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Relatos Ardientes

Mis compañeros invitaron a dos hombres más esa noche

Salí de la habitación todavía con las piernas flojas y el pelo revuelto. En el salón seguían mis tres compañeros, bebiendo y charlando como si no me hubieran tenido a su antojo apenas un rato antes. Me serví otra copa y me dejé caer en el sofá entre Sergio y Lucas. Estaba caliente, satisfecha y un poco aturdida por el alcohol.

Bruno miraba el reloj con insistencia. A las nueve y media en punto sonó el timbre. Me sorprendió. Había llegado a esa casa pensando que la noche era solo para los cuatro, y de pronto entendí que mi amante esperaba a alguien más. Algo en el modo en que se acomodó la camisa antes de abrir la puerta me revolvió el estómago.

Entraron dos hombres. No eran como Bruno y los chicos. Rondaban los treinta y largos, anchos de hombros, con manos curtidas de trabajo pesado. Saludaron al grupo, me miraron como se mira a un coche en exhibición y siguieron a Bruno hasta la cocina. Por la música no alcancé a oír de qué hablaban, pero los vi servirse y pasarse un sobre entre las manos.

—Carla, vení un momento —me llamó Bruno desde el marco.

Me levanté. Tenía las medias chuecas y el vestido arrugado. No me importó. Caminé hasta la cocina y los dos desconocidos se enderezaron como si entrara una mercancía que llevaban un rato esperando.

—Carla, ellos son Hugo y Néstor —dijo Bruno con una mano en mi cintura—. Vinieron a conocerte.

Me dieron la mano. La piel de los dos era áspera, callosa. Hugo era el más alto, con espalda ancha y una sonrisa torcida. Néstor tenía algo más oscuro en la mirada, una avidez que no se molestaba en disimular.

—Está como usted dijo, compadre —murmuró Hugo, sin dejar de mirarme el escote.

—Buenísima —agregó Néstor, y me pasó la mano por la espalda baja como quien tantea un mueble.

—¿Entonces estamos? —preguntó Bruno.

—Estamos. Mil quinientos cada uno —contestó Hugo—. Pero hace lo que le pidamos. Todo.

—Tranquilo —Bruno me dio una palmada en la cadera—. Esta hace todo. Hace un rato me suplicaba que se la metiera por atrás. Es casada y el marido no le da lo que necesita, así que anda urgida. ¿Verdad, mi reina?

Sentí que la sangre se me bajaba a las piernas. Entendí, recién entonces, que Bruno me estaba vendiendo. Que aquellos billetes pasaban de mano por mí. No supe si era miedo o excitación lo que me hizo temblar. Me reí nerviosa, como si fuera una broma entre adultos, y bebí de un trago lo que quedaba en mi copa.

—Si es casada, mejor —dijo Néstor, y me apretó una nalga con descaro—. Las casadas son las más calientes.

Hugo me acercó otra copa.

—Brindemos. Por su debut.

—Por su debut —repitió Néstor, y los tres chocaron los vasos. Yo también lo hice. Me lo tomé entero.

***

Las cosas se desarrollaron con una rapidez que todavía no termino de entender. Néstor y Hugo decidieron ahí mismo cómo iban a usarme. Primero por separado, después juntos. Me hablaban de mí como si yo no estuviera, y eso, por algún motivo, en lugar de ofenderme me encendió más.

—Yo primero —dijo Néstor, y me tomó de la muñeca.

Le dirigí una última mirada a Bruno, que me hizo un gesto con la barbilla, como diciéndome «andá». Sergio y Lucas levantaron las copas desde el sofá. Mis tres compañeros sabían perfectamente lo que estaba pasando. Yo era el negocio de la noche.

Néstor cerró la puerta de la recámara con el pie. No me dijo nada. Me empujó en la cama con la palma abierta sobre el pecho y me arrancó la tanga de un tirón. Me abrió las piernas y bajó la cabeza entre mis muslos sin previo aviso. Encontró el clítoris con la lengua y se quedó ahí, exacto, hasta hacerme suspirar como una novata.

—Pará, encuérate. Pero las medias me las dejás. Me gustan las casadas con las medias puestas.

Obedecí. Me quité el vestido. Él se desnudó frente a mí sin pudor. Tenía el cuerpo macizo, lleno de vello negro, brazos de albañil, y una verga gruesa, recta, con las venas marcadas. Me miró de arriba abajo y soltó una risa breve.

Me tiró otra vez a la cama y se subió encima. Me la metió de golpe, hasta el fondo, sin paciencia. Me clavó las manos en las nalgas con esa aspereza de quien no acostumbra delicadezas. Cada empuje me sacudía contra el respaldo. Le subí las piernas a la cintura para sentirlo más hondo, y él gruñó algo que no entendí.

—Mirá cómo te gusta, hija de puta.

Me gustaba. No tenía sentido fingir lo contrario. Me había entregado tanto a mis compañeros antes que ya no me quedaba dignidad que defender; sólo me quedaba aceptar lo que mi cuerpo pedía. Y mi cuerpo pedía más. Me movía debajo de él, mordiéndole el hombro, contestándole las groserías con gemidos.

Sudábamos los dos. Su olor era fuerte, a macho cansado, y en vez de molestarme me hundió más en lo que estaba pasando. Me sacó la verga y me dio vuelta. Me puso de cuatro y me clavó dos nalgadas que me sonaron en los oídos.

—Ahora por atrás. Es lo que me dijo tu hombre que te encantaba.

Se ensalivó, me ensalivó a mí y me la metió en el ano de un solo empujón. Grité. Tardé unos segundos en volver a respirar. Néstor no esperó: empezó a embestirme con la misma furia con la que me había agarrado por delante, sosteniéndome de la cintura, llamándome cosas que prefiero no repetir. Yo me dejé. Le ofrecí el culo, contraje lo que pude y le aguanté hasta el final. Terminó dentro, con un sacudón que me hizo morder la almohada.

Me dejó tirada bocabajo y se vistió en silencio. Antes de salir me dio una última nalgada, ya casi cariñosa.

—Le digo a mi compadre que pase.

***

Hugo entró un minuto después. Tardó más en empezar. Se acostó a mi lado, me besó la nuca, me recorrió la espalda con los labios. Era más alto que Néstor y, de algún modo, más paciente. O más educado en el oficio. Me hizo girar y me pasó la verga entre los pechos. Me la puso en la boca y se la chupé con un placer que no esperaba: tenía la curvatura justa, el sabor justo, y me dejé hacer.

—Así, mi reina. Despacito.

No me hizo falta que me apurara. Cuando se cansó de mi boca me hizo subirme a horcajadas. Me empalé en él y empecé a moverme yo, ahora con decisión, como si quisiera demostrarle algo. La curvatura de su verga me tocaba un punto que no había sentido antes esa noche, y se me empezaron a encadenar los orgasmos, uno detrás de otro, sin tregua. Me agarré de sus hombros y le besé la boca mientras me venía por tercera vez seguida.

Él me abrazó, dio media vuelta sin sacármela y quedó encima de mí. Me embistió largo, sin prisa, hasta que terminó con un quejido sordo. Me quedé temblando. Me sentí, por un instante, casi querida.

El instante duró poco. Salió de mí, me untó con sus dedos lo que me corría entre las piernas y lo usó para lubricarme el ano otra vez. Me dobló sobre el borde de la cama, me levantó la cadera y se hundió en mi culo, esta vez con calma. Como ya me había abierto Néstor, no me dolió tanto. Me dejé hacer. Hugo me follaba el ano con una mano en mi clítoris, frotándome con un ritmo que no perdía nunca el compás. Los orgasmos cortos se me encadenaron de nuevo. No pude contar cuántos fueron. Sólo recuerdo que cuando terminó, dentro otra vez, me eché a llorar de puro agotamiento.

***

Me levanté con las piernas flojas y me arrastré al baño. Me miré al espejo. El pelo era un nido, el rímel se me había bajado hasta los pómulos, los labios eran un manchón rojo de bocas ajenas. Me senté en el inodoro, me lavé como pude, me retoqué el maquillaje. Salí en bata.

Los cinco bebían en el salón. Bruno reía con Hugo y Néstor de algún chiste a costa mía. Me senté en el sofá y dos brazos me abrazaron de inmediato.

—¿No te dije que era una belleza? —preguntó Bruno.

—Es la mejor mujer con la que me cogí —dijo Néstor, sin levantar la copa.

—La aguanta. Eso es lo importante —agregó Hugo.

Pensé que ya estaba. Que era cuestión de despedirme, ponerme las medias y volver a mi casa, a mi marido, a mi vida normal. Pero Bruno tenía otros planes.

—Bueno, compadres, ya que la probaron, ahora vamos nosotros otra vez.

—Ni en sueños —cortó Néstor—. Faltan otros quinientos. Apenas nos gastamos mil.

—Para el doblete —dijo Hugo, con una sonrisa que ya no era simpática.

—No, por favor —les supliqué—. Estoy muerta. Me arde todo.

—No te estoy preguntando, mi amor —Néstor dejó el vaso—. Te estoy avisando. Vení.

Busqué con la mirada a Sergio y a Lucas, esperando que alguien dijera algo. Sergio sólo me sirvió otra copa.

—Bebete eso, Carla. Te va a ayudar a aguantar.

Aceptar otra copa era aceptar todo lo demás.

Me la tomé de un trago. Me sacaron la bata, las medias, las zapatillas. Quedé desnuda frente a los cinco. Hugo se sentó en el sofá y me hizo bajar sobre su verga, ya dura otra vez. Le di la espalda y me senté. Néstor se acercó por atrás, me apretó la cadera y se acomodó en el ano con la misma seguridad con la que se sirve otro trago.

Estaba empalada entre los dos. Me dolía. Me daba vergüenza. Y, sin embargo, alguna parte de mí seguía respondiendo. Sergio, Lucas y Bruno estaban masturbándose mirándonos. Yo me reflejaba en el televisor apagado: una mujer desnuda, partida en dos por dos hombres que apenas conocía, bajo la mirada de los que se suponía eran mis amigos.

Después de un rato cambiaron. Néstor se acostó y me hizo montarlo por delante. Hugo, el «amable» Hugo, fue el que me embistió por el culo esta vez, y esta vez sin paciencia. Me nalgueó hasta dejarme las nalgas rojas y ardidas. Me dijo cosas terribles, cosas que no sabía que se me podían decir y todavía pedir más. Y yo pedía más. Lloraba y pedía más. Cuando terminó, me sentí completamente abierta, como si me hubieran dejado el cuerpo desencajado.

Le tocó después a Bruno. Mi amante. El que me había llevado hasta ahí.

—Mirá cómo te dejaron, mi reina —murmuró, mientras me daba dos nalgadas más sobre las marcas frescas—. Ahora sí te corre tu marido si te ve.

Me la metió por atrás sin esfuerzo. Yo ya no era yo. Era un cuerpo entregado. Mis tres compañeros se acercaron con las vergas en la mano y me las pusieron en la boca, una tras otra, hasta que me terminaron en la cara, en el pelo, en los pechos. Néstor seguía debajo, embistiendo, y yo seguía corriéndome a sacudones, sin entender muy bien cómo, sin querer entenderlo.

***

Eran cerca de las dos de la mañana cuando me animé a decir que me iba. Bruno se negó a llevarme. Hugo y Néstor se ofrecieron, ya vestidos, ya tranquilos. Acepté. Me senté entre los dos en el asiento delantero, con la falda corta y los muslos pegados a sus piernas, y por el camino charlamos como si nos conociéramos de toda la vida. De fútbol, de la lluvia, de un restaurante cerca de mi barrio.

Frenaron en la puerta de mi casa. La luz del porche estaba apagada. Mi marido dormía. Antes de bajarme, los besé a los dos en la boca, uno después del otro.

—¿Cómo te fue, chiquita? ¿Nos pasamos? —preguntó Hugo.

Me quedé un segundo en silencio. Pensé en mi marido detrás de esa puerta. Pensé en lo que era, hasta esa mañana, una mujer normal.

—Me encantó —dije al fin—. Pero ustedes son demasiados. No me esperaba a los cinco.

Hugo se rió. Néstor me puso la mano en el muslo, debajo de la falda.

—¿Y si la próxima la hacemos nosotros dos solos? —propuso Hugo—. La misma plata, sin tantos chicos. Nada más mi compadre y yo.

Lo pensé un instante. Mentí en la respuesta: en realidad no lo pensé.

—El próximo viernes —dije—. Pasen a buscarme dos cuadras antes. No quiero que mi marido vea el coche.

Bajé. Cerré la puerta despacio. Caminé hasta el portón con las nalgas todavía ardiendo y la sensación de que esa Carla que entraba a la casa no era la misma que había salido al mediodía. Y, por la forma en que se me apretaba el pecho mientras buscaba la llave, supe que tampoco quería que lo fuera.

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Comentarios (5)

MiraCba

que relato!!! me dejo sin palabras

PatriciaW82

Dios mio, no me lo esperaba para nada. Necesito la continuacion ya!

Juanita_Mza

tremendo final, me dejo con la boca abierta jaja

Ceci_GBA

Me engancho desde el primer parrafo. Hay algo en como esta narrado que se siente demasiado real, como si lo estuviera viviendo yo misma. Ojalá haya segunda parte porque asi no puede quedar!

LorenzitoBA

increible, seguí escribiendo asi!!

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