Lo que vi tras el cristal polarizado esa noche
Hace un tiempo que mi mujer y yo descubrimos algo nuevo: nos encendía la idea de meter a un tercero en la cama sin que él supiera el verdadero juego. La primera vez fue casi por accidente, sin planearlo. La segunda la organizamos paso a paso, hasta el último detalle. Esta es esa segunda vez, la que nos arruinó para siempre cualquier intento de aburrimiento conyugal.
Carolina trabaja medio tiempo en el negocio familiar de sus padres, una bodega de abarrotes que abastece a media colonia. Atiende cuando puede, recibe a los proveedores, firma órdenes de compra. Una noche, mientras desayunábamos al revés —ella en bata, yo desnudo, los dos despeinados después de coger hasta las tres de la mañana, con mi semen todavía escurriéndole entre los muslos—, me confesó que uno de esos proveedores le coqueteaba sin disimulo desde hacía meses.
—¿Cómo se llama? —pregunté.
—Damián. El de las galletas y el pan dulce.
—¿Y tú qué le contestas?
Se mordió el labio. Esa fue toda la respuesta que necesité.
Esa misma noche, mientras la tenía debajo y le besaba el cuello, le susurré la idea. Que le diera su número. Que dejara que él fuera quien se animara a proponer. Que dejara que la historia se contara sola. Carolina no dijo que sí, pero tampoco dijo que no. Apretó las piernas alrededor de mi cintura, me clavó los talones en el culo y me pidió con la voz quebrada que le partiera el coño, que se lo llenara hasta el fondo. Le metí la polla entera de una estocada y ella gritó contra mi hombro. Cada embestida le arrancaba un "más fuerte, más adentro" que se mezclaba con el chapoteo húmedo de su coño empapado. Cuando me corrí dentro de ella, sentí cómo su vagina se apretaba en espasmos, ordeñándome hasta la última gota mientras me susurraba al oído: "quiero que me lo hagas mientras piensas en él, quiero que me llenes imaginando cómo me lo va a hacer otro".
***
El primer mensaje de Damián llegó tres días después. Inocente, formal, con el pretexto de un cambio en la lista de precios. El segundo, una broma sobre que ella se veía cansada en la última visita. El tercero, una pregunta que no debería hacer un proveedor: «¿Tu marido te trata como mereces?». Y ahí supe que ya estábamos dentro.
Carolina y yo escribimos su personaje juntos, acostados, con el celular entre los dos. Le inventamos una historia: ella era una mujer olvidada, un marido distraído y absorbido por el trabajo, una rutina que la había vuelto invisible incluso para sí misma. Damián mordió el anzuelo entero. Le respondía cosas como «no sabe lo que tiene» y «yo te miraría todos los días si fueras mía», frases sacadas de un manual de seducción torpe que él creía haber inventado.
Las conversaciones se volvieron diarias. Casi siempre por la noche. Yo leía cada mensaje en tiempo real, acostado al lado de Carolina, con la respiración cada vez más corta y la polla tiesa apretada contra su cadera. Hubo noches en las que terminamos cogiendo dos veces, imaginando cómo sería el encuentro real. Yo le repetía al oído lo que ella iba a hacerle, lo que iba a dejarle hacer, lo que iba a permitirle creer. "Le vas a chupar la verga hasta que se corra en tu boca", le susurraba mientras le hundía dos dedos en el coño empapado. "Va a llegar aquí pensando que te va a coger él a ti, y va a terminar tragándote hasta el semen que le saques". Carolina se retorcía, me mordía el cuello, me pedía que le metiera un tercer dedo. "Y tú vas a estar ahí, viéndolo todo, viendo cómo me abre las piernas otro hombre". Me subía encima, se ensartaba mi polla y cabalgaba con los pechos brincándole hasta correrse tres veces seguidas, gimiendo el nombre de Damián sin darse cuenta.
Después de cuatro semanas, Carolina lo citó en nuestra casa. Un jueves a las nueve de la noche, cuando supuestamente yo estaría con mis amigos jugando dominó.
***
Tuvimos que prepararnos. Nuestra recámara da a un pasillo lateral que años atrás fue parte del patio: lo techamos para ganar espacio, pero quedó separado del cuarto por un ventanal grande, de piso a techo. Nunca le habíamos dado un uso especial hasta esa idea que nos cambió todo. Una semana antes del encuentro, llamé a un instalador para que polarizara el ventanal al revés: opaco de adentro hacia afuera, transparente de afuera hacia adentro. El tipo me preguntó para qué quería algo así. Le dije que para la oficina. No volvió a preguntar.
El jueves llegué a casa a las siete. Carolina se estaba arreglando. Llevaba una blusa blanca de seda, una falda corta negra que le dejaba la mitad del muslo descubierto, y unas zapatillas que la hacían diez centímetros más alta. Debajo, un conjunto de encaje negro casi transparente que me había enseñado media hora antes, con la tanga tan mínima que apenas le tapaba la raja del coño. El maquillaje suave, los labios apenas pintados. Olía a algo nuevo, un perfume que yo no le había visto antes.
—¿Estás seguro? —me preguntó, mirándose al espejo.
—Estoy seguro. Pero si quieres parar, paramos. Aún hay tiempo.
Negó con la cabeza. Tenía los ojos brillosos, las mejillas encendidas. No era miedo. Era algo más parecido al hambre. Se levantó la falda, me agarró la mano y me la puso entre las piernas. Ya estaba mojada. La tanga empapada. Me chupó los dedos que había mojado en ella y sonrió.
—Estoy más segura que nunca —dijo.
A las ocho y media salí por la puerta de la calle, di la vuelta a la cuadra, entré por el portón trasero y me metí en el pasillo lateral. Apagué la luz, me senté en una silla de jardín que había dejado preparada y me quedé mirando el ventanal. Adentro, la recámara estaba iluminada. Carolina había encendido una lámpara de mesa y otra del techo. La cama, recién tendida. El aire acondicionado en bajo.
***
Damián escribió a las nueve menos cinco: «estoy afuera». Mi corazón se aceleró como si fuera yo el que estaba a punto de cometer la infidelidad. Escuché la puerta principal, los saludos, las primeras risas. Carolina lo había hecho pasar a la sala. Hablaron durante casi cuarenta minutos. Yo no podía distinguir las palabras, solo el tono: él bajo, nervioso, ella controlada, divertida. Como una gata jugando con un pájaro herido.
Después escuché los tacones. Despacio, sin prisa, atravesando el pasillo. Detrás venía el ruido seco de unos zapatos masculinos. Carolina entró primero a la recámara, encendió la otra lámpara y se giró hacia él. Damián venía detrás, con la camisa por fuera del pantalón, las mangas remangadas, mirando a todos lados como si buscara una salida que no encontraba.
Era un hombre de unos cuarenta y tantos. No era guapo, pero se cuidaba: la barba recortada, el pelo peinado hacia atrás, una colonia fuerte. Tenía los nervios de un muchacho. En dos ocasiones, durante esos primeros minutos, le preguntó a Carolina por mí. Que dónde estaba. Que a qué hora iba a regresar. Mi mujer le contestaba con una sonrisa que yo conocía bien, esa sonrisa que usaba para ganar discusiones.
—No te preocupes —le dijo—. No va a aparecer. Los jueves regresa de madrugada y entra directo al baño.
Damián asintió, todavía inseguro. Carolina se acercó. Le puso una mano en el pecho, le acomodó el cuello de la camisa como si fuera un gesto de esposa, y lo besó. Un beso profundo, con lengua, con las dos manos en la nuca. Damián se quedó tieso un segundo, incrédulo, y después le devolvió el beso con hambre atrasada de meses. Le agarró el culo por encima de la falda, se lo apretó con las dos manos, se lo levantó contra su bulto. Vi cómo mi mujer restregaba la pelvis contra la erección de otro hombre, cómo movía las caderas en círculos lentos para sentírsela crecer.
***
Ahí, del otro lado del cristal, con la respiración contenida y la garganta seca, vi a mi mujer besar a otro hombre por primera vez. No fue lo que esperaba sentir. No hubo celos. Hubo algo más caliente, más profundo, más cercano al vértigo. Como mirar caer agua desde un puente muy alto y querer saltar detrás.
Damián se soltó del beso. Le besó el cuello, le bajó la mano por la espalda, le agarró la cintura. Le metió la lengua en la oreja y le mordió el lóbulo. Carolina le tomó la cara con las dos manos y lo guio hacia la cama. Lo sentó en el borde, se paró frente a él, y empezó a desabotonarse la blusa botón por botón, sin apuro, mirándolo a los ojos. Damián la miraba como si no supiera dónde poner las manos, con la boca entreabierta y una mancha oscura creciéndole en la entrepierna del pantalón.
Cuando la blusa cayó al piso, él se inclinó hacia adelante y le besó los pechos por encima del sostén de encaje. Le mordió los pezones a través de la tela hasta que se le marcaron duros, y Carolina soltó un gemido bajo, ronco, uno que yo conocía bien, uno que ella solo suelta cuando está de verdad caliente. Le desabrochó el sostén con torpeza, tirándoselo al piso, y se quedó paralizado un segundo mirándole las tetas. Después se lanzó sobre ellas: le chupó un pezón hasta metérselo entero en la boca, le lamió el otro, se los apretó con las manos hasta que Carolina echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y le metió los dedos en el pelo. Yo le veía la nuca, el cuello largo, el brillo de la cadenita que yo le había regalado para nuestro aniversario meciéndose contra el pecho.
Me bajé la mano al pantalón sin darme cuenta. Ya tenía la polla dura como una piedra, chorreando líquido preseminal contra la tela del bóxer. Me la saqué. La empuñé en seco. Empecé a masturbarme mirando cómo otro hombre le comía las tetas a mi mujer.
***
Damián empezó a respirar como si hubiera corrido. Le subió la falda hasta la cintura, le acarició los muslos, se hincó frente a ella. Le besó el vientre, le mordió el hueso de la cadera, y se metió la cabeza entre las piernas por encima de la tanga de encaje. Vi cómo le pasaba la lengua a Carolina por encima de la tela, cómo mi mujer separaba las piernas para dejarlo entrar mejor. Después él le enganchó la tanga con los dientes y se la fue bajando lentamente hasta los tobillos. Carolina se la quitó con una patada elegante, sin dejar de mirarlo. Quedó ahí parada, la falda arrugada en la cintura, el coño depilado y brillante a la luz de la lámpara, esperando.
Damián no aguantó. Le abrió las piernas con las manos, le puso una sobre su hombro para tener mejor acceso, y le clavó la lengua en el coño. Vi cómo le lamía la raja de arriba abajo, cómo le succionaba el clítoris con los labios, cómo le metía la lengua entera adentro y se la sacudía. Carolina se agarró de su cabeza con las dos manos y empezó a montarle la cara. "Así, así, no pares, chúpamelo así". Sus muslos temblaban. Le vi el gesto que hace cuando está a punto de correrse: la boca abierta, las cejas juntas, el mentón alzado. Se corrió parada, empapándole la cara a Damián, con un gemido largo que se escuchó hasta mi lado del cristal.
Todavía temblando, se arrodilló frente a él, le desabrochó el pantalón y se lo bajó junto con el bóxer. La polla de Damián saltó rígida, gruesa, más corta que la mía pero más ancha, con el glande morado hinchado y una vena marcada del lado izquierdo. Carolina sonrió. Se relamió. Le escupió encima y le esparció la saliva con la mano en toda la extensión. Yo lo vi todo a través del cristal como si estuviera viendo una película en la que la protagonista se parecía mucho a mi mujer.
Lo que siguió fue lo más difícil de mirar y lo más imposible de dejar de mirar. Carolina le hizo sexo oral con una calma que nunca le había visto. No era urgencia, era casi una ceremonia. Le lamió la punta primero, dando vueltas alrededor del glande con la lengua. Después le chupó los huevos uno por uno, metiéndoselos enteros en la boca, mientras le sostenía la verga con la mano y se la masturbaba lentamente. Damián le sostenía la cabeza con las dos manos, los ojos cerrados, la boca abierta. Cuando ella se lo metió entero, hasta la garganta, él soltó un rugido que hasta a mí me erizó la piel. Vi cómo la polla desaparecía completa en la boca de mi mujer, cómo el bulto se le marcaba en la garganta, cómo los pelos del pubis de él se aplastaban contra su nariz. Se quedó así, tragándoselo entero, aguantando la respiración, hasta que él le tironeó el pelo para que se retirara. Salió con un hilo de saliva colgando y sonrió.
A ratos él intentaba acelerarla, empujándole la cabeza. Ella se dejaba marcar el ritmo unos segundos, dejándose follar la boca, con las mejillas hundidas por la succión, y después volvía al suyo. Le bajaba todo, le subía despacio, le rozaba con los labios. Cada tanto se detenía para mirarlo desde abajo con la polla apoyada contra la mejilla, y sonreírle, como si le estuviera contando un secreto. Le lamía la vena de abajo desde los huevos hasta la punta y volvía a metérselo hasta el fondo. La otra mano no dejaba de sobarle los testículos, apretándoselos con ritmo.
Yo me masturbaba en silencio, conteniendo la respiración, tratando de no golpear nada con el codo. Tenía la polla toda embarrada en preseminal, la mano resbalándome sobre ella, y aun así aguantaba para no correrme todavía. Era casi imposible. La silla crujía, la madera del pasillo respondía a cada movimiento mío. Pero ellos no podían oírme. El doble vidrio de la recámara estaba sellado. Yo era invisible. Yo era un fantasma con permiso.
***
En algún momento, Damián la levantó del piso. Le quitó la falda, la acostó en la cama y se subió encima. La besó por todas partes. Le mordió suavemente un pezón, le lamió el ombligo, le abrió las piernas de par en par. Le escupió sobre el coño y le esparció la saliva con dos dedos, metiéndoselos hasta los nudillos. Carolina arqueó la espalda. Después se acomodó al revés sobre ella, en sesenta y nueve, y comenzó a lamerla mientras Carolina seguía con la boca llena de él.
Vi a mi mujer disfrutar como pocas veces la había visto. La vi cerrar los ojos, arquear la espalda, soltar un gemido sordo que se ahogó contra el cuerpo de él. Vi cómo Damián le agarraba las nalgas con las dos manos y las apretaba como si quisiera dejar marcas, cómo le separaba los cachetes del culo y le pasaba el pulgar por el ojete apretado. Carolina dio un respingo y él lo entendió como un permiso. Le empezó a lamer también ahí, alternando entre el coño y el culo, chupándole todo, empapándola de saliva. Mi mujer ya no controlaba nada. Estaba entregada. Con la polla de él hundida hasta la garganta y la lengua de él en dos agujeros a la vez. Se corrió otra vez, con las piernas cerradas alrededor de su cabeza, con un grito ahogado por la verga que le tapaba la boca. Y yo, del otro lado del cristal, tuve que soltarme la polla para no correrme todavía.
Damián empezó a temblar. Quiso aguantar. Apretó los ojos, se mordió el labio, intentó separarse. Pero mi mujer no se lo permitió. Aceleró, lo abrazó con las piernas, lo apretó contra ella. Le clavó las uñas en las nalgas para que no se moviera. Le vi la mandíbula desencajarse a él, el cuerpo entero tensarse, las nalgas apretarse en un espasmo. Lo escuché incluso a través del cristal: un quejido ronco, masculino, derrotado. Acabó dentro de su boca en chorros que le vi salir por las comisuras. Carolina no soltó. Siguió chupando mientras él se vaciaba, tragando cada disparo, gimiendo con la boca llena. Lamió cada centímetro, lo limpió, se lo tragó todo con esa elegancia tranquila que la hace mi mujer. Cuando por fin lo dejó salir, abrió la boca para mostrarle que no había quedado nada, y volvió a cerrarla despacio, relamiéndose los labios.
Del otro lado del cristal me corrí yo también, casi al mismo tiempo, tapándome la boca con el antebrazo para no gritar. El semen me salió a chorros contra el vidrio polarizado, largos y espesos, y me quedé jadeando con la polla en la mano, la frente pegada al ventanal, mirando cómo mi mujer le limpiaba la última gota de leche a otro con la lengua.
***
Pensé que tomarían un descanso. Que él se acomodaría sobre la almohada y se quedarían hablando, fumando algo, esperando una segunda ronda. No pasó. A los tres minutos, Damián miró el reloj de la mesita y empezó a vestirse a toda prisa. Le decía a Carolina cosas dulces, torpes, las cosas que se le dicen a una mujer cuando uno se quiere sentir mejor por irse rápido. «Nadie me la había chupado así». «Eres una diosa». «Te voy a soñar todas las noches».
Supongo que en su cabeza yo iba a aparecer en cualquier momento. Que más valía no estirar la suerte. Carolina lo entendió y no insistió. Se acomodó el pelo, se puso una bata, lo acompañó hasta la puerta del cuarto. Antes de salir, Damián tomó la tanga que había quedado tirada en la alfombra, la olió sin disimulo, hundió la nariz en la parte húmeda y se la guardó en el bolsillo del pantalón. Le preguntó si podían repetirlo otro día. En otro lugar, dijo. Un hotel. Lo que ella quisiera. Y que la próxima vez él quería cogérsela como Dios manda, hundírsela hasta el fondo, llenársela.
—Yo te aviso —le contestó Carolina, sin prometer nada.
***
Esperé a que la puerta principal se cerrara. Conté hasta veinte. Después entré por la puerta trasera, atravesé el pasillo, abrí la puerta de la recámara. Carolina seguía con la bata entreabierta. Tenía las mejillas rojas, el pelo revuelto, los ojos brillantes, un rastro brillante de semen ajeno todavía en la comisura. Le olía la boca a él, le olía el cuello a colonia ajena.
—¿Lo viste todo? —me preguntó en voz baja.
—Todo.
—¿Y?
No le contesté con palabras. La agarré del pelo, la besé con hambre, le metí la lengua hasta el fondo saboreando el gusto salado de otro hombre en su boca. La empujé contra el ventanal, le arranqué la bata, se la dejé caer a los pies. Le abrí las piernas de una patada, le doblé el torso contra el cristal frío, le agarré las manos y se las clavé sobre el vidrio. Ella se aferró con las dos palmas abiertas, las tetas aplastadas contra el ventanal polarizado.
Le pasé dos dedos por el coño y estaba empapada, hinchada, todavía palpitando por lo que le había hecho el otro. Le metí los dedos hasta el fondo y ella soltó un quejido largo. Me saqué la polla, ya dura otra vez, y me la restregué entre las nalgas antes de hundírsela de una sola estocada hasta los huevos. Carolina gritó. Le agarré la cintura con las dos manos y empecé a follármela como no me la había follado nunca, con embestidas rabiosas que la levantaban del piso, con las nalgas de ella chocando contra mi pelvis en un chapoteo obsceno.
—Me lo chupaste todo, cochina —le dije en el oído, sin dejar de embestirla—. Te tragaste hasta la última gota de otro.
—Sí —jadeó ella, con la mejilla aplastada contra el vidrio—. Me tragué todo. Y me corrí en su cara. Dos veces.
Le di una nalgada que sonó como un tiro. Le agarré del pelo y le tiré la cabeza hacia atrás. Le mordí el hombro. La embestí más rápido, más profundo, mirando nuestro reflejo doble en el vidrio polarizado: el de ella jadeando con las tetas aplastadas y la boca abierta, y el mío detrás, marcándole el ritmo, con los dientes clavados en su cuello. Le metí un pulgar en el culo mientras la seguía cogiendo por el coño, y ella se corrió gritando, apretándome la polla con espasmos tan fuertes que casi me saca de adentro. No duré mucho más. Le vacié todo lo que me quedaba, chorro tras chorro, con la frente pegada a su nuca, gimiendo su nombre. Nos quedamos así un rato largo, ella pegada al cristal, yo pegado a ella, con mi semen escurriéndose entre sus muslos y cayendo al piso. Era imposible durar después de algo así.
***
Ya en la cama, sudados, con las luces apagadas, con mi semen y el suyo mezclados secándose en las sábanas, le pregunté si lo volvería a hacer. Me dijo que sí. Me dijo que tal vez con Damián otra vez, tal vez con Sebastián, el del agua embotellada, que también le mandaba mensajes cada vez más atrevidos. Que ella decidiría. Que quizás la próxima vez dejaría que se la cogieran de verdad, con la polla entera adentro, mientras yo miraba desde el pasillo cómo otro hombre le llenaba el coño de leche. Yo le besé el hombro con la polla ya despertando otra vez contra su muslo y me quedé mirando el ventanal, ahora oscuro, ahora cómplice.
Lo que pasó esa noche encendió algo que llevábamos años intentando nombrar. No sé hasta dónde nos va a llevar. Solo sé que ese ventanal polarizado dejó de ser un capricho de arquitectura para volverse el lugar más importante de la casa. Y que, por primera vez en mucho tiempo, ninguno de los dos tiene miedo de querer un poco más.