Mi esposa me confesó su aventura con el vecino
Antes de empezar, aclaro que no soy escritor. Soy un tipo común que durante años leyó relatos como este pensando que era el único al que le pasaban cosas raras en la cabeza. Resulta que no. Y por eso, después de mucho darle vueltas, me animé a contar lo mío.
Llevo casi diez años con mi mujer. Se llama Camila. Es bajita, blanca, con la cara fina y los pezones casi del color de la piel; nadie diría que ya pasó los treinta. Tiene una cintura hecha a medida y unas piernas que no terminan de explicar el culo que carga, parado, redondo, de los que ponen nervioso a cualquiera que la vea caminar de espaldas. Desde que la conozco usa tanga o cachetero, nunca otra cosa. Eso, por sí solo, ya dice bastante.
Mi relato no es de cuando nos conocimos. Es de hace tres años, en un momento en el que la pareja se estaba muriendo sin que ninguno de los dos quisiera reconocerlo.
Habíamos entrado en esa etapa fea en la que cualquier tontería terminaba en pelea. No coincidíamos en nada. No nos tocábamos. Pasamos meses sin tener sexo, lo cual, conociéndonos, era una alarma roja. Una noche, después de un grito feo, hablamos por primera vez en serio de separarnos. No lo hicimos. Tampoco lo arreglamos. Quedamos en un limbo.
Y en ese limbo empezaron a aparecer los detalles.
Camila se llevaba el celular al baño. Lo dejaba boca abajo sobre la mesa. Salía «a tomar algo con las chicas» y volvía a horas que no cerraban. Cuando le preguntaba, contestaba mirando la pantalla. Eran cosas chicas, pero juntas formaban una textura distinta.
Una amiga suya, Romina, había abierto con el marido un negocio en el garaje de su casa: micheladas, snacks, cerveza fría. Los viernes y sábados se llenaba de gente del barrio. Yo iba algunas veces, ella iba todas. Y entre todas esas veces, empecé a notar que había un tipo que también iba siempre.
Era un vecino del fondo de la cuadra. Sebastián. Más joven que yo, un par de años. No teníamos relación, apenas un «¿cómo va?» al cruzarnos. Y de repente estaba ahí, en cada michelada, parado en la barra haciéndose el distraído. Camila se reía con él una décima de segundo más de lo necesario. Le ofrecía cigarrillos. Se acomodaba mejor en la silla cuando él entraba. Eso último lo vi yo, no me lo contó nadie.
Un sábado, cuando él se fue al fondo del patio a fumar solo, me acerqué. No tenía un plan. Sabía que iba a preguntarle algo y que, dependiendo de cómo respondiera, iba a saber. La gente no sabe mentir cuando la agarran de improviso.
—¿Qué onda con Camila? —le dije, sin levantar la voz.
Me miró. Pasaron tres segundos. Me lo confirmó sin decir una palabra; después abrió la boca y soltó alguna explicación a medias que ya no me importaba escuchar. La respuesta ya estaba en cómo había bajado los ojos.
Esa misma noche, cuando volvimos a casa, le pregunté a ella. Le dije que ya sabía. Le dije que si me mentía una sola vez más, salía por la puerta y no volvía. Camila se quedó muy quieta, sentada en el borde de la cama, todavía con la ropa de salir. Después se largó a llorar.
Me lo confesó todo. Habían empezado con mensajes; primero tontos, después no tanto. Se habían visto dos veces. La última, en un hotel a media hora del barrio. Me lo demostró con una foto en el espejo del baño del hotel, que él le había mandado y que ella, por culpa o por algún reflejo raro, no había borrado.
Lo primero que sentí fue algo físico. No tristeza todavía. Un nudo en el estómago, un calor en la cara, las manos temblando. Me fui al patio a fumar dos cigarrillos seguidos, pensando que se me iba a partir algo por dentro.
Pasaron días raros. Yo no dormía bien. Ella tampoco. Hablamos mucho, demasiado. Llegamos a una especie de tregua: no nos íbamos a separar todavía, íbamos a intentar entender qué había pasado.
Acá viene la parte que no esperaba.
Una noche, dos o tres semanas después, terminamos en la cama. Hacía meses que no pasaba. Fue lento, tenso, los dos como pisando vidrios. Y en algún momento, sin pensarlo demasiado, le dije al oído:
—Contame qué te hizo.
Camila se quedó dura. Me preguntó si estaba seguro. Le dije que sí. Y ahí, en voz muy baja, mientras yo seguía adentro de ella, me empezó a contar.
Que la había besado en el ascensor del hotel. Que la había agarrado del pelo cuando la apoyó contra la pared del cuarto. Que le había sacado el vestido sin desabrocharlo, tirándolo para abajo. Que se la había chupado entera, con tiempo, hasta que ella terminó dos veces antes de tocarlo. Que cuando se lo metió, lo hizo despacio la primera vez y después no tanto.
Mientras me lo contaba, yo no sabía qué me pasaba. No quería escucharlo y no podía parar de pedirle más. La sentí mojada como hacía mucho no la sentía. Terminé adentro de ella, como siempre, y me quedé un rato largo sin moverme, con la cara contra su cuello, sintiendo la respiración entrecortada de los dos.
Esa noche dormimos abrazados como dos adolescentes.
***
De ahí en adelante, las cosas no volvieron al «antes», pero tampoco se quedaron en el «después». Quedaron en otro lugar. Volvimos a tener sexo seguido. No todos los días, pero seguido. Y cada cierto tiempo, cuando estamos los dos prendidos y a punto, ella sabe que le voy a pedir lo mismo.
—Contame de vuelta.
A veces inventa cosas nuevas, otras me repite las mismas, y a esta altura ya no sé qué pasó de verdad y qué se va agregando porque ella aprendió que me pone. Honestamente, tampoco me importa. La imagino con él, le pongo la cara de excitación que pone conmigo, le imagino la boca abierta y los ojos cerrados, y termino como hacía años no terminaba.
Tiene una vagina que pide que se la mamen. Huele bien, sabe bien, y hace orales largos, con una paciencia que no se enseña. Pensar en que esa boca estuvo trabajando en otro me debería destruir, y de algún modo me destruye, pero también me arma. Las dos cosas juntas. Eso es lo más raro de todo, lo que cuesta explicarle a alguien que no lo vivió: que el dolor y la calentura conviven, se acompañan, se necesitan.
Hace unos meses empezamos a charlar de un trío. Ella, al principio, lo tomó como un chiste. Yo se lo planteé en serio una noche, después de coger. Me miró largo. Me preguntó si estaba seguro de que iba a poder. Le dije que no lo sabía. Esa es la verdad: no sé si voy a poder.
Lo discuto conmigo mismo todo el tiempo. Me imagino la escena: ella en el medio, alguno de los dos atrás, yo mirando o participando, no importa. En la fantasía funciona. En la realidad, creo que aguantaría todo hasta el momento en el que me acabara; en cuanto se me bajara la calentura, sé que algo en la cabeza se me iba a desordenar. Y ahí no sé qué saldría de mí.
Por eso lo seguimos hablando, pero no lo hacemos. No todavía. Camila dice que ella está, que si yo me animo, ella se anima. Eso también es nuevo: que me lo diga sin culpa, sin esa cara de la noche del hotel. Aprendió que conmigo, ahora, puede ser otra. Y a mí, lo confieso, esa otra Camila me gusta más de lo que estaba dispuesto a aceptar.
***
El otro día pasó algo que me dejó pensando.
Estábamos en la cama, sábado a la tarde, los chicos en la casa de mi suegra. Le pedí lo de siempre. Pero esta vez, en vez de repetirme la noche del hotel, me contó otra cosa. Me dijo que la semana anterior, en lo de Romina, otro vecino —uno que yo conozco bien, padre de familia, casado— le había tocado el brazo y le había susurrado algo al oído. No quiso decirme qué. Me dijo que no me lo iba a contar porque sabía que, si me lo contaba, yo no me iba a poder sacar la imagen de la cabeza.
Estuve a punto de insistir. No lo hice. Terminé adentro de ella pensando en que probablemente, en algún momento, me lo iba a decir igual. O peor: iba a hacerlo, y después me lo iba a contar de a poquito, dejando que yo le pidiera los detalles uno a uno.
No sé si quiero que pase. Sé que la pregunta no se va a ir.
Por ahora, esto es lo que tengo para contar. Si algún día se concreta el trío, o lo del otro vecino, o lo que sea que estamos empujando sin reconocerlo del todo, vuelvo y lo cuento. Pero no prometo nada: capaz algunas cosas, cuando pasan, no se cuentan; se aguantan en silencio mientras uno termina de entender en qué tipo se convirtió. Yo, por lo pronto, sigo durmiendo con la misma mujer de hace diez años, y a la vez con una que recién estoy conociendo.