Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Las fotos que mi marido me pidió cambiaron todo

Esto me lo contó Lorena, una colega del consultorio. Estábamos en una cafetería del centro, ella con un té de jazmín y yo escuchando, cuando me confesó algo que le había pasado años atrás y que, según sus propias palabras, fue lo que abrió la puerta a una vida sexual que ni ella ni su marido imaginaban posible.

Me llamo Carolina, tengo treinta y cuatro años y soy psicóloga clínica en una ciudad del centro-oeste argentino. Soy alta, de piel clara, con un cuerpo que cuido en el gimnasio tres veces por semana y unos pechos que, sin falsa modestia, son lo primero que mira la gente. Estoy casada con Andrés, dos años mayor que yo. Él es arquitecto y dirige proyectos para un estudio cuya sede central está en Buenos Aires, a más de mil kilómetros de nuestra casa.

La mayor parte del tiempo trabaja desde aquí, pero cada tanto le toca instalarse en la capital por dos meses, a veces tres, supervisando una obra grande. Cuando eso pasa, nuestra vida se reduce a llamadas nocturnas y a aguantar la distancia como podemos.

El verano en que esto sucedió, Andrés llevaba ya cinco semanas afuera. Nuestras conversaciones de medianoche se habían vuelto largas y cada vez más explícitas. Me decía las ganas que tenía de cogerme, de morderme el cuello, de meterme la cabeza entre las piernas durante una hora sin parar. Yo le pedía que tuviera paciencia, que no se acostara con nadie. Él me prometía aguantar y me pedía, a cambio, que le inventara historias para masturbarse mientras hablábamos.

Yo accedía. Le contaba fantasías inventadas en las que yo era protagonista, siempre con desconocidos, siempre escenas que sabía que lo volverían loco. A veces me daba cuenta, por su respiración, de que terminaba en plena llamada.

Una de esas noches me hizo un pedido distinto. Quería fotos. Pero no fotos cualquiera: fotos mías desnuda, con poses sugerentes, y después él las modificaría con un programa para que pareciera que estaba con otros hombres. Me dijo que necesitaba algo más concreto que mi voz al teléfono.

Acepté sin estar muy convencida. Me daba pudor pedirle a una amiga que me sacara ese tipo de imágenes. Pensé que ya se me ocurriría alguna solución más adelante.

Esa tarde salí a hacer unas compras y me crucé, en plena peatonal, con Martín. Habíamos compartido la facultad y siempre, desde el primer día, él había intentado algo conmigo. Yo lo había frenado una y otra vez, no porque me pareciera feo —al contrario, era buen mozo, de hombros anchos, con esa mirada de quien sabe lo que hace— sino porque estaba enamorada hasta los huesos de Andrés.

Martín me contó que se había separado hacía un año y que compartía un departamento, a tres cuadras de donde estábamos, con un amigo profesor de educación física. Me miró de arriba abajo sin disimulo. Yo llevaba una pollera corta de jean, una musculosa fina sin corpiño y sandalias bajas. Me sentí, por primera vez en mucho tiempo, deseada por alguien que no era mi marido.

Sin pensarlo demasiado, le solté la idea. Le dije que necesitaba unas fotos para Andrés, fotos de cuerpo, en lencería, nada vulgar, algo cuidado, tipo modelo. Le aclaré que prefería que no estuviera solo, que si su amigo también participaba me quedaba más tranquila. Martín dudó dos segundos y aceptó con una sonrisa que no me gustó del todo. Me dijo que llamaba a su compañero esa misma noche y me avisaba.

A las dos horas sonó el teléfono. Sebastián, el amigo, había aceptado encantado. Acordamos para el día siguiente a las tres de la tarde.

Esa noche, cuando Andrés llamó, le conté la idea como si fuera una de mis fantasías inventadas. Le dije que iba a hacerme las fotos con dos viejos amigos. Él se rió, me siguió la corriente, me dijo cosas calientes. No imaginó ni por un segundo que era cierto.

Yo tampoco terminaba de creérmelo.

***

Llegué al departamento puntual, con un bolso pequeño donde había metido tres prendas: un baby doll transparente, una blusa de gasa y una camisa de hilo blanca, todo elegido para no dejar mucho a la imaginación. Me había puesto perfume en lugares donde no me pongo perfume.

Martín me abrió la puerta y me presentó a Sebastián. Treinta años, alto, ojos verdes, cara de pibito y un cuerpo trabajado que se notaba aunque tuviera la remera puesta. Me saludó con un beso en la mejilla que duró un segundo más de lo que correspondía. Sentí su barba apenas tocarme la piel.

—Hace calor —dijo Martín al rato—. ¿Te molesta si nos sacamos las remeras?

Pensé en decir que sí, pero ¿con qué cara, si dentro de diez minutos ellos me iban a ver desnuda a mí? Negué con la cabeza. Los dos se quitaron la ropa de arriba al mismo tiempo, como si lo hubieran ensayado, y yo tuve que tragar saliva. Sebastián tenía un torso de revista. Martín, sin ser tan trabajado, tampoco se quedaba atrás.

Empezamos por las fotos vestidas. Yo recostada en la cama, exhibiendo las piernas. Sentada contra el respaldo, tomándome de las rodillas, con la tanga negra dibujándose entre los labios. El aire de la habitación cambió enseguida. Sus shorts no escondían nada.

Para la tercera serie me quité la pollera y la tanga, me puse un par de medias con liga y me cubrí con una solera negra que no llegaba a tapar lo que tenía que tapar. Cuando me acomodé en la cama, mi sexo quedó a la vista. Sebastián disparó cinco fotos seguidas. En cuatro aparecía mi cara. En la última no.

Saqué del bolso el baby doll y pasé a la habitación de al lado para cambiarme. Antes de cerrar la puerta vi, por el reflejo del espejo del pasillo, que los dos espiaban y se acomodaban el bulto. No dije nada. Algo en mí se aceleró.

El baby doll era de gasa fina sobre mi cuerpo desnudo. Mis pezones, ya endurecidos por todo lo que estaba pasando, se marcaban contra la tela como si no llevara nada. Volví a la habitación y me planté frente a las cámaras.

—Hacé la pose de antes —pidió Sebastián—. Sentada tomándote la rodilla.

Sabía perfectamente lo que estaba pidiendo. Sin ropa interior, esa pose dejaba todo expuesto, abierto, a la vista. Lo hice igual. Las pulsaciones se me habían instalado entre las piernas y no se iban.

Saqué la blusa de gasa, volví a desvestirme en el cuarto de al lado, esta vez sin apurarme, sabiendo que me miraban. Cuando volví, era como estar desnuda. Y a esa altura ya no me importaba.

—Para que el truco quede bien —dijo Martín—, necesitamos una serie completamente desnuda.

Me saqué la blusa, me recosté boca arriba en la cama y abrí las piernas. La tela del cubrecama se me pegaba a la espalda por la transpiración. Las cámaras seguían disparando, pero yo ya no las miraba a ellas. Miraba los shorts de los dos chicos, las manos que iban y venían encima.

—Mejor paro acá —dije, incorporándome y buscando mi ropa.

—Esperá —saltó Sebastián—. Si querés que el truco quede creíble, necesitamos también una foto de un hombre desnudo. Si no, no se va a poder pegar bien la imagen.

Era una excusa burda y los tres lo sabíamos. Igual asentí.

Discutieron entre ellos quién se desvestía. Después me preguntaron si me molestaba que se sacaran la ropa los dos. Negué con la cabeza, sin decir palabra, porque me daba miedo el tono que me iba a salir si abría la boca.

En segundos los tenía frente a mí, completamente desnudos y completamente erectos. Sentí cómo me corría humedad por la cara interna del muslo. Quise frenar todo, pensar en Andrés, pensar en cualquier cosa que me hiciera salir de ese cuarto. No pude.

***

—Recostate de vuelta —dijo Martín, con una voz distinta a la de antes.

Lo hice. Sebastián se acostó a mi lado y Martín empezó a sacar fotos. Después propuso que simuláramos poses. Acepté con la condición de que no pasara de insinuaciones.

La primera era yo haciéndole sexo oral a Sebastián. Su miembro quedó a la altura de mi boca. La abrí grande y dejé que entrara apenas, sin tocarlo con la lengua. Sebastián gimió igual. La foto salió como si lo estuviera devorando.

La siguiente: él me practicaba sexo oral a mí. Me abrí de piernas, Sebastián bajó la cabeza y, en lugar de fingir, su lengua hizo contacto directo con mi clítoris. Iba a frenarlo. No lo hice. Me arqueé contra su boca durante los segundos que duró la foto y un poco más.

—Falta la penetración —dijo Martín.

Le dije que sí, pero con la condición de que entrara apenas la punta y se quedara quieto. Me senté al borde de la cama, abierta, esperándolo. Cuando apoyó la cabeza del pene contra mí, sentí cómo mi cuerpo se le abría sin permiso, como si tuviera vida propia. Quería más. Me mordí el labio para no pedirlo en voz alta. Martín se retiró cuando salió la foto, con cara de estar haciendo el esfuerzo más grande de su vida.

La última pose fue la que terminó con todo. Yo sentada sobre Sebastián, con su miembro adentro hasta la mitad, mientras le hacía sexo oral a Martín. La foto se sacaría con un espejo que ya tenían acomodado contra la pared, como si todo estuviera preparado desde el principio.

Me senté sobre Sebastián. Sentí cómo me llenaba por dentro. Tomé el pene de Martín con la mano y me lo metí en la boca, esta vez sí, con los labios cerrados, con la lengua trabajando. Sebastián empezó a moverse debajo de mí. No le pedí que parara.

Nos olvidamos de las fotos. Se transformó en algo distinto, algo que jamás había hecho ni imaginado hacer. Estaba siendo cogida por un hombre mientras chupaba a otro, en el departamento de un viejo compañero de facultad, a media tarde, un martes cualquiera.

Sebastián terminó primero. Sentí cómo se vaciaba dentro de mí con tanta fuerza que se me escapó un grito que no sabía que tenía adentro. Martín acabó casi enseguida, en mi boca, y yo tragué casi todo. Después de eso vino una ola larga, larga, que me recorrió de la cabeza a los pies y me dejó hueca.

***

Me desperté un rato después, sin saber cuánto había dormido. Estaba en el medio de los dos, desnuda, los tres pegados por la transpiración. Sus penes dormidos. Algo en mí decidió no irse todavía.

Los desperté con una mamada doble, yendo de uno al otro hasta que volvieron a estar duros. Después monté a Martín, mientras Sebastián me preparaba por atrás con un dedo, después con dos, y finalmente apoyaba la punta en mi entrada y empujaba despacio hasta meterse entero. Nunca me habían tomado los dos a la vez. Nunca me había imaginado pidiéndolo.

Estuvimos así un rato largo, intercambiando posiciones, con momentos en que les chupaba a los dos para lubricarlos antes de que volvieran a entrar. Sebastián terminó dentro de mi culo primero. Martín siguió un rato más, con mis piernas apoyadas sobre sus hombros, alternando entre mi sexo y mi culo, hasta que también acabó adentro.

Esa tarde recibí más semen del que había recibido en toda mi vida.

Descansamos un rato más, charlando como si nada de lo que había pasado fuera del otro mundo. Quedamos en que esto, sin duda, había que repetirlo.

Me bañé, me vestí y volví a casa. Quedé con Martín en que me llamaba cuando tuviera las fotos listas.

***

Esa noche, Andrés llamó a la hora de siempre. Me preguntó por las fotos. Le dije que ya estaban. Me pidió, para alimentar la fantasía, que le contara que me las habían sacado mis dos amigos, que le diera detalles. Le seguí la corriente. Le conté todo, sin omitir nada, sabiendo que él escuchaba como una invención mía y se ponía cada vez más caliente. Nunca me imaginé que pudiera excitarlo tanto la idea de mí con otros dos hombres.

A los pocos minutos escuché la respiración entrecortada del otro lado de la línea, esa que ya conocía, y supe que había terminado.

Esa fue, para mí, la noche en la que empezamos una vida sexual nueva. Cada uno con lo suyo, cada uno disfrutando a su manera, y los dos cómodos con eso.

Al día siguiente Martín y Sebastián me llamaron para que pasara a ver las fotos. Me vestí provocativa, sin disimulo, y fui. Esta vez quien me abrió la puerta del edificio fue un chico que no había visto nunca, alto, de pelo oscuro, una sonrisa difícil de ignorar. Dijo llamarse Nicolás y ser amigo de los dos.

Pero esa, es otra historia.

Valora este relato

Comentarios (1)

Rodrigo_22

impresionante relato!!! me dejo sin palabras

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.