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Relatos Ardientes

La noche que el vecino vio todo desde la ventana

Habíamos invitado otra vez a Damián a cenar a nuestra casa, y esa noche todo iba a ser distinto. Mi esposa Lorena llevaba semanas hablando de aquel encuentro, y al fin había decidido dejar atrás la prudencia de las cenas anteriores.

Por la mañana fuimos juntos a comprar el vestido. Lo eligió ella sin titubear: una tela negra, fina, ceñida al cuerpo como una segunda piel. La parte de los pechos y medio abdomen era transparente, sin sostén debajo, y el ruedo terminaba unos centímetros por debajo del nacimiento de las nalgas. Al estirarse apenas, la tela dejaba adivinarlo todo.

Minutos antes de que sonara el timbre, Lorena se miraba al espejo del dormitorio. Yo estaba sentado al borde de la cama, observándola. Sabía que esa noche habría algo más que conversación y vino, y aun así el corazón me latía como si fuera la primera vez que mi esposa iba a estar con otro hombre.

—¿Crees que es demasiado? —me preguntó girando sobre los talones.

—Creo que Damián se va a olvidar de cenar —respondí.

Sonrió y se acomodó un mechón detrás de la oreja.

El timbre sonó a las nueve en punto. Bajamos juntos a la planta baja y Lorena caminó hacia la puerta con esa lentitud calculada de quien sabe que la están mirando. La abrió y Damián apareció con una camisa negra ajustada y una mirada que apenas disimulaba sus intenciones.

—Vaya. Realmente te ves hermosa —dijo él al entrar.

Mi esposa se dejó envolver. Un abrazo demasiado largo, un beso en la comisura del labio. Lo guió hasta el comedor con la mano de él apoyada en su cintura. Antes de soltarlo, le subió la mano un poco más arriba, marcando el ritmo de la noche.

La cena fue ligera, casi un pretexto. Yo era apenas un testigo del coqueteo: las miradas cruzadas, las sonrisas demasiado lentas, el pie descalzo de mi esposa subiendo por debajo de la mesa hasta la entrepierna de Damián. Lorena llevaba el vestido subido a la altura de las caderas y se reía con esa risa baja, sorda, que conozco bien.

Fue ella quien dio la señal. Una mirada apretada, una sonrisa, y los dos se levantaron al mismo tiempo. Caminaron hasta la sala. Lorena se arrodilló frente a Damián sin decir una palabra, le bajó el cierre del pantalón y le liberó la verga. Me miró un segundo desde abajo, sonriendo, antes de pasarle la lengua por la punta y meterla entera en la boca. Damián se dejó caer poco a poco en el sillón reclinable.

Cambiaron de posición. Le quitó el vestido por la cabeza y la sentó al borde del sofá. Le abrió las piernas y empezó a lamerle el clítoris con la calma de quien tiene toda la noche. Uno de sus dedos entraba apenas, salía mojado, volvía a entrar. Lorena se mordía el labio inferior para no gemir todavía.

Yo me quedé de pie, contra la pared, mirando cómo se preparaba para él.

Cuando estuvo lista, se subió encima. Frente a frente. Tomó la verga de Damián y la guió hasta su entrada. Bajó despacio, centímetro a centímetro, hasta que el suspiro que soltó me confirmó que la tenía entera adentro. Empezó a moverse, primero suave, después con más ganas. Desde donde yo estaba veía la verga aparecer y desaparecer entre sus piernas, seguida de un chapoteo que crecía con cada empujón.

Me fui un momento a la cocina por unas cervezas. Saqué tres botellas, las metí en una hielera pequeña y la subí sobre una mesita plegable que arrastré hasta la sala. Cuando volví, Lorena seguía moviéndose encima de él, con la frente apoyada en su hombro. Le alcancé una botella a Damián sin que ella se detuviera. Él destapó, tomó un trago largo y volvió a sujetarle las caderas.

Cambiaron de posición de nuevo. Lorena estaba cansada de cabalgar. Damián, que normalmente no usaba palabras gruesas con ella, esa noche tenía la boca suelta.

—Muy bien, putita. En cuatro sobre el sofá —le dijo.

Mi esposa obedeció sin pensarlo. Movió el culo de un lado a otro, llamándolo. Damián se acomodó detrás y la penetró de una sola estocada. El gemido que soltó Lorena fue de los que se le escapan cuando pierde el control. Le tembló la pierna izquierda, ese temblor breve que precede siempre al orgasmo. Damián salió de golpe, supongo que para no correrse todavía.

Yo había armado el sofá cama esa tarde pensando exactamente en este momento. La acostó boca arriba y se subió encima. Misionero lento, besos largos, mordiscos en los pezones, la lengua bajando por el cuello, por las clavículas, por el vientre. Lorena se enredaba en él como si quisiera meterlo entero adentro.

Mi esposa quería estar arriba otra vez. Lo llamó al comedor, donde yo ya había recogido los platos. Llevé también la mesita con la hielera. Acostó a Damián sobre la mesa, se ayudó con una silla para subir y, en lugar de quedar de frente, se sentó de espaldas a él. Quería que yo viera.

—Mírame, amor. Mírame —dijo con la voz cargada—. ¿Te gusta que sea así de puta? ¿Que vengan a cogerme a nuestra casa?

Estuve a punto de venirme solo con eso. Resistí. No quería perderme nada.

Retrocedí un paso para tener mejor ángulo y, sin darme cuenta, golpeé la mesita con el codo. La hielera, las botellas y los hielos cayeron al piso. El ruido fue tremendo, un estallido seco que rebotó contra todas las paredes de la casa.

***

Ellos siguieron como si nada. Damián la sujetaba de la cintura, Lorena cabalgaba más rápido. Y entonces vi la sombra.

Junto al marco de la ventana, del lado de afuera, había alguien. Era nuestro vecino. La luz del comedor lo iluminaba a medias. Tenía la boca abierta y los ojos clavados en la escena. Debió acercarse atraído por el ruido de la hielera, sin imaginar que iba a encontrarse con mi esposa desnuda, montando a un hombre sobre nuestra mesa, mientras yo miraba a un metro de ellos.

Lorena estaba de frente a la ventana. El vecino tuvo visión completa: los pechos rebotando, los muslos abriéndose, la verga entrando y saliendo. Y yo, ahí parado, sin moverme, sin gritarle nada.

Por algún motivo que todavía no entiendo, mi esposa no se detuvo. Lo miró, me miró a mí, volvió a mirarlo y siguió moviéndose. Fueron segundos eternos. El vecino balbuceó algo que sonó como «lo siento» y se fue corriendo hacia su casa.

—Creo que acabamos de hacerle la noche a alguien más —dijo Damián, riéndose.

Lorena aceleró el ritmo.

—Vaya, vaya. Ahora vas a ser la puta del vecindario —le dijo él entre jadeos.

Ella sonrió.

—Tendré que hablar con él para que no diga nada. Tendré que hacer lo que me pida —respondió en un tono que era pura provocación.

Damián se vino dentro de ella en ese mismo instante. Por la posición, casi todo el semen se le escurrió enseguida. Mi esposa bajó de la mesa, se arrodilló frente a él y limpió con la lengua lo que quedaba.

***

Damián se quedó con nosotros un rato más, bebiendo de pie en la cocina. Cuando estuvo por irse, le pidió a Lorena que se despidiera en la puerta. Desnuda.

—Por si el mirón anda dando vueltas —dijo, sonriendo.

Mi esposa dudó un segundo, miró por la mirilla y aceptó. Caminó hasta la puerta tal como estaba. Damián la besó, la abrazó y entonces, con un movimiento rápido, la arrastró un paso hacia afuera. La dejó expuesta en el porche unos segundos, completamente desnuda, antes de que ella pudiera reaccionar.

Era cerca de medianoche. La calle estaba vacía.

—Sé que te excitó —le dijo él.

Lorena se había bajado del coche desnuda otras veces, pero siempre conmigo, siempre con el perímetro revisado. Esto era distinto.

—Pórtate bien con el vecino —le dijo Damián mientras se subía al auto—. Y, si lo pensás bien, vas a tener diversión cerca de casa.

Lo que quedó de la madrugada lo pasamos sentados en la cocina, hablando. Nuestra vida privada se había destapado con un testigo que no esperábamos. La ironía era que nunca nos había pasado en la calle ni en un hotel, sino dentro de nuestra propia casa.

El vecino se llama Eduardo. Tiene cincuenta y dos años y vive con su esposa al lado nuestro. Es un hombre tranquilo, de los que saludan con la cabeza desde el coche. Pensamos tres caminos: hacernos los desentendidos, darle una explicación, o jugar un rato con él.

Elegimos la tercera por curiosidad. Duró poco.

***

A la mañana siguiente, Lorena salió a barrer el frente. Me contó después que mientras pasaba la escoba sintió que la observaban. Levantó la vista y se encontró con Eduardo, parado en su entrada con una taza de café en la mano. Él desvió los ojos un instante, después volvió a posarlos en ella con una mezcla de vergüenza y curiosidad. Mi esposa, lejos de bajar la mirada, le sonrió.

—Buenos días, vecino —le dijo.

Eduardo tragó saliva. Eso le bastó a Lorena para acercarse un paso.

—Espero que haya dormido bien —agregó con una sonrisa apenas burlona.

No supo qué contestar. Mi esposa se metió en la casa dejándolo plantado en su propio porche.

Durante varios días hubo encuentros casuales cargados de un entendimiento mudo. Miradas furtivas, un saludo demasiado prolongado, una sonrisa que dejaba un trabajo a medias. Una tarde, Lorena salió a regar las plantas con un vestido liviano que se movía con la brisa. Eduardo estaba afuera, con la misma taza, mirándola inclinarse.

Un día nos cancelaron el turno a los dos en el trabajo. Estábamos en casa, cada uno haciendo lo suyo, cuando Lorena entró al cuarto para avisarme que iba a meter la ropa antes de que lloviera. Me quedé en la ventana, viendo cómo descolgaba sábanas. La vi saludar con la mano y entendí enseguida a quién. Eduardo también andaba juntando lo suyo del jardín de al lado.

Se quedaron hablando un rato. Yo no podía escuchar qué decían, pero los veía reír. Mi esposa asintió a algo, Eduardo se metió en su casa y volvió un minuto después con dos latas de jugo. Lorena lo hizo pasar al patio. Era obvio que la esposa de él no estaba. Se sentaron en la mesita de concreto que tenemos al fondo.

Yo cerré las cortinas del cuarto y los espié desde una rendija. Después de unos minutos, noté que se reían cada vez más cerca. En un momento, Eduardo dijo que no con la cabeza, rapidísimo, y se puso colorado.

¿Qué está pasando?, pensé.

Mi esposa se reía. Eduardo se llevó la lata a la boca como si quisiera esconderse detrás. Alcancé a leerle los labios a Lorena: «No se preocupe».

Después se agachó. Tardé un instante en entender. Le estaba haciendo un oral al pobre Eduardo en mi propio patio. Me reí solo. Él no sabía qué hacer con las manos, miraba para todos lados, casi se levanta dos veces. Aguantó tres minutos. Vi cómo mi esposa se separaba, abría la boca y recibía el semen sobre la lengua.

Se incorporó como si no hubiera pasado nada. Tomó un sorbo del jugo. Charlaron dos minutos más y se despidieron.

Cuando Eduardo salía por el costado de la casa, levantó la vista y me vio en la ventana. Le sonreí. Se puso pálido. Cuando pasaba a mi lado, le dije bajito:

—Gracias por su silencio.

Aceleró el paso.

Lorena se sorprendió al verme entrar al patio desde adentro.

—Vi que estabas de traviesa con el vecino —le dije—. Pensé que no lo íbamos a tocar.

—No te preocupes, amor mío. Era para bajarle los nervios que se cargaba —respondió.

—¿Y bien?

—Como acordamos. No lo metemos en nuestra vida. No queremos problemas, ¿no?

—No. Además, está casado y es tan nervioso que se va a delatar solo.

Y ahí cerramos el capítulo con Eduardo.

***

Hoy, casi un año después, ese vecino se volvió un buen amigo. Lo que vio aquella noche no sé si lo recuerda con detalle, pero nunca volvió a mencionarlo de frente. Sigue siendo amable. Una vez llamó a la policía cuando vio a alguien rondando nuestra casa estando nosotros de viaje. Con el tiempo terminamos contándole bastante más de lo que él mismo había visto, y se le cayó la mandíbula varias veces. Se volvió una especie de confidente sin pretensiones. Nunca insinuó nada hacia mi esposa, lo cual también es bueno.

Cuando se lo contamos a Damián, levantó la cerveza y dijo:

—Mejor. Ahora puedo cogerme a tu esposa tranquilo.

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Comentarios (5)

Gustavito88

tremendo!!!! uno de los mejores de la categoría, en serio

LunaSur19

El giro del vecino no me lo esperaba para nada. Por favor seguí escribiendo, esta historia tiene mucho más que dar

DiegoCba_91

jajaja el detalle de la hielera... ese fue el karma justo

Marcos_T

Me recordó a una situación similar que viví hace años. La adrenalina de que te puedan estar mirando sin saber es completamente distinta, te cambia todo

JavierCl

Tengo curiosidad, ¿el vecino dijo algo despues? Esa parte me quedó dando vueltas

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