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Relatos Ardientes

Su marido se fue al pozo y ella llamó a un escort

Aquella noche de enero, el aire acondicionado del departamento marcaba veintidós grados, pero Carolina sentía que ardía por dentro. No era el calor pegajoso de Bahía Blanca lo que le tensaba los pezones contra la tela del camisón. Era otra cosa, algo más antiguo, que le humedecía la entrepierna mientras miraba sin ver la pantalla del televisor.

Damián dormía desde temprano. A las cinco de la mañana lo pasaba a buscar la camioneta de la empresa para llevarlo al pozo, cuatrocientos kilómetros al oeste. Quince días sin verlo. Quince días sin sexo, sin contacto, sin nada más que llamadas a las nueve de la noche.

Caminó descalza hasta la habitación. Su marido respiraba con la boca abierta, panza al techo, sin remera. Carolina, en cambio, era de esas mujeres que paran el tránsito en una avenida: treinta y cuatro años, piernas trabajadas en el gimnasio, una cola que los obreros le silbaban desde los andamios. Daba bronca lo desigual del reparto.

Se arrodilló sobre el colchón y le pasó la mano por encima del pantalón del pijama.

—¿Qué pasa, gorda? —murmuró él sin abrir los ojos.

—Quiero que mañana viajes relajado.

—Mejor no, Caro, estoy reventado.

—Callate.

Le bajó el pantalón hasta la mitad del muslo y se inclinó sobre él. Lo lamió despacio, con paciencia, hasta que la respiración del hombre cambió y sus dedos se enredaron en su pelo. Carolina lo trabajó como si fuera un oficio. Sabía hacerlo, le gustaba hacerlo, y a Damián siempre le había alcanzado con eso para acabar.

Esa noche también le alcanzó. Demasiado pronto. Antes de que él pudiera siquiera intentar penetrarla, soltó un quejido ronco y terminó. Carolina tragó lo que pudo, escupió el resto en un pañuelo y se acostó de espaldas a él, mirando el techo.

Quince días.

Lo despidió en la puerta con un beso seco. Cuando el ruido del motor se apagó al final de la cuadra, se metió de nuevo en la cama, pero no pudo dormirse.

***

Marisol la llamó al mediodía. La invitaba al restaurante del Puerto, uno de los lugares más caros de la zona. Las dos podían pagarlo: las dos eran esposas de petroleros y las dos tenían tarjetas con saldos que sus maridos firmaban sin mirar.

Carolina se puso un vestido blanco entallado, sin medias, con una tanga negra que se transparentaba apenas si la luz le pegaba mal. Era a propósito. No sabía bien para quién, pero era a propósito.

En la mesa de al lado había dos tipos de unos cuarenta. Trajes, manos cuidadas, alianzas. Carolina los notó desde que se sentó. Empezaron a mirarle las piernas y ella empezó a cruzarlas y descruzarlas. Mientras Marisol hablaba de las paredes de la casa que estaba refaccionando, Carolina se subía el ruedo del vestido un centímetro más cada vez. El más grande de los dos ya no podía disimular.

Antes de irse, fue al baño. Pasó por la mesa lo bastante cerca como para que él se levantara. La siguió por el pasillo. A medio camino, Carolina giró, le sonrió y volvió. Lo dejó parado entre dos puertas, con cara de boludo. A Marisol le dijo que era hora de pagar.

—¿Qué te pasa hoy, che? —preguntó la amiga en la vereda.

—Calor.

***

El shopping también estuvo bien. Eligió un helado de chocolate amargo y se sentó en un banco frente a una vidriera. Dos pibes de no más de dieciocho la miraban desde el banco de enfrente. Carolina dejó que la lengua le recorriera el helado lo más despacio posible, cerró los ojos, lo besó. Sabía que la estaban mirando y sabía que estaban duros. Antes de irse, abrió las piernas lo suficiente como para que vieran la tanga. Después se levantó, les hizo adiós con la mano y se fue.

Llegó a casa más caliente que los pibes. Se duchó con agua casi fría y no le sirvió de nada.

***

Al otro día se le acabó la lechuga. Caminó hasta el almacén de Don Sergio, un cincuentón panzón que llevaba veinte años en el barrio. Apenas cruzó la puerta supo que algo no iba. El local estaba vacío. Ni el viejo en el mostrador, ni música, nada. Y desde el depósito venían sonidos que conocía bien.

—Aaayyy, don Sergio, más despacio, más despacio —decía una voz de mujer joven, entrecortada.

—Ya sabía yo que las casadas son las peores, eh —contestaba el viejo, sin aire.

Después un ruido seco, una palmada contra carne, y la mujer pidiendo más. Carolina se quedó congelada al lado de la góndola de las galletitas. Tenía la concha mojada, eso era innegable. Y tenía curiosidad por saber quién era la suertuda.

Se escondió detrás del kiosco de enfrente y esperó. Cuando salió la mujer, casi se le cae el bolso. Era Romina, la del segundo piso del edificio de la otra cuadra. Veinticuatro años, un nene chiquito, marido ingeniero, también petrolero, compañero de Damián.

***

Esa noche llamó a Marisol y le pidió salir.

—¿Otra vez? Sos otra esta semana, Caro.

—Me aburro.

Se vistió con todo: pantalón de cuero negro, top blanco, taco rojo. Pelo suelto. La cervecería estaba llena. Un pibe de diecinueve, gordito y nervioso, se le acercó antes de que Marisol volviera del baño.

—Hola, soy Bruno, no pude no mirarte, ¿te invito algo?

—Gracias, nene. Andate.

Lo dijo sin levantar la vista del celular. A la una se fueron a un boliche del centro. Marisol aguantó hasta las tres y se volvió. Carolina se quedó. Bailó con tres, con cuatro, con cinco. El que la enganchó fue Lucas: treinta años, espalda ancha, dientes blancos.

—¿Querés gozar en serio? —le dijo al oído mientras le bajaba la mano hasta la cadera.

—¿Eso te funciona en general?

—Conmigo gozan todas.

—Soy casada.

—Mejor. Una canita al aire. ¿Dónde está el marido?

—Trabajando.

—¿Y vos cómo sabés que él no está cogiéndose a alguna mientras tanto?

Esa pregunta le quedó tatuada. Carolina se zafó con la excusa del baño y no volvió. Al rato lo vio en la barra, levantándose a una rubia que ni siquiera le contestaba bien.

***

Salió a la calle a las siete de la mañana, con la cabeza espesa. A dos cuadras vio un Toyota oscuro estacionado con los vidrios empañados. Era el de Lucas. Adentro, la rubia del boliche le montaba la pija con las dos manos clavadas en el techo del auto. Carolina apuró el paso.

Cuando el auto la pasó un par de cuadras después, Lucas tiró un preservativo usado por la ventanilla. Carolina lo miró desde la vereda y, por un segundo de pura locura, sintió la tentación de levantarlo. No por la goma. Por el tamaño.

***

El sábado a la tarde estaba en el sillón, abierta de piernas, con el mango largo de un peine. Se lo metía despacio mientras pensaba en don Sergio, en Lucas, en los dos pibes del shopping, en el tipo del restaurante. Acabó con un grito que sonó raro en el departamento vacío, lavó la funda del sillón y se quedó sentada en el piso, con la espalda contra la pared, hasta que se hizo de noche.

Entonces tomó la decisión.

***

Marisol viajaba el domingo a ver a la madre, a Coronel Pringles. Damián tenía siete días más en el pozo. Carolina abrió la notebook, escribió «escorts masculinos Bahía Blanca» y empezó a hacer cuentas.

Descartó al primero, demasiado tierno, demasiado pibe. Descartó al segundo, fanfarrón, pija de diecinueve por siete en el anuncio. Se quedó con el tercero. Mateo. Treinta y seis años, alto, hombros anchos, una sonrisa que se notaba ensayada y aún así le gustó. Catorce mil pesos por una hora, departamento propio, discreción absoluta.

—Soy casada —le escribió por WhatsApp.

—No hay problema. Nadie se entera. Nunca.

Acordaron para esa misma noche, medianoche.

***

El taxi la dejó en la esquina. Verdulería cerrada. Puerta de chapa con un timbre. Subió la escalera angosta y al final golpeó la puerta. Cuando Mateo abrió, estaba en slip negro y el bulto se le marcaba contra la tela. Carolina sintió el primer cosquilleo serio del día.

—Pasá.

Le sirvió un whisky que ella apenas tocó. Hablaron media hora. Él le preguntó cosas suaves, le contó que era de Mendoza, que llevaba dos años con esto, que prefería a las casadas porque sabían lo que querían. Carolina le pagó por adelantado y él le señaló la habitación con un gesto.

Sábanas negras, luz roja, un espejo grande contra la pared. Carolina se desvistió sin apuro, como si fuera la primera vez en mucho tiempo que se desvestía para alguien que la iba a mirar de verdad. En el conjunto blanco se vio en el espejo y, por un segundo, no se reconoció.

Mateo entró sin slip. La verga le colgaba pesada, gruesa, y empezó a endurecerse contra el muslo de ella mientras la besaba en el cuello. No le habló durante varios minutos. Le mordió el lóbulo, le bajó el corpiño con los dientes, le chupó los pezones hasta que Carolina arqueó la espalda.

Cuando bajó a la concha, ella ya estaba empapada. Mateo se demoró ahí más de lo que ningún hombre se había demorado nunca. Con la lengua, con los dedos, buscando un ritmo que la fue acercando despacio y después la frenaba justo antes. Lo hizo tres veces. A la cuarta, Carolina le hundió la cabeza contra ella y acabó mordiéndose el dorso de la mano.

—Date vuelta —le dijo él.

Le puso el forro mirándola a los ojos y entró desde atrás. Carolina sintió por primera vez en años que la abrían entera, y soltó un sonido que no había planeado soltar.

—Eso, casada. Decime que te gusta.

—Me gusta.

—Más fuerte.

—Me gusta, me gusta, me gusta.

La movió, la dio vuelta, la tuvo arriba, la tuvo abajo, la tuvo contra el espejo. La hizo acabar otra vez con la cara apoyada en el vidrio frío, viéndose. Cuando él terminó, lo hizo en silencio, con la mandíbula apretada, y se quedó quieto adentro de ella un minuto largo.

***

El taxi de vuelta lo pidió desde la cocina del departamento, mientras Mateo le servía un vaso de agua. Le dio un beso en la boca al despedirse. Carolina bajó la escalera oscura con las piernas temblando y se metió en el asiento de atrás del auto sin hablarle al chofer.

Llegó a casa a las dos y media. Se duchó. Tiró la ropa interior al cesto. Se acostó en su lado de la cama, el que ocupaba todas las noches del año, y se durmió antes de cinco minutos.

A la mañana siguiente, cuando Damián la llamó desde el pozo, ella ya tenía el café listo y la voz tranquila.

—¿Cómo andás, gorda?

—Bien —contestó, mirando por la ventana—. Acá todo igual.

Y mientras decía «todo igual», pensaba en el número de Mateo guardado en el cajón de la mesita de luz, debajo de la caja de pañuelos. Por las dudas.

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