La verdad que le confesé a mi marido antes del final
Esteban tenía sesenta años y el oncólogo le había dado, en el mejor de los casos, doce meses más de vida. No tuvo esa suerte. Una tarde gris de finales de otoño, apenas tres meses antes de partir, mi marido apagó el televisor con el control remoto y me hizo la pregunta que durante treinta años había temido escuchar.
—¿Alguna vez me has sido infiel?
—No, claro que no —contesté demasiado rápido—. ¿A qué viene eso ahora?
—Es que eres la persona que mejor conozco en este mundo. No me gustaría irme sin saberlo. Si alguna vez tuviste un desliz, no te culparía.
Lo dijo sin mirarme, jugando con el control del televisor mudo. Tosió. El silencio que siguió fue lo bastante elocuente como para que yo saliera del comedor fingiendo ofensa, con las manos heladas y la garganta apretada.
Los días pasaron y cada uno cargó con su propio peso. ¿Para qué contárselo? ¿Por qué hacerlo sufrir más todavía? Treinta años de matrimonio. Un hijo. Una casa construida ladrillo por ladrillo. ¿Iba a negarle a un moribundo su último pedido? ¿O lo que en el fondo yo buscaba era quitarme aquella culpa deliciosa que llevaba enquistada en el pecho desde hacía tanto?
Quizá deba saberlo, pensaba por las noches, y al instante espantaba la idea, como si nombrarla fuese a llamarla.
Una semana después decidí hablar. Apagué el televisor a las dos y diez de la tarde, lo ayudé a acomodarse en el sofá donde días atrás había recibido la extremaunción, y le solté aquello que jamás creí que le diría.
—Sí. Te fui infiel.
Se frotó las piernas bajo la manta. La voz le salió quebrada pero serena.
—Cuéntame cómo fue.
***
Tenía veintisiete años, seis de casada y un cuerpo que ahora añoro como se añora una casa que ya no existe. Bruno todavía iba al jardín de infantes y yo me partía la espalda dando clases en dos escuelas distintas. Habíamos decidido ampliar la casa y el verano del noventa y seis parecía el momento perfecto. Cancelamos las vacaciones. Tú conducías el autobús desde las dos de la tarde hasta pasadas las diez de la noche, todos los días, sin excepción.
Hernán Casal, al que en el barrio llamaban «el moreno», fue el albañil encargado de la obra. No solo de la obra. Estaba todo finamente calculado: mi hermano viajaba con su familia a Punta del Este por quince días y nos quedaríamos allá con el nene mientras Casal terminaba el cuarto nuevo y cambiaba el piso del baño. ¿Te acuerdas?
Esteban movió la cabeza afirmativamente, los ojos perdidos en la mesa ratona donde reposaba el té que ya no tomaba. Continué.
—Una de sus obras anteriores se le complicó y empezó la nuestra unos días más tarde de lo previsto. Mi hermano volvió de Uruguay y se ofreció a quedarse él con Bruno mientras nosotros seguíamos en casa. La pieza parecía un campo de derrumbe, el mal humor flotaba entre las paredes empolvadas. Sé que no fue tu culpa, pero me dejaste sola con la tentación en persona. Una fascinación inconsciente que fue creciendo desde la primera vez que lo vi.
Hernán medía más de un metro ochenta y era ancho de hombros, moreno, con una cicatriz vertical que le partía la ceja izquierda y una sonrisa que distraía de los brazos que tenía. Todo se confabuló en tu contra. Yo estaba caliente con ese hombre desde el primer día y, por las tardes, después de que tú salías al trabajo, bajaba con shorts y remera ajustada a «supervisar la obra». El moreno me adivinó las intenciones enseguida y aprovechó a la maestra con licencia que se le ofrecía sin decir una palabra.
Esa tarde Casal terminaba el piso del baño, en la planta de arriba, y me lo mostró orgulloso. Bajamos las escaleras y sentí su mirada clavada en mis nalgas a un paso atrás de mí. La puerta de madera que ves desde ahí no estaba todavía instalada. Cruzamos el marco vacío como quien atraviesa un portal a otro mundo y entramos a la habitación a medio terminar de Bruno. El olor a cemento fresco y el calor de enero asfixiaban menos que la calentura que yo llevaba encima.
Caminamos hasta la pared donde se levantaba el andamio. Sobre una tabla había un nivel, una cinta métrica y una cuchara de albañil sucia. Fuimos hasta ahí en un silencio tenso, como si entre los dos hubiéramos elegido el rincón exacto donde iba a pasar. Las bragas negras que llevaba puestas estaban empapadas. Los shorts de jean deshilachados marcaban el balanceo de mis caderas. Él se acercó sin pedir permiso, como si supiera que no había riesgo de rechazo. Nos besamos ahí mismo, contra la pared donde después colocaríamos la cama del nene.
No recuerdo cómo me deshice del top, o cómo me lo sacó él. Mis pechos chocaron contra su torso macizo y todavía hoy estoy segura de que lo tatué con los pezones. Dios. Todavía me estremezco al contarlo.
Encendí un cigarrillo con dedos torpes. Esteban me miraba sin interrumpir.
—Por favor, sigue —dijo con la voz repuesta, jugando con el pomo del bastón.
Hernán me levantó del piso y me apoyó contra su erección, ya preparada para arremeter contra la maestra casada. Yo lo besaba mientras le seguía con la yema del pulgar la cicatriz de la ceja. Casi no hablamos. Las pieles sabían lo que necesitaban y se acomodaron para dárselo. Antes de que él hiciera nada, me arrodillé frente a él, le bajé los pantalones de un tirón hasta los tobillos y me quedé mirando lo que tenía colgando: dos pelotas pesadas, cuidadas, y un miembro grueso, más ancho en la base que en la punta, que se le levantaba contra el ombligo.
Se la chupé como poseída, con la torpeza ansiosa de quien lleva años sin desear algo tanto. Los quejidos del moreno retumbaron en aquel cuarto vacío. Habría podido hacerlo acabar ahí mismo, lo sé, pero él me apartó la cabeza con delicadeza y se tendió en el contrapiso que al día siguiente cubrió con las cerámicas verdes que todavía siguen ahí, como si guardaran el secreto debajo de la baldosa.
Me arrancó el short y las bragas de un tirón y comprobó con la yema de los dedos lo mojada que estaba. Esos dedos que tú, desde la última Navidad, habías olvidado en mi cuerpo. Casal me los estaba inaugurando otra vez.
Quiso devolver lo de la boca y no se lo permití. No ese día. No habría podido soportarlo. El olor a cemento y a enduido todavía vive conmigo. Tomó el miembro por la base con las dos manos y, conmigo abierta abajo y boca arriba, como si fuera un cincel, empezó a tallar la abertura mojada, encastrándolo despacio, milímetro a milímetro, ante mi delirio. El primer orgasmo me llegó en un mar de gemidos. El segundo, casi pegado al primero. El moreno me llevó al lugar más hermoso y más espantoso al que he ido en mi vida. Como si su piel estuviera tejida con fibras de la mía. No sentí culpa en ese momento. Tampoco después.
Hernán me cabalgó de muchas formas, en el piso y de pie, y eligió terminar con las dos manos clavadas en mis caderas, yo de cuatro patas. Los huesos me crujían contra el contrapiso. Los aplausos de las pieles sonaban cada vez más rápido en aquella pieza desolada. En un atisbo de cordura le rogué que acabara afuera. No por ti. Por miedo a que tú te dieras cuenta. Y por el dolor delicioso que sabía que iba a tener al día siguiente al sentarme en la silla de la escuela.
El semen le brotó copioso y fue a parar a mis nalgas, junto con dos o tres latigazos del miembro ya en retirada. Un hilo le quedó colgando del prepucio. Yo estaba exhausta, vencida. Cuando Casal me acercó ese resto a la boca, levanté la vista y lo miré. Él arqueó la ceja de la cicatriz, proponiéndome el desafío sin palabras. Limpié con la lengua aquel pedazo de hombre como una doméstica amaestrada. Sacudió, y un último chorro espeso me golpeó la garganta.
Así fue. Te puse los cuernos esa tarde, y las cinco siguientes, hasta que el moreno terminó la obra y se fue. Dos o tres años después volvió una tarde cualquiera al barrio, llamó al timbre con una excusa que ya nadie le pidió, pero yo no era la misma y creo que él tampoco. Nunca más volví a serte infiel. Y nunca me arrepentí de haberlo sido aquella vez.
***
Esteban lloraba sentado, escuchando el final de la confesión, mientras yo encendía otro cigarrillo con la mano más firme de lo que esperaba. La luz de la tarde había bajado dos tonos sin que ninguno de los dos lo notara. La taza de té había dejado de humear hacía rato y el bastón descansaba contra el sofá, olvidado.
Le pasé una servilleta. Se la apretó contra la boca y, cuando pudo, dijo apenas audible:
—Gracias. Te amo.
Unos meses después partió, conociéndome a mí, conociendo mi secreto. Y yo me quedé fumando frente al televisor apagado, con la sensación rara de que aquella tarde con el moreno, treinta años antes, recién en ese instante terminaba de verdad.