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Relatos Ardientes

Mi novia aceptó el reto en el antro y yo solo miré

Llevábamos casi tres años juntos. Camila tenía veinticinco, yo veintisiete, y todavía me sorprendía cada vez que la veía cruzar una habitación. Mide poco más de un metro sesenta, es delgada, con el pelo negro hasta los hombros y unas caderas que no parecen pertenecer a alguien tan menudo. A donde íbamos, los hombres giraban la cabeza. Yo me había acostumbrado a esa mirada ajena sobre ella, y, con el tiempo, había aprendido a disfrutarla.

Camila lo sabía. Le gustaba vestirse para ser vista. Tops sin sostén, escotes profundos, faldas ajustadas, tacones que le dibujaban la pantorrilla. No era exhibicionista, pero tampoco fingía no notar cómo la miraban. Habíamos hablado del tema más de una vez, en la cama, entre risas, esas conversaciones que empiezan con "¿y si algún día…?" y terminan conmigo con la polla dura hundida en su coño mientras ella me susurra al oído la fantasía a medio inventar. Conversaciones que se quedan en la oscuridad y nunca se llevan a la luz del día. Hasta una noche de abril en la que dejaron de ser solo una conversación.

Un amigo nos invitó al cumpleaños de su pareja. Una reunión chica, en un salón con jardín, a las dos de la tarde. La noche anterior me preguntó qué se ponía. Le dije que algo fresco, que iba a hacer calor, y que confiara en su criterio. Me sonrió desde la cama con esa media sonrisa suya que nunca termino de descifrar.

El sábado amaneció caluroso. Me bañé, me arreglé la barba, me puse un saco liviano, un pantalón beige, una camisa abierta en el cuello. Bajé a esperarla con las llaves en la mano. Tardó. Cuando finalmente la escuché bajar las escaleras, levanté la vista y se me cortó el aire.

Llevaba un vestido blanco. Cortísimo. Escotado hasta debajo del esternón, ajustado en la cintura, tan corto que cualquier movimiento brusco podía dejar a la vista la tanga lila que se asomaba apenas cuando giraba. Tacones altos, los que se atan en la pantorrilla. Y los labios rojos. Demasiado rojos.

—¿Te gusta? —preguntó.

No le contesté con palabras. Me acerqué a besarla y giró la cara.

—El labial —dijo, riéndose.

—Te van a comer con los ojos —murmuré, todavía mirándola.

—Esa es la idea —contestó, y caminó hacia la puerta.

Camino a la fiesta paramos a cargar combustible. El chico de la estación se quedó pegado a su ventanilla un poco más de lo necesario, mirándole las piernas mientras tecleaba el pago. Camila ni se inmutó. Yo lo registré todo y sentí, por primera vez en la tarde, el calor subiéndome al pecho y una presión incómoda en la bragueta.

Llegamos al salón. Cuando le abrí la puerta del auto y bajó, el vestido se le subió dos dedos por encima del muslo y el tipo del coche de al lado tropezó con la sombrilla del valet. Yo no podía dejar de sonreír. Saludamos a la cumpleañera, dejamos el regalo, y nos sentamos en una mesa con conocidos. Sentí que medio jardín nos seguía con la mirada.

La tarde transcurrió con calma. Comimos, brindamos, conversamos. Cada vez que ella se levantaba para ir al baño con una amiga, las cabezas masculinas giraban como en cámara lenta. Yo, debajo del mantel, le acariciaba el muslo. Fui subiendo la mano, centímetro a centímetro, hasta rozarle con los dedos el borde de la tanga. Estaba húmeda. Muy húmeda. Aparté la tela con el pulgar y le metí dos dedos en el coño mientras ella seguía hablando de recetas con la mujer de enfrente. Se le apretó la garganta un segundo, tragó saliva, y separó un poco más las piernas. La mojaba con su propia humedad. Le busqué el clítoris con la yema y se lo froté en círculos lentos. Ella no me miraba. Sonreía a la cumpleañera, asentía, se llevaba la copa a los labios. Yo sentía cómo se le contraía el coño alrededor de mis dedos. Cuando me preguntaron por el clima, no supe qué responder.

***

A las once de la noche, la familia del cumpleaños se había retirado, y quedábamos un grupo de amigos jóvenes con ganas de seguir. Alguien propuso un boliche cercano que abría hasta tarde. Salimos como estábamos, sin pasar por casa. En el auto, Camila se acomodó el vestido y se retocó los labios sin decir nada.

El antro tenía luces moradas, el típico bajo de música electrónica que vibra en el pecho, y demasiada gente para esa hora. Pedimos tragos en la barra. Camila se tomó el primero rápido, después el segundo. Al cuarto, ya bailaba en el centro de nuestro grupo, perreando con las chicas, riéndose, dejando que el vestido se le subiera cada vez que se inclinaba hacia adelante y mostrara la curva del culo apenas cubierto por la tanga lila.

Yo bailaba a su lado, pero no podía dejar de notar a los hombres que pasaban cerca. Uno la rozó al pasar y le tocó la cintura. Otro, fingiendo cruzar a la barra, le puso la mano en la baja espalda. Ella no decía nada. Sonreía, los esquivaba, seguía bailando. Pero no se apartaba.

Entre la multitud había uno que no le sacaba los ojos de encima. Treinta y tantos, alto, los brazos tatuados de hombro a muñeca, una camiseta negra ajustada de gimnasio. Apoyado contra una columna, con un trago en la mano, la miraba como si no existiera nadie más en el lugar. Camila lo miró una vez. Y otra. A la tercera no apartó la vista.

Algo se me apretó en el estómago. No era exactamente celos. Era algo más confuso, más caliente, una mezcla de incomodidad y deseo que me costaba entender. Se me estaba poniendo dura ahí, parado en la pista, viendo cómo mi mujer le mantenía la mirada a otro.

Nuestros amigos empezaron a irse alrededor de las dos de la mañana. El cumpleañero estaba mal y su novia lo arrastraba hacia la puerta. Camila me dijo al oído que ella también quería irse. Le dije que no. Quería quedarme un rato más. Ella me miró extrañada y siguió bailando.

Cuando estuvimos solos en una mesa lateral, con la música un poco más baja, le hablé al oído.

—¿Te acordás de lo que hablamos hace un mes? —le dije.

—¿De qué? —contestó, pero por cómo se quedó quieta supe que se acordaba perfectamente.

—De que alguna vez te ligaras a alguien. Solo bailar. Yo desde acá.

Me miró fijo, con los labios separados. La música nos envolvía. Tardó cinco segundos en contestar.

—¿Vos querés?

—Tenés carta libre —le dije—. Hacé lo que quieras.

No lo dudó más. Se levantó, se acomodó el vestido y caminó hacia la pista sin mirar atrás. Yo me apoyé en el respaldo del sillón, pedí otro trago y esperé.

Eligió, claro, al de los tatuajes. Pasó a tres metros de él bailando lento, lo miró por encima del hombro, y él no necesitó más. En menos de un minuto la tenía contra su pecho, las dos manos en la cintura, la cara enterrada en su cuello. Camila echaba la cabeza hacia atrás, contra su hombro, los ojos cerrados, las caderas pegadas a las de él. Desde la mesa veía cómo le bajaba la mano por la cadera, cómo le rozaba el borde del vestido, cómo se la subía un dedo más cada vez que la melodía cambiaba. En un momento la mano del tipo desapareció bajo la falda del vestido y Camila abrió los ojos, me buscó entre la gente, me clavó la mirada y no la apartó mientras él le apretaba el culo por debajo de la tela.

Soy un idiota. Soy un idiota. Soy un idiota.

Pero ya la tenía dura, marcada contra el pantalón, y no podía dejar de mirar.

***

Bailaron casi media hora. En algún momento ella se inclinó hacia él, le dijo algo al oído y le dio un beso muy cerca de la boca, pero no en la boca. Después se separó, caminó hasta mi mesa y se sentó a mi lado. Tenía las mejillas encendidas y el escote húmedo.

—Estoy chorreando —me susurró—. Perdón. No pensé que iba a llegar a tanto. Me metió los dedos, Martín. Ahí, en la pista. Dos dedos. Me tocó el coño y no lo aparté.

—No tenés que pedir perdón —le contesté, con una voz que no me sonó mía—. Yo lo pedí.

Me besó. Sentí el rastro del otro en sus labios, y algo más, un olor a hombre, a colonia cara, a sudor de alguien que no era yo. Nos paramos para irnos.

En la puerta del antro, el de los tatuajes nos alcanzó. No sabía que yo era el novio, claro. Me miró sin reconocerme, se acercó a Camila y le pidió que lo acompañara a su departamento. Estaba a tres cuadras, dijo. Solo a tomar un último trago.

Camila me miró. Yo me quedé sin saber qué decir. La miré a ella, lo miré a él. Antes de que pudiera reaccionar, ella contestó:

—Voy, pero con mi amigo.

Y me señaló a mí.

El tipo dudó un segundo. Se encogió de hombros.

—Como quieras —dijo, y le pasó el brazo por la cintura camino a su auto.

Lo seguimos en el mío. Yo apenas podía concentrarme en los semáforos. Camila iba callada en el asiento del acompañante, mirando por la ventanilla, con una mano hundida entre los muslos y la otra apretándose un pezón por encima del vestido. No pregunté nada. No quería romper lo que fuera que estuviese pasando.

El departamento estaba en un edificio nuevo, séptimo piso, vista a la avenida. Nos invitó a sentarnos en un sillón de tres cuerpos frente a un equipo de música. Mientras servía vino, se acercó a mí y me dijo, bajito:

—Hermano, qué mina que tenés al lado. Si yo fuera vos ya me la habría cogido hace rato.

Tragué saliva. No contesté.

Camila aceptó la copa, tomó un trago largo y dejó el vaso en la mesa. Él se sentó a su lado, le puso una mano en la rodilla y la fue subiendo despacio, empujándole el vestido hasta la cadera. Ella miraba la mano, no la cara. Después lo miró a los ojos, y él la besó, con la lengua, hondo, mientras le abría las piernas con la rodilla.

Yo estaba a un metro y medio. Sentado en el otro extremo del mismo sillón. Mirando.

—Si te querés sumar, no hay drama —dijo él, sin soltarle la cintura.

Negué con la cabeza. Sentí que la voz no me iba a salir entera.

—Mejor para mí —dijo, riéndose. Y la besó otra vez.

Camila me miró por encima del hombro de él. No me pidió permiso. Tampoco me pidió que me fuera. Solo me miró un segundo, y volvió a girarse hacia él.

***

Lo que pasó después lo recuerdo en cortes, como un sueño muy nítido y muy lento.

Le bajó el vestido por los hombros y le quedó colgando de la cintura. Los pechos al aire, los pezones duros y oscuros, la luz de la lámpara dándole de costado y marcándole las areolas. Él se inclinó y empezó a chuparle un pezón mientras con la otra mano le pellizcaba el otro, tirándoselo, retorciéndoselo. Camila le enredaba los dedos en el pelo y le empujaba la cabeza para que apretara más. Le mordió. Le mordió el pezón con los dientes y Camila soltó un gemido agudo que me atravesó la mitad del pecho. Yo veía la cara de Camila desde el costado y no la reconocía. O sí. La reconocía demasiado. Era la cara que ponía conmigo, en la cama, cuando estaba a punto de venirse.

Le subió el vestido del todo, se lo sacó por la cabeza y lo tiró al piso. Le bajó la tanga lila hasta los tobillos. Camila pasó un pie y la dejó tirada en la alfombra. Le abrió las piernas de una sola vez, sin ceremonia, y le clavó la boca en el coño. Camila se arqueó contra el respaldo, con los tacones todavía puestos, y le agarró la cabeza con las dos manos.

—Ay, la puta madre —gimió—. Ay, así, así, chupame así.

Él le comía el coño como si tuviera hambre. Le veía la lengua asomar entre los labios, subir hasta el clítoris, bajar de nuevo, meterse. Le agarró los muslos y se los abrió más, hasta dejárselos casi contra el respaldo del sillón. Camila movía las caderas contra su boca, se le refregaba la cara, y no dejaba de gemir. En un momento me miró. Me miró a mí, a un metro, con la boca del otro pegada a su coño, y me sonrió. Una sonrisa que jamás le había visto.

Se vino en su boca. Le agarró la cabeza con las dos manos y se vino, con un grito largo, moviendo las caderas contra la lengua, con los ojos cerrados y la boca abierta. Él siguió chupándola hasta que ella tuvo que empujarle la cara para que parara.

Después se arrodilló frente a él y le bajó el cierre del pantalón. Cuando le sacó la verga, hizo un ruido con la garganta, algo así como un suspiro. Era grande. Más que la mía. Lo suficientemente más como para que yo lo notara y no pudiera dejar de notarlo. Gruesa, con las venas marcadas, el glande hinchado y brillando de líquido.

—Qué rica tenés la polla —le dijo. Y se la metió en la boca hasta la mitad.

Empezó a chupársela despacio, agarrándolo de la base, mirándolo desde abajo. La sacaba, la lamía de arriba abajo, jugaba con la lengua alrededor del glande, y volvía a metérsela hasta el fondo. Él la sostenía del pelo y la empujaba con cuidado, primero, después con más fuerza. Camila se atragantó, se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no la sacó. Un hilo de baba le colgó de la comisura hasta los pechos. Yo veía la espalda de Camila moverse, la curva de su cintura, las marcas rojas del vestido en la piel, y el culo respingado meciéndose en el aire cada vez que se hundía sobre la verga del tipo. Y veía mi propia mano agarrada al brazo del sillón, blanca de la presión, y la otra frotándome sin darme cuenta el bulto por encima del pantalón.

—Mirá, boludo —le dijo el tipo, mirándome por primera vez, sin sacarle la mano del pelo—. Mirá cómo me la chupa tu amiga. Mirá qué bien lo hace.

No contesté. No podía.

La levantó. La dio vuelta. La inclinó sobre el respaldo del sillón, a un metro de donde yo estaba, con el culo hacia arriba y las piernas abiertas. Le pasó dos dedos por el coño, se los llevó a la boca, chupó, y después le metió la verga de un solo empujón. Sin condón. Sin preguntar. Camila se mordió el labio y se aferró a la tela del sillón. Yo escuché el grito sordo y lo sentí en el pecho.

—Mirá cómo está —le dijo él, riéndose, todavía sin mirarme—. Mirá cómo me la come. Mirá cómo me chupa la polla con el coño.

La cogió así, contra el sillón, embistiéndola con toda la cadera, agarrándola de la cintura con las dos manos, tirando de ella hacia atrás cada vez que empujaba. Los golpes de piel contra piel llenaban el living. Camila gemía cada vez más fuerte, con la cara aplastada contra el respaldo, la boca abierta, los ojos entrecerrados. Le veía las tetas balancearse cada vez que él empujaba. Le veía el coño abriéndose y cerrándose alrededor de la verga, brillante, mojado, apretando cuando él la sacaba, tragándosela cuando volvía a meterla.

—Más fuerte —pidió Camila, con la voz rota—. Más fuerte, dale, cogeme más fuerte.

Él se rio y le agarró un mechón de pelo. Le echó la cabeza hacia atrás y la cogió así, tirándole del pelo, con la otra mano dándole un chirlo en el culo que le dejó la palma marcada. Otro. Y otro. Camila gemía cada vez más alto, un gemido animal, agudo, que yo no le había escuchado nunca.

—Decíselo a tu amigo —le dijo él, jadeando—. Decíle cómo te gusta.

—Me encanta —gimió Camila, mirándome—. Me encanta, Martín, me está cogiendo riquísimo, me está partiendo el coño.

Yo asentí. Como un idiota. Asentí.

La cogió durante lo que me pareció una hora. La cambió de posición dos veces. La puso de costado en el sillón y le levantó una pierna. La puso boca arriba en la alfombra y se le hundió entre las piernas mientras ella se agarraba de sus hombros y le clavaba las uñas en la espalda. Cada tanto la miraba a los ojos y le preguntaba, con una sonrisa hija de puta, si le gustaba. Y Camila decía que sí. Que sí, que sí, que sí.

Se vino otra vez. Con él arriba, embistiéndola despacio, hondo, mirándola a la cara. Se vino con un gemido largo y agudo, apretándole la espalda con las piernas y arqueándose contra él. Él se quedó quieto adentro de ella hasta que Camila terminó de temblar.

Después la giró otra vez y le pidió que se montara. Camila lo hizo de espaldas a él, encarada hacia mí. Y mientras subía y bajaba sobre él, con las manos en sus propios pechos, pellizcándose los pezones, no me sacó los ojos de encima ni un instante. Le veía la verga entrar y salir del coño de mi mujer. Le veía las tetas botar con cada empujón. Le veía el vientre plano contraerse. Le veía la boca abierta, los labios rojos corridos, el pelo pegado a la frente.

—Mirame —me dijo, casi sin voz—. Mirame, Martín. Mirame cómo me coge.

Yo no me toqué. No me hizo falta. Cuando él avisó, con un gruñido, que se venía, la levantó de la cintura y la sacó de encima. La tiró al piso de rodillas frente al sillón y se paró delante de ella, sacudiéndose la verga a dos centímetros de su cara. Camila abrió la boca y sacó la lengua. Él terminó ahí, encima —sobre la lengua, la boca, la mejilla, los pechos, la garganta, todo—, en chorros gruesos y espesos que a ella le corrieron por la cara y le colgaron de los pezones. Camila cerró la boca, tragó lo que le había caído dentro, y le lamió el glande hasta la última gota.

Cuando ella se desplomó hacia adelante contra el sillón, con una sonrisa exhausta y la cara embadurnada, sentí el calor mojado adentro de mi pantalón. Me había venido sin tocarme. Sin darme cuenta.

Me agaché. Camila me miró desde el sillón. Tenía el pelo pegado a la sien y un hilo de semen colgándole de la barbilla.

—Mirá a mi amigo —le dijo a él, todavía agitada—. No quiso participar. Pero le encantó. Se cagó encima solito.

El tipo se rio, le acarició la pierna y le pidió que se quedara a dormir. Que quería cogerla otra vez a la mañana. Ella negó con la cabeza. Buscó el vestido, la tanga lila, los tacones. Se limpió en el baño y volvió maquillada de nuevo, los labios todavía rojos, aunque ya no tanto.

—Vamos, amigo —me dijo desde la puerta.

***

El viaje de vuelta lo hicimos en silencio. No era un silencio incómodo. Era el silencio que queda después de algo que sabés que no vas a contarle a nadie.

En casa, me metí a la ducha sin decir nada. Cuando salí, Camila estaba en la cama, todavía con el vestido blanco arrugado y los pies descalzos. Me esperó hasta que me senté en el borde.

—Te toca a vos —me dijo, muy bajito—. Después de todo el día. Vení.

Me acerqué. Le saqué el vestido de un tirón. Le toqué la cara, el cuello, los pechos, los pezones todavía marcados por los mordiscos del otro. La besé despacio, sintiendo el rastro de todo lo que había visto, el gusto a semen ajeno todavía en el fondo de su boca. Cuando le metí los dedos, estaba caliente y abierta de una manera que no le conocía. El coño le chorreaba una mezcla de su humedad y de la corrida del otro que le bajaba por dentro de los muslos. Me hizo un ruido en el oído, un ruido nuevo.

—Es tuyo —me dijo—. Siempre fue tuyo. Solo que hoy te lo presté un rato. Vení. Cogeme. Cogeme vos ahora, encima de lo que me dejó él.

Le abrí las piernas y me hundí en ella de un solo empujón. Estaba tan abierta que casi no me sintió al principio. Me apreté contra su cuerpo, le agarré la cara con las dos manos y empecé a moverme fuerte, más fuerte que nunca, con una mezcla de rabia, alivio y un deseo que no había sentido nunca. Le mordí el cuello. Le mordí los pechos. Le hundí los dedos en el culo. Ella me abrazó con las piernas y me susurró al oído todo lo que él le había hecho, todo lo que le había dicho, cómo le había cogido, cómo se había venido dentro de ella la primera vez sin que ella se diera cuenta hasta después. Me lo contó todo mientras yo la cogía. No duré nada. Me vine adentro de ella con un gruñido, apretándola contra el colchón, sintiendo cómo su coño me exprimía hasta la última gota. Tampoco hizo falta más.

Después, en la oscuridad, con el aire acondicionado zumbando, ella se acurrucó contra mi pecho y se durmió sin decir más. Yo me quedé un rato largo mirando el techo, repasando la noche cuadro por cuadro, intentando entender qué había sido todo aquello.

No saqué ninguna conclusión clara. Solo una: no iba a ser la última vez. Y por la forma en que ella respiraba contra mi pecho, supe que tampoco era la primera fantasía que se nos iba a escapar de las manos.

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Comentarios(9)

lectura_breve

buenisimo!!! me dejaste con ganas de saber qué pasó después

MarcosVolante

Por favor seguila, quedé enganchado desde el primer párrafo. Se hizo cortísimo.

Carla_BsAs

Me recordó a algo que vivimos nosotros una noche de verano... no llegó a tanto pero entiendo perfectamente esa mezcla de nervios y excitación. Muy bien narrado!

RaulLector22

Y después qué pasó?? No me dejes así jaja, necesito saber si pudiste hacer algo o solo miraste hasta el final

VikingoPBA

El peor o el mejor?? jaja ese detalle del final te engancha. Muy bueno el relato.

SoleMar22

Me encanto como está escrito, se siente muy real y la tensión está perfecta de principio a fin. Gracias por compartirlo

natacha_93

Increible. Mas de esto por favor!!!

Florentin_BA

La categoría le queda perfecta. Ese morbo del que mira sin poder intervenir es tremendo. Muy bien escrito, felicitaciones

AndresCba2

Yo en tu lugar no se si hubiera podido quedarme solo mirando jajaja. Tremendo relato, te quedó muy bueno

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