La tarde que volví a la cama de mi vieja amiga
Me llamo Diego, tengo treinta y ocho años y vivo en Valencia. No soy ningún ejemplar para nadie: estatura justita, uno sesenta y dos, ni gordo ni flaco, ni feo ni guapo. De los que pasan por la calle sin que nadie levante la vista. Tampoco tengo nada espectacular entre las piernas: lo normal y corriente. Que quede claro de entrada, porque si alguien busca un relato con un tipo imponente, este no es su sitio.
Estoy casado. Quiero a mi mujer y me quiere ella. Pero en la cama somos planetas distintos. Es de las que apaga la luz, de las que no se atreve a probar casi nada, de las que cumple sin demasiada hambre. Yo soy lo contrario: pienso que, dentro del respeto y del consentimiento, en el sexo no debería haber techo. Y como con ella no puedo, busco ese extra fuera de casa.
¿Me siento culpable? Poco. Para mí el sexo es un complemento del amor, y mientras no se haga daño, no veo motivo para amargarme renunciando a algo que me gusta tanto. Sonará egoísta. Quizá lo sea. Pero no pienso dejar de disfrutar mientras pueda.
Hecha la presentación, paso al lío. Lo que viene es real. Me da pereza inventar escenas que jamás viví: prefiero contar lo que pasó tal cual.
Hace años estuve liado —decir saliendo sería mentira— con Carla, una chica tres años menor que yo. Con ella tuve los mejores polvos de mi vida. Fogosa, atrevida, sin frenos, una bestia en la cama. Sabía moverse, sabía chupar, sabía exactamente qué decir y cuándo. Una diosa, sin más.
Lo dejamos al cabo de unos meses, antes de que la cosa se nos fuera de las manos por el lado emocional. Yo conocí a la que hoy es mi mujer y ella, al poco tiempo, empezó a salir con una chica. Sí, con una chica.
Pero seguimos viéndonos. Quedábamos cada tantos meses para tomar algo, fumar un porro y reírnos como siempre. Y yo, claro, no perdía oportunidad de intentar liarla de nuevo, porque Carla, sencillamente, siempre me ha puesto. Entre que ella estaba con su pareja y que no quería ser cómplice de un cuerno mío, lo máximo a lo que llegaba eran cuatro besos forzados y un «no insistas más, anda».
Hasta hace unas semanas. Carla había roto con su novia y eso, lo confieso, me devolvió el apetito de viejo cazador. Quedamos una mañana de jueves en su piso, como tantas otras veces. Sofá, ventana abierta, dos cafés, un porro a medio liar.
***
No me preguntéis de qué hablamos. Lo he olvidado por completo. Solo recuerdo que, como siempre, yo iba acercándome milímetro a milímetro, rozándole el brazo, intentando colocarme en ese punto en el que ya no se sabe muy bien si hay intención o no. Y como siempre —o eso parecía—, sin resultado aparente.
No sé bien cómo terminó recostada contra mí, con mi brazo por detrás de su cabeza y la otra mano apoyada en su tripa. Sin agarrar, sin meter mano de verdad. Solo el dedo recorriéndole el ombligo en círculos lentos, buscando el filo del short por abajo y el de la camiseta por arriba, que se le había levantado un poco al recostarse.
La situación me estaba poniendo más caliente que cualquier escena explícita. Estar cerca de ella, oler su pelo, notar su temperatura subiendo sin que dijera una palabra. Hacía rato que estaba callada, con los ojos medio cerrados. Y entonces empecé a notarlo: la respiración le había cambiado. Más corta. Más densa.
Sin darme cuenta del todo, mi otra mano había subido. Estaba sobre su pecho, encima de la camiseta, sin presión. Como si se hubiera posado ahí por accidente. No protestó. Así que, como quien no quiere la cosa, empecé a moverme despacio, dibujándole el pezón a través de la tela. Nada. Ninguna queja, ningún apartar mi mano.
Giré la cabeza y le di un beso muy suave cerca de la oreja. Nada de lengua, nada de ruido. Un roce. El corazón se me había desbocado y la entrepierna empezaba a dolerme de pura presión. Le di otro beso, esta vez en la mejilla, mientras la mano de arriba seguía moviéndose y la de abajo había llegado al filo del short.
Y entonces se incorporó.
Ya está, hasta aquí, otra vez no. Pero Carla se giró hacia mí, me miró fijo durante un segundo y soltó:
—Joder, cabrón, vaya calentón me has provocado.
Y antes de que pudiera contestar, me besó. No fue uno de esos besos de despedida, ni el besito amistoso de tantas otras tardes. Me devoró la boca. Su lengua no paraba quieta, marcándome el ritmo, recorriendo cada rincón de la mía. Yo respondía como podía, con la mano izquierda bajando por fin entre sus piernas, acariciando el calor que se notaba ya a través de la tela del short. Estaba empapada. Yo también, a mi manera.
Se levantó del sofá, me empujó con suavidad para que me reclinara y se sentó a horcajadas sobre mí. Antes de que pudiera reaccionar, se quitó la camiseta. No llevaba sujetador debajo.
—Aquí mando yo —dijo, sin sonreír.
Por fin pude volver a tocarle esas tetas que recordaba demasiado bien, amasarlas, jugarle con los pezones mientras seguía besándome entre jadeos. La incorporé un poco para llevármelas a la boca, una y otra, mordiéndole apenas los pezones, mientras mis manos se colaban hacia atrás, agarrándole el culo, recorriéndole la raja por encima de la tela, buscándole el coño desde el otro lado.
Ella se movía sobre mí como si ya me estuviera follando, apretándose contra mi entrepierna por encima del pantalón. Cada movimiento suyo me hacía pensar que me iba a correr antes de empezar.
***
Se levantó de nuevo, esta vez para quitarse el short y las bragas de un tirón. Yo aproveché para deshacerme de la camiseta y desabrocharme el pantalón, porque ya me dolía físicamente la presión. Cuando volvió, le metí los dedos directamente. Estaba ardiendo, mojada hasta un punto que no recordaba. Me besó otra vez, profundo, mientras yo le movía dos dedos dentro y ella jadeaba contra mi boca.
Me bajé un poco más los pantalones para liberarme del todo. Carla me miró la polla, me miró a los ojos, y la cogió con la mano.
—A ver cuánto me aguantas, cabrón.
—Con lo caliente que estoy, poco. Te aviso.
—Vas a ver lo que es una mamada bien hecha.
Lo dijo porque sabe, de tantas charlas confidenciales entre amigos, que mi mujer no es precisamente entusiasta en esto. Y se reclinó sobre mí.
Lo que vino después no era una mamada. Era otra cosa. Me la tragaba hasta el fondo, jugaba con la lengua, subía y bajaba a un ritmo que parecía calculado para volverme loco. Yo intentaba aguantar, le acariciaba la espalda, le metía los dedos en el pelo. Pero cuando empezó a chupar con fuerza y a masajearme con la mano libre, supe que no me quedaba mucho.
—Para, para —le dije, casi sin voz—. Vas a hacer que termine.
Se incorporó, con esa sonrisita de quien sabe perfectamente lo que está haciendo. La agarré de las caderas, la levanté y la coloqué encima de mi cara. Lo que vino después no necesita demasiada descripción: pasé un buen rato perdido entre sus piernas, separándole los labios con la lengua, jugándole con el clítoris, bajando hasta la entrada y subiendo de nuevo. Cada movimiento suyo, cada gemido contenido, me indicaba que iba por buen camino.
***
Cuando se apartó, pensé que se iba a montar encima a follarme directamente. Pero me dijo:
—Vamos a jugar un poco más.
Y se sentó a horcajadas sobre mí otra vez, pero sin meterse nada. Apoyó el coño en todo el largo de mi polla, aplastándola contra mi vientre, y empezó a moverse adelante y atrás como si estuviera follando, lubricándome con su propia humedad, masturbándose conmigo. Yo le acariciaba el clítoris con el pulgar y ella gemía, ya sin disimular nada.
Aquello era una tortura magnífica. Sentirla resbalar sobre mí, oírla respirar cada vez más rápido, ver cómo se mordía el labio inferior. No quería que terminara nunca.
Se inclinó para besarme otra vez y, al levantar las caderas, mi polla se desplazó. En uno de sus movimientos, sin que ninguno de los dos lo planeara, entró. Literalmente se la tragó de tan mojada como estaba. Y empezó a cabalgarme.
No la estaba follando yo. Ella me estaba follando a mí. A su ritmo, marcando el tempo, hundiéndose hasta el fondo y moviendo las caderas en círculo cuando llegaba abajo. Gemía bajito, casi para dentro.
Aguanté lo que pude. Pero no fue mucho. Le pedí que se levantara, la aparté con las manos y con dos sacudidas terminé sobre mi propio vientre, con una corrida larga, de las que hacía meses que no tenía. Ella me miraba desde arriba con media sonrisa pícara, sabiéndose responsable.
Me levanté para ir al lavabo a limpiarme. Cuando volví, estaba estirada en el sofá, completamente desnuda, con un brazo bajo la cabeza. Fui a recoger mi ropa.
—¿Dónde vas? —dijo—. Esto todavía no se ha acabado.
***
Volví. Me tumbé a su lado, le metí la lengua en la boca, bajé la mano hasta entre sus piernas y empecé a masturbarla de nuevo, jugándole con el clítoris, metiéndole dos dedos cada cierto rato. Tardó relativamente poco en correrse, agarrándome el antebrazo con fuerza y mordiéndome el hombro.
Bajé entonces, le abrí las piernas y me quedé un rato comiéndole el coño con calma, sin prisa. Disfrutando del olor, del calor, del temblor que de vez en cuando le recorría los muslos.
Cuando me incorporé, mi polla ya estaba lista otra vez —no del todo, pero suficiente—. Se la fui pasando por el coño como acariciándola con ella, mirándola a los ojos, viendo en su cara las ganas que no había acabado de saciar. Y entré despacio.
La follé en el misionero un rato largo, con calma, profundo, mientras le acariciaba los pechos y los costados, besándola cada tanto. Después la giré —ella se anticipó, en realidad— y se puso a cuatro patas, con el culo arriba, ofreciéndolo descaradamente.
Me lancé. Le comí el culo durante minutos enteros, chupando, recorriéndolo con la lengua, mientras le masturbaba el coño con la mano. Ella gemía, se movía, me decía que siguiera. Cuando me animé y le subí el dedo índice más arriba, me cortó en seco:
—No, ahí no. Hace demasiado y me va a doler.
Me retiré sin protestar. No hay nada peor que insistir cuando alguien te dice que no. Le metí la polla por el coño de nuevo, hasta el fondo, dejando que mis huevos chocaran contra ella en cada embestida. Le acariciaba la espalda, le susurraba esas dos o tres palabras que sé que le gustan, esas que en boca de otro sonarían ridículas pero que con ella siempre funcionan.
El sofá era incómodo. Y aun así, antes de lo que esperaba, noté que volvía a estar al borde. La saqué a tiempo y terminé sobre su espalda baja, una corrida más corta que la primera pero igual de placentera.
Fui al lavabo a por papel. La limpié con cuidado. Me limpié.
***
Mientras me vestía, me soltó una de esas frases que pueden hundir a cualquiera:
—Te recordaba con más aguante.
Tenía respuesta preparada, casi sin pensar.
—Es que me has puesto a mil. Y llevo años queriendo esto.
Sonrió. Me dio un beso en la comisura y se quedó tumbada mientras yo me terminaba de vestir. Salí del piso con esa sensación rarísima de haber recuperado algo que llevaba demasiado tiempo dado por perdido.
Al día siguiente eché uno de los mejores polvos que recuerdo con mi mujer. Apliqué, sin que ella lo notara, la lección de Carla: «aquí mando yo». Llevé la voz cantante como pocas veces, y funcionó. Mi mujer me miró rara al terminar, casi sorprendida, y se durmió encima mío sin decir nada.
He intentado volver a quedar con Carla varias veces más desde aquella mañana. Sin suerte. Fue un calentón, dice ella. Y aunque sé que le pasó lo mismo que a mí, su sentido de la culpa por el hecho de que yo tenga pareja es muy fuerte. Pero seguiré insistiendo, sin presionar, porque si además de buenos amigos podemos vernos cada cierto tiempo para algo así, ¿por qué no?
Quién sabe. A lo mejor pronto vuelvo a escribir.