El chofer que sedujo a la mujer del policía
Esa mañana, Marcela se levantó antes de que el sol terminara de subir sobre los techos del barrio. La cocina olía a aceite caliente y a pan tostado. Frió los huevos, calentó la leche, sirvió chocolatada para los chicos y café cargado para Ramiro, que ya estaba en la mesa con el uniforme azul puesto y la pistola apoyada al costado del plato.
—Esta semana me toca el operativo en la zona sur —dijo él, sin levantar la vista del celular.
—Cuidate.
—Vos portate bien.
Lo dijo como quien recita una fórmula gastada. Le dio un beso en la frente, se acomodó la gorra y salió a la puerta donde lo esperaba el patrullero. Marcela lo miró desde el umbral, con esa mezcla de costumbre y hartazgo que ya no sabía nombrar. Un hombre que dormía en su cama desde hacía catorce años. Un hombre que no la tocaba desde hacía dos.
Después vistió a los chicos, los peinó, les revisó las mochilas y les dio un beso a cada uno antes de mandarlos al colegio. A las ocho en punto la casa quedó vacía. Cerró la puerta con llave y, por primera vez en todo el día, respiró hondo.
Entonces se sacó la remera vieja con la que había dormido.
Su cuerpo seguía siendo el de una mujer que había parido tres veces, pero no se había rendido. Tetas pesadas, todavía firmes; un vientre suave marcado por la historia; un culo carnoso y alto que se desbordaba apenas del short. Se miró en el espejo del pasillo y se sonrió como hacía mucho no se sonreía.
Mamá de día. Otra cosa de mañana.
Se dio una ducha rápida, se afeitó con paciencia, se perfumó en las ingles y en los pezones y eligió la ropa pensada para una sola cosa. Tanga roja, de las que parten el culo en dos. Un camisón negro corto que apenas le tapaba los pezones oscuros. Nada más. Se demoró frente al espejo trazándose el delineado, alargando la mirada, hasta que se gustó.
***
Damián había sido un viaje corto, dos semanas atrás. Un chofer morocho, grandote, de esos que te clavan los ojos por el retrovisor sin ningún disimulo. Marcela había subido a su auto una tarde pegajosa, con una camisa blanca sin corpiño que se le adhería al sudor. Cada frenada le hacía temblar las tetas como dos promesas mal atadas.
Él lo notó enseguida. Ella también notó que él notaba. Y le gustó.
—¿Siempre te vestís así para ir a hacer las compras? —preguntó él, sin sacar los ojos del semáforo.
—¿Así cómo?
—Así. Tan peligrosa. Si te toca un chofer con menos paciencia, vas a salir tarde del auto.
Ella se rio bajo, como una nena que se atrapa haciendo algo malo.
—¿Te cuesta?
—Mucho. No sabés lo que están haciendo esos pezones marcados ahí atrás.
Le tembló el vientre. No había sentido eso en mucho tiempo. La forma de hablarle de aquel desconocido, sin pedir permiso, sin disimular, la dejaba en bolas sin necesidad de que la tocara.
—Estoy casada —dijo ella, como si pusiera una valla baja.
—Ya vi el anillo. No cambia nada.
—Con un policía.
Damián se rio sin sonido.
—Peor para él.
—¿No te da miedo?
—Me calienta. Imaginarme cogiéndome a la mujer de un cana mientras él patrulla la ciudad… decime que no te calienta a vos también.
Ella se mordió el labio. No respondió. Cuando bajó del auto, ya le había anotado el número en la pantalla con la mano un poco temblorosa.
***
Las semanas siguientes fueron un incendio silencioso por WhatsApp. Marcela le mandaba todo: las tetas a contraluz, el culo recortado contra el espejo del baño, los dedos abriéndose la concha encima del lavarropas. Una vez le grabó un video desde la silla de la cocina, con un consolador grueso que Ramiro le había regalado años atrás y que nunca había sabido bien para qué usar. Ella sí sabía. Lo metía despacio, mirando a la cámara, mordiéndose el labio inferior con una mansedumbre fingida.
Damián le contestaba con fotos de la pija dura, las venas hinchadas, apuntando al lente como si pudiera atravesarlo. Marcela se mojaba con verla. Se mojaba más imaginándola cerca.
Y esa mañana, a las nueve y media, sonó el timbre.
Abrió la puerta sin corpiño, sin disimulo. Damián entró, la repasó con los ojos sin saludar y cerró atrás de él.
—Así que esta es la casita del cana cornudo.
A Marcela se le mojó la bombacha al instante. Tragó saliva.
—Callate. Vení.
Él la empujó contra la pared del pasillo, le levantó el camisón con una mano y le metió la otra entre las piernas, directo. Tenía las manos ásperas, de tipo que trabaja, dedos gruesos que encajaron en ella como si fueran de hace años.
—Estás chorreando. Pensaste en mí toda la noche, ¿no?
—Me toqué tres veces… —jadeó ella, mientras él le mordía el cuello—. Te necesitaba acá.
—¿Y tu marido?
—Se duerme antes de tocarme. Cuando me da algo, parece que tiene miedo de romperme.
—Yo no te tengo miedo, mamita.
Le bajó el camisón con un tirón seco y se abalanzó sobre las tetas. No las acarició. Las devoró. Los pezones oscuros se le marcaban en la boca, largos, duros, brillantes de saliva. Los chupaba con ruido, los mordía apenas, los volvía a chupar. Ella se aferraba a su pelo, abría las piernas sola, sentía cada succión como una descarga que le bajaba directo a la concha.
—Estas tetas están hechas para que te las chupe todo el día —dijo él contra su piel.
Ella se arqueó. Le ofreció más.
Damián volvió a meterle la mano. Dos dedos adentro, el pulgar en el clítoris, el ritmo exacto, como si ya hubiera estudiado el cuerpo. Marcela apoyó la nuca contra los azulejos del pasillo, dejó caer la mandíbula y se vino con un grito ronco que no se esforzó por contener. Sola en la casa, podía gritar. Por primera vez en años, podía gritar.
***
La agarró del pelo y la arrastró hacia el dormitorio. Con la mano libre le manoseaba el culo a la pasada, le marcaba las nalgas con palmadas que dolían y calentaban a la vez.
El cuarto era el mismo donde ella había compartido años de rutina con Ramiro. La misma cama donde había parido a sus tres hijos. La misma mesa de luz con la foto del casamiento. Damián miró todo eso sin disimulo y sonrió torcido.
—¿Acá lo dormís al boludo del uniforme?
La empujó contra el colchón. El golpe hizo crujir la cama vieja. Marcela se levantó el camisón con un movimiento lento, casi una ofrenda, y lo dejó caer al piso. Quedó desnuda, brillando de sudor, los pezones aún empapados, la concha hinchada y palpitando.
Se trepó arriba de él como una bestia. Le agarró la verga con una mano temblorosa y se la encajó de un solo movimiento, hasta el fondo, soltando un rugido que parecía salir de otra mujer.
—Esto, carajo. Esto necesitaba.
Empezó a moverse. No cogía. Se la cogía a él. Saltaba, rebotaba, le clavaba las uñas en el pecho, los muslos resbalándole por el sudor. La cama temblaba, las paredes vibraban, el ventilador del techo zumbaba sobre los dos cuerpos como un testigo desganado.
Damián le agarraba las tetas como si necesitara sostenerse. Las apretaba sin delicadeza, las chupaba, las mordía. Ella se llevaba las manos al pelo y se lo tiraba hacia atrás, gritando sin filtro.
—¡No me cogía nadie así! ¡Nadie!
—¡Mirá cómo te meneás, putita! Estás enferma de pija.
—¡Estoy enferma de vos!
Una embestida más profunda la dobló sobre él. Sintió esa carne llegándole a un lugar al que nunca le había llegado nadie. Y entonces, en medio del vértigo, se dio cuenta de algo que la heló y la encendió al mismo tiempo.
—Me estás cogiendo sin forro, animal.
—Así se coge, mamita. A pelo. Sentí mi piel en la tuya.
—Dios mío…
No frenó. No quiso frenar. Se siguió montando contra él con la desesperación frenética de una mujer que llevaba años postergando algo. Cada chasquido húmedo era una pequeña venganza contra los catorce años de espera, contra la pistola sobre la mesa de luz, contra las gorras impecables, contra los besos en la frente.
—Cogeme hasta que no pueda sentarme mañana —jadeó.
—¿Te gusta así?
—Más.
Él le agarró el culo y se lo separó con las dos manos. Marcela sintió un dedo bajar, tantear más abajo, presionar suave en un lugar donde nadie la había tocado nunca. Se frenó un segundo.
—Por ahí no.
—¿Nunca?
—Nunca. Ni mi marido.
—¿Virgen del culo?
Lo dijo como un descubrimiento, casi como si le hubiera tocado un premio. Volvió a insistir, escupió el dedo y lo hundió otra vez, lento, sin pedir permiso. Marcela tembló. No lo paró.
—Me va a doler.
—Te va a doler y te va a gustar. Y mañana no vas a poder mirar a tu marido sin mojarte de nuevo.
Cerró los ojos. No dijo sí. No dijo no.
***
—Ponete en cuatro.
No fue un pedido. Fue una orden con voz baja, ronca. Marcela tardó un segundo en obedecer. Tenía los labios entreabiertos, la respiración hecha pedazos, el cuerpo entero hirviendo. Una palmada brutal en la nalga la hizo arquear la columna.
—En cuatro, dije. Como una perra.
Bajó despacio, casi sin fuerzas. No era miedo. Era el vértigo de cruzar una línea que no había cruzado en toda su vida. Apoyó las manos en el borde de la cama, separó las rodillas sobre la alfombra y dejó el culo en alto, expuesto sin pudor.
Damián se paró atrás. Le contempló el agujerito cerrado, el cuerpo brillando de sudor, los muslos todavía empapados de la cogida anterior. Estiró la mano y agarró el portarretrato de la mesa de luz. La foto del casamiento. Ella, con el vestido blanco. Ramiro, con uniforme de gala.
—¿Es este el cornudo que te besa en la frente cada mañana?
Marcela no contestó. Hundió la cara en el colchón. Damián apoyó la foto en el borde de la cama, mirando hacia ella, para que no pudiera escaparle.
—Mirálo. Quiero que lo mires mientras te abro.
Le escupió en el agujero. Una vez. Otra. La saliva caliente le bajó entre las nalgas. Después se untó la verga con la misma baba, lentamente, casi con un gesto ritual.
—Vas a sentir cómo entra hasta la base. De a poquito. Sin apuro.
Empujó. El glande forzó la entrada cerrada y Marcela gritó. No fue solo dolor. Fue otra cosa, algo que ella misma no sabía cómo nombrar.
—¡Pará, pará, pará!
—No paro. Mirá la foto.
—¡Damián!
—Mirá. La. Foto.
Levantó la vista a medias. Vio el uniforme planchado, la sonrisa ensayada de Ramiro, el ramo blanco en su propia mano congelada en aquel día. Una lágrima le bajó por la mejilla. Se mordió el colchón. Damián empujó más.
—Ya entra. Mirá cómo se te traga la mitad.
—¡No me va a entrar toda!
—Ya está entrando, putita.
Llegó hasta la base con un golpe seco que le sacudió el cuerpo entero. Marcela se quedó rígida un segundo, temblando, con la boca abierta sin sonido. Damián la sostuvo de las caderas, esperó, le acarició una nalga.
—Te lo metí todo. Hasta donde no te llegó nadie.
Y empezó a moverse. Lento al principio, casi tanteando. Después más fuerte, más frenético. Cada embestida hacía vibrar la cama y temblar la foto en el marco. Ella había dejado de defenderse. Gemía contra el colchón, mojaba la sábana con la baba, con las lágrimas y con todo lo que se le caía sin que pudiera retenerlo.
—Me duele. Pero me encanta.
—Te estoy haciendo lo que nunca te hicieron. Y tu marido mirándote desde la mesa de luz.
Marcela apretó los ojos. Cuando los abrió, vio de nuevo la foto. Le dio un escalofrío que no supo si era humillación o placer. Era todo a la vez. Era esa adrenalina sucia que no había sentido en catorce años de matrimonio.
El orgasmo le llegó como un derrumbe. Largo, profundo, sucio. Le sacudió los muslos, le tensó los pies, le robó el aire. Damián siguió bombeando hasta acabar adentro, apretándole las caderas, dejándola llena.
—Ahora sí —dijo él, soltándola—. Ahora estás completa.
Marcela cayó de costado sobre la cama. Empapada, marcada, temblando. La foto seguía ahí, apoyada en el borde, intacta. Ramiro le sonreía desde el marco con el uniforme planchado, ajeno a todo.
Pero ella ya no era la misma mujer que se había casado con ese uniforme.
Esto va a ser difícil de devolver, pensó, todavía con la respiración entrecortada, mirando la foto sin poder apartar los ojos.