Me descubrieron con el novio de mi mejor amiga
¿Cómo que si quiero contarle qué pasó? La verdad, no quiero. Pero supongo que ésta es una de esas cosas que una no decide. Bueno… ¿por dónde empiezo?
Usted me preguntaba cómo me siento. Mal. Incómoda. Justo ahora, lo último que recuerdo es estarme viendo al espejo, hace unas horas. Mi casa estaba oscura y silenciosa a las cinco de la mañana, y un poco de esa oscuridad se colaba en el baño aunque tuviera la luz prendida. Mi pelo estaba abombado, mis rizos no querían tomar ningún orden, y mis ojeras tenían un color verdoso muy feo sobre la palidez de mi piel. Eso me hacía sentir demacrada, apagada, como si se me estuviera acabando la vida.
Y al mismo tiempo me sentía carnosa y pesada. He subido un poco de peso y, después de mi baño frío de las mañanas, me quedo varios minutos notándolo en el reflejo. Mi cadera se ha vuelto más grande, mis pechos cada día más problemáticos. Hace unos días, Daniela y Sofía me preguntaron por qué nunca me quería quitar el suéter. Estábamos solas, y Daniela se me acercó con esa boquita roja que tiene y sus ojos comprensivos:
—Estás buenísima, Mariana —me dijo.
Pero yo no me siento buena. Tampoco gorda, no es eso. Es que me siento… excesiva. No sé cómo más decirlo.
Los únicos suéteres con los que estoy cómoda son tres que me tejió mi abuela: uno azul, uno negro y uno gris. Hoy tocaba el gris. Como los lavo seguido para tenerlos siempre disponibles, se están desgastando, y me da mucha vergüenza que mis compañeras lo noten.
Así estaba, incómoda y ojerosa, en mi clase de… en una clase. Y el profesor estaba como siempre: olía como siempre, hacía sus chistes de siempre y se emocionaba con sus propias palabras, o cuando alguien hacía una pregunta. No, no estaba aburrida. Fingía estarlo y descansaba la cabeza sobre el cuaderno abierto, sintiendo mi propio cuerpo debajo de la ropa.
Ayer soñé con él. Soñé que se ofrecía a llevarme a casa, que tomaba un atajo que no era atajo. Empezábamos a coquetear. Él me hacía pequeños guiños. Yo me emocionaba con mis propias palabras y terminaba confesándole lo que siento por él. Estacionaba en un lote baldío y empezábamos a besarnos. Me tomaba de las mejillas y me hacía cariños detrás de las orejas, y luego bajaba al cuello. Yo… le… No es algo que yo haría, claro. Pero en el sueño, porque era un sueño, le soltaba el cinturón y le bajaba la bragueta.
Él me preguntaba si era mayor de edad. Le contestaba la verdad: sí, desde hace muchos meses, meses que se sintieron muy largos. Y entonces él sacaba su polla, y era gruesa, pesada, con las venas muy marcadas y una gota espesa colgando de la punta. Me la ponía en la mano y yo, torpe, empezaba a jalársela despacio, aprendiendo la forma. Bajaba la cabeza y me la metía en la boca, tanta como me cabía, y él me sostenía del pelo mientras yo lo chupaba lento, saboreando su semen anticipado en la lengua. Y me hacía eso también a mí: me abría las piernas en el asiento del copiloto, me hacía a un lado la ropa interior y me lamía el coño con la lengua entera, chupándome el clítoris hasta que yo me arqueaba contra el asiento. Metía dos dedos y los curvaba adentro, muy adentro, mientras me mamaba, y yo me corría en su boca temblando y mordiéndome el puño para no gritar. Fajábamos, pues. En el sueño él estaba alzado como una torre, y la punta era roja como una pastilla. Y me tocaba como una se imagina que deberían tocarla, con los dedos empapados de mi propio jugo, haciendo círculos exactos sobre el clítoris. Ya sabe que los hombres son un poco torpes con eso a veces. Digo, perdón, no sé; me imagino que usted sabe, pero quizá no debería darlo por hecho. ¡Qué estoy diciendo! Perdón, no me meto en su vida.
Me tocaba muy rico, pues. Y yo estaba dispuesta a aceptarle todo: que me follara ahí mismo en el coche, que me pusiera de rodillas en el pasto y me acabara en la cara, lo que él quisiera. Pero sonó el despertador.
En la clase no podía dejar de pensar en sus besos y sus manos, y en cómo se sentiría su polla partiéndome en dos. Le juro que por un momento, después de despertar, pensé que había sido real, y me sentí muy feliz por mí. Y luego muy triste. Ahora, en clase, el profesor me ignoraba. Bueno, no me ignoraba. Sé que soy su mejor alumna y que, como profesor, se preocupa por mí. Durante esa hora yo debía verme muy mal, porque él me dirigía unos ojos condescendientes y evitaba hacerme preguntas. Cuando salí del salón, me dijo: «Descansa, Mariana, tienes que cuidarte más, no todo son las calificaciones». Pobre. No tiene idea de que llevaba las bragas empapadas del sueño de la noche anterior, pegándoseme a los labios cada vez que cruzaba las piernas.
¿Qué? ¡No, claro que no! Él jamás intentaría nada conmigo. Y no le voy a decir qué profesor es. No es importante. En fin, después de esa clase me sentía fluida y sucia. Quería desesperadamente pasar al baño para meterme un dedo, aunque fuera rápido, para bajar la calentura; pero todos estaban ocupados.
De pronto me encontré de frente con Daniela y Mateo. Ella tenía una clase y se estaba despidiendo de su novio con un beso largo y caliente. Le dio dos palmaditas en la mejilla y salió corriendo. Unos segundos después de que se fue, Mateo me vio, y sus ojos cambiaron. Se volvieron huecos y profundos, y empezaron a escudriñarme entera: me veía los labios, me veía el pecho, y parecía como si sus ojos quisieran desprenderse de su cara, salir volando como murciélagos, pasar sobre mis hombros y verme el trasero desde atrás. No me decía nada. Yo me acerqué y le dije muy bajito, pero muy enojada:
—Respeta a tu novia.
Hacía semanas que no pensaba en Mateo. En el profesor pienso todo el día, todos los días. Pero Mateo no es… no es lo mío. Y yo quiero mucho a Daniela. Ella siempre ha sido la mejor amiga que pude desear.
***
Lo mío con Mateo empezó el mes pasado, en una fiesta en casa de Sofía. Yo no suelo ir a fiestas, pero Daniela insistió mucho y decidí hacer una excepción. La casa es grande y luminosa, con largos pasillos estrechos entre las habitaciones. En uno de esos pasillos Mateo se había metido a fumar. Cuando lo vi, ya solo disfrutaba de la música, cerrando los ojos y encerrándose en sí mismo.
Me metí allí porque empezaba a engentarme. Cuando lo vi, la calma que despedía me hizo sentir tranquila. Empezamos a platicar de cualquier cosa: la música, las clases, lo generosa que era Daniela. Yo sentía que había hecho un amigo nuevo. En algún momento, me preguntó:
—A ver, dime, porque yo la verdad no me lo puedo imaginar. ¿Qué se siente estar tan buena?
—¿Perdón? —le contesté.
La indignación por su grosería me estaba haciendo enrojecer. Decidí tomar aire. No me lo iba a tomar personal. Le contestaría con ironía, para humillarlo, para hacerlo sentirse mal por haberme tratado así.
—Sí. Tienes un cuerpo de diosa. ¿Qué se siente estar tan buena?
—Pues te diré… es un problema a veces. La gente sin educación cree que puede decirme la primera obscenidad que se le ocurra, y me hacen toda clase de preguntas idiotas.
—¿Como cuál?
—«¿Qué se siente estar tan buena?» —lo parodié, haciendo una voz tonta.
—¿Y cuál otra? —me contestó sin inmutarse.
Yo ya estaba encaminada en la ironía, así que con el mismo tono seguí.
—«¿No te pesan mucho las tetas?», «¿desde cuándo las tienes así?», «¿no te dejas tocar un poquito el coño?».
Se carcajeó y guardó silencio. Yo esperaba que se sintiera ridiculizado, así que me quedé callada también, queriendo ver cuál sería su siguiente paso.
—¿Tú no tenías el pelo chino? —me preguntó.
Yo sólo quería decirle que sí, pero empecé a tartamudear. Mi pelo me causa muchos problemas últimamente.
—¿Qué producto estás usando? —me dijo mientras se acercaba y me tomaba un rizo de la sien, sintiéndolo como si quisiera juzgar qué tan seco estaba.
De sentir el rizo, pasó a acariciarlo. Del rizo pasó a la sien, y me pasó el pelo detrás de la oreja. Y me besó. Yo le devolví el beso porque me sentía muy bien al ser besada. Luego lo alejé, lo empujé y le dije:
—Eres un imbécil. Tienes que respetar a Daniela. Esto no pasó, y a partir de ahora vas a ser el novio perfecto con ella.
Él asintió, frunciendo el ceño, muy serio, muy comprometido.
—Lo seré. Pero… ¿un beso más antes de eso? —me dijo.
Esta vez fui yo quien lo besé. Después de unos segundos él recuperó la iniciativa y me puso contra la pared del pasillo. Mientras me besaba, me acariciaba el pelo, y eso me confundía y me daba vergüenza. Estaba pensando en eso cuando lo sentí tocar mis pechos. Quería decirle algo, pero el beso me tenía acaparada. Cuando nos separamos, él me ganó la palabra:
—¿Ahora me vas a decir que «no te dejas tocar un poquito»?
Y volvió a besarme antes de que pudiera responder. Metió la mano debajo de mi blusa y me amasó un pecho por encima del brasier. Tres dedos se colaron dentro de la copa y me pellizcaron el pezón con delicadeza, pasándolo del índice y el cordial al cordial y el anular, una y otra vez. Me lo torcía y lo estiraba hasta que se me puso duro como una piedra, y yo apretaba los muslos porque sentía que el coño me chorreaba dentro de las bragas. Con la otra mano me agarró una nalga por encima del pantalón y me apretó fuerte, jalándome contra su cadera, y yo sentí su polla dura empujándome contra el vientre a través de la tela del jean. Se me escapó un gemido tonto, corto, y me tapé la boca yo misma. Empecé a respirar pesadamente, y esa respiración me preocupó.
—Alguien nos va a ver —le dije.
—Es verdad. Y no quiero compartirte con nadie, así que mejor aquí le dejamos.
Después de decirme eso, se quitó de encima y volvió a la fiesta. Minutos después lo vi besándose con Daniela y lo quise matar. Pero, bueno, me dije que yo misma había cometido el error de buscarlo, que no sería sincero de mi parte acusarlo con ella, y que en todo caso no volvería a pasar.
***
Pensé eso hasta que lo vi ese día en el pasillo: sus ojos profundos eran justo lo que necesitaba en ese momento, y yo no lo sabía. Mateo me hizo un gesto con la cabeza y empezó a caminar escaleras arriba. Yo lo seguí. Mientras atravesábamos los pasillos de salones, los grupos se iban haciendo más reducidos.
No sé cómo sabía que en el 207 del edificio B no habría nadie a esa hora. Se metió como si nada y yo tuve que girar la cabeza para asegurarme de que nadie nos viera entrar. Era el único salón que aún tenía seguro. Todos los demás los habían quitado al principio del año anterior. Cuando pasé, cerró la puerta.
Parecía que estábamos continuando justo donde lo dejamos en la fiesta. Él se iba acercando y yo retrocedía hacia la pared, como si le tuviera miedo. Cuando, al final, quedé entre él y el ladrillo frío, barnizado de carmín, volvió a acariciar mi pelo, pero esta vez con urgencia. Me tomó de la nuca y me llevó a sus labios. Como ya le dije, ese día yo de por sí estaba que me derretía, y ese beso fue como un vaso de agua fría que alguien me hubiera tirado en el regazo.
Me quitó el suéter. Debajo llevaba una blusa de manga larga con un cuello muy cerrado. Me la subió hasta las clavículas y empezó a besarme los pechos por arriba del brasier. Un poco besaba y un poco iba bajando la copa. En algún momento, mi pezón brincó por encima y él lo capturó entre los labios y lo lamió con fuerza, de arriba hacia abajo. Luego en círculos, primero con calma y luego a toda velocidad. Después se lo metió entero a la boca, chupándomelo como un bebé hambriento, y yo sentí los dientes rasparme muy suave alrededor del pezón, lo que me hizo apretar las piernas y morderme el labio. Mientras hacía todo eso, con un brazo me abrazaba con fuerza, como si quisiera acercarme más y más, lo que ya era imposible. Con la otra mano me desabrochó el brasier de un tirón y las dos tetas se le vinieron encima. Se separó un segundo nada más para mirármelas, y yo vi cómo tragaba saliva.
—Puta madre, Mariana —susurró—. Están de infarto.
Y volvió a hundir la cara entre ellas, chupándome una y amasándome la otra, pellizcándome los pezones hasta ponerlos rojos e hinchados. Yo, mientras tanto, sentía cómo se me humedecían las bragas cada vez más, cómo se me pegaba la tela a los labios del coño, cómo me pulsaba el clítoris pidiendo atención.
Después de hacer eso con el pecho izquierdo, lo hizo con el derecho. Bueno… ¿cree que pueda abrir la ventana? Tengo un poco de calor.
Gracias.
¿Me cree si le digo que no sé en qué momento me quitó los pantalones? Quizá me los quité yo. No lo sé. Sólo sé que él se hincó frente a mí y empezó a besarme la ropa interior. Me olía a través de la tela, hundiendo la nariz entre mis labios por encima de las bragas, y yo sentía cómo su aliento caliente me traspasaba y me hacía derretirme más.
—Sólo los muslos. No… ahí.
Y, al menos en eso, me hizo caso al principio. Me sentó en una de las mesas y me abrió las piernas. Empezó a besarme la cara interna de los muslos, cada vez más arriba, cada vez más cerca. Yo no podía evitar destilar un poco, desparramarme, y el olor de mi propio sexo me llegaba a la nariz, mezclado con el olor del salón viejo y del ladrillo.
—Me acordaré de cómo hueles —me dijo.
Intenté darle una bofetada por esa obscenidad, pero se quitó a tiempo. Y entonces, aprovechando que le había dado la mano en el aire, me sujetó de la muñeca y, sin dejar de mirarme a los ojos, me hizo a un lado las bragas con la otra mano y me lamió el coño de abajo hacia arriba, largo, lento, con la lengua ancha y plana. Se me escapó un gemido ronco que no había gemido nunca en mi vida.
—¡Te dije que no! —le susurré con la voz temblando.
—Dime que pare y paro.
No le dije nada. Me quedé viéndolo con la boca abierta y las piernas temblando, y él sonrió y volvió a bajar la cabeza. Me arrancó las bragas de un tirón, me abrió los labios con dos dedos y me chupó el clítoris entre los suyos, succionando despacio, como si me lo estuviera mamando. Yo me tuve que morder el dorso de la mano para no gritar. Me lamía en círculos, cambiaba de ritmo, se detenía justo cuando yo sentía que iba a llegar y volvía a empezar. Metió la lengua tan adentro como pudo, se la clavó entera y la movió como si me estuviera follando con ella, mientras con el pulgar seguía frotándome el clítoris. Yo agarraba el borde de la mesa con las dos manos, arqueaba la espalda, me sacudía. Cuando me metió dos dedos y curvó las puntas hacia arriba, buscando ese punto que yo apenas y sabía que tenía, me corrí de golpe, aplastándole la cara con los muslos, temblando entera, gimiendo tan bajo como pude, con los dientes clavados en mi propia muñeca.
Cuando levantó la cara la tenía brillante hasta la nariz, con mis jugos escurriéndole por la barbilla. Se pasó el dorso de la mano por la boca y sonrió.
—Sabes riquísimo, hija de puta.
—Cállate —le dije, todavía temblando.
Se levantó y se desabrochó el pantalón. Cuando se la sacó, me sorprendí de que fuera así. De inmediato lo toqué. Aunque estaba muy, muy firme, el prepucio aún cubría parte de la punta. Cuando lo pelé, pude ver que el glande no era como yo me lo había imaginado. Era como una enorme pastilla roja, brillantísima aún en la oscuridad del salón. Ya en ese momento estaba completamente bañado por un líquido aceitoso de olor salado. Pensé que quería que se la… ya sabe. Que se la jalara, pues. Y se la jalé. Le cerré la mano alrededor del tronco y empecé a bombeársela, lento primero, sintiendo cómo me palpitaba en la palma, sintiendo la piel deslizarse sobre lo duro de adentro. La punta se le puso más brillante, más roja, más gorda. Sin pensarlo mucho, me incliné hacia adelante y le pasé la lengua por el glande, recogiendo la gota espesa que le colgaba. Sabía salado, un poco amargo. Cerré los ojos y me la metí a la boca, primero la cabeza, luego cuanto me cupo. Él me agarró la nuca con las dos manos y empezó a moverme la cabeza al ritmo que él quería. Yo lo dejé. Me atragantaba, me lloraban los ojos, me caía la baba por la comisura, pero se la seguía chupando, subiendo y bajando, apretando los labios en el tronco, pasándole la lengua por debajo cada vez que subía.
—No es necesario que sigas —me dijo casi jadeando, apartándome la cabeza—. Creo que ya estamos más allá de eso. Si sigues me voy a correr en tu boca y no quiero.
Y bueno, ya casi es todo. Él tomó su… su herramienta. Y me la restregó un poquito. Yo ya estaba sentada en la mesa, abierta de piernas, así que él nada más se acercó y me pasó la parte de en medio. ¿El tronco? Sí, eso. Me la pasó por allí abajo, resbalándola entre los labios empapados del coño, embarrándose el glande con mis jugos. Cada vez que la punta pasaba encima del clítoris se me escapaba un espasmo y me apretaba a él con las piernas. Y luego hizo como que me la iba a meter: me puso la puntita en la entrada y se restregó allí un rato.
Sí. Eso pasó. Y, bueno… ya luego escuchamos unas llaves en la puerta y… Bueno. Sí. No. La verdad es que pasó otra cosa. La verdad es que sí me la metió.
—Métemela, pero poquito —le dije yo. Y a él le pareció bien.
Y sí, empezó con la punta, nada más. La metía y la sacaba. Y me pasó como en la fiesta, cuando lo vi en el pasillo. Lo sentí entrar adentro mío y por fin me empecé a sentir tranquila. Sentía mi cuerpo… y me gustaba. Cerré los ojos y me entregué a lo que sentía. Entraba, salía. La primera pulgada, nada más. Yo apretaba el coño alrededor de la punta y él gemía bajito en mi cuello. Entraba, salía. Entraba… y yo me decía: «Como que lo siento un poco más grueso… ¿está creciendo más, o será que está metiendo más?». Yo no sé cómo sienta usted… yo la verdad creo que nada más siento justo en la entrada y luego hasta el fondo.
Entraba, salía. Entraba… y de pronto sentí algo en el fondo, un tope duro, un golpe seco dentro de mí que me subió por toda la columna. Abrí los ojos de golpe y vi que, sin que yo me hubiera dado cuenta, me la había metido entera. Sentí el vello de él contra el mío, sus huevos pesados aplastados contra mi culo.
—¡Sácamela, pendejo! —le grité susurrando.
Y empezó a sacarla. Pero cuando la vi salir… no sé cómo decirlo. Por un lado, verla tan larga salir de mí, brillante hasta la raíz con mi propio jugo, hilos blancos pegajosos colgando entre el tronco y mis labios… pensar que me había metido todo eso… hizo que se me antojara. Y, mientras él iba saliendo, yo de nuevo me sentía excesiva, incómoda, con el coño vacío pidiendo que lo volvieran a llenar. Lo tomé de las nalgas con las pantorrillas y lo hice metérmela de golpe.
—¡Qué rica te sientes, Mariana! —gimió en mi oído—. Qué apretada estás, hija de puta, me estás ordeñando.
—Eres un imbécil, Mateo —le contesté, con los dientes clavados en su hombro.
Y empezó a darme con todo. La mesa empezó a chirriar contra el piso a cada estocada, y yo tenía que agarrarme del borde con las dos manos para no salir volando. Me la metía hasta el fondo y me la sacaba casi entera, y me la volvía a clavar hasta chocar con el tope de adentro. Cada vez que me la enterraba, se me escapaba un ruido tonto de la garganta, un «uh» aplastado que él acallaba tapándome la boca con la palma abierta.
—Cállate, cállate, nos van a oír —me decía riéndose, y me la seguía metiendo más rápido.
Me agarró de las caderas y me arrastró hasta el mero borde de la mesa, y desde ahí me embistió como un animal, viéndome las tetas rebotar a cada golpe. Yo sentía que me estaba abriendo por dentro, que me iba a partir en dos, y al mismo tiempo no quería que parara nunca. Me sacó de la mesa, me dio vuelta, me dobló contra la superficie fría, la mejilla pegada a la madera, el culo empinado, y me la volvió a meter de un solo golpe por detrás. Desde ahí entraba más profundo. Yo mordía la manga del suéter que tenía sobre la mesa para no gritar. Él me agarraba de las caderas, del pelo, me daba una nalgada que me dejó la piel ardiendo, y me la seguía clavando, húmedo, sonoro, chapoteando entre mis muslos.
—Córrete otra vez, córrete conmigo adentro —me gruñó pegado a la oreja.
Y yo me corrí, apretándole la polla con el coño hasta que sentí que se le atoraba adentro, y me quedé temblando debajo de él, con las rodillas flojas, la cara apretada contra la mesa.
Creo que ése fue el problema. Creo que eso fue lo que usted oyó. Y entonces sí escuchamos el ruido de las llaves en la puerta. Él tuvo el reflejo de sacármela justo a tiempo y me la sentí saliendo con un ruido húmedo, dejándome el coño vacío y palpitando. Yo la vi tan pronto entró. Fingí que no la había visto porque quería terminar. Perdón por eso. Lamento que haya tenido que vernos así, con las bragas rotas en el piso y los pezones al aire. Y lamento que ahora tenga que hablar conmigo de esto.
Le juro que esto no significa nada. Nadie tiene que saber. Yo sigo siendo buena estudiante, y ya soy mayor de edad. También él. Y no va a volver a pasar. Además, él no me acabó dentro, así que todo está bien… ¿verdad?