Mi infidelidad empezó en el sótano del edificio
Llevo siete años casada con Esteban, y los últimos cuatro me convencieron de que ya no soy una mujer para él. Me llamo Mariana, tengo treinta y seis años, y desde que nació nuestro hijo cargo con quince kilos que nunca se fueron, unas tetas pesadas que cuelgan distinto, una barriga blanda que él ya no abraza por las noches.
No es que me lo diga con esas palabras. Es peor: lo dice con su espalda, con el celular en la mano, con el bostezo justo cuando me asomo al baño en ropa interior.
Esa tarde la discusión fue más fea que las anteriores. Estábamos terminando de comer y le pedí que me acompañara al supermercado. Me miró como si le hubiera pedido un riñón.
—Mariana, no entiendo cómo no bajás de peso —dijo en voz baja, como si confesara algo doloroso—. Antes te arreglabas. Antes daba gusto salir con vos. Ahora parecés otra.
Lo dijo sin levantar la vista del plato, y eso fue lo que más me dolió, que no le importara mirarme cuando me destrozaba.
No le contesté. Agarré las llaves del auto, bajé los seis pisos del edificio en el ascensor con las mejillas ardiendo, y me metí en el coche sin saber bien a dónde quería ir. Cerré la puerta, apoyé la frente en el volante y empecé a llorar con esa clase de llanto feo que se te queda atorado entre el pecho y la garganta.
Lloré sin contar el tiempo. Lloré hasta que el vapor de mi respiración empañó el parabrisas y los faros del estacionamiento se volvieron manchas amarillas detrás de las lágrimas.
Un golpecito en el vidrio del acompañante me hizo levantar la cara.
Era Damián, el vigilante de noche del edificio. Cincuenta y cinco años, moreno, ancho, con las canas asomando en la barba mal afeitada y unas manos enormes apoyadas en el techo del coche. Llevaba el uniforme oscuro y la linterna colgada del cinturón.
—¿Señora Mariana? ¿Está todo bien? —preguntó con esa voz grave que siempre me había gustado escuchar cuando me decía buenas noches.
Negué con la cabeza. No tenía fuerzas para fingir.
Dudó un segundo, miró a los costados de la cochera y abrió la puerta del acompañante sin pedirme permiso. Se sentó a mi lado, dejando la linterna entre sus rodillas. El asiento crujió bajo su peso.
—Tranquila. Si quiere desahogarse, acá no la escucha nadie.
Y me quebré de nuevo. Empecé a contarle entre hipos lo que llevaba meses callándome. Que mi marido no me tocaba. Que cuando lo hacía era por compromiso, dos minutos sin mirarme, la polla a medio parar metida sin ganas y una eyaculación silenciosa que no me llegaba ni a la mitad del coño. Que esa misma tarde me había dicho que parecía otra. Que me sentía un mueble viejo en mi propia casa.
Damián escuchó sin interrumpirme. Cuando me quedé sin aire, sacó un pañuelo de tela del bolsillo del pantalón, todavía planchado, y me secó las mejillas con el dorso de su mano áspera. El roce me sorprendió. Hacía meses que nadie me tocaba la cara con cuidado.
—Su marido es un imbécil —dijo despacio, sin soltarme la cara—. Perdone que le hable así, pero es un imbécil.
—No diga eso, Damián.
—Lo digo. Mariana, mírese. Es una mujer hermosa. De verdad hermosa. Tiene cuerpo de mujer, no de modelo de revista. Hay tipos como yo que llevamos años bajando la cabeza para no mirarla cuando se baja del auto, y no es por respeto a su marido. Es para no faltarle a usted.
Me quedé sin palabras. Sentí cómo el calor me subía desde el cuello hasta la frente, y al mismo tiempo, algo más bajo, algo que no había sentido en muchísimo tiempo, empezó a apretarme entre las piernas. La bombacha se me humedeció de golpe, como si el coño hubiera entendido antes que yo lo que iba a pasar.
—¿De verdad pensás eso? —pregunté, y ni siquiera me di cuenta de que lo había tuteado.
Sonrió con media boca, todavía sosteniéndome la mejilla.
—Pienso eso y pienso más cosas que no me corresponde decir. Pienso, por ejemplo, en cómo te quedan los vestidos los viernes cuando salís con tu marido. Pienso en cómo te bajás del coche, en cómo te acomodás el pelo antes de entrar al ascensor. Pienso cuando subo a hacer la ronda y paso por tu puerta, y trato de no pensar en tus tetas moviéndose dentro de la remera, en el culo que se te marca en los jeans, en las ganas que me dan de arrodillarme y comerte el coño hasta que me pidas que pare.
Tragué saliva. Un latido pesado, insistente, me golpeó entre las piernas.
—Damián…
—Acá estamos muy expuestos. Las cámaras llegan hasta el primer subsuelo. Si querés que te diga todo lo que pienso, sin que se entere nadie, hay un rincón en el segundo subsuelo donde nunca baja nadie a esta hora. Yo te abro la reja.
No pensé. Asentí. Encendí el motor con las manos temblando y bajé despacio por la rampa, una vuelta, dos vueltas, hasta el rincón más oscuro del segundo subsuelo, ahí donde la luz amarilla del tubo no llega y huele a cemento húmedo y goma de auto. Apagué el motor.
Damián bajó primero. Caminó alrededor del coche sin apuro, sin esconderse, dueño del lugar. Cuando me abrió la puerta y me dio la mano para ayudarme a salir, sentí que estaba aceptando un trato sin haber dicho una palabra.
Apenas mis tacones tocaron el cemento, me llevó hacia el capó del auto y me apoyó la espalda contra el metal todavía tibio del motor. Me miró de arriba abajo y soltó un suspiro largo, como si llevara años esperando ese permiso. Sin decir nada me metió una mano por el escote y me sacó una teta afuera del corpiño. La sopesó, la apretó, se la llevó a la boca y me chupó el pezón con una lentitud que me arqueó la espalda contra el capó. Después la otra. Las dos afuera, colgando pesadas, brillantes de saliva, marcadas por los dientes que me había mordido despacio.
—Qué tetas, joder —dijo con la boca todavía pegada al pezón—. Cómo te las tiene abandonadas ese pelotudo.
Me arrodillé sin que me lo pidiera. No sé qué me pasó por la cabeza; sólo sé que necesitaba tenerlo en la boca ya. Le abrí el cinturón, le bajé el cierre y le saqué la verga de adentro del calzoncillo. Era gruesa, más oscura que el resto del cuerpo, con las venas marcadas y una gota de líquido brillando en la punta. Se la agarré con las dos manos y me la metí en la boca hasta donde pude. Damián soltó un gemido ronco y me apoyó la palma abierta en la nuca, sin empujarme, apenas guiándome.
—Así, Mariana. Así. Chupámela despacio, que hace años que no me hacen esto.
Le lamí toda la extensión, desde los huevos hasta la punta, escupí en el glande y volví a metérmela hasta la garganta. Sentí cómo se hinchaba dentro de mi boca, cómo latía contra mi lengua. Cada vez que me atragantaba se me caía un hilo de saliva por la barbilla, y él me lo limpiaba con el pulgar y me lo metía en la boca junto con la polla. Le mamé como no le mamaba a nadie desde novia: con hambre, con las mejillas hundidas, mirándolo de abajo hacia arriba para que viera mi cara.
—Basta, mujer, que me vas a hacer acabar antes de tiempo —jadeó, y me levantó de los codos.
—Date la vuelta —pidió bajito.
Lo hice. Me quedé con las palmas apoyadas en el capó, las piernas separadas por instinto, sintiendo cómo se ponía detrás de mí. Me subió la falda del vestido despacio, hasta enroscármela en la cintura. Yo no pude evitar mirar de reojo. Sus manos eran enormes, oscuras contra la piel blanca de mis muslos.
—Joder, Mariana —murmuró—. Si supieras hace cuánto que vengo imaginando esto.
Me bajó la bombacha hasta los tobillos con un solo tirón. Sentí el aire fresco de la cochera contra el culo, y al mismo tiempo el calor de su mano subiendo por el muslo, abriéndome los labios del coño con dos dedos.
—Estás empapada —dijo, y en su voz había un orgullo que no me esperaba—. Esto sí es una mujer. Mirá cómo chorreás.
Se agachó detrás de mí. No lo esperaba. Sentí la barba raspándome la cara interna de los muslos y después la lengua caliente subiendo desde el clítoris hasta el ojete, sin asco, sin pausa, comiéndome entera. Se me aflojaron las rodillas y tuve que apoyarme con los antebrazos sobre el capó para no caerme. Me chupó el coño con la boca abierta, tragándose todo lo que le salía, metiéndome la lengua dura adentro y sacándomela para volver a lamer el clítoris con la punta. Con una mano me abría un cachete del culo y con la otra me apretaba los pezones desde abajo. Duró tanto que perdí la noción. Cuando me di cuenta ya estaba temblando, gimiendo pegada al metal, con las piernas abiertas hasta donde daba la bombacha atada en los tobillos.
—Por favor —le supliqué—. Metémela ya.
Se levantó. Oí el cierre del pantalón, el roce del cinturón soltándose de las presillas, y sentí la punta de la verga apoyándose contra la entrada del coño, resbalándose por lo mojada que estaba. Me apretó las caderas con las dos manos.
—Decime qué querés.
—Quiero —dije, y la voz me salió rota—. Quiero que me hagas sentir mujer otra vez. Quiero que me la metas toda.
Entró despacio, sin un solo empujón violento, dándome tiempo a sentirlo grueso, dándome tiempo a entender que iba a quedarme acordándome de esa primera vez por mucho tiempo. Se me abrió el coño alrededor de él centímetro por centímetro, y sentí un ardor delicioso, ese ardor que te avisa que te está entrando una polla de verdad. Cuando llegó al fondo, se quedó quieto unos segundos, respirando pegado a mi oreja, con los huevos apoyados contra mis labios.
—Sos hermosa. Sos hermosa, ¿entendés? Decímelo.
—Soy hermosa.
—Otra vez.
—Soy hermosa.
Empezó a moverse con un ritmo lento que no se parecía en nada al apuro de mi marido. Salía casi hasta la punta y volvía a hundirse hasta el fondo, con calma, midiéndome. Cada embestida me hacía apoyar más fuerte la frente sobre el capó, y cada vez que me apoyaba, él me apartaba el pelo de la nuca y me besaba justo ahí, en el punto que ni siquiera me acordaba que existía. Sentía el ruido húmedo de mi coño chupándole la verga cada vez que salía, el chapoteo obsceno rebotando contra las paredes de cemento del subsuelo, y me daba más morbo todavía.
—Cómo me apretás, mujer. Qué coño tenés. Este coño no puede estar desperdiciado, ¿me oís?
Me agarró de las caderas y aceleró. Las embestidas empezaron a golpearme el culo con un sonido seco, mis tetas se sacudían colgando afuera del vestido, y yo empujaba hacia atrás porque necesitaba que me la metiera más profundo, más adentro, hasta la panza. Me metió el pulgar mojado de mi propio flujo en el ojete y ahí perdí lo poco que me quedaba.
Mi cuerpo, ese cuerpo que llevaba años sintiendo de más, empezó a temblar como si fuera nuevo. Me di cuenta de que estaba a punto de acabar mucho antes de lo que me hubiera imaginado. Le clavé las uñas al metal y dejé escapar un quejido largo, agudo, vergonzoso.
—Eso es. Acabate, mujer. Acabate en mi verga.
Y acabé. Apretándolo, empujando las caderas hacia atrás, mordiéndome el labio para que el eco de mi grito no rebotara contra las paredes del subsuelo. Sentí el coño contraerse alrededor de él en oleadas largas, y un chorro tibio me bajó por la cara interna del muslo. Él no se detuvo. Esperó a que terminara de temblar, me dio vuelta con cuidado y me sentó sobre el capó. Me sostuvo la nuca con una mano y la cadera con la otra.
—Ahora quiero verte la cara.
Me abrió las piernas hasta que los tacones quedaron colgando en el aire y me miró el coño abierto, hinchado, brillante. Se pasó dos dedos por él, se los llevó a la boca, y después se agarró la verga y la volvió a poner en la entrada. Esta vez entró de un solo empujón, hasta los huevos, y yo grité pegada a su hombro.
—Callate, mujer, que nos van a escuchar —se rió por lo bajo, mordiéndome el cuello.
Empezó a cogerme con un ritmo más profundo, más lento, mirándome a los ojos como si me estuviera leyendo. Yo me sostenía de sus hombros y le miraba el cuello mojado de transpiración, las venas marcadas, esa expresión concentrada de hombre que sabe lo que está haciendo y por qué lo hace. Cada vez que me hundía la polla hasta el fondo, mis tetas rebotaban contra su pecho y él bajaba la boca a chuparme un pezón sin dejar de moverse.
—Mariana, mirame. No cierres los ojos.
Lo miré. Y mientras me miraba, sentí cómo todo lo que mi marido me había dicho durante años se iba desarmando, frase por frase, dentro de mí, empujado por cada envión de esa verga que me llenaba entera.
Me acabé otra vez, colgada de su cuello, sintiendo cómo el coño se me cerraba a chupones alrededor de él. Me quedé temblando, con la boca abierta contra su oreja, murmurando cosas que ni yo entendía.
—Voy a acabar —avisó, con la voz más tensa, la verga hinchándose dentro de mí.
—Adentro —dije, sin pensar—. Quiero que acabes adentro. Lléname el coño, quiero sentirlo.
Se mordió el labio, asintió y se vino con un gruñido bajo que le subió desde el pecho. Me clavó las manos en las caderas y me atrajo contra él, hundiéndose hasta el fondo, y sentí su corrida caliente moviéndose dentro de mí en varias oleadas espesas, chorro tras chorro, llenándome como no me llenaban desde hacía años. Se quedó quieto adentro, con la frente apoyada en la mía, esperando a que se le fuera el temblor. Cuando por fin salió, un hilo espeso de semen mezclado con mis flujos me chorreó del coño hasta el capó del auto, y él lo miró con una satisfacción que no le disimulé. Por primera vez en mucho tiempo no me sentí usada. Me sentí elegida.
***
Cuando terminé de acomodarme la ropa, Damián ya me había alcanzado el pañuelo de tela del bolsillo, el mismo con el que me había secado las lágrimas un rato antes. Me lo pasé entre las piernas para recoger lo que seguía escurriéndoseme, y me lo entregó con una sonrisa medio tímida que no le pegaba a su tamaño.
—Si alguna vez tenés ganas de bajar, después de las once siempre estoy yo. La cámara del primer subsuelo me agarra de espaldas, así que nadie se entera de adónde vas. Solo tocá el timbre del intercomunicador dos veces y yo te abro la reja del segundo.
Asentí en silencio. Le acomodé el cuello del uniforme con un gesto que no me reconocí, y subí al departamento con las piernas todavía flojas y el coño goteando dentro de la bombacha.
Me bañé, me acosté al lado de Esteban que ya dormía con la boca entreabierta y el control remoto en la mano. Por primera vez en cuatro años no me sentí culpable de nada. Lo miré con una calma extraña, casi con lástima.
Bajo casi todas las semanas. A veces dos. Cuando mi marido está de viaje por trabajo y nuestro hijo se queda en casa de mi madre, le pido directamente a Damián que suba al departamento, y dejamos su uniforme tirado en el sillón del living. Lo hacemos en la cama matrimonial, donde me monta encima como una yegua y me obliga a mirarme en el espejo del placard mientras me destroza el coño. En el sillón del comedor, arrodillada contra el respaldo, mamándosela con las tetas al aire hasta que me acaba en la cara y me hace lamer cada gota. Contra la heladera de la cocina, con una pierna levantada sobre la mesada y su verga entrándome de costado, tan hondo que me deja marcados los dedos en las caderas. En todos los lugares donde Esteban hace años no se atreve a mirarme, Damián me coge como si fuera la última mujer sobre la tierra.
Hace tres semanas empecé a sospechar algo. Compré un test y lo escondí en el fondo del cajón de las medias. Esta tarde, mientras Esteban llevaba al nene a la plaza, me encerré en el baño y lo hice. Dio positivo.
Todavía no sé qué voy a hacer con la noticia. Pero una cosa sí la tengo clara: si el bebé es de Damián, no voy a decir nada. Voy a dejar que Esteban lo crie pensando que es suyo, voy a verlo cargarlo en brazos cada noche, y voy a recordarme a mí misma, cada vez que lo mire, que hubo un hombre que un día me dijo que era hermosa cuando yo ya no me lo creía, y que me llenó el coño de leche en el segundo subsuelo hasta hacerme sentir viva de nuevo.
Esa, para mí, va a ser la mejor venganza posible.