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Relatos Ardientes

La noche que mi cuñado cruzó la última línea

La relación entre Rodrigo y yo empezó mucho antes de esa noche. Llevábamos meses acumulando miradas largas, mensajes que cruzaban una línea que no debíamos cruzar y una tensión que se hacía insoportable cada vez que coincidíamos en reuniones familiares. Él era el marido de mi hermana desde hacía cuatro años, y yo era la cuñada que siempre llegaba sola y que, según decían, «se arreglaba demasiado para ser solo una cena de familia».

Esa noche era la cena de aniversario. Mi hermana lo había organizado todo en su casa: mesa larga, luces cálidas, la familia completa. Yo llegué con un vestido de tirantes color vino tinto, ajustado a la cintura, que tenía la virtud de interrumpir cualquier conversación cuando entraba a un cuarto.

Cuando Rodrigo me abrió la puerta y sus ojos tardaron medio segundo de más en subir del vestido a mi cara, supe exactamente cómo terminaría la noche. También noté, cuando me acercó la mejilla para saludarme, que ya tenía el bulto de la polla marcándose contra la tela del pantalón. Le devolví el beso más cerca de la comisura de la boca de lo que debía y sentí cómo se le cortaba la respiración un segundo.

***

Durante la cena, jugamos al juego de siempre: él en un extremo de la mesa, yo en el otro. Conversaciones normales, brindis, el ruido de los cubiertos. Pero por debajo de la mesa, los mensajes no paraban. Los leía con el teléfono apoyado sobre el muslo, disimulando.

«Ese vestido es un delito», me escribió.

Yo sonreí sin mirarlo y respondí: «Lo sé. Lo elegí por ti».

«Estoy duro desde que entraste. Se me está marcando la verga contra el cierre y no puedo hacer nada.»

Le contesté sin levantar la vista: «Yo estoy empapada. Debajo del vestido no llevo bragas. Pensá en eso mientras hablás con mi hermana.»

Vi cómo tosía del otro lado de la mesa y tenía que tomar un trago largo de vino. Su siguiente mensaje tardó más. Cuando llegó, tuve que leerlo dos veces: «Esta noche quiero probar algo diferente. Algo que nunca te hayan hecho bien. Quiero metértela por el culo. Despacio, hasta el fondo, hasta que me pidas más.»

Me quedé quieta un momento, con el vaso de vino a mitad de camino hacia los labios. Sabía exactamente a qué se refería. Lo habíamos hablado antes, con rodeos, en mensajes que borrábamos después. Él quería lo que yo siempre había dicho que no podía darle a nadie: la única puerta que nunca había abierto del todo.

Un ex mío lo había intentado una vez. Había sido torpe, brusco, sin ninguna preparación. Me lo quiso meter a lo bruto, con saliva y prisa, y no llegamos a nada. Yo me prometí que no volvería a intentarlo.

Pero eso había sido con otra persona.

Volví a escribir. «Si me la vas a meter por el culo, más te vale saber lo que estás haciendo.» Y agregué, sin pensarlo dos veces: «Y más te vale correrte dentro.»

***

Hacia las once, cuando la cena terminó y los mayores se pusieron a hablar en la sala, Rodrigo me hizo una señal discreta hacia la puerta del patio trasero. Mis padres estaban a metros. Mi hermana recogía platos en la cocina. Era una locura completa, y por eso mismo no me detuve.

Salí primero, con la excusa de tomar aire.

El patio estaba en penumbra, apenas iluminado por la luz que se filtraba desde las ventanas de la casa. Rodrigo llegó un minuto después, cerró la puerta con cuidado y, sin decir nada, me rodeó por la espalda con los brazos.

—Hace semanas que pienso en esto —murmuró cerca de mi oído—. En cogerte. En tenerte así, contra una pared, con la casa llena de gente.

Yo apoyé la cabeza hacia atrás contra su hombro y dejé que sus manos recorrieran la curva de mis caderas, la tela tensa del vestido, la línea de mis muslos. Sentía su respiración acelerada y la polla dura clavándose contra mi culo a través de la ropa.

—Levantate el vestido —me dijo al oído, en voz muy baja—. Quiero comprobar si es verdad lo que me escribiste.

Le obedecí. Levanté el vestido despacio, hasta la cintura, y sentí el aire frío del patio contra los muslos desnudos y contra el coño abierto y mojado. Él dejó escapar un sonido gutural cuando su mano bajó y sus dedos me encontraron sin bragas, empapada, resbalando entre los labios con la facilidad de quien no encuentra resistencia.

—Puta madre —susurró—. Estás chorreando.

Dos dedos se hundieron sin previo aviso, lentos, hasta el fondo. Yo tuve que morderme el labio para no gemir. Los movió con precisión, curvándolos, mientras el pulgar me acariciaba el clítoris en círculos pequeños y calculados. Era bueno en eso. Siempre lo había sido. Sabía dónde tocar y con qué presión y con qué velocidad, y me tenía temblando en menos de un minuto.

—Quiero saber si puedes —dijo en voz baja, y llevó la mano más atrás, el dedo del medio empapado con mi propio flujo resbalando entre mis nalgas hasta encontrar la otra entrada. La rodeó despacio, la mojó, presionó apenas con la punta. No entró. Solo se quedó ahí, midiendo, avisando. Yo abrí la boca para responder y no me salió ninguna palabra, solo un jadeo que apreté entre los dientes.

Antes de que pudiera responder, la voz de mi madre llegó desde adentro: «¿Dónde están todos? ¡Vengan que van a cortar la torta!»

Rodrigo y yo nos separamos como si no hubiera pasado nada. Recompusimos la ropa, intercambiamos una mirada y entramos de vuelta a la casa con cuatro segundos de diferencia. Él se chupó los dedos disimuladamente antes de cruzar la puerta.

***

La noche se extendió más de lo que esperaba. El postre, el café, las conversaciones interminables. Alrededor de la una de la madrugada, la familia empezó a repartirse en los cuartos: era una casa grande y habían decidido quedarse todos a dormir. A mis padres les tocó la habitación de huéspedes. A la suegra y la cuñada de Rodrigo, otro cuarto. A mí me asignaron una habitación pequeña en el fondo del pasillo.

Me recosté en la cama con la ropa puesta, mirando el techo, con la mente dando vueltas. El cuerpo todavía cargaba la tensión de lo que habíamos dejado a medias en el patio. Todavía sentía la huella de sus dedos entre las piernas, la promesa de esa presión en el otro sitio. Cerré los ojos y los abrí. Cerré los ojos otra vez.

La pantalla del teléfono se iluminó sobre la almohada.

«¿Dormiste?»

Sonreí en la oscuridad.

«No puedo», respondí.

«Sal despacio. Patio de atrás. Te espero. Traé el vestido. Sin bragas.»

Me quedé inmóvil durante diez segundos, escuchando el silencio de la casa. El chirrido lejano de un ventilador. La respiración tranquila de una casa dormida.

Me levanté.

***

Crucé el pasillo en calcetines, pegando la espalda a la pared, esquivando las puertas cerradas. La madera del piso crujió en un punto y contuve el aliento. Nada. Seguí.

La puerta del patio chirriaba si la abrías rápido, así que la empujé despacio, casi centímetro a centímetro, hasta poder deslizarme al exterior.

Rodrigo estaba ahí. Solo unos pantalones de tela fina que no ocultaban nada; se le marcaba la polla dura de costado, apretada contra el elástico. Los brazos cruzados, apoyado contra la pared del fondo del patio. La luz de la luna le iluminaba la mitad del torso. Me miró sin moverse.

—Pensé que no ibas a venir —dijo.

—Estuve diez segundos decidiendo —admití.

—¿Y?

—Ya estoy aquí.

Se incorporó y caminó hacia mí. No corrió, no se lanzó. Caminó como alguien que sabe que tiene todo el tiempo del mundo aunque no lo tenga. Cuando llegó a mi altura, me tomó la cara con ambas manos y me besó despacio, hundiendo la lengua en mi boca como si quisiera demostrar algo. Su otra mano bajó, me agarró una teta por encima del vestido y la apretó con fuerza, encontrando el pezón duro a través de la tela. Yo gemí dentro de su boca.

—Baja los tirantes —me dijo—. Quiero verlas.

Me bajé los tirantes del vestido y el corpiño cayó hasta la cintura. Mis tetas quedaron al descubierto en el aire frío del patio, los pezones duros y respondiendo al aire y a su mirada. Él se agachó y se metió uno en la boca, lo chupó con hambre, lo mordió apenas, mientras la mano se ocupaba del otro. Yo le agarré el pelo y lo apreté contra mi pecho, y sentí la humedad de su lengua recorriendo el pezón y las manos suyas sobando cada centímetro.

***

Nos movimos juntos hacia el rincón más oscuro del patio, detrás de la sombra del muro. Me hizo apoyar las manos contra la pared fría y se pegó a mi espalda, sus labios recorriendo el cuello, los hombros, la línea de mi columna bajo la tela. Me subió el vestido de un tirón y me lo dejó arremangado sobre la cintura, dejándome el culo al aire, expuesta a la noche.

—Mirá lo que me hacés —susurró, y me agarró la mano y me la llevó hacia atrás, para que le tocara la polla. Se la había sacado ya, dura, caliente, la punta mojada. La agarré y se la apreté suavemente, y él dejó escapar un jadeo que ahogó contra mi hombro—. Tenés que estar bien empapada. Bien preparada. No te voy a lastimar.

—¿Todavía quieres? —preguntó después, la boca contra mi oreja.

—Sí —respondí, y me sorprendí de lo segura que sonó mi voz.

Lo que vino después fue paciente y metódico. Se arrodilló primero detrás de mí y me abrió las piernas con las manos. Su lengua encontró mi coño desde atrás, lamiendo largo, de abajo hacia arriba, recogiendo la humedad que había estado acumulándose desde hacía horas. Me chupó los labios, se los metió en la boca, hundió la lengua adentro y la movió. Yo tuve que apoyar la frente contra la pared para no derrumbarme, y me tapé la boca con la mano para ahogar el gemido que me subió por la garganta.

Después se lo pensó y subió con la lengua, más arriba, buscando el otro agujero. Lo lamió despacio, lo mojó a conciencia, dio vueltas alrededor con la punta de la lengua. La sensación era algo para lo que yo no estaba del todo preparada. El calor, la presión, la intimidad de ese gesto me hizo perder la concentración y aferrarme con más fuerza a la pared. Le pedí que no parara con un susurro que apenas era un susurro, y él obedeció, hundiendo la lengua y ablandándome con paciencia hasta que yo estaba abierta y sensible y jadeando.

—Respirá —me dijo, cuando se incorporó de nuevo.

Respiré.

Sacó del bolsillo del pantalón un sobrecito pequeño de lubricante. Lo abrió con los dientes y se echó una cantidad generosa en la mano. Sentí sus dedos volviendo, ahora fríos y resbaladizos, primero uno, la punta apenas, girando en círculos, entrando muy despacio hasta el primer nudillo, saliendo, volviendo a entrar. Cada vez que yo tensaba los músculos, él se detenía. Cada vez que me relajaba, avanzaba un poco más. Un dedo entero. Luego dos, con más lubricante, abriéndome con cuidado, moviéndolos en tijera, ensanchándome. Era una negociación silenciosa entre mi cuerpo y sus dedos, y me sorprendí cediendo terreno que creía que no cedería jamás.

—Qué apretada estás, mierda —murmuró—. Te voy a coger tan bien.

Con la otra mano me buscaba el clítoris por delante, frotándolo en círculos lentos mientras me abría por detrás, y esa combinación me tenía derritiéndome contra la pared, con las piernas temblando y la respiración descontrolada.

Cuando se incorporó del todo y sentí la punta de su polla apoyarse en el lugar donde habían estado sus dedos, tomé aire despacio y me concentré en relajarme. Había algo entre el miedo y el deseo puro, un umbral que sentía acercarse. Él se echó más lubricante en la polla y se la pasó por encima con la mano, empapándola bien.

—Dime cuándo —dijo.

—Ya —respondí.

***

Empujó despacio. La cabeza de la polla apretándose contra el anillo, primero afuera, después presionando, después cediendo. Sentí cómo se abría paso, milímetro a milímetro, y cómo mi cuerpo, contra todo pronóstico, lo dejaba entrar. Aguanté la respiración. Él se detuvo con la punta adentro.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí. Seguí. Despacio.

Empujó otro poco. Y otro. Y otro. Sentí cada centímetro entrando en mí, ensanchándome, llenándome de una forma completamente nueva. Cuando por fin lo tuvo todo adentro, con las caderas apretadas contra mi culo, los dos nos quedamos quietos un segundo largo, respirando.

—Mierda —dijo él, con la voz rota—. Estás… puta madre.

Fue en el momento en que el cuerpo dejó de resistirse cuando entendí a qué se refería con «algo diferente». Había una clase de presencia total en esa entrega, en esa vulnerabilidad específica, que cambiaba el carácter de todo lo demás. No era lo mismo que ninguna otra vez. Era más denso, más lento, más íntimo. Podía sentir cada latido de su polla adentro.

Me moví primero, un movimiento pequeño e instintivo hacia atrás. Él lo captó de inmediato.

—¿Sigo? —preguntó.

—Cógeme —le dije—. Cógeme el culo.

El ritmo que encontró era cuidadoso al principio, como si midiera cada reacción mía. Se retiraba casi del todo y volvía a hundirse, lento, hasta el fondo. Yo tenía las manos planas contra la pared fría del patio y la mejilla apoyada sobre los ladrillos. Podía escuchar el silencio de la casa dormida a metros de distancia, todo el peligro de lo que estábamos haciendo, y al mismo tiempo no podía pensar en nada de eso con claridad. Solo podía pensar en la polla de mi cuñado abriéndose paso dentro de mí, en la mano suya que había vuelto adelante y me frotaba el clítoris al mismo ritmo con el que me embestía.

—No pares —le dije.

Y no paró. Aumentó la velocidad. Las embestidas se hicieron más firmes, más profundas, con más carne detrás. Sus caderas chocaban contra mi culo con un sonido húmedo que en el silencio del patio parecía enorme. Su otra mano me agarró una teta y la apretó, encontró el pezón y lo pellizcó.

La intensidad fue escalando de una forma que no anticipé. No fue un crescendo de película, fue algo más real: el sonido de su respiración entrecortada junto a mi oído, la presión firme de sus manos en mis caderas, mi propia voz sofocada entre los dientes porque no podía dejar escapar ningún sonido. Sentía la polla latiendo dentro de mí, cada vena, cada centímetro, y los dedos suyos frotándome el clítoris con precisión, sin apuro.

—Cuñada —murmuró, y la forma en que lo dijo, grave y muy bajo, me hizo cerrar los ojos—. Puta cuñada mía. Mira cómo te la meto. Mira cómo te dejás.

—Más fuerte —le pedí sin pensarlo—. Cógeme más fuerte.

Me obedeció. Me clavó las manos en las caderas y empujó hasta el fondo, una y otra vez, cada estocada un poco más rápida que la anterior, mientras los dedos suyos me trabajaban el clítoris con precisión brutal. Empecé a sentir la contracción subiéndome desde adentro, ese calor que se organiza y se prepara para reventarlo todo.

El orgasmo llegó antes de que pudiera organizarme para esperarlo, en una contracción que recorrió todo el cuerpo y que apretó su polla adentro con tal fuerza que lo tomó a él también por sorpresa. Me mordí la mano para no gritar. Todo se convulsionó, el coño, el culo, las piernas, todo temblando contra la pared.

—No aguanto más —murmuró—. Me voy a correr.

—Adentro —jadeé—. Corréte adentro. Llenámelo.

Fue casi al mismo tiempo. Sentí cómo la polla se le hinchaba un segundo antes, cómo se hundía hasta el fondo y se quedaba ahí, y después el chorro caliente descargando dentro de mí, en un lugar donde nunca había sentido nada parecido. Él terminó con el cuerpo apretado contra el mío, sofocando el gemido en mi hombro, los dos quietos contra la pared del patio, recuperando el aliento en el silencio de la madrugada, con su polla todavía dura y latiendo dentro de mí y el semen filtrándose entre nosotros.

***

Pasamos unos minutos sin movernos. La temperatura había bajado y el sudor enfriaba rápido sobre la piel. Rodrigo apoyó la frente en mi nuca y salió despacio, con cuidado, y sentí el hilo tibio bajándome por el interior del muslo.

—No me arrepiento de nada —dijo.

—Yo tampoco —admití, aunque no estaba segura de cuánto de eso era verdad todavía.

Nos organizamos en silencio: la ropa, el pelo, los rastros del patio en las manos. Él entró primero. Yo esperé dos minutos mirando las estrellas sobre el techo del patio vecino antes de volver al pasillo.

***

De vuelta en la habitación del fondo, me quedé acostada boca arriba en la oscuridad, con el corazón todavía acelerado y la humedad todavía filtrándose de mí sobre la sábana. Afuera, la casa seguía dormida. Mi hermana, a pocos metros. Mis padres. La familia entera, ajena a todo.

Me pregunté si lo que acababa de pasar lo habíamos planeado de verdad, o si simplemente habíamos dejado que pasara. Que es lo más fácil y lo más cobarde, y a veces lo único que uno puede hacer cuando el deseo lleva meses acumulándose sin tener adónde ir.

No hubo más mensajes esa noche. Tampoco hacían falta.

Al día siguiente, en el desayuno familiar, Rodrigo me pasó el azúcar sin mirarme. Yo le di las gracias sin mirarlo a él. Mi hermana habló de los planes para el fin de semana.

Todo estaba exactamente igual que siempre.

Y los dos sabíamos que no era verdad.

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Comentarios(8)

Sole_78

tremendo!!! no me esperaba ese final para nada

DamianRio

muy bien narrado, se siente tenso y real. Ganas de ver si hay segunda parte

RobertoLector

De los mejores que lei en esta categoría. La tension que va construyendo es increible, y el detalle del patio con todos durmiendo cerca le da un morbo especial. Felicitaciones por el relato

Adriana_76

Segunda parte por favor!!!

seba70

me engancho desde el primer parrafo. Eso del cuñado que cruza la linea tiene mucho potencial, ojalá haya continuacion

Juli89

muy bueno. Es real o todo ficcion? se lee muy creible, por eso pregunto jaja

PacodelNorte

tenes mucho ritmo narrativo, se lee solo. Sigue subiendo

NocturnaR

Uf, esa mezcla de culpa y deseo esta muy bien capturada. Me quede pensando un rato despues de leerlo

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