puso sobre sus hombros, y me cogió a una velocidad que no era humana. Me corrí otra vez. Y otra. Cuando me sacó la verga, se agachó y me lamió todo. Me chupó la concha mojada hasta volverme loca.

Después me dio vuelta. Me puso de espaldas, con las manos contra el escritorio, y me hundió la verga en la pucha de una sola estocada tan fuerte que se me escapó un ruido vergonzoso. Él se rio.

—Ay perra, hasta los pedos te saco. Pero ahora va lo bueno.

No supe a qué se refería hasta que sentí la punta contra el ano.

—No —dije—. Por ahí no, está sin estrenar.

Mentí. Pero a Iván le valió todo. Me empujó. Me dolió. Me dolió mucho. Grité y se me llenaron los ojos de lágrimas. Me la sacó y me la volvió a meter, esta vez con saliva. Me llevó al sillón, me hizo arrodillarme y me cogió por el culo con una violencia que yo hacía años que no recibía. Era brutal. Le supliqué que parara y no paró. Cuando se vino dentro de mí me siguió bombeando por inercia, hasta que se vació del todo. Yo lloraba y temblaba y me corría al mismo tiempo, no se lo perdono y no se lo agradezco, lo guardo así, en ese lugar incómodo.

Cuando me senté me dolía cada centímetro. Me limpié con un pañuelo de papel y vi sangre mezclada con su leche. Eso lo terminó de convencer de que era virgen de atrás.

***

Nos vestimos. Tomamos un taxi y nos fuimos a un hotel cercano. En la habitación nos volvimos a tirar como si no hubiéramos hecho nada antes. Me cogió en la cama con las piernas en sus caderas, abrazándolo, besándolo. Le pedí perrito y me lo dio. Me corrí dos veces más, y él me llenó otra vez.

Pedimos algo al servicio del bar. Bocadillos, cervezas, hielo. Nos bañamos juntos. Le mamé la verga bajo el agua mientras lo enjabonaba. Estaba enamorada de su cuerpo, no de él; distingo bien las dos cosas. Volvimos a la cama mojados, me hizo un sesenta y nueve interminable, y me cogió otra vez. Por delante, esta vez. Acepté otra ronda por atrás un rato después, ya con el ano más relajado y con menos rabia. Esta vez me gustó. Esta vez le rogué al revés.

Nos dormimos. Me desperté a las cinco de la madrugada, adolorida y con olor a hombre. Lo desperté con la boca. Le tuve que mamar hasta que se le paró otra vez, porque ya no le respondía como al principio. Pero igual me cogió. Lento, sin la fuerza del comienzo, casi con cariño. Me corrí dos veces. Él se vino en mi panocha y se durmió encima de mí.

A las siete nos vestimos, salimos del hotel y tomamos otro taxi. En el camino me dejó la mano entre las piernas, con dos dedos adentro, mientras el conductor nos miraba por el espejo con una sonrisa que era envidia. Me acompañó hasta la puerta de mi casa, me besó como un novio, y volvió al taxi.

***

A la noche llamé a Joaquín. Le conté todo, omitiendo el nombre. Le dije que era un peón, joven, vergudo. Le hablé del almacén, de la secretaria, del sillón, del escritorio, del hotel. Le hablé del culo, sobre todo del culo, porque sabía que eso le mata. Le dije lo de la sangre en el pañuelo. Me imaginé su cara del otro lado del teléfono, la respiración pesada, la mano metiéndosela.

—Volvé pronto —le pedí—. Cuando vengas, tirame con todo. Lavame esto que tengo encima.

Me prometió que estaría en una semana, que las obras avanzaban bien. Yo sabía que iba a venir, lo conozco, y sabía también que para entonces yo ya habría visto a Iván otras dos o tres veces. La constructora estaba a quince minutos de mi casa. El chico vivía solo.

Así, sin más cuento, mi soledad duró exactamente medio día. Conseguí un sustituto que no envidiaba a Andrés ni a Mateo. Si Joaquín seguía en obras lejos, no era problema mío. Para algo me había enseñado a ser lo que soy.

Valora este relato

Comentarios (4)

GastonLect

Que buenisimo, me encanto de principio a fin!!!

Rosy78

Por favor que haya una segunda parte, no me puedo quedar con las ganas jajaja

Cachorro_BCN

tremendo!!

Nico_cordob

Me recordo algo que me paso hace tiempo con una situacion parecida jajaja. Esas coincidencias que te sorprenden.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.