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Relatos Ardientes

Descubrí la aventura de mi mujer y le pedí los detalles

Me llamo Damián y lo que voy a contar quizá les parezca raro. Mi reacción frente a lo que descubrí esa noche no fue la habitual entre los hombres que se enteran de que su mujer se acostó con otro. No grité, no rompí nada, no la eché de casa. Me reí. Y todavía me río cuando lo recuerdo.

No es que no quiera a Carolina. La quiero, claro que la quiero. Llevamos doce años casados y todavía me caliento cuando la veo salir de la ducha. Lo que pasa es que para mí el amor y el sexo no son lo mismo. Cuando me la cojo pienso en gozarla y en que ella me goce. En cuanto se baja la bombacha, dejo el corazón en el comedor y me ocupo de otras cosas más urgentes. Es como tomar vino tinto: lo tomo porque me gusta, no porque lo ame.

Hecha esa aclaración, paso a los hechos.

Carolina tiene treinta y seis años. Es petisa, con caderas anchas, culo grande y tetas que todavía se sostienen sin demasiada ayuda. Se tiñe el pelo de cobrizo desde que cumplió treinta y se maquilla más de lo que yo le pediría. Trabaja en una empresa de logística, en un puesto administrativo menor: facturas, planillas, lo de siempre.

Desde hacía dos semanas estaba ordenando un depósito de archivos viejos. Para no entorpecer el turno de oficina, su jefa le pidió que se quedara después del horario, dos o tres horas, junto a un peón contratado para sacar las cajas al patio trasero. Un camión las pasaría a buscar al día siguiente.

El viernes me avisó que era el último día. Llegó cerca de las once de la noche, mucho más tarde que las jornadas previas, y con una cara que no le había visto nunca. Algo entre la culpa y la euforia, mal disimulado bajo una sonrisa apurada.

—Estoy reventada —me dijo apenas cruzó la puerta—. Me baño y como cualquier cosa.

Le di un beso en la mejilla y la dejé pasar. Soy un curioso enfermo, y la cara que traía me prendió todas las alarmas. La seguí en silencio hasta el baño y, cuando cerró la puerta, me agaché y miré por el ojo de la cerradura.

No la veía entera. Apenas su sombra moviéndose, el reflejo del espejo, algo cayendo al canasto de la ropa sucia. Lo que sí pude ver con claridad fue cómo su mano se hundía en el canasto para acomodar algo en el fondo. Como si quisiera enterrarlo.

Después oí la ducha. Me alejé en puntas de pie, prendí la televisión y esperé. Salió envuelta en un toallón, me sonrió con una calma fingida y dijo que iba a calentarse algo en la cocina. Apenas la vi cruzar el pasillo, me levanté y volví al baño. Levanté la tapa del canasto y revolví hasta el fondo.

Ahí estaba la bombacha. Hecha un bollito, escondida entre dos toallas. La extendí con dos dedos y la di vuelta. El interior estaba pegoteado, con grumos blancos secándose en el algodón. No había manera de confundir aquello con otra cosa.

Lo primero que sentí, palabra, fue un cosquilleo en la garganta. Me empezó la risa. Esa noche se la habían garchado a mi mujer. Me la imaginé con la pollera levantada en algún rincón del depósito, las piernas abiertas, y se me escapó una carcajada que tuve que ahogar tapándome la boca con el puño.

Después vino la curiosidad. Una curiosidad pesada, casi morbosa. Quería saber. Quería los detalles. Y se me ocurrió que la mejor manera de cobrarle la traición no era con un escándalo, sino obligándola a relatarme cada minuto de su tarde, sabiéndola incapaz de mentirme.

Volví la bombacha al fondo del canasto, tapé todo y fui a la cocina. Carolina estaba parada frente al microondas, esperando que sonara el timbre. Me acerqué por atrás, le agarré el pelo con suavidad, le tiré apenas hacia atrás para que levantara la cara y le dije al oído:

—Putita… ¿quién te cogió hoy?

Se le cayó la mandíbula. Literal. Quedó con la boca abierta, sin reaccionar, durante unos segundos eternos.

—¿Qué… qué decís? ¿Estás loco, Damián?

—Carolina, mirame. Te juro por lo que más quieras que no va a pasar nada. No te voy a gritar, no voy a romper la mesa, no te voy a echar. Es más, te lo prometo: cuando termines de contarme, nos vamos a reír los dos. Pero quiero que me lo cuentes. Todo. Con detalles. Regalame esta historia.

Intentó negar dos o tres veces, cada vez con menos convicción. La corté con un gesto.

—Detalles, Carolina. Por favor.

Bajó la vista. Se mordió el labio. Y empezó a hablar con una voz que parecía no ser la suya.

—No sé bien por qué pasó —dijo—. Cuando me di cuenta, ya estaba sucediendo. Empezó esta mañana, con el peón que contrataron para las cajas. Me lo presentaron a las nueve. Se llama Báez. Es boliviano, tendrá cuarenta y pico, casado, tres hijos. Mi jefa me dijo que lo acompañara durante el día y que después del horario lo ayudara a sacar las cajas al patio.

—Yo marcaba con fibrón sobre cuáles tirar y cuáles guardar, y él las acomodaba contra la pared para llevárselas más tarde. Trabajamos juntos toda la mañana. Hablamos mucho. Me contó de su pueblo, del calor allá, de lo difícil que estaba la cosa. Yo le conté lo mío, las pavadas de la oficina, vos, los gatos. Nada raro.

—Al mediodía pedimos empanadas y comimos en mi escritorio. Báez tiene una manera de hablar muy particular. Sabe meter el doble sentido sin que parezca grosero, riéndose como un nene cuando uno se da cuenta. Después de la segunda empanada me lo dijo así, como al pasar: «Señora, usted huele a manzanas». No sé por qué me puse colorada.

—A media tarde las indirectas eran cada vez más directas. Él miraba mi escote sin disimulo y yo, en vez de cruzarme el saco, me lo había sacado hacía rato. Le miraba el bulto del pantalón cada vez que se agachaba a levantar una caja, y él se daba cuenta de que yo le miraba. Era una pelea silenciosa para ver quién aguantaba más.

—A las seis empezaron a irse los empleados. A las siete éramos los dos solos en toda la oficina. La luz del fondo apagada, el aire acondicionado zumbando, y ese olor a hombre transpirado que ya no era desagradable. Era todo lo contrario.

—No estaba nerviosa, Damián. Te lo juro. Estaba caliente. No me preguntes por qué. Tal vez por la rutina, tal vez por la situación, tal vez porque hacía meses que ningún hombre me miraba con esas ganas. Me sentía una perra esperando que el macho terminara de dar vueltas alrededor.

—El primer contacto fue su mano en mi cintura, cuando pasó detrás mío en un pasillo angosto. Después la mano bajó hasta el culo, sobre la pollera. Yo no dije nada. Me reí, nerviosa. Eso fue todo lo que hizo falta.

—Para calentarlo más, me agaché a buscar algo en una caja, dejándole el culo a la altura de la cara. Sentí su mano subirme la pollera y después su bulto apoyándose contra las nalgas. Me dijo al oído que estaba durísimo por mí, que llevaba horas aguantando. Le contesté que no aguantara más.

—Me dio vuelta, me abrió la blusa, me bajó el corpiño hasta la cintura. Me chupó las tetas con una desesperación que no había visto nunca. Después se sacó el pantalón. La tenía mucho más grande que vos, Damián. Perdón, pero me pediste detalles. Era gruesa, oscura, con las venas marcadas. Me arrodillé y se la metí en la boca antes de que me lo pidiera.

—Se la chupé como nunca le chupé a nadie. Le lamí los huevos, le pasé la lengua por toda la verga, me la metí hasta el fondo de la garganta hasta que las lágrimas me salieron solas. A él no le alcanzaba. Me agarró del pelo con las dos manos y empezó a moverme la cabeza al ritmo que él quería.

—Cuando se cansó de la boca, me pidió que me pusiera en cuatro. Me apoyé sobre el escritorio, me subió la pollera hasta la cintura, me bajó la bombacha hasta los tobillos. No teníamos preservativo. No le pedí que parara. Ni se me ocurrió. Tenía más miedo de que se arrepintiera que de cualquier otra cosa.

—Me la metió de golpe. Yo gemí fuerte y él me tapó la boca con la mano. Me dio sin piedad durante no sé cuánto tiempo. Veinte minutos, media hora. Acabé tres veces seguidas, una arriba de la otra, mordiendo el papel de una factura para no gritar.

—En el tercer orgasmo me dijo al oído que quería el culo. Yo le hice que sí con la cabeza, sin pensar. Él no perdió el tiempo. Me escupió ahí, se mojó la verga con lo que tenía adentro y empezó a meterla despacio. Me ardía. Me ardía mucho. Pero el ardor se mezcló con el placer en cuestión de segundos y dejé de quejarme.

—Cuando me acostumbré, me agarró las caderas y empezó a clavarme con todo. Me la dio durante mucho rato. Me daba tan fuerte que el escritorio se movía contra la pared. Acabó adentro, con un gruñido largo, y se quedó así, aplastado contra mi espalda, hasta que se le aflojó.

—Después escuchamos un ruido en el pasillo. Nos vestimos a las apuradas. No era nadie, había sido el conserje cerrando una puerta. Terminé de marcar las últimas cajas, le firmé el remito y me vine a casa.

Carolina se quedó callada mirándome, con la cara colorada y los ojos brillando. Yo me había sentado en la silla de la cocina y la había escuchado todo el relato con una sonrisa tonta en la boca.

Solté la carcajada que venía aguantando hacía media hora.

—Sos una gran puta, Carolina. Una gran puta.

La agarré del pelo, igual que antes, y la llevé al baño. Le saqué el toallón de un tirón. Tenía las nalgas marcadas con la huella de cinco dedos, una de cada lado, rojas todavía. El culo se le veía hinchado, abierto, traicionado por la herramienta del boliviano.

Me bajé el pantalón, me saqué la pija y le meé las nalgas. Ella me puteó, pero no se movió. La meada le bajó por las piernas, le llegó hasta los talones. Le di una nalgada con la mano abierta y después le meé la espalda. Me puteó otro rato más, sin convicción, y al final me miró por encima del hombro.

Largamos los dos la carcajada al mismo tiempo.

Nos besamos en el baño, con olor a meo y a sexo ajeno. Me preguntó si quería un café. Le dije que sí, con dos cucharadas de azúcar.

Esa noche dormimos abrazados como dos chicos.

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Comentarios (5)

RickyMar22

Brutal!! no me lo esperaba al final, tremendo giro.

Marcos_99

de los mejores que lei en esta categoria, muy bueno

AnaLucia_BA

Por favor seguilo, quede con un monton de preguntas. Como termino todo despues de la confesion?

Karin_85

Me encanto el enfoque, no es lo tipico que uno espera cuando empieza a leer un relato de infieles. Muy original.

Lautaro_Sur

Lo lei dos veces porque la primera no lo podia creer jaja. Muy bien contado, se siente autentico. Espero que sigas escribiendo!

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