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Relatos Ardientes

Abrí las cortinas y supe que él estaba mirando

Esta historia la enterré durante años. La sacudí el otro día sin querer, mientras ordenaba mi teléfono viejo, y me sorprendió que todavía pudiera sentir algo al recordarla: no exactamente arrepentimiento, tampoco orgullo. Algo más parecido a la sensación de haber cruzado una línea que no sabías que existía hasta que ya estabas del otro lado.

Con Marcos llevábamos casi tres años. No era una relación mala, era solo una relación que me sofocaba sin que yo supiera cómo explicarlo. Pedí un tiempo. Un mes, quizás dos, para respirar y pensar. No una ruptura, no otra persona: simplemente espacio. Él lo escuchó y me dijo que no. Con esa calma suya que siempre me enervaba: o seguíamos como estábamos, o se terminaba.

Le dije que se terminaba.

Colgué y me quedé temblando de rabia. No por la pérdida —eso vendría después—, sino por la arrogancia. Como si mis necesidades fueran una provocación. Como si pedir espacio fuera lo mismo que traicionarlo.

La semana siguiente fue un silencio de cuatro paredes. Cada día sin noticias de Marcos era un peldaño más de esa rabia, que no se disipaba sino que fermentaba. Me quedaba despierta dándole vueltas a la misma ecuación: su comodidad o nada. Y yo había tenido la osadía de elegir el nada.

Cuando su mensaje apareció en la pantalla, casi a medianoche del sexto día, lo leí tres veces antes de responder.

—¿Cómo estás? No he sabido nada de ti. Dime qué está pasando por tu cabeza.

Cerré el teléfono. Lo volví a abrir. Escribí:

—Mal. Pero no necesito que hagas nada. Deja las cosas así.

Él respondió en segundos.

—No. Tenemos que hablar. Necesito verte.

—Mañana tengo consulta con la ginecóloga a las nueve —le respondí—. Si quieres vernos, queda fuera de la clínica sobre las diez.

—Allí estaré.

Cerré el teléfono y me quedé mirando el techo. La rabia seguía ahí, pero ahora tenía una dirección.

***

Rodrigo y yo teníamos una historia irregular que prefería no analizar demasiado. Había empezado casi dos años atrás, en una época en que Marcos viajó por trabajo y yo me sentí más sola de lo que debería. No fue una decisión, fue una rendición. Y después de esa primera vez, siguieron otras, siempre con una culpa que nunca llegaba a ser suficiente para detenerme.

Pero esa noche era diferente. Marcos y yo habíamos terminado. No era infidelidad, me dije. Era otra cosa.

Le escribí a Rodrigo.

—¿Qué haces mañana por la mañana?

—Nada, Paula. ¿Por qué?

—Acompáñame al médico. Luego tengo una sorpresa para ti.

Mandé un emoji de media sonrisa y apagué la pantalla antes de poder arrepentirme.

***

Me miré en el espejo antes de salir. Elegí con cuidado: la licra negra que se ajustaba a mis caderas como una segunda piel, la blusa blanca que resaltaba mi pecho, y encima la chaqueta tejida que Marcos me había regalado el año anterior, esa que tenía calados abiertos que dejaban ver la tela de abajo. La guinda del pastel, pensé. Cada prenda, una elección deliberada.

Rodrigo me esperaba en la entrada de la clínica con las manos en los bolsillos. Lo miré y noté que lo había olvidado un poco: era más alto de lo que recordaba, tenía esa postura de hombre que no necesita demostrar nada. Me saludó con un beso en la mejilla y algo se movió en mi estómago.

Entré a la consulta y me senté en la camilla sin escuchar nada de lo que me decía la médica. Mi mente estaba en la calle, calculando ángulos, ensayando la escena.

Cuando salí, Rodrigo se acercó y me dijo al oído:

—Tu ex está allí. Al otro lado de la calle.

No giré la cabeza. Sonreí hacia ningún lado.

—No te preocupes —respondí—. Vamos a tu casa.

Le tomé la mano con una naturalidad que me sorprendió a mí misma. Caminamos pegados, como si lleváramos años haciéndolo. Sentí su brazo rodearme la cintura, bajar hasta posarse en mi cadera con una presión que no era accidental. No me detuve. Me incliné hacia él, reí por algo que ni siquiera era gracioso. No miré hacia donde estaba Marcos ni una sola vez, pero lo sentía. Sentía sus ojos en la espalda como una quemadura.

Cada paso era intencionado. Cada caricia de Rodrigo, un mensaje.

***

Su apartamento estaba en el segundo piso. Vista directa a la calle.

No dije nada. Entré, crucé el salón y fui derecha a la habitación. Las cortinas estaban corridas. Las abrí de golpe, de par en par. La luz de la mañana inundó el cuarto.

—¿Qué haces? —preguntó Rodrigo desde el umbral.

No respondí con palabras. Me giré y lo besé.

Él tardó medio segundo en reaccionar, y después respondió con la misma urgencia, sus manos quitando mi chaqueta, deslizándose por mi cintura. En menos de dos minutos la ropa estaba en el suelo. Quedé con el sostén y la ropa interior, sintiendo el frío del cuarto contra la piel caliente.

Me desabroché el sostén yo misma y lo dejé caer. Rodrigo contuvo el aliento. Mis pechos, libres, pesados, y él los miraba como si los viera por primera vez, aunque no fuera así. Arqueé la espalda levemente, una ofrenda, y él no necesitó más. Su boca caliente se cerró sobre uno de mis pezones mientras su mano sostenía el otro, apretando, haciéndome doblar los dedos de los pies.

Un gemido se me escapó de la garganta. Ese no fue fingido.

Se desnudó mientras yo lo miraba. Tenía ese cuerpo que recordaba bien: musculoso sin exageración, con esa línea que baja desde el abdomen. Y su erección, ya completa, gruesa, veinte centímetros que me habían hecho dudar antes de la primera vez.

—Chúpamela —me dijo con la voz ronca.

Me arrodillé. Lo tomé en mis manos, sentí su calor, su peso. Lo llevé a mi boca despacio, deslizándolo entre mis labios, sintiendo cómo se endurecía todavía más. Lo mamé con calma primero, después con más profundidad, una mano en la base y los labios apretados, escuchando cómo su respiración se fragmentaba.

Cuando me levanté, él ya tenía el condón en la mano.

Me empujó suavemente hacia la cama y me abrió las piernas. Entró de un empuje directo, hasta el fondo, y el grito que solté fue involuntario: mezcla de dolor agudo y placer tan inmediato que me dejó sin aire. Estaba tan húmeda que no hubo resistencia.

Empezó a moverse. Mis pechos aplastados contra su pecho, su cuerpo encima del mío, haciéndome sentir pequeña y completamente poseída. Enganché mis piernas en su cintura, tirándolo hacia adentro, mis uñas arañando su espalda. Gemía sin filtro, sin bajarle el volumen. Sabía que si Marcos seguía en la calle, podía escucharme.

***

La cama estaba bien. Pero era demasiado privada.

—Llévame a la ventana —dije entre jadeos—. Quiero que me hagas allí.

Rodrigo sonrió de un modo que me revolvió las entrañas y me levantó como si no pesara nada. Mis piernas se enroscaron en su cintura mientras me cargaba hasta el cristal. Me bajó, me giró, de espaldas a él, enfrentada al exterior. El vidrio frío contra mis pezones me hizo estremecer.

—¿Así? —murmuró en mi oreja.

—Así —confirmé.

Entró en mí de nuevo desde atrás, con más fuerza si cabía. Desde allí veía la calle: los coches pasando, la gente caminando ajena, las palomas en el bordillo de enfrente. Mis pechos rozaban el cristal con cada golpe. La ventana temblaba levemente. No sabía si Marcos seguía abajo con los ojos fijos en el segundo piso, pero en ese momento lo deseé con una intensidad que me asustó. Que mire. Que se le queme el pecho de rabia.

El placer era real, pero era secundario. Lo principal era otra cosa.

***

Rodrigo me llevó de vuelta a la cama y me tumbó boca abajo.

—A cuatro patas —ordenó.

Obedecí. Levanté las caderas y él entró desde atrás, más profundo todavía. Una mano se alzó y me dio una palmada fuerte en el trasero, dejando una marca ardiente en la piel.

—Otra —dije.

Llegó otra. Y otra más. Cada una era una liberación que no sabía que necesitaba. Me sentía sucia y libre al mismo tiempo, dos sensaciones que no deberían coexistir y que sin embargo encajaban perfectamente.

Le empujé para que se tumbara y me monté sobre él. Descendí despacio, sintiendo cómo me llenaba centímetro a centímetro, y empecé a moverme. Primero con suavidad, después más rápido, usando las caderas para martillearlo. Mis pechos rebotaban con cada golpe, y él los atrapó con ambas manos, apretándolos, retorciéndome los pezones. Yo era la que decidía el ritmo. En ese momento, yo era la que mandaba.

Cuando estaba cerca de llegar, me bajé. Le quité el condón con calma, mirándolo a los ojos. Lo tomé en la mano y lo llevé de nuevo a mi boca, esta vez sin que nadie me lo pidiera. Lo hice despacio, saboreándolo, una mano moviéndose al mismo ritmo que mis labios. Él gemía con los ojos cerrados, una mano enredada en mi cabello.

Le puse otro condón, me recosté de lado y él se acomodó detrás de mí. Entró de nuevo con movimientos lentos y profundos, sus manos aferradas a mis pechos, su aliento cálido en mi nuca. Esta vez no hubo gritos, solo gemidos, el final de la tormenta. Sentí cómo su cuerpo se tensaba, ese espasmo inconfundible, y supe que había terminado.

Fue entonces cuando mi teléfono vibró en la mesita.

La pantalla iluminó el nombre: Marcos.

Una carcajada involuntaria me sacudió los hombros. No contesté. Apagué la pantalla y me quedé quieta, la espalda contra el pecho de Rodrigo, escuchando cómo se normalizaba mi respiración.

***

Me vestí despacio. Cada músculo acusaba lo que había pasado y no me molestaba.

—Baja conmigo —le dije a Rodrigo.

Salimos a la calle y allí estaba. Marcos. Parado en la acera de enfrente, con los brazos cruzados y una expresión que no le había visto nunca: los ojos rojos, la mandíbula apretada, los puños cerrados a los costados. Era la cara de alguien que ha esperado demasiado tiempo y que sabe exactamente qué ha estado esperando.

Por un segundo, algo parecido a la culpa me atravesó el pecho.

Lo apagué.

—Devuélveme mis cosas —dijo con una voz que temblaba de rabia contenida.

—Claro —respondí—. Tengo que ir a buscarlas.

Subí a buscar mi bolso. Cuando volví a salir, Rodrigo me esperaba en la puerta. Me tomó por la cintura y me besó, largo, con una mano en la espalda y la otra subiendo por mi costado. Un beso de posesión, calculado, perfecto. Me dejé llevar.

Me despedí de Rodrigo con una sonrisa y me fui caminando con Marcos.

No dijimos nada durante las dos primeras manzanas. Él iba adelante, rabioso. Yo lo seguía pensando en lo que acababa de hacer y en si me pesaba algo. No me pesaba haber pasado la mañana con Rodrigo. Me pesaba, quizás, haber necesitado hacerlo para sentirme entera.

***

En mi piso, saqué una caja del armario y empecé a meter sus cosas. Sus camisetas. Un libro que me había prestado y que nunca llegué a leer. La taza que usaba cuando se quedaba a dormir. La foto de los dos en la playa que había estado en la estantería durante más de un año.

Se lo entregué todo sin decir nada. Él lo tomó sin mirarme.

—Adiós, Marcos.

Levantó la vista. Vi por última vez al hombre que había conocido, pero lo que me devolvió su mirada era un extraño lleno de rencor.

—Que te vaya bien —dijo, y cerró la puerta con un golpe que resonó en todo el apartamento.

Me quedé sola en el silencio. La venganza había funcionado según el plan. El sabor era dulce y amargo al mismo tiempo, como esas cosas que consigues exactamente como las querías y que después no sabes muy bien qué hacer con ellas. Me miré en el espejo del recibidor y no vi a una ganadora. Vi a una mujer que había destruido algo que, a pesar de todo, en algún momento había sido real.

Esa libertad, esa noche, se sentía como un cuarto vacío.

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Comentarios (6)

Lorena_Mdq

Dios mio que tenso!!! me tuvo clavada hasta el final. Excelente relato

elvisitante77

Por favor necesito la segunda parte... asi no se puede quedar jaja

Diegote_BA

Me recordo a algo que vivi hace unos años, esa sensacion de saber que alguien te mira sin que sepa que vos lo sabes... tremendo. Muy bien contado.

CuriosaYoli

increible!!! me encanto

FedericoCT

La forma en que armaste el suspenso desde el principio es muy buena. Se nota que sabes escribir, no es un relato comun.

LectoRosa_cl

Esto es real o ficcion? porque se siente muy autentico la forma en que lo contas jaja

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