La nieve nos atrapó con dos socios de mi marido
Aquella tarde de invierno sonó el teléfono y al otro lado escuché la voz quebrada de mi cuñado. Habían ingresado a mi hermana Lorena de urgencia y parecía grave. Ellos vivían a unos quinientos cincuenta kilómetros, en una ciudad del norte, y yo tenía que llegar como fuera.
Probé todas las combinaciones posibles. Trenes llenos, vuelos sin plazas, autobuses que tardarían casi dos jornadas enteras. Llamé a mi marido Esteban, que estaba de viaje de consultoría a unos doscientos ochenta kilómetros del lugar. Le pedí que volviera a buscarme con el coche, pero me dijo que tenía un contrato pendiente y que no podía moverse. Eso sí, prometió hablar con la oficina por si encontraban una solución.
Media hora más tarde me llamó con la respuesta. Los dos socios del despacho donde él trabaja, Bruno de cuarenta y dos años y Damián de cincuenta y seis, tenían programado un viaje en esa dirección dentro de unos días. No les costaba adelantarlo y desviarse un poco para recogerme. Pasarían por casa en dos horas.
A esos hombres apenas los había visto en algún cóctel de Navidad. La idea de meterme en un coche con dos casi desconocidos durante quinientos cincuenta kilómetros no me sedujo en absoluto, pero la urgencia mandaba. Preparé una bolsa pequeña con lo justo y, cuando el teléfono volvió a sonar avisándome de que estaban en la puerta, todavía me temblaban las manos.
El coche era un sedán negro, amplio y silencioso, con asientos de cuero claro. Los dos se mostraron atentos y conversadores desde el primer kilómetro. Bruno era corpulento, moreno, con barba de tres días y voz grave. Damián tenía el pelo medio canoso, una ligera barriga y unos ojos azules que sonreían antes que la boca. Ambos vestían traje oscuro y corbata, como si vinieran de una reunión.
Entre la calefacción, el zumbido del motor y los asientos blandos, me quedé dormida. Y en el sueño volví a una conversación que mi amiga Lucía me había hecho semanas atrás.
Lucía es mi confidente desde hace años. No tiene un amante fijo porque dice que sería como cargar con un segundo marido, pero si la oportunidad se cruza no la deja pasar. Y si no se cruza, la busca. Me cuenta cada aventura con todo detalle y más de una vez me ha encendido por dentro mientras tomábamos café. Su última hazaña había sido un encuentro con dos hombres a la vez, y aquella historia se me había quedado clavada bajo la piel.
En el sueño íbamos las dos en el asiento trasero de un coche que no era ese. Llevábamos faldas cortísimas, botas negras de cuero hasta la rodilla y un escote que no era mío. Delante, dos sombras que conducían sin nombre. Salimos de la carretera, entramos por un camino de tierra y el coche se detuvo detrás de unos arbustos.
—¿A cuál de los dos quieres que te folle? —me preguntó Lucía con una sonrisa torcida.
Yo no respondí. Me quedé inmóvil, mirando a aquellos dos hombres que me deseaban sin disimulo. Lucía se rió, bajó del coche y dejó que la tumbaran sobre el capó. Yo la veía desde dentro, con la falda subida hasta la cintura y las piernas separadas, mientras uno de ellos la penetraba por detrás. Me masturbaba con la mano metida bajo las bragas, viendo el espectáculo, hasta que el otro hombre se acercó a mi puerta, me sacó de un tirón y me apoyó de espaldas contra la chapa fría.
—Carolina, perdona que te despierte.
La voz de Damián me arrancó del sueño justo en el peor momento. Estábamos en una estación de servicio. Bruno había salido a llenar el depósito.
—Pensamos parar a comer algo, no queríamos dejarte sola en el coche —añadió.
Me incorporé con las mejillas calientes y la garganta seca. Bajé al baño y me eché agua en la cara antes de bajar al restaurante.
***
Cuando llegamos al hospital, Lorena ya estaba fuera de peligro. Me quedé con ella dos días enteros, durmiendo a ratos en un sillón inclinable. Bruno y Damián continuaron con sus reuniones por la zona y pasaron a recogerme la mañana de la vuelta.
El tiempo, sin embargo, había empeorado. Nieve en los pasos altos y lluvia espesa en el valle. Algunos riachuelos empezaban a desbordarse y en la radio insistían en no viajar si no era estrictamente necesario. Aun así, ellos decidieron emprender el regreso.
Una hora después de salir, una señal y dos guardias civiles cortaban la carretera. Nieve acumulada en el siguiente puerto. No se podría circular hasta la mañana siguiente. Las rutas alternativas estaban anegadas. Nos aconsejaron buscar un hotel cercano y esperar.
El hotel rural al que llegamos estaba abarrotado de conductores varados. En recepción nos miraron con cara de circunstancias: solo les quedaba una habitación libre, con cama de matrimonio y un sofá cama. Los dos se giraron hacia mí, dejándome la decisión.
—Por una noche nos arreglamos —dije, intentando sonar segura.
La habitación era grande y olía a madera de pino. Ventanas dobles, cortinas opacas y una chimenea apagada en la esquina. Era la hora de comer.
—Carolina, si quieres ducharte antes de bajar, nosotros esperamos en el salón —ofreció Bruno.
—Sí, lo haré. Quizá me relaje un poco, con este tiempo estoy nerviosa.
—Después nos turnamos —contestó Damián.
Comimos los tres en una mesa cerca de la chimenea del restaurante. Con la excusa de que nadie tenía que conducir, pedimos una botella de tinto que terminamos sin darnos cuenta. Mientras servían el café, anunciaron que pasarían una película en el salón. Ellos decidieron quedarse a verla. Yo estaba reventada, casi no había pegado ojo en el hospital, así que subí a echar una siesta.
Corrí las cortinas opacas y la habitación se llenó de penumbra. Me senté en el borde del sofá para quitarme las botas y ahí mismo me quedé dormida.
***
Pasada una hora, entre el sueño y la vigilia, me volvió a la memoria la fantasía del coche. La sensación tibia entre las piernas, las manos de aquel desconocido apretándome la cintura, la imagen de Lucía boca abajo sobre el capó. Sin abrir los ojos, empecé a acariciarme los muslos por encima de la falda.
Desabotoné la camisa y saqué un pecho. El pezón se puso duro al primer roce. Bajé la mano, me deshice de las bragas y me toqué con dos dedos, despacio, alargando el placer como hacía mucho que no me permitía. La imagen en mi cabeza era nítida: yo apoyada contra la chapa de un coche, dos hombres turnándose, Lucía mirándome con complicidad. Le voy a pedir que organice algo de verdad, pensé.
Y entonces oí un suspiro que no era mío.
Abrí los ojos. Bruno y Damián estaban a dos metros, frente al sofá, con los pantalones bajados y la mano en sus pollas. Me masturbaban con la mirada.
Salté como un resorte y corrí hacia la puerta. Bruno me cortó el paso sin tocarme.
—Carolina, mujer, no pasa nada. Subimos a ver cómo estabas, entramos sin hacer ruido por si dormías. Al verte así, no pudimos contenernos.
—Por favor, no te vayas —pidió Damián—. Quédate, déjanos terminar mirándote.
Me sentía expuesta y culpable, pero algo dentro de mí latía con una insistencia nueva. Ya me habían visto. Qué más daba.
—De acuerdo —dije, con la voz más firme de lo que sonaba por dentro—. Pero no me tocáis. Solo mirar.
Me apoyé de espaldas contra la pared. Los dos volvieron a sus posiciones, recuperando el ritmo. Yo los observaba, todavía con la camisa abierta y la falda arrugada.
—Súbete un poco la falda —pidió Damián—. No me concentro.
La subí dos dedos por encima de la rodilla. Damián gimió bajito.
—Más.
La subí hasta la cintura. Me quedé desnuda de cintura para abajo, mirándolos. La humedad entre las piernas no la podía esconder. Empecé a acariciarme de nuevo, esta vez sin disimulo.
Bruno fue el primero que se acercó. Sin decir nada me apartó la mano y puso la suya. Adiviné lo que venía y le susurré que no, que follar no, por favor. Me calló con un beso largo, lengua dentro, mientras su pene buscaba la entrada. Entró solo hasta la mitad, con movimientos lentos, controlados. Yo me agarré de sus muslos y tiré para adentro, queriéndola entera. Estaba tan excitado que se corrió a los pocos segundos, llenándome con un gruñido sordo contra mi cuello.
Cuando se apartó, Damián ya estaba desnudo, con un preservativo puesto y la polla muy dura. No esperó un segundo. Me la metió de una sola embestida, todavía con la leche de Bruno escurriéndome por dentro. Tenía más aguante. Me quitó la camisa, me soltó el sujetador, me cogió los pechos con las dos manos y empezó a pellizcarme los pezones mientras me besaba el cuello y me lamía la oreja.
Sentí entonces una mano en mi culo. Era Bruno, que había recuperado el aliento. Me mojó el ano con saliva y empezó a meter los dedos en círculos. El orgasmo me llegó sin avisar, uno de los más largos que recuerdo. Las piernas me temblaban y Damián tuvo que sostenerme para que no me cayera al suelo.
Damián me sentó en la butaca y me acercó la polla a los labios. Yo nunca le había hecho una mamada a Esteban, ni en doce años de matrimonio. Abrí la boca y saqué la lengua. Pasé la punta por el glande, primero con curiosidad, después con ganas. Cuando se corrió, me llenó la boca y la barbilla.
Después me llevaron a la ducha. Nos enjabonamos los unos a los otros entre risas y besos. Salimos envueltos en albornoces, tendidos los tres en la cama grande. Yo en el centro, cada uno por un lado. Me besaron las mejillas, el cuello, los hombros, los pechos. Damián me lamió el coño hasta que volví a correrme, mientras Bruno me besaba en la boca y me apretaba un pezón entre dos dedos.
Cuando Damián me montó por segunda vez, fue distinto. Lento, atento, como si quisiera grabarse cada gesto. Después fue Bruno el que quiso entrarme por el ano. Le pedí que no, que ahí no, por favor. Lo intentó de nuevo. Me escapé, salté de la cama. Bruno me cogió de la cintura, me dio la vuelta y me obligó a arrodillarme. Volvió a intentarlo. Le supliqué otra vez. Cedió.
Me tumbé bocarriba, levanté las rodillas y abrí las piernas. Damián se puso entre ellas y me entró con suavidad, abrazándome la cintura para levantarme el culo. Esta vez nos corrimos los dos a la vez.
***
Durante la cena en el comedor del hotel me notaron callada y triste. Después, cuando bajamos al salón con los demás huéspedes a hablar del temporal, Damián se sentó a mi lado y me preguntó en voz baja qué me pasaba.
—Pienso en Esteban —reconocí—. Tengo remordimientos.
—¿No te lo has pasado bien?
—Sí, muy bien. Mejor que nunca. Pero estoy aquí, follando como una loca, mientras él trabaja.
—Si es por tu marido, no tengas remordimientos —dijo Damián, mirándome serio—. Él no los tiene contigo.
—¿Qué quieres decir?
—Esteban hace tiempo que te es infiel. Nos pidió ese cambio de puesto precisamente para poder viajar y estar fuera sin que tú lo controles.
Sentí un golpe sordo en el estómago.
—No puede ser. Él me dijo que el cambio se lo habíais propuesto vosotros.
—Acabo de hablar con él hace un rato. Está cenando en un restaurante a tres calles del hotel donde se aloja.
—¿Y? Eso es normal.
—Normal sería que cenara solo. Llama tú al hotel, pide que te pasen con la señora de Vergara. Si viaja solo, no habrá nadie en su habitación.
Tenía el número apuntado en la agenda del bolso. Bajé a recepción y pedí línea. La recepcionista del hotel del norte me confirmó, con voz amable, que la señora de Vergara había salido a cenar con su marido hacía una hora.
Subí a la habitación con la cara dura como una piedra. Damián se metió en el baño. Me desnudé delante de Bruno, sin ninguna vergüenza ya. Él me miró un segundo y empezó a desnudarse también. Iba a darme las buenas noches cuando le tapé la boca con un beso. Me puse de espaldas a él y le restregué el culo contra la polla.
—Bruno, a estas horas mi marido seguramente está follando con su amiga —dije—. Tomadme. Esta noche soy vuestro juguete. Quiero sentir vuestras pollas en el culo y lo que se os ocurra.
Bruno me puso de rodillas sobre la cama, con la cabeza apoyada en la sábana y el culo levantado. Empezó a jugar con mi ano, untándolo bien con lubricante de un tubo que sacó del neceser. Metía un dedo, después dos, separándolos en círculos. Damián salió del baño y oyó el final de mi declaración. Se acercó por el otro lado, me cogió la cabeza y me la guió hacia su polla.
Bruno fue el primero en entrarme por detrás. No tenía la erección tan dura como Damián y le costaba menos abrirme. Me dolió. Se lo dije y quiso parar. Le supliqué que siguiera, despacio. Damián se tumbó de manera que sus labios coincidieran con los míos y, cada vez que yo me estremecía, me besaba y me acariciaba las mejillas. Me susurraba al oído lo dulce que era, lo mucho que estaban disfrutando los dos de mi rendición.
Me dejaron descansar un rato. Después fue Damián el que me hizo suya por detrás. Esta vez no me dolió. Mientras él se movía con calma, Bruno me chupaba los pezones y me acariciaba el clítoris con la yema de un dedo. Apenas dormimos esa noche. Tenía razón Lucía: dos son mejor que uno.
***
De madrugada, cuando salimos hacia el coche, la carretera ya estaba abierta. Bruno se puso al volante y Damián abrió la puerta trasera para que yo entrara. Después se sentó a mi lado.
—Damián, ¿no viajas delante? —pregunté con una sonrisa.
—No, nos turnamos el volante. Una hora cada uno.
Quedaban más de cinco horas hasta casa. Me reí por dentro, recordé la fantasía del coche que había soñado dos días antes y supe que esa noche tampoco iba a llamar a Esteban para avisar de que llegaba tarde.